Es un mensaje que cala hondo en la sociedad, sobre todo desde que hace unas décadas Martin Seligman popularizara el término de “psicología positiva”. Mucha gente cogió ese discurso optimista y lo promovió (con las mejores intenciones del mundo, no lo niego).

Ahora bien, algunos profesionales, autores y empresas han abusado de este discurso optimista, en algunos casos hasta extremos contraproducentes.

Positividad tóxica: ser demasiado optimista también es dañino

Los discursos motivacionales y las frases del tipo “puedes con todo”, “a veces se gana, a veces se aprende”, o “todo es posible si creer en ti misma” se asimilan fácilmente por las masas (independientemente de que mejoren los resultados o no), son mensajes muy bien recibidos por cualquier persona.

Sin embargo, a veces el camino hacia la salud mental pasa por validar todas nuestras emociones (sean más o menos desagradables), y no negar el dolor humano forzando una falsa alegría que a veces no es genuina.

Y esto lo saben las grandes marcas desde hace mucho: la gente es más proclive a comprar cualquier cosa si les hace sonreir, a pesar de que no sea algo necesario.

La mercantilización de la felicidad

El optimismo extremo fomenta las compras impulsivas y el consumismo.

Y es que esa es la base del mercado de los libros de auto-ayuda, muchas pseudociencias y el merchandising de tazas y camisetas con frases bienintencionadas del tipo: sonríe, es la solución a todos tus problemas (pero no siempre lo es). Es un anestésico barato y accesible, y a veces es un producto más.

Además de parecer inofensivo, es muy accesible: en muchos casos asegura un pequeño subidón de ánimo inmediato (un refuerzo conductual), a pesar de que raramente mejore nuestra vida a largo plazo, más allá del mero efecto efecto placebo.

Presión social para ocultar los problemas

Algunas personas pueden llegar a “empecharse” de frases motivacionales, citas de personajes famosos, auténticos dogmas como “prohibido rendirse”, que no solo intentan aplicar consigo mismas (independientemente de su situación concreta o su contexto individual), sino que presionan a otras personas a su alrededor para que se suban al carro de lu nueva mentalidad.

Y es que la presión externa puede ser muy fuerte y a veces pecar de poco tacto, promoviendo reacciones poco empáticas antes el sufrimiento ajeno: “no te estás esforzando lo suficiente”, “tienes que creer en ti”, “ánimo, las personas fuertes se levantan siempre”.

Y es que con ese discurso sin tacto, se puede poner a las otras personas es una muy difícil disyuntiva: o me sigues, o eres una persona débil. “Ser feliz es muy fácil, y si no lo estás consiguiendo enseguida, es porque lo estás haciendo mal”

Con la doctrina de “toda tu felicidad depende de ti” también está implícito el mensaje “todo tu sufrimiento depende de ti”. La conclusión lógica es que si sufro es culpa mía.

Con esta filosofía de vida, muchas personas se olvidan de que el contexto importa, y no todas las personas pueden alcanzar las mismas metas utilizando los mismos métodos.

Negar el sufrimiento o los obstáculos

El discurso de la positividad extrema obliga a las personas a ponerse unas gafas de color de rosa con las que solamente ven una parte de la realidad: la parte más dulce, la de las victorias, los aprendizajes, las ganancias, la alegría. A la vez, niega la parte “fea” de la realidad: emociones no tan agradables, como la tristeza, el enfado o el miedo.

De manera muy poco científica, se etiquetan como “emociones negativas”, y se hace implícito el mensaje de que son “emociones malas”, y que debemos evitar sentirlas, porque siempre son malas para nosotros.

Este enfoque (casi sectario en algunos casos) crea una realidad alternativa en la mente de las personas, donde no hay problemas ni obstáculos, y donde la fuerza de voluntad y las ganas son lo único que uno necesita para triunfar en la vida y conseguir todo lo que se proponga.

En esta falsa omnipotencia, uno olvida que el sufrimiento es una parte más de la vida, y que las emociones menos agradables también tienen una función evolutiva, y que reconocerlas y expresarlas es esencial para nuestra supervivencia y nuestra salud mental.

Porque, por mucho que uno se ponga unas “gafas de la felicidad”, los problemas y obstáculos van a seguir ahí, y si negamos y excluimos emociones como el miedo, no podremos tomar decisiones sensatas para protegernos o tomar precauciones ante los riesgos y peligros reales de la vida.

La infantilización de la vida

En esta visión sesgada de la vida llevada al extremos, una persona puede llegar a infantilizarse mucho.

Se niega a sí misma la oportunidad de enfrentarse a los problemas de una manera madura propia de un adulto: aceptar las dificultades y la frustración, sostener el dolor con dignidad, y movilizar nuestros recursos hacia la mejora. De una manera optimista, por supuesto, pero realista, y no olvidando que para superar muchas dificultades necesitaremos algo de estrategia.

Y una verdad muy amarga para muchas personas: las cosas no siempre van a salir como a nosotros nos gustaría, por no contar con los recursos necesarios, o simplemente por mala fortuna.

Las ganas no siempre lo son todo, el contexto importa. Simplemente, no todo el mundo puede ser astronauta, y eso no tiene nada de malo ni le quita sentido a la vida.

Falta de empatía: sonrisas forzadas

Tristemente, cuando algunas personas se topan con una desgracia o un evento amargo (una enfermedad, un fracaso financiero, la muerte de un ser querido), a veces aparecen personas adoctrinadas por la positividad tóxica que empiezan a disparar frases motivacionales de conferencias o libros, como si de robots programados se tratasen.

No es agradable ver sufrir a otras personas, y a veces podemos tender a forzar a la otra persona a estar alegre enseguida, porque nos parece mal que sufra.

De nuevo, hay muy buenas intenciones, pero muchas veces lo mejor es ayudar a la persona a validar sus emociones y dejarle el espacio que necesite. La persona irá mejorando según va integrando la experiencia, pero a su ritmo, no al nuestro.

Mensajes absolutos y adoctrinadores

Es sencillo reconocer muchos de estos mensajes. Son absolutos, polarizados, hablan en términos de todo o nada, intentando describir la realidad en afirmaciones esculpidas en piedra, sin admitir matices o tonos de gris.

Se repite mucho la formulación en imperativo, como si fuese una orden, y los peligrosos “deberías” y “tienes que”, transformando meras opiniones en mandatos absolutos, como: “tienes que ser fuerte”.

Esta ideología se asocia mucho a valores como la libertad, sin embargo no suele dejar mucho lugar a la elección.

No sonrías si no quieres

Nada es blanco y negro. Por supuesto que es importante poner optimismo en nuestra vida para salir adelante, tener esperanza, creer en nosotros mismos y en nuestras habilidades y recursos.

Igual de importante es reconocer que no somos omnipotentes, muchas cosas nos costarán más o menos, a veces la opción más inteligente será retirarse a tiempo y volver a intentarlo la próxima vez con una mejor estrategia, o incluso desechar al completo una idea demasiado ambiciosa.

No tiene nada de malo sentirse triste, enfadado o asustado a veces. En determinadas circunstancias, es simplemente lo más adaptativo y sano.

En muchas ocasiones, expresadas en su justa medida, esas emociones nos pueden salvar la vida (como llevan haciendo durante miles de años, desde que los primeros Homo sapiens correteaban por las llanuras).

Hay mundos de distancia entre estas emociones básicas y naturales y un trastorno depresivo, ansioso o de enfado patológico.

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Luis Miguel Real

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