Para adquirir un conocimiento preciso sobre el ser humano es ineludible adoptar una visión poliédrica, que aúne en su regazo las diversas disciplinas cuyo propósito es describir aquello que subyace a su compleja realidad. Desde la neurociencia a la antropología, todas tienen la capacidad de aportar respuestas a las eternas preguntas que nuestra curiosísima especie ha formulado sobre sí misma.

Pese a ello, tradicionalmente se ha mantenido una notable independencia entre unas y otras, como si no se necesitaran para avanzar en su objetivo fundamental. Todo ello supuso que no se llegaran a desplegar perspectivas de mayor integración, más acordes al fenómeno que se anhelaba desentrañar, y que incluso brotara la desconfianza entre ellas.

En tiempos recientes, no obstante, es del todo innegable la necesidad de establecer alianzas basadas en la multidisciplinariedad. Es a partir de ellas que el acervo teórico y práctico ha ido extendiéndose y expandiéndose, y con él todo el desarrollo científico. Unir fuerzas nunca fue tan importante como lo es hoy, en sociedades tan vastas e insondables como las que nos ha tocado vivir.

En este artículo abordaremos detalladamente las características de la neuroantropología, un marco teórico y un método en el que concurre lo humanista y lo empírico. De todo ello surge una epistemología que motiva la orquestación congruente de lo que se sabe sobre el cerebro y sobre las relaciones culturales.

¿Qué es la neuroantropología?

La neuroantropología nace de la confluencia y la armonía entre formas de entender el hecho humano, que en el pasado eran antagónicas o independientes: las neurociencias (incluyendo la neurología o la psicología) y la antropología. Tan novedosa disciplina, que se gesta y surge oficialmente en los primeros años del presente siglo, hace de la cultura el eje gravitacional en torno al cual gira su acción. Para ello tendría a la neurociencia como su principal aliado, pues sería mediante sus consensos y evidencias de investigación que podría extender su horizonte más allá de los límites tradicionales que la han "maniatado".

Uno de los principios de la neuroantropología, a partir del cual se justifica su existencia, es la analogía entre psicología y cultura. Si bien a la primera de ellas se le suelen reconocer bases neurológicas sin ningún atisbo de duda (como que lo mental y lo afectivo se construyen en el cerebro), no ocurre así en el segundo caso. El objetivo sería romper con esta visión sesgada sobre el alcance de las influencias culturales, y que se asuma también en ellas la capacidad de modular la estructura y las funciones de un órgano que rige procesos fundamentales para sus dinámicas y su comprensión.

La perspectiva de la neuroantropología señala que la cultura es un elemento explicativo de la conducta humana tan potente (o incluso más) como las necesidades biológicas. Y es que de ella depende la red de significados comunes a toda colectividad humana, así como la manera en que se regulan los vínculos que en su seno se podrían manifestar. Es innegable, por tanto, que la cultura tiene un potente componente de carácter psicológico, y que al disponer este de unas extensas raíces neurológicas, también la propia cultura habrá de tenerlas al menos en cierto grado.

Este razonamiento ha servido para moldear su justificación teórica esencial, y además cuenta con profundas evidencias empíricas. Y es que se sabe que la cultura participa de algún modo en el complejísimo proceso de maduración del sistema nervioso central, incluyendo tanto sus funciones como su estructura. Son muchos los estudios que han demostrado el papel de todo lo cultural en la percepción (orientación de los recursos atencionales en entornos complejos), el procesamiento social (valoración "subjetiva" de las conductas de los otros), la experiencia emocional (reacciones afectivas ante sucesos particulares), el lenguaje (sistema a través del cual se establece una comunicación entre dos individuos) y el proceso de atribución para las causas y los efectos; todos ellos relacionados con zonas concretas del cerebro.

De todo ello se puede deducir que lo cultural y lo social, fundamentos de la antropología, son importantes para entender nuestra especie. Lo que la ciencia actual indica es que las dos son variables potencialmente explicativas para los patrones "diferenciales" de activación cerebral que se han evidenciado al comparar a sujetos pertenecientes a distintos grupos humanos, lo que se traduce en experiencias dispares entre ellos. La neuroantropología buscaría ofrecer la respuesta a un interrogante irresoluto durante décadas de estudio neurocientífico: ¿dónde se ubican los significados compartidos a un nivel cerebral y cómo evolucionan los mecanismos implicados?

A continuación abundaremos en los objetivos y el método de esta neurociencia humanista, a la que progresivamente se está reconociendo más importancia dentro de la multiplicidad de disciplinas cuyo fin es desentrañar el misterio del hombre.

Objetivos de su investigación

El objetivo principal de esta neuroantropología es describir las regularidades transculturales e interculturales (entre culturas o dentro de una misma comunidad), para identificar eventuales diferencias entre dos grupos que pudieran ser atribuibles al efecto tácito de los símbolos y de las reglas compartidas. Es por ello que recurre a diseños de investigación tanto transversales como longitudinales: mediante los primeros se hallarían potenciales divergencias en un único momento temporal entre dos grupos, y con los segundos se evidenciaría su propia evolución a lo largo del tiempo en una única comunidad (a raíz de cambios ambientales o relacionales que hubieran podido concurrir).

Para el estudio de lo que ha venido a llamarse "cerebro cultural" serían de más relevancia los últimos, pues permitirían hacer un análisis de la covariación neuroanatómica vinculada a los procesos básicos de aprendizaje social y a las experiencias compartidas por los colectivos de seres humanos implicados en su estudio. Esta mixtura de ciencias y de saberes, imposible de concebir hace apenas unos pocos años, es el cimiento de la neuroantropología tal y como se define hoy en día.

Además de este gran propósito,la neuroantropología pretende lograr, asimismo, una serie de objetivos específicos. El primero busca una definición de las correlaciones existentes entre los cambios de base cognitivo-conductual que se asocian a aspectos culturales y la función o estructura del sistema nervioso objetivada por las técnicas de neuroimagen. Tras ello, habría que hacer uso de procedimientos estadísticos para trazar cómo interactúan unas y otras. Por último, se proyectarían estudios longitudinales a través de los cuales explorar "en vivo" cómo se despliega esta relación en el propio entorno donde habitan los sujetos (validez ecológica).

En resumen, la neuroantropología describe las conductas humanas que se despliegan dentro de un marco cultural (como elementos básicos de la convivencia), e intenta asociarlas con los sustratos cerebrales que pudieran servirles de soporte físico.

Una vez realizado este análisis, se procedería a comparar lo que se conoce en un pueblo con lo que sucede en otros, en una búsqueda de claves universales o específicas que se puedan corresponder con los aspectos sociales de todos ellos. También se pretende delimitar los mecanismos de cambio cerebral vinculados a la diversidad dentro de un mismo grupo humano, u originados por fluctuaciones ambientales/interpersonales en las que hayan podido participar. La variable independiente en este caso es, pues, la propia cultura.

Métodos de este ámbito de la ciencia

El método de la neuroantropología es de corte humanista, pero amalgama recursos comunes a la ciencia empirista. Por lo tanto, combina la etnografía propia de la antropología social (la cual implica "sumergirse" en las comunidades que están siendo investigadas, asumiendo su forma de vida durante el periodo que requiera el proyecto) y el análisis de laboratorio, donde se manipula la variable independiente. En este caso, primero se realizaría un estudio sobre el terreno (para recabar datos) y posteriormente se podrían diseñar experimentos cuantitativos, respetando siempre las normas éticas sobre la preservación de las sociedades.

Esta forma de proceder, que implica una serie de dos fases relativamente independientes (de tipo cualitativo y de tipo cuantitativo), tiene por nombre neuroetnografía. Con la aplicación de la misma se preserva la necesaria sensibilidad hacia el objeto del análisis, que no es otro que la vida social de los individuos y la simbología de la que hacen gala para entender el mundo que los rodea, y se determina la manera en la que el cerebro puede estar implicado en estas dinámicas. La observación participante habría de combinarse con el saber procedente de las neurociencias, y requeriría un enfoque de tipo multidisciplinar (equipos de profesionales muy diversos).

Por citar un ejemplo, estudios recientes desde esta perspectiva han tratado de explorar cómo se expresa el amor a nivel neurológico, según distintas culturas. Las conclusiones sobre este asunto sugieren que la totalidad de culturas en las que participa el ser humano disponen en el acervo lingüístico de una palabra para señalar este sentimiento, pero no solo eso: también se aprecia una respuesta neurológica similar en sujetos de procedencias totalmente diferentes (activación del circuito de recompensa, ínsula y globo pálido). Pese a que existen matices en lo referente a las relaciones interpersonales, la evidencia apunta que el amor (como tal) tiene una "raigambre" honda en el sistema nervioso, y que todos lo experimentamos por igual.

Son muchos los estudios que han surgido con el fin de determinar otros constructos sociales, como la violencia o la autoridad, que exploran no solo las diferencias conductuales evidentes (que hasta ahora eran el objeto principal de la antropología), sino también si tales fenómenos pueden operativizarse orgánicamente.

Existen estudios que investigan las variables neurales dentro de la misma sociedad, siguiendo como paradigma el consenso cultural. En este caso el objetivo es explorar el grado de cohesión de ciertas ideas y costumbres entre los miembros de un grupo, para ubicar en su cerebro cuáles son las estructuras responsables de garantizar la permanencia del bagaje cultural.

En definitiva, se trata de un método que debe contar con el conocimiento técnico y la pericia personal necesaria. Esta última es esencial en el momento de resolver el conocido "problema de los dos mundos". Este conflicto, que suele ser considerado como una "fuente de sesgo" del observador sobre lo observado, implica la corrupción de la información recogida por los investigadores debido a ideas preconcebidas provenientes de su propio origen cultural. Por tanto, toda mirada neuroetnográfica implica un prisma desnudo, siempre preñado de asombro al descubrir un planeta diverso y rico.

Referencias bibliográficas:

  • Domínguez, J.,Turner, R., Lewis, E. y Egan, G. (2009). Neuroanthropology: A Humanistic Science for the Study of the Culture–Brain Nexus. Social cognitive and affective neuroscience, 5, 138-47.
  • Roepstorff, A. y Frith, C. (2012). Neuroanthropology or Simply Anthropology? Going Experimental as Method, as Object of Study, and as Research Aesthetic. Anthropological Theory, 12(1), 101-111.