Jean-Jacques Rousseau es una de las mentes más importantes de la Ilustración y, pese a que no llegó a vivirlo, del Romanticismo. Aunque tuvo sus desavenencias con ciertos puntos de vista propiamente ilustrados no cabe duda que este filósofo suizo contribuyó significativamente durante el Siglo de las Luces

Opinó prácticamente de todo lo que era preocupación en su época: política, educación, progreso, igualdad entre hombres… quizá su forma de exponer su visión fuera un tanto controversial y le supusiera unos cuantos problemas con las autoridades de su tiempo pero, sin lugar a dudas, su forma de pensar sentaría las bases de una nueva sociedad.

A continuación descubriremos la vida y obra de este pensador a través de una biografía de Jean-Jacques Rousseau, en la que veremos sus puntos coincidentes y divergentes con la Ilustración, su pensamiento y la repercusión que tuvo en los años que vivió.

Breve biografía de Jean-Jacques Rousseau

Jean-Jacques Rousseau, también conocido como Juan Jacobo Rousseau, fue un polímata suizo de habla francesa, y gracias a ello pudo establecer directo contacto con los más destacados personajes de la Ilustración de su tiempo. Como buen personaje culto de su tiempo hizo prácticamente de todo: fue escritor, pedagogo, filósofo, músico, naturalista y botánico. Pese a que se le considera ilustrado sus opiniones van contracorriente con muchos supuestos de este movimiento.

Infancia

Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra, Suiza el 28 del junio de 1712. A temprana edad su madre fallece y de su educación se encargarán su padre, un modesto relojero, y su tía materna. Sin apenas haber recibido la apropiada formación trabajó como aprendiz con un notario y con un grabador quien lo sometió a un trato tan cruel y brutal que el joven acabó por abandonar su ciudad natal en 1728 con dieciséis años.

En su modesto exilio fue a parar a Annecy, Francia, consiguiendo la protección de la baronesa de Warens, mujer que le convenció de convertirse al catolicismo abandonando la doctrina calvinista de su familia. Ya siendo su amante, Jean-Jacques Rousseau se instaló en la residencia de la baronesa en Chambéry iniciando ahí un intenso período de intensa formación autodidacta.

Contacto con los enciclopedistas

El año 1742 fue el que puso fin a una etapa que el propio Rousseau reconocería años después como la que fue la más feliz de su vida, y realmente la única. Fue entonces cuando partió hacia París, lugar en el que tendría la oportunidad de frecuentar diversos salones nobiliarios y trabó amistad con grandes mentes de su época. Se fue a la Academia de Ciencias en esa ciudad presentando un novedoso y original sistema de notación musical que él mismo había ideado aunque no logró mucha fama.

Se pasó entre 1743 y 1744 trabajando como secretario del embajador francés en Venecia, con quien acabaría teniendo una fuerte discusión y tendría que volverse a París al cabo de poco. En su vuelta a la capital francesa Jean-Jacques Rousseau iniciaría una relación con una modista inculta llamada Thérèse Levasseur con quien se acabaría casando en 1768 por lo civil tras haber tenido con ella cinco hijos bastardos que acabaría dando en hospicio.

Estando en París alcanza cierta fama y traba amistad con varios hombres ilustrados, siendo invitado a contribuir en la Enciclopedia de Jean le Rond D’Alembert y Denis Diderot con sus artículos sobre música. De hecho, el propio Diderot motivó a Rousseau para que prticipara en 1750 en un concurso convocado por la Academia de Dijon.

En esta convocatoria Rousseau sería el ganador, siendo galardonando con el primer premio por su texto “Discurso sobre las ciencias y las artes”. En el escrito daba respuesta a la pregunta de si el restablecimiento de las ciencias y las artes estaba contribuyendo a depurar las costumbres, algo que él opinaba que no era así y qeu contribuían, de hecho, en la decadencia cultural.

En 1754 regresó a su natal Ginebra y retornó al protestantismo para readquirir sus derechos civiles como ciudadano. Para él esto más que una reconversión a la fe de su familia o renuncia al catolicismo fue más bien un mero trámite legislativo. Será por esta época en la que publicará su “Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres”, que redactó para presentarlo en el concurso de la Academia de Dijon del 1755.

Aquí Rousseau expone su oposición a la concepción ilustrada del progreso considerando que los hombres, en su estado más natural, son por definición inocentes y felices. Sin embargo, a medida que la cultura y la civilización los van asimilando hacen que se impongan desigualdades entre ellos. Es especialmente a causa de la aparición de la propiedad y el incremento de las desigualdades que los seres humanos son infelices.

Residencia en Montmorency

En el año 1756 se instaló en la residencia de su amiga Madame d’Épinay en Montmorency. Allí redactaría algunas de sus obras más importantes, entre ellas su “Carta a D'Alembert sobre los espectáculos” (1758), texto en el que condenó el teatro como fuente de inmoralidad. También escribiría “Julia o la nueva Eloísa” (1761), una novela sentimental inspirada en su amor no correspondido con la cuñada de su anfitriona. De hecho, sería esta pasión la que haría que acabara discutiendo con Madame d’Épinay.

Uno de los trabajos más importantes de esta época y, seguramente, el considerado el más importante de toda su vida es “El contrato social” de 1762, un texto que es considerado la inspiración de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Básicamente en este texto sostiene que los seres humanos deben ser escuchados en cuanto a sus deseos de cómo quieren ser gobernados y tratados y que el Estado debe garantizar sus derechos y obligaciones por medio de leyes que emanen de la voluntad popular.

Por último en esta época también saldría a la luz una obra de especial importancia pedagógica “Emilio o De la educación” (1762). Se trata de una novela pedagógica que, aunque muy reveladora, su parte religiosa despertó mucha controversia. De hecho las autoridades parisinas la condenaron fuertemente, haciendo que Rousseau tuviera que irse a Neuchâtel y ni aun así se salvó de las críticas de las autoridades locales.

Últimos años y muerte

Presionado por todo esto Rousseau aceptó en 1766 la invitación de su supuesto amigo David Hume para refugiarse en Inglaterra. Se volvería al año siguiente, convencido de que su anfitrión lo había acogido simplemente para difamarlo. Es a partir de ese entonces que Rousseau cambió de residencia sin cesar, acosado por una manía persecutoria que lo llevó finalmente a volver a la capital francesa en 1770, lugar en que pasaría los últimos años de su vida y en donde redactaría sus escritos autobiográficos, “Confesiones” (1765-1770).

La muerte lo sorprendió meditando en la soledad de los jardines de Ermenonville, donde había sido invitado por el marqués de Girardin. Falleció el 2 de julio de 1778 a causa de un paro cardíaco, tras haberse pasado su última década en constante tensión con sus antiguos colegas los enciclopedistas y siendo bastante impopular, pese a que con el paso del tiempo se volvería en una figura crucial para el amanecer del Nuevo Régimen.

La obra de Jean-Jacques Rousseau como filósofo

No se puede hablar de Jean-Jacques Rousseau sin mencionar su obra, postura filosófica y cómo de importante es para la Ilustración. De hecho, junto con Voltaire, Diderot, Montesquieu y Locke, la figura de Rousseau no puede omitirse al hablar del Siglo de las Luces. Entre sus principales obras podemos mencionar las siguientes:

  • “Profesión de fe del vicario saboyano” (1762), en la que teoriza sobre el deísmo.
  • “Emilio o De la educación” (1762), proponiendo la creación de una nueva pedagogía.
  • “Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad entre los hombres” (1755)
  • “Discurso sobre las ciencias y las artes” (1750), habla sobre la controversia sobre el sentido del progreso humano.
  • “Julia o la nueva Eloísa” (1761), un importante precursor de la novela romántica.
  • “Confesiones” (1765-1770), su autobiografía novelada con toques filosóficos.

A juzgar por todas estas obras y los temas que aborda no hay duda de que Rousseau se implicó en las grandes discusiones filosóficas ilustradas, dejando de lado la cuestión sentimental expuesta en su novela “Julia o la Nueva Eloísa”. Son especialmente sus opiniones acerca la educación, el absolutismo y la desigualdad entre los hombres los que marcaron un antes y un después dentro de la propia Ilustración, despertando la hostilidad de algunos filósofos que veían sus opiniones demasiado revolucionarias.

No es de extrañar esto puesto que la figura de Rousseau se convertiría en todo un referente ideológico en tiempos de la Revolución Francesa, que aparecería poco más de una década después de la muerte del filósofo suizo. Defensor de la tolerancia, la libertad, la naturaleza y con una marcadamente anti absolutista en sus escritos su pensamiento fue el fue que acabaría haciendo que las llamas revolucionarias alcanzaran una repercusión tan profunda que haría tambalear el régimen que había imperado en Europa durante siglos.

Rousseau cuestionaba el optimismo radical del que se hacía gala en el Siglo de las Luces. A diferencia de lo que pensaban muchos pensadores de su época, Rousseau opinaba que la naturaleza representaba la perfección y que la sociedad estaba corrompida. Los ilustrados tenían una gran confianza en el que el progreso y la civilización eran sinónimos de mayor perfección, paz y orden en la sociedad, mientras que Rousseau se mostraba más bien pesimista.

Así pues Rousseau expone su idealización del “buen salvaje”, enfrentándola a la idea defendida por muchos economistas ilustrados del “innoble salvaje”. Mientras que la idea del “buen salvaje” era la de un hombre que, aunque inculto, era feliz y vivía en paz y armonía con sus congéneres, el “innoble salvaje” de economistas y la mayoría de ilustrados era un ser que debido a no poseer normas sociales se comportaba como el más agresivo, sanguinario y peligroso de los animales, solo que este iba a dos patas.

Las visiones y propuestas políticas de Jean-Jacques Rousseau eran bastante disruptivas en comparación con el pensamiento de la mayoría de los ilustrados. Su visión no únicamente desbarataba las ilusiones puestas en el reformismo benevolente de muchos monarcas de su tiempo, es decir, el despotismo ilustrado (“todo para el pueblo, pero sin el pueblo”).El filósofo ginebrino ofrecía un modo alternativo de organización de la sociedad y lanzaba una consigna claramente contraria al absolutismo, importándole más bien poco si era ilustrado o si era inculto.

El absolutismo defendía la idea de que el poder recaía en una sola persona, soliendo ser el rey y, como mucho, sus ministros y consejeros. La mayoría de las personas sostenían que el rey ostentaba este título porque Dios así lo había querido (soberanía por gracia divina). Rousseau no opina lo mismo, sosteniendo que el jefe del estado y la forma de gobierno debe surgir a partir de la soberanía nacional y la voluntad general de la comunidad de los ciudadanos, ideas que serían clave durante la Revolución Francesa y la aparición de los nacionalismos en tiempos del Romanticismo.

Así pues, con su pensamiento Rousseau se situaba en una corriente un tanto poco ortodoza de la Ilustración. Aunque la forma en que expuso sus ideas no fue de la más sólida ni sofisticada, su primer texto importante “Discurso sobre las ciencias y las artes” (1750) es fundamental para entender su reticencia frente al optimismo racionalista que creía firmemente en el progreso de la civilización.

Rousseau no compartía esta visión de la mayoría de los ilustrados. Él atribuía escasa importancia el perfeccionamiento de las ciencias y concede mayor valor a las facultades volitivas que a la razón. Para él el progreso técnico y material de la sociedad no eran sinónimo de mayor humanidad, y de hecho podría incluso perjudicarla en detrimento del progreso moral y cultural. Más tecnología no implica una sociedad mejor, sino que incluso puede empeorarla y acentuar todavía más las desigualdades si no se maneja bien.

En su “Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad entre los hombres” (1755) trata de dilucidar y exponer los efectos que habían tenido la organización social sobre la naturaleza humana. En este texto en concreto se centró a describir su concepción del buen salvaje, que como hemos comentado es un ser que pese vivir en un estado primitivo en la naturaleza no sufría desigualdad alguna y vivía en paz e igualdad con el resto de sus semejantes, habiendo solo diferencias derivadas de la biología.

Según Rousseau, en estado natural los hombres no eran ni buenos ni malos por naturaleza, simplemente “amorales”. También explica que por una serie de causas externas los seres humanos tuvieron que agruparse y prestarse ayuda mutua para poder sobrevivir, lo cual hizo que con el paso del tiempo se forjaran las sociedades, culturas y civilizaciones como exponentes complejos de esa vida social humana.

Estas sociedades debían haber surgido en algún momento traspasando el estadio asociativo más primitivo e idílico: la familia. Las familias pasarían a asociarse en comunidades de pobladores nómadas que compartían todo lo cazado y recolectado. Luego, estas sociedades se irían volviendo más complejas con el descubrimiento de la agricultura, momento en el que aparecerían la propiedad privada y las desigualdades. Quien tenía más posesiones tenía más influencia frente a la comunidad y más poder podían ejercer.

El proceso continuaba con la aparición de la servidumbre y la esclavitud. Los que no poseían nada ofrecían su trabajo a cambio de la protección de los poderosos, o si no poseían nada ni forma para defenderse los más poderosos los convertían en sus propiedades. Los abusos perpetrados por aquellos que más tenían propiciaron la desconfianza mutua y la necesidad de prevenir el crimen, por lo que se crearon los gobiernos, la aplicación de sus leyes y la protección de la propiedad privada y privilegios de aquellos que más poseían.

Rousseau veía en la propiedad privada un elemento que marcaba claramente las desigualdades pero no por ello abogaba la abolición de la propiedad privada. Los bienes materiales y su posesión eran un hecho irreversible y ya formaban parte de la sociedad como un rasgo inherente a ella, no obstante, el propio Rousseau defendía que se debía mejorar la situación a través del perfeccionamiento de la organización política y garantizar que quienes tenían menos pudieran tener algo para poder vivir de forma digna.

En su “El contrato social” (1762) diagnostica el origen de la injusticia social y de la infelicidad del ser humano, proponiendo las bases y organización de una nueva sociedad fundada sobre un pacto libremente acordado y aceptado por todos los individuos, una voluntad general hecha ley y que conciliara la libertad individual con un orden social justo y con amplia aceptación social.

La Ilustración era mayormente partidaria de la razón, punto en el que Rousseau disentía. En este sentido colaboró difundiendo una estética del sentimiento con la publicación de su novela “La nueva Eloísa” (1761), aunque cabe decir que no es ni el único escritor de novelas sentimentales de la época ni tampoco el responsable de los melodramas que irían apareciendo parcialmente en la Ilustración y sobre todo en el Romanticismo.

En su libro “Emilio o De la educación” (1762) expone sus ideas sobre la educación, promoviendo que la labor educativa debe llevarse a cabo al margen de la sociedad y de sus instituciones. Educar no consiste en imponer normas o dirigir aprendizajes, sino impulsar el desarrollo del individuo sacando provecho de las inclinaciones o intereses espontáneos del niño facilitando su contacto con la naturaleza, entidad que es verdaderamente sabia y educativa según la visión de Rousseau.

Finalmente tenemos su “Confesiones” una obra de carácter autobiográfico que fue publicada póstumamente entre 1782 y 1789. Este texto es un ejemplo excepcional de las profundidades del alma y mente de Rousseau, una exhibición extrema de introspección personal que solamente sería plenamente alcanzada un siglo después con la llegada del Romanticismo y sus autores, que perfeccionaría este género.

Todas y, en especial, ésta última obra, son consideradas como una “advertencia” de lo que vendría después con el Romanticismo, aunque cabe decir que Rousseau no fue el único que contribuyó a la aparición de esta corriente. Aún así su exacerbación del sentimentalismo del que había hecho gala en su novela y el auge de los nacionalismos y la revaloración de la Edad Media que, más que época oscura era el origen de los pueblos europeos modernos, serían aspectos que el pensamiento rousseauniano alimentaría.

Referencias bibliográficas:

  • Rousseau, Jean-Jacques (1998). Correspondance complète de Rousseau : Édition complète des lettres, documents et index. Oxford: Voltaire Foundation. ISBN 978-0-7294-0685-7.
  • Rousseau, Jean-Jacques (1959-1995). Œuvres complètes París: Gallimard.
  • Rousseau (2011). Sergio Sevilla, ed. Rousseau. Biblioteca Grandes Pensadores. Madrid: Editorial Gredos. ISBN 9788424921286.