Es bastante frecuente que se confundan las palabras “actitud” y “aptitud” dado que se parecen mucho, tanto gráfica como fonéticamente. Tan sólo cambia una letra.

Es debido a esto que, o bien se las toma por sinónimas, o bien se les gira el significado sin darse cuenta. Aún así, hacen referencia a conceptos muy diferentes, aunque igualmente importantes en según qué ámbitos, como el laboral o el educativo.

A continuación vamos a ver las diferencias entre actitud y aptitud, junto con sus significados y algunos ejemplos relacionados con el mundo laboral.

¿Qué significan actitud y aptitud?

Actitud y aptitud son palabras que habitualmente se confunden, dado que se parecen mucho fonética y gráficamente, solamente cambiando una letra. Además de esto, ambos términos suelen ir de la mano, siendo difícil, a veces, ver la línea entre lo que se entiende qué es una actitud y lo que se entiende qué es una aptitud.

A grandes rasgos, cuando hablamos de una actitud nos referimos a la tendencia comportamental de una persona para hacer frente a situaciones diversas, es decir, tiene que ver con aspectos de personalidad, de temperamento. En cambio, cuando nos referimos a aptitud nos referimos, básicamente, a sus habilidades. Igualmente, para entender más a fondo las diferencias entre ambos términos vamos a verlos más detallados a continuación.

¿Qué es la actitud?

Cuando hablamos de la actitud de alguien nos estamos refiriendo a la predisposición de ese individuo para responder ante situaciones de forma consistente. Es decir, nos referimos a un aspecto de su personalidad, a su tendencia más o menos natural de mostrarse ante diferentes contextos, como el laboral, el personal, el familiar, el social…

Así pues, la actitud de un sujeto tiene que ver con su forma de actuar ante la vivencia de una circunstancia, o al estar cerca de un objeto o persona que desencadenan una determinada respuesta en el individuo. Esta tendencia puede tener un carácter cognitivo y afectivo, y, aunque sienta mucho sus bases en tendencias innatas, puede haber cierto componente adquirido.

En el contexto laboral, la actitud de una persona es un factor muy importante para tener un buen rendimiento, además de contribuir a un buen ambiente de trabajo.

¿Qué es la aptitud?

La palabra aptitud hace referencia a las habilidades o destrezas que posee una persona con respecto un determinado tipo de dominio. Puede definirse también como la serie de condiciones o requisitos que tiene un individuo para conseguir cumplir con una determinada función, ya sea laboral o académica, o un objetivo que se haya propuesto.

Así pues, tiene mucho que ver con los conocimientos, tanto teóricos como prácticos, aunque sí que es cierto que aquí tiene que destacarse un cierto componente natural, sea innato o sea adquirido.

Por ejemplo, cuando decimos que una persona tiene como aptitud el dominio de lenguas, además de referirnos a que habla varios idiomas, también nos referimos a que tiene facilidad para entender su gramática, memorizar rápidamente nuevo vocabulario, imitar fonemas...

En base a la definición aquí vista, es lógico pensar que en cada profesión se demandan diferentes tipos de aptitudes, en función tanto del puesto de trabajo como de la rama en la que se especialice el mismo individuo.

Por ejemplo, en el mundo de la programación, es necesario disponer como buena aptitud el análisis lógico y la resolución de problemas, además de saber entender con fluidez diferentes lenguajes de programación.

Otro ejemplo sería el caso de un ilustrador de cómics, quien debería disponer no únicamente de buenas dotes artísticas, sino también de creatividad y conocimientos en diferentes estilos de dibujo y coloreado.

Las diferencias entre actitud y aptitud, explicadas

Como hemos indicado antes, la palabra “actitud” hace referencia al temperamento de una persona, es decir, se refiere a características de personalidad de un individuo. En cambio, con “aptitud” hacemos referencia a sus capacidades en tanto conocimientos, tanto teóricos como prácticos, que posee el individuo. Las diferencias entre ambos términos son muy claras cuando se usan en contextos laborales.

Por ejemplo, estando en el trabajo, decimos que una persona muestra una buena actitud cuando posee una personalidad responsable, entrega los informes a tiempo, tiene una forma de relacionarse con los demás que no genera conflictos, es amable, sabe comportarse estando en una reunión… Es decir, el trabajador con buena actitud laboral es una persona quien posee unas características de personalidad agradables para el funcionamiento de la empresa.

En cambio, con aptitud no hacemos referencia a las características de personalidad del individuo, sino sus capacidades como buen trabajador para la profesión en concreto en donde está. Es decir, nos referimos, como ya hemos comentado, a las destrezas que posee, las habilidades en las que presenta una facilidad natural que ha ido expandiendo por medio de diferentes conocimientos teórico-prácticos adquiridos a lo largo de su vida.

Ejemplo: el profesor de inglés

Imaginémonos a un profesor de inglés. Mostrando una buena actitud, este docente debería tener paciencia, comprender a sus alumnos cuando se sienten frustrados porque no les sale bien la pronunciación o cuando no entienden la gramática. Además, este mismo profesor debería tener “chispa”, es decir, hacer las clases amenas e interesantes transmitiendo energía, algo muy relacionado con la dimensión de la extraversión.

Por otro lado, no se deben dejar de lado las aptitudes del docente: debe saber cómo dar clase, especialmente de una materia tan problemática como lo son los idiomas. Debe conocer métodos útiles para la enseñanza de lenguas extranjeras, además de ser él un hablante con un nivel casi nativo del idioma que está impartiendo.

Así pues, se puede comprender que aunque con diferentes significados, ambos términos hacen referencia a aspectos fundamentales en toda profesión. Tener de lo uno pero carecer por completo de lo otro hace que sea muy difícil trabajar correctamente, o directamente que sea imposible.

En este mismo ejemplo del profesor de inglés, un profesor con una mala actitud, aburrido, desanimado, desmotivado y que, encima, ve a sus alumnos como borregos que no son capaces de aprender, va a ser un docente que, aunque tenga el título de filología inglesa, no va a invitar al aprendizaje.

Por el otro lado, ir muy motivado a clase y ser comprensivo con el alumnado no es útil si ese profesor no domina el idioma que trata de impartir, o no se aclara con la gramática y el vocabulario.

¿Se pueden mejorar?

Aunque si bien las diferencias entre actitud y aptitud son evidentes, ambas tienen dos aspectos con los que coinciden. El primero, que ya lo hemos comentado, es que son fundamentales en todo contexto laboral. No se puede tener demasiado de uno y demasiado poco del otro. El segundo aspecto en común es que tanto actitud como aptitud son mejorables.

Mejorar estas aptitudes y actitudes puede ser algo fundamental a la hora de conseguir empleo, especialmente teniendo en cuenta que vivimos en un mundo en el que cada vez son más las habilidades que se nos piden pero, además, debemos mostrar una forma de relacionarnos con los demás, tanto en lo emocional como en lo cognitivo, más compleja. Es decir, se nos pide tener muchos conocimientos y, a la vez, tener liderazgo, mostrar una rápida toma de decisiones, ser flexible en cuanto a nuevas experiencias…

Mejorar las aptitudes es algo que parece obvio, pero no lo parece tan claro el trabajar sobre la actitud, algo que, como hemos indicado antes, está muy relacionado con la personalidad. No obstante, si algo nos ha enseñado la psicología es que, aunque cada uno tiene tendencia a ser como es a lo largo de su vida, se puede trabajar sobre los rasgos de personalidad, fomentando cambios duraderos y adaptativos. Es decir, mejorar la personalidad.

Con el trabajo de los psicólogos se puede trabajar para adquirir nuevas actitudes más eficientes en el lugar de trabajo. Esto se hace por medio de un exigente trabajo personal, íntimo y responsable, además de autoconocerse. Sólo sabiendo qué hábitos o conductas poco eficientes se están haciendo, junto con todo el sistema de creencias que hay detrás, se podrá mejorar, en específico, en las actitudes y, en general, como persona.

En cuanto la mejora de las aptitudes, esto es más fácil que con las actitudes, pero aún así implica esfuerzo. Conocer nuestras destrezas y nuestras debilidades es el primer paso para centrar el proceso de mejora de nuestras habilidades. Una vez detectadas, se puede hacer una investigación sobre qué recursos existen para lograr mejorar aquello que deseamos. Nunca se es lo suficientemente bueno en nada, siempre hay que ir a más y a mejor.

Referencias bibliográficas:

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