Una parte del cerebro que procesa los olores.

El funcionamiento del cerebro humano se asienta en cuatro principales bloques: la neocorteza, encargada de la actividad motora, la planificación o la atención; los ganglios basales, responsables del control del movimiento; la formación reticular, encargada de funciones vitales como el sueño, la vigilia o el control cardiovascular; y el sistema límbico, antiguamente llamado rinencéfalo, centro de gestión emocional y del sistema olfativo.

Veamos qué es exactamente el rinencéfalo, y qué funciones cerebrales se le atribuyen.

¿Qué es el rinencéfalo?

Actualmente se conoce al rinencéfalo como la parte del cerebro relacionada con el olfato e incluida dentro del sistema límbico o “cerebro emocional”.

Con el aumento en la diferenciación de los otros sentidos en los vertebrados, el olfato ha ido perdiendo protagonismo. Sin embargo, las conexiones fundamentales del mecanismo olfatorio con ambas actividades visceral y somática son tan importantes en el ser humano como en el resto de mamíferos, aunque la sensibilidad olfativa sea menor.

El rinencéfalo, al estar interconectado con el hipotálamo (centro encargado de la homeóstasis o equilibrio orgánico) y con varias áreas de control emocional, nos ayuda a concentrar toda la información que proviene del exterior y que traducimos en procesos a través de los cuales percibimos, aprendemos, actuamos y recordamos.

No hay que olvidar que el sentido del olfato es hasta 10 mil veces más sensible que cualquier otro de nuestros sentidos, y que la respuesta olfatoria es inmediata y se extiende directamente al cerebro. Se estima además que contamos con 100 millones de receptores de la sensación olfativa.

Se cree que **el ser humano puede captar hasta 7 olores primarios: alcanfor, almizcle, flores, menta, éter, acre y podrido, olores que corresponderían a los siete tipos de receptores existentes en la mucosa olfativa. No obstante, los datos de investigaciones de los últimos años señalan que hay por lo menos una centena de sensaciones primarias de olor.

Localización en el encéfalo

En los seres humanos, podemos localizar al rinencéfalo en la parte inferior lateral del encéfalo, justamente entre los ojos, y por encima de él se sitúa el lóbulo frontal.

En la porción superior de la cavidad nasal existe una pequeña área que se llama epitelio olfatorio. Esta zona contiene entre 10 y 100 millones de receptores olfatorios, y cada uno de ellos es en realidad una neurona que posee cilios olfatorios sensibles a los estímulos químicos de las sustancias odorantes.

Estas neuronas emiten unas prolongaciones que se reúnen en grupos (llamadas axones) y que forman dos nervios conocidos como nervios olfatorios. Éstos van dirigidos hacia el cerebro y finalizan su recorrido en una zona de sustancia gris denominada bulbo olfatorio. La información recorrerá un camino desde el bulbo, a través del tracto olfatorio, hasta llegar al área olfatoria primaria de la corteza cerebral.

Es en la corteza donde finalmente percibimos de forma consciente un determinado olor, y desde esta zona cerebral parten las vías nerviosa que se comunican con otros sistemas como el límbico o el hipotálamo, áreas responsables de muchas de las respuestas emocionales asociadas a olores o recuerdos olfativos.

Partes de esta estructura del sistema nervioso

Los cuerpos de estas neuronas emiten unas prolongaciones llamadas axones que se reúnen en grupos y se agrupan para formar dos nervios denominados nervios olfatorios. Éstos se aproximan al cerebro y terminan en un acumulo de sustancia gris llamado bulbo olfatorio.

La información capturada atraviesa el bulbo y llega a otras estructuras del sistema límbico, una red de estructuras conectadas entre sí y localizadas cerca de la parte medial del cerebro. Las principales estructuras de este sistema, del que el rinencéfalo forma parte, son las siguientes:

1. Hipotálamo

Esta estructura cerebral, situada en el diencéfalo, tiene un papel fundamental en la regulación de de funciones vitales como la temperatura corporal, el hambre y la sed, los impulsos sexuales o la regulación del estado anímico.

Todo esto lo consigue actuando como puente entre el cerbero y el sistema endocrino, descargando torrentes de hormonas y jugando un papel coordinador del sistema nervioso autónomo.

2. Hipocampo

Es una pequeña estructura curvada y alargada, ubicada en la parte interior del lóbulo temporal, muy cerca del tálamo y las amígdalas. Está implicado en la regulación de procesos mentales como la memoria, la recuperación de recuerdos, la localización espacial o la orientación.

Aunque en un primer momento se pensó que esta estructura estaba directamente implicada en el olfato como un componente central del rinencéfalo, hoy en día su implicación en la memoria de los olores es más discutida.

3. Amígdala

Las amigdalas están situadas al lado del hipocampo y, por lo tanto, disponemos de una en cada hemisferio cerebral. Su función está relacionada con la respuesta emocional aprendida que elicitan determinados contextos y situaciones, y por tanto también con el aprendizaje emocional.

Esta estructura es, pues, uno de los principales núcleos de control de las emociones como el miedo o la ira. De ahí que sea una estructura importante para entender cómo los olores pueden alterar nuestro humor, despertando emociones o evocando recuerdos.

4. Corteza orbitofrontal

En los límites del sistema límbico podemos encontrar la corteza orbitofrontal, la válvula de escape de las órdenes de tipo emocional hacia zonas del lóbulo frontal encargadas de la generación de estrategias y la planificación.

Por lo tanto, tiene un rol muy destacado a la hora de aplacar los impulsos más primitivos e “irracionales” que llegan directamente del sistema límbico y hacer de filtro de algunas señales, dejando pasar únicamente las que sirven para conseguir los objetivos definidos en las metas a medio o largo plazo.

5. Bulbo olfatorio

Es una pequeña estructura vesicular compuesta de un par de protuberancias situadas en el epitelio olfativo y por debajo de los lóbulos frontales. Se cree que es la responsable de detectar, diferenciar y amplificar los olores y nuestra sensibilidad hacia ellos. Esta estructura también destaca por ser una zona donde existe neurogénesis adulta, es decir, generación de nuevas neuronas a lo largo de la vida.

En animales tiene influencia sobre la conducta sexual, las conductas defensivas y agresivas, así como en el cuidado de crías.

Funciones

Nuestro rinencéfalo convierte las señales químicas en percepción e impulsos eléctricos que viajan por nuestro cerebro para poder cumplir las siguientes funciones vitales:

  • Supervivencia: detección de sustancias nocivas, gases contaminantes y alimentos en descomposición.
  • Colaboración con el sentido del gusto en la percepción de los sabores de los alimentos.
  • Identificación de una gran variedad de olores (entre 5.000 y 10.000).
  • Refuerzo de la memoria mediante asociación de olores y recuerdos.
  • Distinción de nuevos olores entre los olores ambientales en segundo plano.
  • Detección de información del medio ambiente.
  • Creación de una representación del olor.
  • Detección de una pareja para el apareamiento (se ha ido perdiendo en humanos).
  • Detección y orientación a una fuente de nutrientes (principalmente en animales no humanos).
  • Evaluación del estado, tipo y calidad de los nutrientes (en animales no humanos).

El sistema olfativo y la memoria

Otra estructura corporal a tener en cuenta al hablar del sistema olfativo, más allá de la importancia del rinencéfalo, es una conocida por todos nosotros: la nariz, el órgano olfativo por excelencia. De no ser por ella seríamos incapaces de percibir la vasta gama de olores que nuestros pueblos y ciudades emanan día y noche. Sin embargo, el procesamiento de los olores va más allá de esta parte de nuestro cuerpo tan visible.

Las moléculas olfativas que están dispersas en el ambiente entran en contacto con la mucosa nasal y llegan a los receptores del epitelio olfativo. Las neuronas receptoras mandan la información al bulbo olfativo por medio de impulsos eléctricos. Y de ahí, al sistema límbico, encargado de centrífugar nuestro cerebro, estimulando nuestro sistema de recuerdos y emociones asociadas.

Al percibir un olor específico, buscamos una relación con un recuerdo almacenado y si no lo tenemos, nos lo inventamos. Dependiendo del tipo de recuerdo que se evoque, el estado de ánimo puede modificarse o mantenerse invariable. Es lo que nos sucede al evocar recuerdos de nuestra niñez, de la naturaleza, del perfume de una persona a la que conocimos, etc.

El efecto es tan poderoso que nuestro cerebro no distingue entre la situación real y la situación evocada gracias al efecto olfativo. Si el olor percibido no se asocia a ningún recuerdo, la experiencia de ese momento marcará si ese instante en un futuro se asociará a un recuerdo positivo, a una situación de peligro, a una situación triste, etc.

Todo esto, por supuesto, ocurre en nuestro cerebro de forma automática e inconsciente, sin la participación directa de nuestra atención consciente; el rinencéfalo y otras estructuras biológicas asociadas se encargan de ello de manera discreta. En muchos casos, a partir de ese momento, ese particular olor o aroma será el que motive nuestras acciones futuras y el que genere nuestra aceptación o rechazo de las circunstancias asociadas al mismo.

Referencias bibliográficas:

  • Triviño Mosquera, M.; Bembibre Serrano, J.; Arnedo Montoro, M. (2019). Neuropsicología de la percepción. Madrid: Síntesis.