En los últimos meses se ha empezado a hablar mucho de la inteligencia artificial en psicología, con mensajes muy diversos que van desde que va a revolucionarlo todo hasta que acabará sustituyendo a los terapeutas.
Más allá del ruido, la mayoría de psicólogos seguimos teniendo delante lo mismo: una persona, una historia, una relación que se va construyendo sesión a sesión. Y para ayudarle tenemos dos elementos principales: nuestros conocimientos, y nuestra persona-en-relación con el paciente.
Probablemente la IA nos lleve ya mucha ventaja en la parte de conocimientos, pero nuestra persona, y la relación que establece el paciente con nuestra persona, es totalmente insustituible hoy en día.
La IA al servicio de los psicólogos
En el artículo de hoy vamos a explorar qué puede aportar realmente la inteligencia artificial a la práctica clínica tal y como es hoy, y de qué maneras podemos aprovechar todo este conocimiento de la IA para usarlo a nuestro favor, cuando nos ponemos en relación con nuestros pacientes con la finalidad de ayudarles.
El trabajo fuera de sesión
Cuando pensamos en el trabajo terapéutico solemos centrarnos en lo que ocurre dentro de la sesión. Sin embargo, una parte importante del proceso sucede fuera de ella.
Es habitual que, después de una sesión, el terapeuta se quede pensando en lo ocurrido. Qué momentos han sido relevantes, en qué puntos el paciente se ha abierto más, dónde uno ha sentido dudas o incluso cierta incomodidad.
A veces queda una sensación difusa de “algo importante ha pasado”, pero sin poder concretar del todo qué ha sido. O al contrario, la impresión de que la sesión ha sido “normal”, para después darse cuenta, con algo de perspectiva, de que había elementos relevantes que han pasado desapercibidos.
Este proceso de revisión forma parte natural del trabajo clínico. Y al mismo tiempo, tiene ciertas limitaciones: recordamos fragmentos, organizamos lo ocurrido desde nuestra propia perspectiva, y es fácil que algunos aspectos queden fuera.
En sesión pasan más cosas de las que vemos
Si uno observa con detenimiento una sesión, o revisa algunas de ellas con cierta distancia, es fácil darse cuenta de que ocurren muchas más cosas de las que registramos en el momento.
Pequeños cambios en el tono del paciente, silencios que pueden tener diferentes significados, momentos en los que se evita algo importante o se cambia de tema. También nuestras propias reacciones: ganas de intervenir, de aliviar el malestar, de ir más rápido, o incluso de alejarnos de ciertos temas. Muchas de estas cosas no se detectan en directo, y a menudo necesitamos que alguien nos ayude a verlas.
Desde un enfoque funcional, podríamos decir que no es tanto lo que ocurre, sino lo que logramos discriminar de lo que ocurre. Y ahí, inevitablemente, tenemos puntos ciegos. La pregunta entonces no es tanto cómo eliminar esos puntos ciegos, sino si podemos ampliar nuestra capacidad de observar lo que ya está pasando.
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La IA como apoyo para mirar mejor
Aquí es donde la inteligencia artificial puede empezar a tener sentido en la práctica clínica. No tanto como sustituto del terapeuta, ni como herramienta que “diga lo que hay que hacer”, sino como un apoyo para revisar, organizar o devolver información sobre lo ocurrido en sesión.
En los últimos años están empezando a desarrollarse herramientas orientadas a este tipo de trabajo, como TherapeutIA, centradas en ayudar al terapeuta a observar y revisar su práctica clínica.
La utilidad de este tipo de herramientas no estaría tanto en ofrecer respuestas, sino en facilitar preguntas. Señalar patrones, devolver posibles focos de atención o ayudar a organizar la información de una forma que permita al terapeuta ver aspectos que, de otro modo, podrían pasar desapercibidos.
En este sentido, podría funcionar como una especie de “segunda mirada”, no para sustituir la primera, sino para complementarla.
La supervisión… cuando no siempre está disponible
Tradicionalmente, uno de los espacios donde esto se ha trabajado ha sido la supervisión clínica. Compartir casos, revisar intervenciones, recibir feedback… todo ello permite detectar aspectos que a uno mismo se le escapan.
Sin embargo, en la práctica diaria no siempre es posible contar con supervisión frecuente. Muchas decisiones clínicas se toman en soledad, con el criterio propio y la experiencia acumulada.
En este contexto, disponer de herramientas que faciliten la revisión de la propia práctica puede ser una forma de acercarse, en cierta medida, a ese espacio de reflexión. No como sustituto de la supervisión, sino como un apoyo adicional. De hecho, sería posible que las notas que te ofrece tu supervisor, se las dieras a la IA para que te ayuda a trabajar en ellas hasta el próximo encuentro, haciendo un buen seguimiento.
Entrenar habilidades más allá de la teoría
Otro de los aspectos relevantes en psicología tiene que ver con el desarrollo de habilidades clínicas. Cualquiera que se dedica a esto, sabe que el paso de la teoría a la práctica es un camino largo, con habilidades que van evolucionando continuamente.
Saber intervenir en el momento adecuado, manejar silencios, validar sin reforzar ciertos patrones, o traer algo difícil a la relación son aspectos que no se adquieren únicamente desde el conocimiento teórico.
En este sentido, la posibilidad de entrenar, ensayar o recibir feedback sobre la propia forma de intervenir puede resultar útil. No para hacerlo “perfecto”, sino para ir afinando progresivamente la propia forma de estar en sesión. De nuevo, no se trataría de sustituir la experiencia real, sino de complementarla.
Lo que sigue siendo insustituible
A pesar de todo lo anterior, hay algo que sigue ocupando un lugar central en la terapia: la relación. La experiencia de ser escuchado por otra persona, de sentirse comprendido, de poder mostrarse vulnerable en presencia de otro. Todo aquello que ocurre en el vínculo terapéutico.
Es probable que, al menos por ahora, esto no sea algo fácilmente (ni deseable) replicable por una máquina. Por eso, quizás el papel de la IA no esté tanto en ocupar ese espacio, sino en ayudar al terapeuta a estar más disponible dentro de él: a ver mejor lo que ocurre, a detectar ciertos patrones, o a reflexionar sobre su propia práctica.
Entonces, ¿qué está cambiando?
Puede que no estemos ante una sustitución del terapeuta, sino ante una transformación más discreta. Algo parecido a lo que ha ocurrido en otros ámbitos: herramientas que no eliminan la profesión, pero que sí modifican la forma en la que se ejerce. En este caso, facilitando la observación, la revisión y el entrenamiento.
Y como ocurre con muchas de las herramientas en psicología, la clave probablemente no esté tanto en la herramienta en sí, sino en el uso que se haga de ella.
Cerrando…
Los seres humanos llevamos tiempo desarrollando herramientas que nos permiten ampliar nuestras capacidades: desde escribir para recordar mejor, hasta grabar para revisar lo ocurrido.
La inteligencia artificial podría ser una más en esta línea. La cuestión no es tanto si es buena o mala, sino si nos está ayudando a hacer mejor aquello que ya es importante para nosotros.
En este caso, entender mejor a nuestros pacientes, y también entendernos mejor a nosotros mismos dentro de la relación terapéutica. Porque, en última instancia, la técnica importa. Pero lo que hacemos con ella, y cómo estamos presentes en ese encuentro, probablemente importe bastante más.


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