Un resumen de la vida de Bertrand Russell.

Existe en este mundo un número reducido de autores cuyas aportaciones trascendieron más allá de su propia vida para tocar la de quienes les sucederían en el fluir incesante del tiempo, al cual todos estamos sometidos.

Una de estas figuras es sin duda alguna la de Bertrand Russell, que pudo legar tantas y tan diversas obras (matemáticas, filosofía, logica, política, etc.) que resulta difícil encasillarlo en cualquier ámbito concreto del saber.

En este artículo revisaremos su vida y obra mediante una biografía de Bertrand Russell, haciendo un especial énfasis en las contribuciones que hizo durante su larga y excepcional vida.

Breve biografía de Bertrand Russell

Bertrand Russell nació en el pequeño pueblo de Trellech (sudeste de Gales) en 1872, en el seno de una familia ilustre y aristócrata de la época. Su padre, John Russell, fue Vizconde de Amberley; y su madre, Katherine Louisa Stanley, era hija del propio Barón de Alderley. Además de todo ello, fue ahijado del filósofo John Stuart Mill, uno de los promotores (junto a Jeremy Bentham) del utilitarismo occidental, que se erige sobre la utilidad de las acciones entendidas como todos los efectos positivos que generan sobre los individuos receptores.

Pese a que tuvo la fortuna de llegar al mundo en una situación acomodada, la adversidad no tardaría en llegar a su vida: cuando apenas contaba seis años de edad, la difteria arrebató la vida de su madre y la de su hermana, lo que condujo a su padre a un inconsolable estado de desesperación que acabaría conduciéndole también a la muerte. Ya huérfano, tanto él como su hermano Frank tuvieron que mudarse a Pembroke Lodge, a una residencia auspiciada por la Corona.

Bertrand Russell fue un pensador prolífico, que dedicó muchas horas al día a reflexionar sobre los más variados asuntos imaginables. Escribió profusamente sobre Filosofía (pues desde joven recibió la influencia de su tío John Stuart Mill, aunque no llegaron a conocerse personalmente), sobre pacifismo (su larga vida le permitió atestiguar las dos guerras mundiales que devastarían el planeta en la primera mitad del pasado siglo) e incluso Física (pues conoció personalmente a Albert Einstein y ambos se pronunciaron respecto al peligro nuclear).

Todos estos intereses surgieron ya desde su más tierna infancia, en la insoportable soledad de Pembroke Lodge. Allí consumiría el tiempo entre libros, curioseando aquella exhuberante naturaleza que caracterizaba a los jardines del lugar.

La primera pasión intelectual de su vida sería la geometría euclídea, que pudo conocer a través de la ayuda de su hermano y que le brindaba la atractiva oportunidad de demostrar teoremas por sí mismo. No obstante, acabaría sintiéndose desilusionado por los axiomas que se requerían para avanzar en la materia, pues nunca soportó la incuestionabilidad.

Y es que Bertrand Russell se caracterizó por rebelarse ante todo intento de imposición que pudiera existir en el desarrollo del saber; fuera sobre Política, Filosofía, Ciencias, Matemática o cualquier otro. Por este motivo aprendía de muchas fuentes diferentes, tratando de sortear los límites que otros trataban de imponer al conocimiento. Como resultado de ello, siendo apenas un niño redactó un compendio de notas (haciendo uso del alfabeto griego) sobre el determinismo que observaba en las leyes de la Física, el cual llegaba a atormentarlo en grado sumo.

Quizá lo que convirtió a Bertrand Russell en una referencia inmensamente popular fue su Principia Mathematica, la cual marcó un antes y un después en el pensamiento lógico, y que sigue siendo en el momento actual una obra imprescindible en este ámbito. Se trata de una creación enciclopédica escrita en colaboración estrecha con el matemático inglés Alfred North Whitehead, una de las figuras más relevantes en la vida académica del autor que nos ocupa.

Formación académica

En su juventud, pertrechado de una rabiosa e insaciable curiosidad, Bertrand Russell inició sus estudios en el Trinity College de la ciudad de Cambridge (al este de Inglaterra) eligiendo las Matemáticas en un primer momento. Allí conocería a Alfred North Whitehead, que pudo advertir sin ninguna duda un ingenio despierto que ameritaba una particular atención. Fue en este momento donde su tutor le propuso para acceder a Los Apóstoles, un grupo de jóvenes dedicado a reflexionar sobre los asuntos más variados, desposeyéndolos de toda censura o circunloquio intelectual.

Pese a su enorme interés por la Matemática, Bertrand Russell descubrió muy pronto que las dinámicas académicas del Trinity College no satisfacían en lo más mínimo su hambre de conocimiento, pues se reducían a la "simple" sucesión de supuestos que no ahondaban en las entrañas del Álgebra o la Geometría. Fue así como decidió empezar a ampliar fronteras, accediendo al estudio de la Filosofía (conocida como Ciencias Morales en aquella época).

En este momento de su vida se vio influido por el pensamiento de los filósofos idealistas, una rama del saber que ubica el conocimiento en un plano puramente intelectual, indiferente a la experiencia directa de las cosas. Y es que en aquel tiempo era la corriente predominante en Inglaterra, extendiendo su dominio en las universidades del país (Platón, Leibniz, Hegel, etc.).

En el estudio detallado de la Filosofía encontró el espacio ideal para desarrollar un pensamiento crítico sobre las matemáticas y otras áreas de su interés personal. De hecho, concluyó sus estudios redactando el brillante Ensayo sobre los Fundamentos de la Geometría, haciendo gala de su postura idealista.

Un cambio de posición existencial

Si bien durante sus primeras andaduras en la Filosofía se plegaría al idealismo mayoritario, la lectura de Francis H. Bradley (un filósofo neohegeliano caracterizado por su vehemente oposición al creciente empirismo) supondría para él la revolución interior que le enfrentaría con los que hasta aquel momento habían sido sus heurísticos existenciales. Todo ello supuso una ruptura definitiva con lo establecido en su mente, abriéndose a formas de pensar muy infrecuentes en su entorno académico.

Concretamente, encontraba que era imposible que la ciencia y los números sobrevivieran a las concepciones de la doctrina idealista de las relaciones internas, noción que postulaba que las cosas solo podían ser conocidas en la medida en que se dispusiera de entendimiento absoluto sobre sus múltiples relaciones. Todo ello le condujo a redactar Sobre la Naturaleza del Juicio y a desandar los pasos de cuanto había aprendido, siendo uno de los autores que abanderaron la histórica rebelión británica contra el idealismo.

Sus viajes fuera de Inglaterra, concretamente a Alemania (donde llegó a conocer a algunos de los más eminentes matemáticos de aquel momento) y Francia (muy especialmente en el Congreso Internacional de Filosofía de París), supusieron una apertura intelectual que se expresó en la intención definitiva de articular una fundamentación lógica para las matemáticas y superar con ello el idealismo de filósofos tan prominentes como Immanuel Kant.

Adoptó a partir de entonces el pensamiento de la escuela logicista en su percepción de las matemáticas, a partir de la cual toda hipótesis debería ser probada mediante premisas muy sencillas expresadas en términos lógicos, una idea procedente de mediados del s.XVII con las mónadas del filósofo Gottfried Leibniz (que adaptó a los ámbitos de las Matemáticas, la Física, la Metafísica, la Psicología y la Biología).

El pensamiento logicista permitió a Bertrand Russell descubrir inconsistencias en las obras de muchos autores de su tiempo, como por ejemplo en la Teoría de Conjuntos de Georg Cantor, mediante lo que hoy en día se conoce como la Paradoja de Russell. Debido a que su comprensión es compleja, a menudo ha sido transmitida con metáforas más accesibles a la mayoría de personas, siendo la más conocida de todas ellas la del Barbero.

Concretamente, esta paradoja narra la historia de un país inexistente en el que una suerte de Rey prohíbe que los barberos puedan afeitar a cualquier persona que pueda hacerlo por sí misma, debido a que existe una escasez de estos profesionales y deben dedicarse solo a los necesitados. No obstante, existiría en este país un diminuto pueblo en el que solo habría un barbero, que se quejaría de que no puede afeitarse a sí mismo (por ser capaz de ello) ni tiene a otro colega cerca que pueda hacerlo por él (ya que incluso en el supuesto de que lo hubiera tendría prohibido tocar su rostro).

Principia Mathematica

Dentro de la prolífica obra de Bertrand Russell (se dice de él que escribía alrededor de 3000 palabras diarias), el Principia Mathematica es sin duda la pieza clave de sus contribuciones. Se trata de una obra de autoría compartida, en la que volcaron sus esfuerzos tanto Russell como Whitehead, pues ambos compartían una visión similar sobre las bases de esta ciencia. Russell profundizó en los pasajes cuyo contenido era de carácter filosófico, y también en las conclusiones que se derivaban de las diversas formulaciones.

Se trata de una obra compuesta por tres tomos (originalmente iban a ser cuatro) que trata sobre asuntos relacionados con todo tipo de prismas matemáticos, y que se considera la referencia fundamental de la lógica en este terreno, junto al mismísimo Órganon de Aristóteles (a partir de la cual se fundamentó el silogismo como herramienta para alcanzar razonamientos lógicos sobre la validez de cualquier argumento). Actualmente, ambos son básicos en toda biblioteca científica que se precie.

Otras contribuciones de Bertrand Russell

Bertrand Russell, pese a ser un ferviente pacifista en la primera guerra mundial, se posicionó a favor del belicismo contra los nazis en la segunda. Esto se debe a que no podía asumir la existencia de un mundo en el que los ideales nacionalsocialistas imperaran. Fue encarcelado en dos ocasiones durante su vida, como resultado de sus acciones contra la guerra (aconsejar a los jóvenes sobre cómo evitar el llamamiento al combate, por ejemplo). En la última ocasión que fue recluido contaba con casi 90 años de edad.

La exquisitez con la que redactaba sus ideas le hizo merecer el premio Nobel de Literatura en 1950, pese a haber dedicado su vida al universo de los números (en mayor medida que al de las letras). Se dice que el valor de sus reflexiones facilitó de alguna manera que el mundo no quedará sumido en el holocausto nuclear, pues tenía la convicción de que evitar este peligro era el fin de todo pensador al que le hubiera correspondido vivir aquel tiempo.

Bertrand Russell murió a los 98 años de edad, dejando tras de sí una existencia muy larga y productiva, legando incontables obras para la posteridad. Falleció tranquilo, de la mano de Edith Finch, su última mujer (se casó cuatro veces durante su vida). Sigue siendo hoy en día un ejemplo ineludible de la búsqueda de la verdad, del inconformismo intelectual y de la lucha por la paz.

Referencias bibliográficas:

  • Pellicer, M.L. (2010). Bertrand Russell: Centenario de Principios de las Matemáticas. Revista de la Real Academia de Ciencias Exactas, Física y Naturaleza, 104(2), 415 - 425.
  • Pérez-Jara, J. (2014). La Filosofía de Bertrand Russell. Pentalfa Ediciones: Oviedo (España).