Desde un punto de vista bioquímico, la grasa engloba a varias clases de lípidos, moléculas orgánicas constituidas mayoritariamente por carbono e hidrógeno, cuya función suele ser el almacenaje de energía en los seres vivos. Los lípidos, generalmente en forma de triacilgliceroles, presentan un contenido calórico muy alto (10 kcal/gramo). Por tanto, se tratan de una forma compacta y excelente de almacenar energía para ocasiones de estrés y ejercicio.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la ingesta de grasas en la dieta no debe superar el 30% de la cantidad total de materia orgánica ingerida. Por su parte, el porcentaje de hidratos de carbono debe oscilar el 55-60% y las proteínas un 15%. En contra de lo que se dice en la cultura popular, las grasas no son malas: todo lo contrario, nos ayudan a funcionar en los momentos en los que escasean los recursos, tanto a los humanos como al resto de animales.

Alejándonos un poco de concepciones dietéticas, hoy venimos a mostrarte algunas de las características más importantes del tejido adiposo humano. Te adelantamos que estas van mucho más allá del almacenamiento de energía, así que mejor no dar nada por sentado.

¿Qué es el tejido adiposo?

El tejido adiposo es un tipo de tejido conformado por unas células llamadas adipocitos, donde se almacena gran cantidad de energía en forma de grasa. Esta organización celular es responsable de muchas funciones, sin embargo, un exceso de este tejido puede provocar graves problemas de salud. Generalmente se lo asocia al trabajo de almacenaje de energía, pero, además, produce una gran cantidad de péptidos y factores de función tanto endocrina como paracrina.

En individuos sanos, el tejido adiposo supone entre un 10 y un 30% de la masa total, dependiendo del índice de Masa Corporal (IMC), etnia, género y otros factores. En los pacientes que presentan obesidad mórbida, el porcentaje de grasas puede llegar a suponer hasta un 80% de su peso. Cuando una persona se mueve en estos valores, los riesgos de cardiopatía isquémica, cáncer gástrico, envejecimiento celular acelerado y otras muchas patologías más se multiplican.

El tejido adiposo está compuesto por muchas células. Los adipocitos son los cuerpos dominantes y principales, pues suponen un 80-90% del volumen tisular total y un 60-70% de la cantidad total de células (en lo que a números se refiere). Fijándonos en la ultraestructura de este tejido, veremos que el tejido adiposo es un 18% agua, 80% triglicéridos (grasas) y 2% proteínas, aproximadamente. En sujetos con obesidad, el contenido de agua disminuye y las grasas ocupan una fracción mayor del total.

Los adipocitos y su relación con el peso

Como su propio nombre indica, los adipocitos son los tipos celulares que caracterizan al tejido adiposo. Antes de continuar con terminologías más complejas, es necesario dedicar unas líneas solo a estos característicos cuerpos celulares. Estamos ante células redondeadas con unas 10-200 micras de diámetro, cuyo contenido interno se ve representado en un 95% por componentes lipídicos.

Estudios muy interesantes han explorado la idea de que, a partir de los 20 años de edad, el número de adipocitos del ser humano permanece prácticamente constante aunque se pierda de peso. La obesidad y el sobrepeso se deben a 2 eventos principales a nivel celular: el incremento en el tamaño de los adipocitos existentes (hipertrofia) y el aumento del número de adipocitos existentes (hiperplasia). La prevalencia de un proceso u otro depende mucho de la edad.

Hasta el año 2008, se creía que los adipocitos nuevamente sintetizados durante la ganancia de peso se perdían al adelgazar. Sin embargo, parece ser que el número celular es constante durante la vida adulta: lo que varía es el diámetro y la cantidad de grasa almacenada en cada adipocito, no el número de ellos. Interesante, ¿verdad?

Los tipos de tejido adiposo en humanos

En el organismo humano, los lípidos se almacenan en 2 tipos de tejido adiposo: el blanco y el marrón. Te contamos sus particularidades en las siguientes líneas.

1. Tejido adiposo blanco (TAB)

Su localización principal es en la sección subcutánea, abdominal, inguinal, perirrenal (alrededor de los riñones), retroperitoneal, gonadal, en torno a los órganos y en otros lugares fisiológicos de modo disperso. El TAB es el tejido principal de reserva energética del organismo y, además, se le atribuye la funcionalidad de proteger a muchos órganos y estructuras vitales de lesiones de tipo mecánico.

Este tipo de tejido se denomina como “unilocular”, pues cada adipocito presenta una sola gota de grasa, que ocupa la inmensa mayoría de su citoplasma. De todas formas, esta característica no es inamovible, ya que a veces los animales muy bien alimentados pueden presentar adipocitos blancos multiloculares durante su desarrollo, si bien las gotas de grasa se fusionarán en una sola cuando estos maduren. Tanto el núcleo como el resto de los componentes citoplasmáticos ocupan un fino espacio periférico, próximo a la membrana plasmática.

Históricamente se creía que el TAB era un tejido poco activo, pero investigaciones han demostrado en las últimas décadas que se trata de un conglomerado celular altamente dinámico, pues secreta numerosos factores, no solo lipídicos sino proteicos. Sin ir más lejos, se ha detectado que el tejido adiposo blanco secreta hormonas esteroideas, así que se considera un componente esencial del sistema endocrino humano.

Las moléculas sintetizadas en este tejido se denominan adipoquinas. Un ejemplo de ellas es la leptina, sintetizada casi exclusivamente en los adipocitos, aunque también se expresa en el hipotálamo, el ovario y la placenta. Entre otras muchas funciones, esta hormona afecta a la ingesta de alimentos en humanos, actuando sobre el sistema nervioso central (SNC). Otras adipoquinas, menos conocidas pero igual de importantes, son la resistina y la adiponectina.

2. Tejido adiposo marrón o pardo (TAM)

A los apasionados de la biología, quizás les suene este tipo de tejido, ya que es abundante en los mamíferos hibernantes. Durante este delicado periodo de “parón” fisiológico, la grasa parda o marrón se encarga de la termogénesis, o lo que es lo mismo, la producción de calor en respuesta a temperaturas anormalmente frías. Como el resto del metabolismo del animal está parado (exceptuando funciones vitales), la energía tiene que salir con cuentagotas de tejidos especializados, como este.

El ser humano también lo presenta, pero principalmente en la etapa neonatal, durante la lactancia y en niños muy pequeños. La proporción de este tejido disminuye marcadamente a partir de las 8 semanas de vida, hasta llegar a suponer un 1% de la masa total del individuo. El tejido adiposo marrón se encuentra en la zona axilar, perineal, paravertebral, cervical, disperso en arterias y alrededor de órganos.

La grasa parda está formada por adipocitos que contienen varias gotas de lípidos, es decir, es multilocular. Estos son más pequeños que los que conforman la grasa blanca y, además, presentan un tono marronáceo en seco (de ahí su nombre). Llama la atención conocer que este tono se debe a la abundante presencia de mitocondrias en el citoplasma, algo en consonancia con su función de quema de energías y producción de calor.

También es curioso reportar que, en mamíferos estudiados, el aspecto del tejido adiposo marrón varía en base a las condiciones ambientales. Cuando los ejemplares están a temperaturas templadas y tienen una amplia disponibilidad de comida, los adipocitos se parecen mucho a los presentes en la grasa blanca. Por otro lado, cuando el animal es privado de comida y el clima se vuelve inclemente, estos vuelven a adoptar su forma natural “en racimo”, con múltiples gotas de grasa en su interior bien diferenciadas.

Resumen

Como habrás podido comprobar, el tejido adiposo va mucho más allá del almacenaje de energía en forma de grasas, tanto en humanos como en el resto de animales. También tiene una importante función endocrina (ya que sintetiza y libera hormonas que actúan sobre otros órganos), promueve la termogénesis y la supervivencia en momentos de necesidad (el caso de la grasa parda en mamíferos) y protege a los órganos de daños mecánicos, entre otras muchas cosas.

La grasa no es mala en sí misma, pues sin ella, los mamíferos no podríamos vivir. El problema llega cuando se ingieren muchas más calorías de las necesarias y, por ende, los adipocitos aumentan de tamaño y generan sobrepeso u obesidad.

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