Test del Hombre Muerto: qué es, funciones, ventajas y desventajas

El Test del Hombre Muerto tiene un papel importante en el desarrollo del análisis de la conducta.

Nahum Montagud Rubio

Nahum Montagud Rubio

Test del hombre muerto

En el análisis de la conducta, el test del hombre muerto es una prueba muy interesante a usar cuando se está determinando las conductas a evaluar en el transcurso de la observación.

La idea principal del test es que todo comportamiento que también se pueda “realizar” una persona muerta es poco recomendable considerarlo como tal, puesto que en sí mismo no sería una acción significativa.

Esta prueba ha tenido sus pros y sus contras, pero al margen de ellos no deja de ser una curiosa forma de establecer qué comportamientos evaluar a la hora de hacer una investigación o analizar la conducta de un individuo. Entremos un poco más en detalles.

¿Qué es el Test del Hombre Muerto?

El Test del Hombre Muerto es una idea que se ha usado para tratar de distinguir entre conducta objetivamente medible y observable de la que no. Esta prueba se ha usado en muchas ocasiones como criterio para establecer qué conductas se deben analizar a la hora de evaluar el comportamiento de un individuo, sea persona o animal, dentro del marco del análisis de la conducta. Su principal uso es para determinar si una determinada acción se puede considerar o no como un comportamiento.

Esta idea fue desarrollada por Ogden Lindsley en 1965, quien dijo que si una persona muerta puede llevar a cabo una determinada conducta, entonces realmente no es un conducta. La idea es que, teniendo en cuenta que solo los organismos vivos tienen la habilidad de emitir comportamientos, cualquier cosa a la que llamemos conducta tiene que pasar el test del hombre muerto y, por lo tanto, no poder ser emitida por un ser inerte.

Aplicación en el mundo de la educación

Vamos a intentar entender mejor esta curiosa idea asociándolo con el porqué de su creación. El test del Hombre Muerto fue conceptualizado en una época en que la investigación en el campo educativo tenía un serio problema a la hora de analizar el comportamiento de los estudiantes. Muchos maestros hacían uso de unos criterios muy laxos para determinar el comportamiento ideal de sus alumnos, criterios que incluían algo que bien podríamos llamar como “no conducta”.

Entre los aspectos que evaluaban los profesores estaban; por ejemplo, cuánto tiempo estaban sus alumnos callados o si no motaban un berrinche. Si bien evaluar estas “conductas” era cómodo, no aportaba datos significativos sobre si realmente estaban aprendiendo ni tampoco se podían considerar como comportamientos que fomentaran el aprendizaje, como sí lo serían evaluar el grado de implicación de los estudiantes en la tarea o cuán motivados estuvieran para preguntar al profesor.

Estas dos conductas, es decir, no montar un berrinche y estarse quieto en el pupitre, no pasarían el test del hombre muerto porque, básicamente, una persona muerta puede “hacerlas”. Los cadáveres se están quietos y no arman barullo, con lo cual desear que los niños de un aula se comportaran así sería lo mismo que querer que se comporten como si estuvieran muertos.

¿Qué es la conducta?

Ejemplo de aplicación de esta prueba

Sin salirnos del ámbito educativo, podemos poner un ejemplo de la aplicación del test del hombre muerto pero un poco más actual y bastante común dentro del análisis de la conducta.

Si definimos “incumplimiento” como el fracaso para completar y obedecer a unas determinadas demandas dentro de un plazo de tiempo, aplicando la prueba tendríamos que hacernos la siguiente pregunta:

“¿Puede una persona muerta fallar a la hora de tener que cumplir con una demanda?”

La respuesta a esta pregunta es, claramente, sí. El muerto no hace nada, con lo cual va a fallar a toda demanda que le pidamos. Teniendo en cuenta que esa definición de incumplimiento no pasa la prueba del hombre muerto se hace necesario plantearse una nueva conducta a evaluar.

En este caso en concreto, en vez de hablar de incumplimiento podríamos evaluar el rechazo del individuo hacia la tarea que se le ha pedido, definiendo “rechazo” como el acto de responder con un rotundo no a una determinada petición. Aquí podemos hacernos la siguiente pregunta:

“¿Puede una persona muerta responder con un rotundo no a una determinada petición?”

La respuesta en este caso es, evidentemente, no. Un muerto no tiene la capacidad de hablar ni de rechazar nada activamente, con lo cual el rechazo es un comportamiento porque ha superado el test del hombre muerto.

Puntos débiles de esta prueba

Si bien al principio fue bastante aceptada, considerándola un buen criterio para establecer claramente la línea que separaba la conducta de aquello que no se lo podía considerar, hoy en día no se la considera una prueba tajante de qué es conducta y qué no. Además, a pesar de que fue conceptualizada durante los años 1960, a día de hoy no tiene demasiada evidencia empírica.

Añadido a esto, no debemos ignorar el tipo de razonamiento detrás de la prueba, de tipo circular. El test del hombre muerto asocia el comportamiento con el hecho de estar vivo mientras que cualquier cosa que pueda hacer un muerto es automáticamente considerado como no conducta, por lo tanto, su premisa es que estar vivo es sinónimo de conducta y no estar vivo es sinónimo de no conducta.

Esto nos lleva a la conceptualización actual de lo que se considera, o al menos se debería considerar, como conducta. Los analistas de la conducta actuales indican que cualquier comportamiento que conceptualicemos como tal debe poder ser medible y observable, además de que la conducta a analizar debe estar formulada de forma clara, objetiva y concisa y, ciertamente, hay algunas cosas que los muertos pueden “hacer” que se podrían considerar como conducta teniendo en cuenta estos parámetros y sería en ese caso en el que la prueba del hombre muerto podría servir.

Cuando se haga cualquier tipo de análisis de la conducta se deberán escoger comportamientos que sean socialmente significativos y en los que quede claro que el individuo se implique, pudiendo comprobar esto último haciendo uso del test del hombre muerto. Pero, además de ello, todo analista de conducta debe cerciorarse de que las conductas que ha establecido como tales sean medibles, observables, claras, objetivas y concisas. Si no cumple estos criterios ni tampoco pasa el test del hombre muerto es necesario plantear otra conducta a evaluar.

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  • Lindsley, O. R. (1991). From technical jargon to plain english for application. Journal of Applied Behavior Analysis, 24(3), 449–458.

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