El proceso migratorio es un momento de alta carga estresante para toda persona que se ve forzada a dejar su tierra natal para ir a vivir a un lugar en el que no tiene la certeza de que le va a ir del todo bien.

Las dudas, los miedos, el temor por ser rechazado o las dificultades por adaptarse hacen que la persona migrante tema que su proyecto migratorio no triunfe. Puede que sienta que la llegada a su nuevo país es una nueva oportunidad o, de lo contrario, un enorme riesgo.

A este fenómeno psicológico se le ha denominado estrés por aculturación, una emoción que si bien es normal que todo migrante sienta en algún momento de su experiencia migratoria, en caso de prolongarse puede suponer serios problemas para su salud mental.

¿Qué es el estrés por aculturación?

El estrés por aculturación es un proceso psicológico que padecen las personas desplazadas al llegar a su tierra de acogida y enfrentarse a todo tipo de cambios y diferencias con respecto a su tierra de origen. En sí mismo, entendemos por aculturación al conjunto de procesos que hace una persona extranjera para poder adaptarse a la nueva sociedad que le ha tocado vivir.

Normalmente, este proceso no es cómodo de hacer, puesto que implica cambios profundos en el individuo, además de que no tiene la certeza de que lo vaya a conseguir, cosa que le puede generar un (des)adaptativo estrés.

El concepto de estrés por aculturación fue acuñado por John Widdup Berry, psicólogo especializado en temas sobre la adaptación de los inmigrantes y los pueblos indígenas tras establecer contactos culturales con otros grupos étnicos.

Lo introdujo en la década de los 70’, usándolo como término alternativo al de “shock cultural”, el cual tenía unas connotaciones bastante negativas puesto que con “shock” (“golpe”, “choque”) se daba a entender que, por necesidad, la introducción de personas de una cultura a otra tenía que acabar, de una u otra forma, en algún tipo de violencia.

Cuando hablamos de estrés como algo adaptativo puede que se sorprendan algunos. En la sociedad en la que vivimos la palabra “estrés” tiende a ser percibida como algo negativo, pero esto no es del todo así. El estrés es la respuesta ante una situación en la que puede ponerse en riesgo nuestra integridad física y mental y que, para poder sobrevivir o seguir adelante, es necesario que llevemos algún tipo de respuesta, sobre todo del tipo lucha o huida.

Extrapolado al proceso migratorio, el estrés lo podemos entender como la sensación que no dejará indiferente a la persona desplazada. Al estar ante un nuevo mundo esta persona no puede quedarse de brazos cruzados, tiene que hacer algo para seguir adelante. El estrés es aquello que la despierta y la motiva a encontrar los recursos para poder adaptarse a la nueva tierra de origen. En el momento en el que lo haya conseguido, este estrés, que ha sido fundamental para su supervivencia, desaparecerá.

El problema del estrés por aculturación es que puede ser un arma de doble filo. Como acabamos de comentar es el motivador para que la persona se esfuerce para ser parte de donde le ha tocado vivir, poniendo todos los recursos de los que dispone. El problema es que su proyecto migratorio no siempre funciona, sumado a un posible rechazo de los locales y la dificultad para adaptarse a las nuevas tradiciones, lengua y demás características culturales.

Esto hace que el proceso de aculturación se estire por mucho tiempo, pareciendo que la persona no consigue adaptarse al nuevo lugar de residencia. Como la aculturación se alarga también lo hace el estrés y esta emoción, sostenida largo tiempo, puede ser fuente de todo tipo de psicopatología. La migración no es un problema psicológico, pero sí es un factor riesgo y, en caso de no gestionarse bien la propia experiencia de la persona migrante esto le generará trastornos depresivos, de ansiedad y psicosomatización en forma de fatiga.

En resumidas cuentas, el estrés por aculturación, junto con el duelo migratorio, es ese proceso que puede motivar a la persona a activarse para adaptarse al nuevo país pero, también, si no se gestiona adecuadamente y la persona no dispone de los recursos necesarios para ello, puede acabar en fracaso y posteriormente convertirse en una gran fuente de malestar psicológico y físico. Por muy natural y motivador que sea el estrés, la migración no deja de implicar un gran sacrificio para la persona migrante y si la situación desborda a la persona migrante la presión sostenida va a hacerle daño.

Factores que la predisponen

En sí mismo, la definición pura y neutral de estrés por aculturación es simplemente el malestar que se vive al ir a parar a un lugar cuya cultura es significativamente diferente a la de origen.

Como comentábamos, este malestar no es malo en sí pero sí molesto, lo cual motivará a la persona a buscar estrategias para reducirlo y esas estrategias están enfocadas a adaptarse al nuevo lugar de residencia, es decir, poder conseguir llevar a cabo con éxito la serie de cambios psicológicos, sociales y económicos que implica la aculturación.

Este estrés de aculturación será mayor o menor en función de diferentes factores, entre los cuales podemos encontrar los siguientes:

  • Dominio lingüístico.
  • Diferentes roles de género.
  • Variación en el funcionamiento familiar.
  • Conflictos intergeneracionales (p. ej., 1a gen tradicionalista vs 2a gen occidentalizada).
  • Pérdida apoyo social y familiar.
  • Disponibilidad de empleo y vivienda en el país receptor.
  • Acceso a la salud y la educación.
  • Estatus migratorio.
  • Dificultades para acceder a la nacionalidad o la residencia.
  • Dsicriminación racial, étnica, xenofobia...

Todos estos factores traen consigo problemas psicológicos si la persona no se ve capaz de afrontarlos o si le acosan mucho. Está claro que, en sí, aprender un nuevo idioma no es algo tan complicado ni difícil de gestionar como el hecho de ver cómo los habitantes de la región a dónde se ha ido a parar no son muy amistosos con los extranjeros, o si el estado hace más bien poco para ayudar a las personas a sentirse cómodas con su nuevo hogar.

Es por esto que si estos factores se dan y la persona no tiene los recursos para poder hacerles frente, tarde o temprano su estrés asociado a sus intentos de aculturación acabará progresando a problemas psicológicos, lo cual va a dificultar todavía más adaptarse a su nuevo territorio.

¿Qué consecuencias implica?

Como ya hemos dicho, el estrés no es algo malo en sí mismo. Puede ser la “chispa” que haga que una persona migrante se espabile para adaptarse a su nueva tierra, buscando apoyos en los propios locales, aprendiendo el idioma local e implicándose activamente en las tradiciones y la cultura de su nuevo país.

Si la tierra en la que le ha tocado vivir es muy abierta para con los inmigrantes, aunque nunca acabará de despegarse de su país de origen no se sentirá apartado de donde le ha tocado vivir. La principal consecuencia positiva del estrés por aculturación es eso, adaptarse.

Pero, como decíamos, si el proceso de aculturación está fallando y el estrés, misma emoción que debería ayudar a espabilar al migrante, lejos de ayudarle a adaptarse lo que está haciendo es agobiarlo todavía más es cuando hablamos de psicopatología. Puede que la persona quiera adaptarse, pero el entorno que le ha tocado vivir no lo recibe con los brazos abiertos, además de que puede que no tenga acceso a recursos como salud, educación y dinero que le ayudarían a seguir adelante con su proyecto migratorio.

Debido a todo esto, como consecuencias negativas tenemos sentimientos de aislamiento, rechazo, ansiedad, trastornos psicosomáticos y depresión. Además, estos problemas van progresivamente desgastando cada vez más la salud del inmigrante, no únicamente porque el proyecto migratorio sigue fallando sino que, además, ya sea por falta de dinero o por una muy baja concienciación sobre la salud mental, estas personas son muy poco propensas a recibir ayuda psicológica.

El estrés por aculturación se podría considerar el paso inmediatamente anterior a la vivencia del síndrome de Ulises. Este cuadro, acuñado por el psiquiatra Joseba Achotegui en 2002, surge ante la separación forzada de los seres queridos, lo cual supone una ruptura del instinto de apego, sentimiento de desesperación por el fracaso del proyecto migratorio y la ausencia de oportunidades, junto con la lucha por conseguir lo básico, como alimentación y un techo donde dormir. Muchas personas llegan a su nuevo país de origen a través de mafias de forma ilegal, lo cual supone el temor constante de ser deportados.

Curiosamente, el estrés por aculturación no únicamente afecta a las personas migrantes, sino también a los locales. Asociado al shock cultural, los habitantes de la tierra receptora, tanto “propios” como descendientes de 2a, 3a o 4a generación de otros inmigrantes pueden ver a los nuevos allegados como una amenaza económica o competidores por los recursos. Es en este momento que debido al contacto intergrupal aparecen conflictos entre esos grupos, reforzándose la preferencia por el endogrupo y viendo al exogrupo como peligroso.

Referencias bibliográficas:

  • Urzúa, A., Basabe, N., Pizarro, J., & Ferrer, R. (2018). Afrontamiento del estrés por aculturación: inmigrantes latinos en Chile. Universitas Psychologica, 16(5), 1-13. https://doi.org/10.11144/Javeriana.upsy16-5.aeai
  • Urzua, Alfonso & B, Osvaldo & Caqueo-Urizar, Alejandra. (2016). Salud mental y estrés por aculturación en inmigrantes sudamericanos en el norte de Chile. Revista médica de Chile. 144. 563-570. 10.4067/S0034-98872016000500002.
  • Achotegui, Joseba (2014). The Ulysses Syndrome: The immigrant Syndrome with Chronic and Multiple Stress. ISBN 978-84-613-31116.
  • Achotegui, Joseba (2006). «Estrés límite y salud mental: el Síndrome del inmigrante con estrés crónico y múltiple (Síndrome de Ulises)». Revista Migraciones (Universidad de Comillas-Madrid) (19): 59-85.