El trauma es un hecho hiriente de la vida moderna (Levine, 1997); prácticamente todos hemos sufrido en algún momento una situación traumática, no sólo los soldados o víctimas de guerra, de catástrofes naturales, o abusos y agresiones.

También puede resultar traumático cuando los seres humanos vivencian bullying, cuando logran una buena nota en el colegio pero los padres exigen más y más, cuando no fueron invitados a la fiesta de cumpleaños, cuando son abandonados por los padres el primer día de clases, cuando la profesora les llamó la atención frente a todo el curso y los castigó, cuando pierden el trabajo, cuando la pareja termina el vínculo amoroso o una amistad ya no los quiere ver, cuando tras ser despedidos tardan en encontrar otro empleo en meses, cuando fallecen los abuelos...

En realidad, las causas y consecuencias son muy variadas y va a depender de la subjetividad de cada persona, de su capacidad de afrontamiento, de su capacidad de vínculo, de su entorno y capacidad de resolución en un momento dado.

La buena noticia es que el ser humano posee capacidades instintivas de sentir, reflexionar, responder, asociar, vincularse y de superar los eventos dolorosos que han sido traumáticos.

Superando la marca de las experiencias traumáticas

Para comprender cómo surge el trauma, primero hay que comenzar por entender qué es. Según Pier Janet, (1859 a 1947) psicólogo francés experto en trauma, el trauma psicológico es el resultado de la exposición de la persona ante una situación estresante e inevitable y que sobrepasa los mecanismos de afrontamient o de la persona. Dado esto, los mecanismos fisiológicos de Lucha o Huida, no podrán funcionar, porque el evento es inevitable.

Peter Levin, Psicólogo y PhD en Biofísica Médica, señala que el trauma es el modo en el que nuestro cuerpo responde ante la amenaza de la supervivencia. Es decir, que de modo instintivo, ante una amenaza, se colocan en marcha mecanismos más primitivos fisiológicos que residen en nuestro cerebro y sistema nervioso, similar al de los animales, pero que a diferencia de ellos los nuestros se bloquean, porque en ese momento la persona no ha podido entrar a la vivencia traumática, atravesarla y salir de esta, desarrollando síntomas del trauma como dolor, rigidez, colapso, disfunción cognitiva, ansiedad, depresión, entre otros.

Las secuelas del trauma pueden incluso afectar nuestra capacidad de vinculación, de distorsionar la vida en pareja, y vida sexual. Las respuestas fisiológicas pueden ser tan intensas y difíciles de regular que pueden dar lugar a síntomas como la fibromialgia, fatiga crónica, y otras enfermedades autoinmunes (Van der Kolk, 2014).

Incluso, tras haber estado expuestos a hechos que han puesto en peligro nuestra seguridad emocional, vincular y física, se llega a desarrollar un alto resentimiento contra quienes sentimos que nos debiesen haber cuidado, se siente la traición de ellos o también se introyecta un sentimiento de culpabilidad hacia nosotros mismos. Nada de lo anterior suele ser funcional ni resolutorio, pero logra entorpecer más aún el funcionamiento de la persona.

El trauma afecta la biología y neurología humana

Cuando las personas se sienten demasiado abrumadas por sus emociones, los recuerdos no logran transformarse en experiencias narrativas neutras. Son recuerdos que las personas no pueden contar, el miedo se queda trabado en el cuerpo.

El terror se convierte en una fobia al recuerdo que impide la integración del acontecimiento y fragmentos traumáticos. Los recuerdos se apartan de la consciencia ordinaria y se organizan como percepciones visuales, preocupaciones somáticas, y actuaciones conductuales, quedando almacenadas en nuestros recuerdos en el modo original de la experiencia (Salvador, 2017).

Las personas que han estado expuestas a situaciones traumáticas han sido heridas (la palabra trauma viene del griego y significa herida), tienen miedo a recordar, no quieren, no pueden recordar, evitando el contacto con cualquier persona o situación que les remita a lo ocurrido y dando lugar muchas veces a la disociación como un mecanismo extraordinario, lo que implica desconectarse de la experiencia, que con el tiempo se convierte en un mecanismo de defensa de mantenimiento. Es decir, lo que ha servido para sobrevivir ahora sirve para mantenerse (Salvador, 2017).

Cuando vivimos una experiencia, ésta se vive somáticamente a través de nuestro cuerpo y nuestros sentidos. Las personas son incapaces de superar la ansiedad de lo vivido, permanecen en las fauces del miedo, y el cuerpo se resigna inconscientemente a no tener escapatoria, permitiendo que el miedo y ansiedad los gobierne, lo que impide que se mueva en el presente con libertad.

Francine Shapiro (2001), creadora de la Terapia EDMR y según las hipótesis de P. Janet (1889), planteó en su libro El automatismo psicológico que las experiencias traumáticas sufridas a través de distintos momentos del desarrollo de las personas, pueden interrumpir las capacidades adaptativas del individuo, dificultando el procesamiento de las experiencias y propiciando la aparición de síntomas, llevando al ser humano a funcionar de modo disfuncional y en desbalance y desorganizadamente en gran parte de sus áreas de desarrollo.

Diversos estudios corroboran la importancia del estrés continuado y la traumatización crónica como determinantes de patología mental (Joseph, 1998; Osuch et al., 2001; Stickgold, 2002; van der Kolk, Mc. Farlane y Weisaeth, 1996).

Los juegos de la memoria

La mayor parte de lo que nos ocurre día a día está dentro de patrones conocidos, así que solemos olvidarlo de modo casi inmediato. Sin embargo, si sucede algo fuera del patrón probablemente la mente lo captará y pondrá ahí su atención.

Si nos topamos en la calle con un amigo que no vemos desde la infancia y era uno de nuestros mejores amigos, seguramente se generará una alegría muy intensa que hará que se fije en nuestra memoria.

Lo mismo ocurre si nos vemos expuestos a una amenaza: el evento estará fuera del patrón cotidiano, lo que hará que coloquemos nuestra atención en ello.

Tratándose de una amenaza a nuestro bienestar y seguridad, se colocarán en acción una serie de mecanismos neurofisiológicos para segregar hormonas y endorfinas que ayudarán a fijar con mayor intensidad los recuerdos traumáticos, incidiendo en nuestras conductas, emociones y pensamientos (Van der Kolk, 2014, Bergman, 2012). Cuando los recuerdos permanecen sin procesar pueden sentar la base de los síntomas del Trastorno del Estrés Postraumático (Shapiro y Maxfield, 2002).

¿Y cómo se cura el trauma?

Levín (1997), señala que la cura del trauma depende de la detección de síntomas, que de por sí son difíciles de identificar ya que obedecen a respuestas primitivas. Para algunos los síntomas son clarísimos, pero para la mayoría de las personas estos son sutiles, difícil de percibir por sí mismos.

Es esencial que la persona tenga consciencia de enfermedad y capacidad reflexiva, y hay que explorar sus reacciones, conductas, emociones y pensamientos, así como realizar un viaje en la historia de la persona que permita reconocer los orígenes de los traumas, para desensibilizar y reprocesar el historial traumático (Shapiro, 2012).

Por otra parte, recordemos que nuestro sistema natural para superar la dificultad se bloquea ante la imposibilidad de escape. Con ello queda una energía somática atrapada, a la cual en el proceso de cura hay que liberar o movilizar fuera del estado de congelamiento, posibilitando una respuesta resolutiva y creativa sobre la amenaza, lo que opera no sólo en el momento de la experiencia, sino que también años después porque nuestra mente y nuestra vida se ha quedado fijada en el trauma.

Nuestra propia capacidad de cura, al rescate

Hay un caso muy lindo del Psiquiatra Bessel van der Kolk, MD. En su libro El cuerpo lleva la cuenta. Reseña de un pequeño de 5 años que vivenció el atentado a las torres gemelas en EE. UU. del 11 de septiembre.

El niño dibujó el hecho súbito, doloroso, sin salida y extremo, vivenciado por muchas personas, pero también dibujó una cama elástica para saltar. Al reproducir en su mente la experiencia, el pequeño también tuvo la capacidad de gestionar y lograr activamente una solución para su propio rescate del trauma (Van der Kolk, 2014).

A diferencia de este pequeño, muchas personas que se quedan atascadas mentalmente en la experiencia, los patrones neurales se modifican, su vida se detiene, se resta espontaneidad, y quedan en permanente estado de alerta funcionando siempre bajo amenaza, ya que cada nuevo hito de vida se contamina con las vivencias del pasado.

@image( 26753, left) Con la Terapia Psicológica EMDR accedemos al recuerdo traumático que ha contribuido al desarrollo del trastorno que presenta el paciente de manera directa, tal y como se archivó en la red neural, propiciando la activación del sistema natural de procesamiento de la información y la remisión, por lo tanto, de los síntomas que se padecen. Con la focalización en la información disfuncional se consiguen resultados en menor tiempo, que lo usual. Si te interesa recibir tratamiento ante problemas vinculados al trauma, ponte en contacto conmigo.