El autismo es un trastorno del neurodesarrollo cuya expresión clínica puede llegar a ser muy invalidante; puesto que cursa con alteraciones cognoscitivas, comunicativas y conductuales. Además, todas ellas conviven con frecuencia con algún grado de discapacidad intelectual.

En un porcentaje reducido de casos, quienes lo padecen (generalmente varones) viven con la citada dificultad pero también con alguna capacidad extraordinariamente desarrollada. A quienes presentan esta combinación se les conoce como savant (síndrome del sabio).

En este trastorno la persona suele mantener su capacidad verbal, por lo que se consideran autismos de alto funcionamiento (Asperger en el manual diagnóstico DSM-IV-TR). De hecho, no son pocos los que tienen la habilidad de aprender múltiples idiomas sin esfuerzo y en un tiempo récord.

En el presente artículo abordaremos la figura de Daniel Tammet, uno de estos infrecuentes savant. Su caso es tremendamente particular, pues su aptitud extraordinaria se orienta tanto a las matemáticas como a las lenguas.

¿Quién es Daniel Tammet?

Daniel Tammet es un matemático británico nacido en 1979, que fue identificado a los 25 años como savant por el prestigioso Simon Baron-Cohen, docente en la Universidad de Cambridge. Se trata de un caso excepcional de sabio prodigioso, de los que apenas se han documentado unas pocas decenas en todo el mundo, y que se caracteriza por el desarrollo extraordinario de más de una función cognitiva junto a la preservación de la inteligencia (que a menudo rebasa los límites superiores de la normalidad).

Se crió en Londres y es el primero de nueve hijos, procedentes de una humilde familia británica que durante años se vio obligada a subsistir de la caridad de los conocidos y de asociaciones benéficas. Su infancia no solo estuvo marcada por las limitaciones sociales propias del autismo, sino que también por la irrupción de otras patologías graves (como la epilepsia) que cambiaron de forma persistente el modo en el que pensaba y procesaba su realidad.

Sobre su vida y obra se ha escrito muchísimo, pese a que en este momento es todavía una persona muy joven. Desde hace muchos años visita distintas universidades tanto en Europa como en América del Norte, compartiendo sus experiencias con centenares de estudiantes y dando un fiel testimonio de su pensamiento divergente. También se han filmado y emitido varios documentales sobre él en la televisión, en los que se ha hecho énfasis en su vida y en el modo particular en que se desarrolló su cerebro infantil.

Conocer a Daniel Tammet implica descubrir el modo concreto en que funciona su mente. Por ello, procederemos a tratar sobre la cuestión en lo sucesivo, abundando especialmente en un concepto clave para su comprensión: la sinestesia.

1. Los primeros años

El nacimiento de Daniel Tammet fue todo un acontecimiento para sus padres, pues fue el primero de muchos otros hijos que vendrían después. La situación económica por la que atravesaban no era la mejor, pero albergaban un vibrante anhelo de adentrarse en la etapa de la paternidad, así que supuso una suceso gratificante y esperado para esta joven pareja. No obstante, no tardarían en sorprenderse de que su hijo parecía llorar incesantemente, y de que no respondía a sus intentos por aliviar el pesar que en apariencia le abrumaba.

Esta circunstancia brotó desde prácticamente el primer momento en el que llegó al mundo, y supuso visitas periódicas a los especialistas en Pediatría. Sin duda se trataba de una señal temprana de su autismo, aunque no pudo ser diagnosticada por los médicos de la época. Es necesario considerar que a los doce meses había desarrollado los hitos motrices previstos y formulaba sus primeras palabras, algo que no encajaba en el modo en que este trastorno se concebía por aquel entonces (limitado a los criterios de Leo Kanner).

Las actividades lúdicas del pequeño Daniel Tammet carecían de todo aspecto simbólico, y para cuando accedió a la guardería tendía a retirarse en un espacio solitario y a desplegar conductas que sus profesores juzgarían como repetitivas y sin propósito aparente. Pasaba muchísimas horas retozando en una caja de arena en el patio de recreo de aquel centro, absorto en cada uno de los granos que se deslizaban entre sus diminutos dedos. El resto de los niños solo eran el trasfondo para sus intereses restrictivos, por lo que no reparaba en su presencia.

También en aquel tiempo expresó conductas de autoestimulación tales como darse suaves golpes en la cabeza contra la pared de su casa o de la guardería, así como balancearse rítmicamente en el momento en que se sentía feliz o alegre. Durante este capítulo de su vida desarrolló cierta rigidez en su modo de actuar, pues no podía utilizar cubiertos distintos a los suyos ni colgar el abrigo en algún perchero diferente al que se había asignado a sí mismo en la escuela.

Sus hermanos menores, que progresivamente iban llegando al mundo, no suponían para él motivo de alegría o interés. Pese a que llegó a compartir habitación con bastantes de ellos a lo largo de los años, Daniel Tammet siempre parecía sentirse distante respecto a la vida que el resto de la familia construía en común, mostrando una preferencia muy notable por la soledad (ojeando libros con dibujos de vivos colores o simplemente mirando la forma en la que la luz blanca del sol se despedazaba en mil colores al atravesar el prisma cristalino de su ventana).

2. Un acontecimiento inesperado

Cuando apenas sumaba dos años de edad, Daniel Tammet vivió un suceso que cambiaría su vida para siempre. Mientras se encontraba en su casa sufrió un ataque epiléptico, con un foco de actividad ubicado en lóbulo temporal del hemisferio cerebral izquierdo. Se trata de un problema más común en niños con autismo que en la población general, pero que supuso un contratiempo grave que por poco le costó la vida.

El ingreso hospitalario se prolongó varios días. Tras la correspondiente exploración, se recetó carbamazepina (un fármaco anticonvulsivo) y se diagnosticó una crisis epiléptica de gran mal que había llegado a restringir el suministro de oxígeno (pues ya en urgencias presentaba labios cianóticos). El accidente pudo suponer un antes y un después en el modo en el que Daniel Tammet procesaba la información. Por suerte aquel fue su primer y su último ataque, pero algo había cambiado para siempre en un rincón profundo de su sistema nervioso.

3. Una habilidad extraordinaria para los números

Los estudios que se han realizado hasta hoy, en lo concerniente al modo en que funciona el cerebro de las personas con un síndrome de savant, indican que una lesión en la región temporal del hemisferio izquierdo podría estar a la base de cambios neuroplásticos dirigidos a que el derecho asuma mayor control de la situación. Aunque se desconoce en gran parte el mecanismo exacto, parece que con ello se desencadenan formas novedosas de articular procesos neurológicos que se traducen en un desarrollo superlativo de funciones cognitivas compensatorias.

En tal sentido, Daniel Tammet empezó a vivir con sinestesia. Se trata de un síntoma raro que consiste en la percepción de un estímulo concreto en una modalidad sensorial distinta a la que le correspondería por sus propiedades físicas (como ver sonidos o escuchar objetos). En este caso concreto, el fenómeno implicaría muy especialmente a los números, de modo tan particular que supuso (desde aquel momento y hasta la actualidad) el fundamento para una extraordinaria capacidad de cálculo aritmético y de razonamiento matemático.

Daniel Tammet es capaz de asignar a cada número propiedades físicas totalmente únicas, diferenciándolos a unos de otros. Así, algunos serían muy grandes (como el nueve) y otros diminutos (como el seis). También los habría elegantes (como el tres) y llenos de aristas (el cuatro). Incluso llega a distinguir los números según el modo en que su superficie resulta al tacto, habiéndolos rugosos y suaves. De esta forma, cada número despierta en él una serie de emociones totalmente diferente.

Es importante señalar que esta capacidad no se limita únicamente a los números sencillos, sino que lo hace a todos los números posibles del universo conocido. Por ejemplo, el 333 le parecería bonito, mientras que el 289 podría resultar desagradable (a la vista, oído o tacto). Sus números preferidos serían los primos (que solo pueden dividirse por ellos mismos o por la unidad), pues los sentiría tan suaves como los "guijarros pulidos de un riachuelo". También le parecerían amables los que tienen decimales, hasta el punto de que hoy ostenta el récord europeo para el recitado del pi (con 22.514 dígitos).

Todas estas sensaciones contribuyen a que pueda hacer cálculos matemáticos imposibles para el común de los mortales, pues realiza una concatenación de operaciones mentales (fusión, disolución, etc.) en la que participan todas las propiedades físicas que asigna a los números. De esta manera los “siente" incluso antes de haberlos calculado, reconociéndolos y pronunciándolos dentro de un paisaje que él mismo es capaz de generar en el interior de su cabeza.

4. Una capacidad verbal excepcional

Daniel Tammet, además de ser un genio de las matemáticas, domina a la perfección once idiomas diferentes (e incluso ha diseñado uno propio conocido como Mänty), de los cuales su preferido es el estonio (por la riqueza en vocales). Y es que su habilidad sinestésica se extiende también a las propias palabras, a las que atribuye propiedades (color, sonido, etc.) según el modo en el que se organizan sus grafemas. De esta forma, un vocablo puede cambiar completamente su sensación cuando se le añade un sufijo o un prefijo.

Esta habilidad también se originó en la niñez de Tammet, pues hubo un periodo concreto en el que escribía compulsivamente sobre rollos de papel. La actividad le mantenía alejado de la realidad durante horas, y para él suponía un estímulo riquísimo y preñado de matices entre los que deleitarse. Existe una anécdota sobre cómo en su vida adulta aprendió a hablar finlandés en solo siete días, con el objetivo de superar una prueba que le prepararon para un documental que protagonizó.

En la actualidad imparte clases de idiomas y dispone de una página web dedicada a este fin. Es también muy importante su producción literaria, pues hasta la actualidad ha escrito o colaborado en un total de seis obras: Nacido en un día azul (2006), Abrazando el ancho cielo (2009), Islas de genios (prólogo, 2010), Pensando en números (2012), C'est une chose sérieuse que d'être parmi les hommes (2014) y La conquista del cerebro (2017).

Referencias bibliográficas:

  • Hughes, J., Ward, J., Gruffydd, D., Baron-Cohen, S., Smith, P., Alison, C. y Simner, J. (2018). Savant syndrome has a distinct psychological profile in autism. Molecular Autism, 9:53.
  • Treffert, D.A. (2009). The savant syndrome: an extraordinary condition. A synopsis: past, present and future. Philosophical Transactions B, 363(1522), 1351-1357.