¿Cómo se afronta un cáncer de mama cuando eres psicooncóloga? Para Marina Berenguer, conocer el proceso desde dentro ayuda a planificarse, pero no protege de todo: «Una cosa es tener herramientas y otra creer que controlas algo». Psicóloga y psicooncóloga con experiencia en orientación familiar y educativa, Marina lleva años acompañando a mujeres con cáncer de mama, más allá de la hora de consulta. Hace un par de años, el diagnóstico llegó a ella. Sus hijos tenían entonces 10 y 11 años; hoy tienen 12 y 13, y ella sigue en tratamiento, con revisiones cada seis meses, mientras mantiene la consulta abierta.
Su historia reúne algo poco habitual: la mirada de quien conoce de antemano lo que suele vivir una paciente y la de quien, de repente, se convierte en una de ellas. ¿Sirve de algo saber tanto? ¿Cómo se le cuenta a un niño que su madre tiene cáncer? ¿Qué se hace con el miedo y con la culpa cuando no se puede estar al cien por cien?
Esta entrevista forma parte del compromiso de Psicología y Mente de ofrecer herramientas para afrontar el cáncer de mama desde la salud mental. No solo la de la mujer que recibe el diagnóstico, sino también la de quienes la rodean: su familia, sus amigos, los psicólogos que la acompañan y el personal médico que la atiende. La iniciativa se enmarca en la campaña «No tienes que ser fuerte», que toma su nombre de una de las frases que más escuchan quienes atraviesan una enfermedad grave.
En esta primera parte, Marina habla de su doble papel como psicóloga y paciente, de lo que cambió en su manera de trabajar y de cómo vivió la enfermedad con sus hijos.
La psicóloga ante su propio diagnóstico
Como psicooncóloga, conocías de antemano lo que suele vivir una paciente. ¿Esa información te protegió, te pesó o ambas cosas a la hora de afrontar tu cáncer de mama?
Conocer el proceso desde dentro te ayuda a planificarte mentalmente ese paso a paso. Todo el conocimiento, toda la experiencia e incluso la relación que tienes con tus pacientes te dan un bagaje de información. Yo trabajo de forma muy práctica e intento generar una pequeña familia con mis pacientes. No trabajo solo en la hora de consulta: en momentos clave y tan difíciles como el cáncer de mama, les ofrezco la posibilidad de hablar conmigo fuera de ella. A veces es un mensaje que a mí me cuesta un minuto y a ellas les hace muchísimo, porque necesitan sentir que no están solas.
Ahora bien, cada cáncer es distinto y cada tratamiento también. No puedes pensar que controlas nada, porque eso es una falacia y una ilusión. Una cosa es tener herramientas y otra muy distinta es creer que controlas algo de todo esto.
¿Y para afrontar tu cáncer en concreto te sirvió ese conocimiento? ¿Qué utilizaste?
A no todas las personas les sirve lo mismo. Con mis pacientes diseño un método para cada una, en función de quién es y de lo que necesita. Hice lo mismo conmigo: me diseñé mi propia metodología, mis propias herramientas, para afrontarlo de la mejor manera posible.
Y observé algo importante. Había un patrón que se repetía tras la administración de un determinado tratamiento: en esos momentos no podía seguir mis herramientas. Lo intentaba, pero ninguna herramienta psicológica me servía. Así que tuve que aprender a manejar esa situación de otra manera: permitir esas emociones y sostenerlas. Dejar que estuvieran la incertidumbre, el dolor, el miedo, la rabia, la frustración. No juzgarme, no intentar seguir un esquema psicológico para hacerles frente, y dejarme llevar. Eso también lo he aprendido, y creo que es necesario aprenderlo.
¿Qué hacías en esos momentos?
Me metía en la ducha, con agua fría o caliente según el momento. A veces me iba a andar sola, porque no podía estar con nadie. Y en casa aprendimos a anticiparlo. Los demás también lo observaban y me decían: «Marina, te veo que te estás encontrando mal». Entonces ya lo teníamos planificado: mis hijos se iban a montar en bici, a dar una vuelta, a tomar el sol o con sus amigos, y mi marido se quedaba conmigo. Utilicé también la relajación. Más que aplicar una teoría psicológica, se trataba de aprender a sobrellevar esas emociones que muchas veces te desbordan.
Dos roles: psicóloga y paciente
¿Recibiste apoyo psicológico durante el proceso? ¿Cómo fue estar al otro lado?
Estuve surfeando entre los dos roles: el de psicóloga y el de paciente. Si te soy sincera, fui mucho más psicóloga. Utilicé muchísimo mis herramientas y mi forma práctica de trabajar, y creo que era lo que yo quería. No acudí a ayuda psicológica porque quería poner ese reto sobre mí. Quería ser honesta y saber si lo que ofrezco a mis pacientes realmente sirve y hasta qué punto les puede ayudar. Fue un reto personal y profesional.
¿Cómo convivían esos dos papeles?
En el rol de psicóloga, muchas veces me resultaba fácil ayudar a mi familia y a los demás. Date cuenta de que es muy doloroso que una madre vea que su hija tiene cáncer. Mi madre también necesitaba ayuda. Ahí estaba la psicóloga que ayudaba a sus padres, a sus hermanos, a sus sobrinos, a sus hijos y a su marido. Y se agradecía ese apoyo y esa tranquilidad. La forma en que lo afrontas les da vida, les da alegría. Si tú estás bien, los demás también están bien.
«Te tienes que dejar llevar y pensar que no eres débil por eso, y que puedes pedir ayuda».
Pero también hubo momentos de ser paciente. Hay fases de la medicación que no puedes sobrellevar porque son muy dolorosas, y te llega un volcán de emociones terribles: cansancio, agotamiento, dolor de huesos, dolor de articulaciones, altibajos emocionales. Ahí te tienes que dejar llevar y pensar que no eres débil por eso, y que puedes pedir ayuda. Yo he tenido, y tengo, una familia maravillosa, así que tampoco he necesitado ese apoyo extra.
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Lo que cambió en su consulta
Para terminar con la Marina psicóloga: ¿hay algo que decías a tus pacientes antes del cáncer y que hoy ya no dirías, o dirías de otra manera?
Si algo he aprendido de mí es que soy muy práctica. Desde la primera consulta les digo: «Prepárate una libreta y un boli». Además de ir recogiendo información sesión tras sesión, quiero que trabajen desde el primer momento y que ese mismo día se lleven algo, porque se ponen en tus manos deseando empezar a resolver lo que les atormenta. Siempre les pregunto qué les gustaría conseguir ya en esa primera consulta, para que no sea solo evaluación. Y al final siempre les doy algo.
Mi forma de trabajar es muy resolutiva. Pero de lo que sí me he dado cuenta es de que, en estos momentos, hay que bajar un poco ese ritmo y centrarse en el ritmo emocional de la paciente. Ajustarme a su tiempo, a lo que siente, más que a lo que yo creo que necesita cambiar o hacer.
Contárselo a los hijos
Hablabas de la dificultad de lidiar también con las emociones de los demás. ¿Cómo es ser madre durante el tratamiento? ¿Cómo decidiste contárselo a tus hijos y qué te guió más, tu instinto de madre o tu formación como psicóloga?
Sin duda, mi instinto maternal. Además, fue una situación muy peculiar. Un viernes recibimos la noticia mi marido y yo, y nos echamos a llorar. En ese momento entraron nuestros hijos. Nunca habían visto a su padre y a su madre llorar y abrazarse. Les dijimos: «Esperad un segundo, id a la mesa del comedor, que ahora vamos a hablar con vosotros, tranquilos». Seguimos abrazados y llorando unos minutos, y entonces dije: vamos a contarlo.
¿Por qué decidiste contarlo en ese mismo instante?
Porque creo que hay que ser honesto y que hay que educar con el ejemplo. Si quiero que mis hijos tengan confianza y comunicación conmigo, que sepan que, por difícil que sea la situación, pueden contarme sus emociones sin que se les juzgue, yo tenía que dar ejemplo en un momento así. Somos una familia muy unida, con muchísima comunicación, en la que hemos trabajado mucho la inteligencia emocional: identificar las emociones, no juzgarlas, apoyarnos y escucharnos. Y qué mejor que enseñarles a afrontar una situación tan difícil en lugar de sobreprotegerles. La vida no siempre es agradable.
«Somos cuatro y somos los cazafantasmas. Tenemos que ayudar a exterminar a ese bicho».
¿Qué les dijiste?
Nos sentamos a la mesa y les dije: «Mirad, va a ser un año muy complicado. Vais a ver muchos cambios en mamá. A lo mejor voy a estar cansada, voy a tener dolores, quizás se me va a caer el pelo». Y enseguida me dijeron: «Tienes cáncer. ¿Te vas a morir?». Les dije que no, que tenía cáncer de mama, que estábamos juntos en esto y que teníamos que ayudarnos y apoyarnos. Les expliqué que cuando vamos a la marcha contra el cáncer y colaboramos, ese dinero va a investigar nuevos tratamientos, y que para el cáncer que tiene mamá hay muchos avances dirigidos a esas células.
Y les propuse algo: somos cuatro y somos los Cazafantasmas. Teníamos que ayudar a exterminar a ese bicho, y había que ponerle nombre. Ellos dijeron: «Moquete, que come mucho y está muy gordo». «Estupendo, pues vamos a exterminarle». Les pedí que, cada vez que vieran algo negativo, algo que les asustara o les diera pena, como mamá con esos efectos secundarios, pensaran que estábamos ayudando y que me estaba curando. Fue una enseñanza de resiliencia y de unión familiar.
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¿Qué es lo que más te sorprendió de sus reacciones?
Entonces tenían 10 y 11 años; ahora tienen 12 y 13. Han sido un pilar maravilloso. Los admiro totalmente: han tenido una inteligencia emocional enorme, mucha resiliencia y sentido del humor en los momentos difíciles. Se llevan trece meses, pero son muy distintos, y te tienes que adaptar a cada uno.
El mayor es más tranquilo, más observador. Te ofrece su calma y te respeta. Me decía: «Mamá, yo me voy a centrar en el colegio y voy a tener la mente ocupada para no pensar que te puede pasar algo. Si yo te veo bien, yo voy a estar bien». El pequeño es mucho más movido y cariñoso, y tiene un vínculo muy fuerte conmigo. El miedo le duraba tres segundos; enseguida sacaba su sentido del humor.
Recuerdo el día que me rapé el pelo. Llegué a casa con la peluca puesta para que el impacto no fuera tan fuerte. El mayor no quiso verme sin ella: «Mamá, poco a poco te voy a ir viendo». El pequeño, en cambio, me dijo: «Quítate la peluca ya». Le pedí que esperara, que era un impacto muy grande. «No, mamá, necesito verte ya». «Vale, cariño, lo que tú necesites». Me la quité y se puso a llorar. Y acto seguido me dijo: «Mamá, sin pelo nuestro amor se debilita. Pareces un droide». Nos hizo reír a toda la familia. Era su manera de afrontar el miedo.
El miedo, la culpa y las señales en los niños
Esa inteligencia emocional os ayudó mucho. Pero has nombrado la palabra miedo. ¿Cómo se lidia con el miedo por tu salud y con la preocupación de cómo les afecta a ellos? ¿Te genera culpa no poder estar al cien por cien?
Miedo tenemos en todo momento, por cualquier circunstancia: miedo a cómo está la sociedad, miedo a que a tus hijos les pase algo. Lo que pasa es que puede ser un miedo de alerta o un miedo de bloqueo, que te genera emociones negativas y puede llevarte a una depresión o a un problema de ansiedad. Nadie te puede asegurar nada, y vives con esa incertidumbre. Para eso hace falta mucha fortaleza y trabajar mucho los pensamientos constructivos. Lo que yo hacía era focalizar la atención en el momento que estaba viviendo. Se puede vivir feliz incluso en una situación tan caótica y tan triste.
Aun así, me preguntaba: ¿y si me pasa algo de verdad? Soy una madre muy involucrada con mis hijos. Mi marido es un gran padre, pero el gran pilar emocional de la familia quizá lo llevaba más yo.
«Era una autoexigencia, pero con muchísimo amor. No me arrepiento y lo volvería a hacer».
¿Y la culpa?
Al principio la culpa se mezclaba con la autoexigencia. Me hice el tratamiento a 600 kilómetros de casa, e iba y venía todas las semanas. Un día, después de ponerme el tratamiento, cogí el coche y me fui a 700 kilómetros a ver un partido de baloncesto de mi hijo. Era una autoexigencia, pero con muchísimo amor. No me arrepiento y lo volvería a hacer.
Pero llegó un punto en el que pensé dos cosas. Primero: si me pasa algo, tengo que quedarme tranquila de que mis hijos y mi marido están bien y tienen un buen vínculo sin que yo esté presente. Así que empecé a espaciar las vueltas y a quedarme un par de días más, para que ese vínculo se forjara sin mí. Segundo: allí donde me trataban estaba mi otra familia, mi madre, mi padre, mis hermanos, mis sobrinos, y ellos también lo estaban pasando mal. Aprovechaba para darles ese tiempo de calidad.
La culpa que siento ahora es otra. No he terminado el tratamiento: es un tratamiento de cinco años, con revisiones cada seis meses, y sigo teniendo efectos secundarios. Soy una persona muy activa: juego al tenis y al baloncesto con mis hijos, nado con ellos, hago todos los planes como una más. Y ahora a veces no me apetece, no tengo fuerza, no estoy tan activa como antes. Me estoy trabajando no sentir esa culpabilidad.
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Desde tu experiencia en orientación familiar y educativa, ¿qué señales deberían observar los padres para saber si un niño necesita ayuda profesional en una situación así?
Lo primero que digo a las familias es que todo empieza desde una base. Cuando traemos a los niños al mundo no es para que nos los cuiden otros, sino para dedicarles atención y priorizarles. Conocerles desde el principio con presencia, cariño, diálogo y comunicación. Así conoces a tu hijo y ves las señales: «Mi hijo, que es muy abierto y juguetón, últimamente está más apático, no queda con los amigos, no me habla tanto, no es tan cariñoso, llora, no le apetecen cosas que antes le apetecían». Esa es la orientación: estar pendiente de tu hijo. Si hay un pequeño cambio, algo pasa.
Continúa en la segunda parte de esta entrevista, donde Marina habla del cuerpo, de las frases que pesan, de la relación con el equipo médico y de lo que todavía no entendemos sobre el impacto emocional del cáncer de mama.











