Los cuentos son historias relativamente cortas, que narran alguna trama o situación. Normalmente los cuentos “esconden” una moraleja final, es decir, un aprendizaje que desentrañar, lleno de valores.

En este artículo encontrarás una selección de cuentos policiales cortos, junto a su moraleja (una especie de aprendizaje final o reflexión). Muchos de ellos son ideales para explicar a los/as más pequeños/as.

Selección de cuentos policiales cortos (y explicación de su moraleja)

Aquí te dejamos la lista de los 12 cuentos policiales cortos y su moraleja. Como verás, muchos de ellos explican historias fantásticas y ficticias, con las que pasar un rato muy ameno y entretenido.

Cuentan historias de policías, ladrones, ciudadanos de pueblos con nombres extraños… Y transmiten valores como la justicia, el compañerismo, la humildad, la generosidad… ¡No te los pierdas!

1. El extraño caso del ladrón de abrazos

“Había una vez un ladrón tan extraño que lo único que quería era un abrazo. Por eso le llamaban el ladrón de abrazos. Pero como robar abrazos no es delito, este curioso ladrón seguía haciendo de las suyas.

El ladrón de abrazos salía a la calle todos los días, dispuesto a meterse en medio de cualquiera pareja de personas que estuvieran abrazándose. Pero resultaba tan molesto que la gente procuraba no tocarse en público, por si acaso.

Esto no gustaba al ladrón de abrazos, así que tenía que buscar una solución. Lo que hacía el ladrón de abrazos cuando no conseguía meterse en ninguno era atracar un establecimiento lleno de gente. Le daba igual que fuera un banco, un supermercado o un hospital.

El ladrón de abrazos entraba en el sitio elegido con un porra y decía:

-¡Esto es un atraco! ¡Abran sus brazos si no quieren llevarse un buen porrazo!

Y la gente abría los brazos. Y el ladrón de abrazos iba uno por uno buscando un achuchón hasta que oída las sirenas y salía corriendo, feliz y contento de haber encontrado tantos abrazos en un ratito.

Un día el jefe de policía decidió que ya era hora de parar esa ola de atracos absurdos. Pero no podía detener al ladrón de abrazos, así que pensó en un solución.

El jefe de policía reunió a un grupo de voluntarios y les contó su plan. A todos los pareció bien y pasaron a la acción.

El jefe de policía colocó un puesto en la calle con un enorme cartel que decía: ‘Abrazos Gratis’. Un voluntario se ponía a dar abrazos a otros muchos voluntarios para llamar la atención del ladrón de abrazos.

Cuando el ladrón de abrazos vio a aquello fue corriendo, feliz de poder abrazar a alguien sin molestar.

-Si quieres puedes sustituirme cuando quieras -le dijo el voluntario que le dio el abrazo. -¡Sí, sí, por favor!

Y así fue como el ladrón de abrazos dejó molestar a la gente de la ciudad que, agradecida, pasaba por el puesto de abrazos gratis para que el ladrón estuviera entretenido y feliz".

Moraleja

Aunque un abrazo sea un acto de afecto, no es correcto hacerlo a personas desconocidas que quizás no lo quieren. A veces lo mejor es preguntar y asegurarse de que ese acto de amor será bien recibido.

Cuentos policiales

2. La casa abandonada

“Siempre íbamos a jugar a esa casa. Nos gustaba la sensación de estar en terreno de nadie. No, no era una casa en realidad, tan sólo el reflejo de lo que en otro tiempo había sido: unas pocas paredes que luchaban contra el tiempo y que se resistían al olvido. Un edificio cuyo techo ya había colapsado hacía años y que carecía de ventanas y puertas.

A nosotros nos gustaba sentarnos en lo que decíamos que era el salón y jugar a que estábamos en otra época. Huemul se sentaba sobre una piedra, que era un inmenso sillón junto a una lámpara y comenzaba a leer toda clase de historias.

Las leía en voz alta y yo lo escuchaba con suma atención porque era muy pequeña para leer. ¡Me gustaban tanto su voz y sus historias!

Una tarde cuando llegamos a nuestro refugio un cordón de plástico con enormes letras lo cercaban por completo, y un montón de policías rodeaban nuestras queridas paredes. Un agente se hallaba sentado en el sillón pero en vez de leer, observaba el suelo y anotaba algo en una libretita mientras algunos de sus compañeros pintaban círculos rojos en las paredes.

Nos acercamos, ¿quién había invadido nuestra casa? Nos echaron a empujones. Éramos niños y no podíamos estar allí.

Les explicamos que ahí vivíamos, que nos pasábamos las tardes en esas paredes y que si había ocurrido algo con esa casa, debíamos saberlo.

—A lo mejor hasta podemos ayudarlos —había dicho Huemul osado.

El policía nos miró con una chispa de ironía en los ojos mientras nos preguntaba.

—¿Conocen a un hombre que se hace llamar Gago Cafú?

De algo nos sonaba ese nombre pero no llegábamos a saber bien cuándo, dónde ni por qué lo habíamos oído.

—No lo sé, a lo mejor si me deja verlo, puedo responderle. ¿Dónde está o qué ha hecho?— Cada vez me sorprendía más la valentía con la que mi amigo era capaz de enfrentarse a esa situación.

No nos lo dijeron. Debíamos irnos y no regresar por ahí. Finalmente nos fuimos porque amenazaron con dispararnos y muerta de miedo conseguí que Huemul recapacitara y se diera cuenta de que estaba jugando con fuego.

Estuvimos varios días, quizás meses, sin regresar a la casa. Una tarde decidimos que ya había pasado el suficiente tiempo y que podíamos volver a nuestro refugio. Así lo hicimos.

No había policías, ni cordones, ni rastros de la pintura en las paredes. Solamente encontramos a un hombre sentado que se presentó como Gago Cafú y nos pidió que compartiéramos con él ese lugar porque no tenía adónde ir.

Desde entonces, cada vez que vamos a la casa nos encontramos con él y Huemul lee cuentos para los dos: Cafú tampoco sabe leer".

Moraleja

A veces solo hace falta tiempo para entender las cosas que, en un momento dado, no logramos entender. En ocasiones la paciencia abre una gran puerta al entendimiento.

3. El misterioso ladrón de ladrones

“El Caco Malako, era todo un experto en el arte de robar. Nada se le resistía y era tan bueno en su oficio, que jamás lo habían capturado. Su tranquila vida, se truncó un buen día, cuando una noche, descubrió que alguien había entrado en su casa.

Muy a su pesar, decidió buscar ayuda de la policía, para encontrar al valiente, que había sido capaz de robarle en su propia casa.

Desde ese día, comenzó a sospechar de todos los vecinos, los cuales, quizás enterados de sus robos, habían decidido vengarse. Pero nada pasó en unos cuantos días, así que Malako, pensó que no volvería a repetirse.

Por desgracia para el Caco, volvieron a robarle, ayudados por la oscuridad de la noche. Sin otra solución, tuvo que regresar a la policía, que ante su tozudez, le instaló en su casa una cámara de video, para lograr identificar a ladrón, en el caso de que volviera de nuevo a su hogar.

Algo que volvió a suceder unas noches después. Gracias a la cámara, la policía pudo averiguar quién era el culpable y avisó a nuestro Caco, para que identificara a su ladrón.

Cuando el video comenzó a funcionar, el Caco Malako, se quedó muy sorprendido, el ladrón de su casa, era él mismo. Algunas noches, se levantaba sonámbulo y escondía todos los objetos de su casa, junto a los que había ido sisando a lo largo del tiempo".

Moraleja

La moraleja de este cuento policial es que todos nuestros actos tienen consecuencia, y que a veces nuestro propio enemigo somos nosotros mismos.

4. Paredes invisibles

“Los oficiales Roberto Andrade e Ignacio Miranda se dirigieron a una pequeña casa ubicada en un barrio de clase media alta de la ciudad.

Fueron destinados a investigar dentro de ella, porque se encontraban investigando sobre un fraude fiscal enorme, producto de la corrupción que habían perpetrado unos miembros del ayuntamiento.

A eso de las seis de la tarde, los policías llegaron a la casa. Traían consigo una orden judicial que les permitía entrar seas cuales fueran las circunstancias.

Para comenzar, Andrade y Miranda tocaron la puerta. Nadie contestó. Volvieron a tocar y escucharon unos pasos. Una linda viejecita les abrió la puerta. Los policías, amablemente, le explicaron la situación y las razones por las cuales tenían una orden de cateo para entrar a la casa.

La señora entendió la situación aunque les explicó que ella no tenía ninguna relación con las personas investigadas y que no las conocía. De cualquier manera los oficiales debían entrar, algo que la señora aceptó.

Posteriormente, los dos policías comenzaron a registrar la casa. La anciana les indicaba que no iban a encontrar nada, pues ella era la única que vivía en esa casa desde que enviudó. Sin embargo, en ningún momento interrumpió la labor policial.

―Parece que no vamos a encontrar nada, Ignacio ―le dijo Roberto Andrade. ―No se ve ningún indicio de dinero escondido, tal y como las investigaciones indicaban. Creo que esto es un fiasco ―le contestó.

Finalmente, los oficiales salieron al gran patio trasero de la casa, que a la vez era un jardín con muchos árboles.

―¿Recuerdas que el señor Vallenilla, uno de los investigados en la trama, es amante de los bonsáis? ―le preguntó Miranda a Andrade. ―Ciertamente. Es verdad.

Miranda hizo ese comentario mientras señalaba una parte del jardín lleno de bonsáis, de todo tipo. Los bonsáis estaban dispuestos por filas. Cada una de ellas tenía bonsáis de un tipo.

En una había pequeños árboles de naranja, en el otro había pequeños árboles de limón y así consecutivamente. Una de las filas que más destacaban era la de árboles tipo bonsáis que parecían auténticamente japoneses. De hecho, había varias de estas filas.

―¿Excavamos? ―preguntó Andrade. ―Por supuesto ―contestó Miranda.

Aunque no tenían herramientas para excavar en la tierra, los policías comenzaron a hurgar por los lugares donde estaban sembrados los bonsáis con la mano.

―Creo que estoy tocando algo firme ―dijo con efusividad Miranda. ―¡Muy bien!

En efecto había sido así. Les llevó un par de horas lograr desenterrar toda una gran caja que estaba sellada por los cuatro costados.

―Ahora el reto es abrirla ―afirmó Andrade.

Aunque fue bastante complicado, gracias a un martillo que los policías consiguieron, lograron romper uno de los costados de la caja.

Con mucha paciencia, fueron deshaciéndose de gran parte de una de la superficie de la caja para poder abrirla. En poco tiempo ya habían podido abrirla.

―¡Bien hecho! ―entonaron al unísono. Dentro de la caja había miles de billetes envueltos en ligas, de varias denominaciones. Se pudo constatar que dentro de la casa estaba escondido dinero.

Los oficiales cargaron la caja hasta el interior de la casa y se percataron que no había rastros de la anciana que les había abierto la puerta. No le dieron importancia a este hecho y se dispusieron a salir. Cuando intentaron hacerlo, pasó algo inverosímil, que sin duda Andrade y Miranda nunca hubiesen esperado.

―¡Hay una pared invisible! ―exclamó Miranda.

Los oficiales de policía pudieron abrir la puerta de la casa sin inconvenientes y podían ver el exterior de la casa. Sin embargo, ¡no podían salir!

―¡No entiendo qué está pasando! ―gritó Andrade.

De pronto, la dulce viejecita apareció con una mirada maquiavélica, apuntándoles con un arma.

―¡No podrán salir! Esta casa está protegida con un sistema que activa un campo electromagnético que bloquea todas sus entradas.

Rápidamente, Andrade se dispuso a sacar su arma, cuando se percató que no estaba. Miranda hizo lo mismo.

―¡Sois tan tontos que os habéis quitado las armas cuando estaban desenterrando la caja! ―gritó la vieja.

Los policías estaban impactados. No sabían qué hacer. Eran conscientes de que la vieja los había tomado por rehenes.

―¡Dejad la caja y huid, si queréis vivir!

Los dos policías se miraron de una forma cómplice y soltaron la caja. De inmediato, arrancaron a correr fuera de la casa.

―No podemos contar nada de esto en comisaría ―dijo Andrade. ―Por supuesto que no ―sentenció Miranda".

Moraleja

A veces las personas no son lo que parecen, por lo que es mejor no fiarse de los prejuicios y los estereotipos, ya que la edad o la ropa, por ejemplo, no significan nada. En profesiones como la de policía, es mejor “desconfiar hasta que se demuestre lo contrario”.

5. Un ladrón de costumbres

“Don José tenía un puesto de venta de víveres en una concurrida zona de Ciudad de México.

Era el comercio más solicitado por los vecinos de la zona y los habitantes de las poblaciones cercanas. La gente se acercaba a comprar su carne fresca, sus pescados, legumbres, huevos, y demás productos.

Todo transcurría bien ese jueves 6 de noviembre del 2019, tal y como había transcurrido en los últimos 20 años desde la fundación del establecimiento el 3 de octubre del año 1999.

María, la cajera, cobraba en su puesto de costumbre, lugar que ocupaba hace diez años y el cual amaba, pues interactuaba con la gente de la ciudad.

Cada cliente tenía una historia distinta que contar día tras día, así como sus costumbres. Don José se las sabía todas. A Margarita le gustaba comprar frutas frescas todos los martes a las nueve de la mañana, a veces llegaba a las ocho y cincuenta y cinco, otras a las nueve y cinco, pero nunca fuera de ese rango de 10 minutos.

A don Pedro, por su parte, le gustaba comprar pescado los viernes al mediodía, pero solo compraba pargo, la especie más cara de todas, y el señor se llevaba siempre unos 10 kilos. Esa era, por mucho, la venta más grande que don José hacía semanalmente por una sola persona.

Doña Matilde, en particular, compraba pollos y melones los martes para hacer su sopa caribeña especial para su marido. María y don José sabían de estos gustos porque doña Matilde lo contaba siempre cada vez que iba.

—Hoy me toca hacer mi sopa de pollo con melones, mi sopa especial y que ama mi marido —se le escuchaba a doña Matilde cada vez que llegaba.

Así como estos personajes, pasaban por allí cientos, incluso miles a la semana. Ahora bien, ese jueves pasó algo que nunca había sucedido en la historia de ese local, en sus dos décadas de existencia: se metieron a robar.

Si bien no hubo muchos destrozos, las pérdidas sí fueron considerables, sobre todo porque se robaron lo más caro, diez kilos de pargo de la heladera, justo la cantidad que acostumbraba comprar don Pedro; pollos, melones y todas las frutas frescas del local.

Además de eso, la caja registradora estaba vacía en su totalidad, no quedaba ni un céntimo, ni aparecieron tampoco las prendas de oro que don José ocultaba en su oficina y que sumaban unos 15.000$. Quizá lo más extraño es que las cámaras de seguridad fueron desactivadas en su totalidad.

Extrañamente don Pedro no asistió a comprar sus diez kilos de pargo el viernes, cosa que extrañó mucho a María y a don José luego de que los policías recogieran todas las pruebas en la zona del delito.

—¿Qué raro que no vino don Pedro, verdad? —dijo María a don José. —Sí, muy raro, María, sobre todo porque además de las prendas, faltaba justo el pescado que a él le gusta y en la cantidad que normalmente se lleva.

Las investigaciones prosiguieron la semana siguiente, pero la cosa se puso más misteriosa aún. Resulta que la semana siguiente no fueron a comprar ni Margarita ni Matilde, justo las clientas que compraban frutas frescas, pollos y melones.

Don José y María se extrañaron aún más.

Luego de tres semanas de que no asistieran los clientes habituales, llegó la policía al establecimiento con una orden de captura contra María.

—Pero, ¡qué pasa?, ¿qué hacen! —dijo la cajera. —María, María, fuiste muy evidente, mira que mandar a recomendar con tu primo otros comercios a mis clientes para que no vinieran justo esos días y llevarte lo que a ellos les gustaba, fue una buena jugada. Eso pudo confundir a todos, y, de hecho, lo lograste. Solo fallaste en una cosa, una pequeña cosa —dijo don Pedro mientras esposaban a quien fuera su cajera.

—¿De qué hablas?, ¡soy inocente, he sido tu amiga y empleada todo este tiempo! —Sí, y en todo ese tiempo te estudié, así como tú a mí. Sé de tu ida mañana a Brasil, un viejo amigo fue el que te vendió el boleto. Avisé a la policía y encontraron todo en la casa de tu primo. Todo se sabe".

Moraleja

Quizás la moraleja de este cuento es que en ocasiones, las personas en las que más confiamos, nos fallan. Hay cosas en la vida sobre las que no tenemos control, y esta es una de ellas. Por eso lo mejor es vivir sabiendo que a veces la gente miente y decepciona, sin preocuparnos en exceso por ello.

6. La caída del mentiroso

“Todo el mundo lo sabía, menos John. Como es costumbre cuando estas cosas pasan. Cada detalle era contado de manera distinta por los chismosos del pueblo, grandes y pequeños, altos y bajos, gente ruin y sin oficio que solo disfrutaban el vivir de habladurías y nada más.

“John lo robó, fue él”, se escuchaba en una esquina; “Sí, él fue el que se robó el carro”, se escuchaba en la otra”; “Yo lo vi manejando el vehículo a las 5:00 de la madrugada por la estación de gasolina”, decían en una mesa de la plaza.

Resulta que a Marco le habían robado el carro en frente de su casa a las 3:50 a. m. hacía dos días, el miércoles 5 de marzo del 2003.

Todo ocurrió en el pueblo de La Blanquecina, un pueblo sano en donde no se acostumbraba a escuchar ninguna noticia extraña, pero la gente tenía la mala costumbre de ser chismosa.

John llegó a escuchar el sábado dos cuando dos muchachitos decían “Allí está el roba carros”, mientras lo señalaban. Él se quedó extrañado y fue a hablar con Vladimir, su amigo barbero.

—Hola, Vladimir, ¿cómo te ha ido? ¿Cómo anda todo? —pregunto John, en tono normal. —Hola, John, todo bien… —respondió el barbero, con cierta ironía. —Habla claro, Vladimir, ¿qué es lo que se dice de mí en las calles? —¿No vas a saber tú? —No, no lo sé. —Que te robaste el carro de Marco, eso es lo que dicen.

Sí, tal y como se dijo al principio, todo el pueblo sabía, menos John. Por el pueblo corría el rumor, la infamia de que el joven hombre había robado el auto de Marco. Todo estaría normal si John no trabajara de siete de la mañana a nueve de la noche para mantener a su familia y si no diera clases los fines de semana a niños con necesidades especiales.

Quizá por eso, porque no perdía el tiempo en chismes, John no se había enterado de que hablaban de él, pero, gracias al barbero, ya lo sabía.

Allí en la barbería hablaron largo rato él y Vladimir. John tenía unos contactos con un agente de la policía que sabía de espionaje informático y logró atar cabos hasta llegar con el que comenzó la habladuría. El día lunes, apenas cinco días después de que comenzaron los chismes contra John, la policía tocó la puerta de Marco con una orden de cateo.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me hacen esto a mí? ¿Yo soy la víctima? —dijo Marco mientras le ponían las esposas. —Sabemos todo, de internet nunca se borra nada —le dijo el policía. —¿Y de qué me acusan? —De infamia en contra de John Martínez, de fraude contra una aseguradora y de colaboración en un delito de auto robo.

Dentro de la computadora del hombre hallaron una conversación con un sujeto donde negociaban el precio por partes del carro que supuestamente le habían robado días atrás.

Además, consiguieron en efectivo más de 20 mil dólares en la mesa, dinero por el cual estaba asegurado el carro de Marco. Afuera de la casa esperaba John y casi todos los vecinos, quienes no dudaron en pedirle disculpas al hombre por el daño que le hicieron a su nombre".

Moraleja

Otro cuento cuya moraleja hace alusión a la importancia de decir la verdad, ya que esta siempre acaba saliendo a la luz. Será cierto eso que dicen de que “las mentiras tienen las patas muy cortas”. Otro aprendizaje que sacamos de este cuento es que los rumores no siempre son ciertos (de hecho, la mayoría de veces contienen más mentiras que verdades).

7. La muerte del obispo

“En la comisaría principal de la pequeña ciudad de Torreroca, a la detective Piñango le llegó la noticia de una muerte que había conmocionado a gran parte de la ciudad. El obispo de la Basílica Mayor de la ciudad había muerto en extrañas circunstancias.

El padre Henry era muy querido por la comunidad. Los miembros de ésta destacaban sus constantes labores altruistas en pro de la población, además de su capacidad para integrar las distintas creencias del pueblo.

La detective Piñango recibió el informe de la autopsia, que indicó que el padre Henry había muerto súbitamente, pero que no había indicios de asesinato. Este informe lo firmó la forense Montejo, reconocida profesional de gran prestigio en Torreroca.

Sin embargo, Piñango desconfiaba.

―¿Qué crees tú, González? ―preguntaba la detective a su compañero de labores. ―En efecto detective, hay algo que suena raro.

Piñango y González acordaron entonces trasladarse hasta la casa parroquial, donde residía el sacerdote. Aunque no tenían una orden judicial para entrar, los policías se entrometieron en el hogar.

―¿Qué son todas estas figuras, Piñango? ―preguntó González, incrédulo de lo que veía. ―Sin lugar a dudas, son imágenes budistas. Buda está en todas partes ― contestó. ―¿Pero el padre Henry no era católico? ―cuestionó González. ―Eso tenía entendido.

A la detective Piñango le pareció sumamente sospechosa la presencia de un pequeño frasco al lado de la cama del párroco. En el envoltorio decía que eran unas gotas de sándalo.

Piñango se llevó el frasco para analizarlo en la comisaría. Los resultados fueron inconfundibles: lo que contenía el frasco era arsénico, ¿pero quién podría haber asesinado al padre Henry? Todas las dudas recayeron en la comunidad budista de Torreroca.

Piñango y González se acercaron a la tienda de productos budistas que se encuentra diagonal a la plaza Mayor. Cuando entraron, la dependienta se metió en la parte trasera a buscar algo, pero no regresó. Piñango se dio cuenta y salió a la calle, donde comenzó una persecución.

―¡Detente! ¡No tienes escapatoria! ―gritó. En cuestión de minutos logró capturar a la encargada.

La mujer que atendía la tienda budista respondía al nombre de Clara Luisa Hernández. Rápidamente, después de su detención, confesó su crimen.

Resulta que Clara Luisa, mujer casada, mantenía una relación sentimental con el padre Henry. Éste le comunicó que ya no quería seguir con la misma y ella decidió asesinarlo".

Moraleja

Aunque a veces haya cosas que parezcan muy evidentes o muy claras, no está de más asegurarse de ellas, ¡y más en el ámbito policial!, ya que a través de la investigación salen muchas cosas a la luz.

Cuentos policiales

8. El arresto más rápido de Punta de Piedras

“Ese día Pedro iba a su trabajo, como de costumbre, chasqueando con su mano derecha su dispositivo de geolocalización y viendo en su mente cada cambio del lugar que conocía como la palma de la mano: su vecindario.

Sí, como podrás entender, Pedro era ciego, y no habría nada extraño en ello si él no fuese el único policía ciego de Punta de Piedras. No obstante, como él era ciego de nacimiento, nunca le hicieron falta sus ojos, siempre le bastaron sus otros sentidos para ubicarse: su gusto, su olfato, su oído y su tacto. Él era el menor de cuatro hermanos y el único varón.

Pedro no solo recordaba a la gente por su manera de hablar, sino también por el ruido típico que hacían al caminar, por el olor de su piel y de su aliento, o por el tacto de sus manos (en el caso de los hombres) y mejillas (en el caso de las mujeres) al momento de saludar.

El hombre se sabía a cabalidad todo su pueblo, el lugar de cada árbol y de cada casa y de cada construcción, al igual que la ubicación de cada tumba en el cementerio.

El policía también sabía cuándo llegaban y cuando se iban los buques y ferris en el puerto, algunos ya los sabía de memoria por los horarios y los que no, los identificaba por el sonido de sus chimeneas y sonidos de trompeta particulares.

El dispositivo que tenía Pedro en la mano, y que producía un sonido hueco como un chasquido, le permitía ubicar los automóviles y las personas, así como también cualquier otro objeto nuevo en la vía.

Del resto, el hombre conocía cada lugar de su pueblo y sus distancias en pasos largos, pasos cortos, de espaldas, en zigzag, a trote o corriendo, incluso se sabía las distancias en brazadas, nadando, pues desde niño aprendió a nadar en la playa de su pueblo.

Si alguien no conocía a Pedro, ni se enteraría de que era un ciego en su pueblo, sobre todo porque nunca quiso usar bastón. De hecho, sus propios amigos a veces olvidaban que él era ciego, porque, en realidad, no parecía serlo.

Los maleantes del pueblo lo respetaban y temían, y no era en vano. Pedro, el policía ciego, tenía el mejor récord de capturas de malhechores en el pueblo. Los atrapaba corriendo o nadando, los desarmaba con las técnicas especiales de karate. Y, bueno, para completar las cualidades de Pedro, a él le incomodaban las armas, nunca usó una en su vida.

Las patrullas se acumularon en frente del lugar de los hechos ese lunes 1 de abril del 2019. Eran las nueve en punto de la mañana en la Joyería Iván, justo en frente del puerto, de donde partían la mayoría de las embarcaciones a tierra firme.

—¿Qué pasó, muchachos? ¿Quién me cuenta? ¡Déjenme pasar! —dijo Pedro al llegar a la escena del crimen y hacerse paso entre los curiosos. —Fue un robo, se llevaron el diamante de Esther Gil y el collar de perlas de Gloria, las joyas más caras del Estado —respondió Toribio, colega policía de Pedro. —Vale, déjenme analizar todo —dijo Pedro, acercándose justo a la vitrina con cristales rotos de donde extrajeron las joyas.

El hombre se agachó, recogió dos cristales y pasó sus dedos por el borde fino, los llevó a su nariz y los olió profundamente y luego los metió a su boca y los saboreó. Ya sus amigos estaban acostumbrados a sus manías y cosas raras, pero la gente del pueblo no dejaba de asombrarse de todo lo que estaba viendo.

Pedro se paró sin decir nada, se hizo paso entre sus amigos y el montón de gente mientras una lágrima brotaba de su mejilla y se paró al lado de su hermana, quién estaba allí pendiente de todo como el resto. El ciego tomó una mano de Josefa (así se llamaba su hermana mayor) y en instantes la esposó.

—Llévensela, muchachos, todo está en su casa con su marido —dijo Pedro, muy triste. —¿Qué haces, Pedro! ¿Qué es esto! —dijo su hermana, gritando y sorprendida. —Si creías que no te entregaría por ser mi hermana, estás equivocada. Por lo menos hubieses tenido la delicadeza de lavarte las manos antes de venir con tu esposo a hacer este crimen. Sí, aún huelen al pescado que mi madre les regaló ayer. Y sí, el corte del cristal corresponde al cuchillo que siempre lleva tu marido y los cristales saben al sudor de tus manos —dijo Pedro, para luego callar e irse.

Los policías fueron de inmediato a casa de la hermana de Pedro y corroboraron todo lo dicho por él, y llegaron justo en el momento en que Martín, el esposo de Josefa, preparaba todo para irse en su lancha con las joyas".

Moraleja

Cuento con varias moralejas; el poder de los sentidos es innegable, y a veces no hace falta tener todos los sentidos en funcionamiento para descubrir cosas sorprendentes. La otra moraleja es que la ley es la ley, y que esta no entiende de familiares o de amigos, ya que quien la hace, la paga (o así debería ser).

9. El pájaro policía

“Había una vez un policía llamado Filomeno. Filomeno tenía un pájaro muy astuto y sagaz que había entrenado durante años. De hecho, el pájaro tenía siempre la jaula abierta y entraba y salía cuando quería.

Un día, unos ladrones entraron a robar en casa de Filomeno. Los ladrones fueron tan silenciosos que el experimentado policía ni se enteró de su llegada. No así el pájaro, que enseguida salió de su jaula, piando como si fuera una urraca, y picoteando a los ladrones para que se fueran.

Filomeno se levantó enseguida, pero no llegó más a ver a los ladrones huir despavoridos por la escalera.

-Pajarito mío, mañana te vienes a trabajar conmigo a la comisaría -dijo Filomeno.

El pájaro se puso muy contento. Sería el primer pájaro policía del mundo.

Cuando los demás policías vieron llegar a Filomeno con el pájaro sobre su hombro no se lo podían creer. Poco tardaron en empezar a hacer bromas y a burlarse de Filomeno. Hasta los perros policía se reían, a su manera, al ver al pajarito.

-No te preocupes, pajarito, que ya tendrás tiempo de demostrar lo equivocados que están todos estos listillos.

Ese mismo día hubo un robo en un centro comercial. Los guardias de seguridad habían cerrado el edificio y los ladrones estaban atrapados.

Pero el centro comercial era grande. Era peligroso que los ladrones estuvieran allí. Había que ser rápidos y atraparlos. Pero nadie sabía dónde se habían metido los ladrones. Los perros entraron, pero no lograron encontrar a ninguno de los rufianes.

-Es tu turno, pajarito -dijo Filomeno.

El pajarito salió volando y se metió en el centro comercial. Al cabo de un rato salió y empezó a piar muy fuerte. Filomeno lo siguió, junto con otros dos policías, que fueron tras él a regañadientes.

A los pocos minutos, Filomeno y sus compañeros sacaban a los ladrones esposados. El pajarito los habían encontrado muy bien escondidos. Alguno salía bien picoteado, porque había intentado escapar.

Ese día condecoraron a Filomeno y también a su pájaro, que pasó a formar parte de la plantilla por mérito propio.

-Nunca dejes que nadie se ría de ti por tu tamaño, pajarito -le dijo Filomeno-. Que para hacer cosas grandes no hace falta tener un gran tamaño".

Moraleja

Nunca subestimes tus capacidades, aunque seas demasiado bajo, demasiado alto, demasiado lo que sea... Todos servimos para algo, ¡lo interesante es encontrar nuestra habilidad!

10. Woody, el fabricante de almohadas

“Hace muchos años, un anciano llamado Woody vivía en una pequeña aldea. Cada mañana, cargaba desde la granja de unos amigos un saco lleno de plumas de oca porque se dedicaba a fabricar cómodas almohadas y cojines que vendía en el mercado. Los hacía de todos los colores y tamaños. Pequeños para cunas de bebés, resistentes para niños que hacían guerras de almohadas y flexibles para las personas a las que les gustaba dormir abrazadas a la almohada. Sus creaciones eran famosas en todo el mundo. Pero, un día de repente, la gente dejó de comprarlas.

El anciano, desesperado y sin entender nada, quiso encontrar una respuesta. Le preguntó a una anciana vecina que le dijo que, un joven envidioso y muy vago llamado Pancracio, había decidido hundir la reputación del pobre fabricante de almohadas y cojines. Su idea era construir una gran fábrica en la que fueran máquinas las que hicieran el trabajo.

-El trabajo artesanal no da suficientes beneficios- decía desafiante el joven.

Lo que pasaba era que, aunque las almohadas del joven fueran más baratas, no estaban hechas con el mimo y dedicación de las del anciano y la gente no las compraba. Así que pagó mucho dinero al periódico del pueblo para difundir el bulo de que las almohadas del anciano estaban llenas de chinches y pulgas.

La gente, como era un periódico muy famoso, se creyó la mentira casi sin rechistar. Incluso el ayuntamiento mandó a una empresa de desinfección al taller del anciano. El joven se había ocupado de, la noche anterior a la inspección, llenarlo todo de pulgas. Tristemente y sin que pudiera hacer nada para impedirlo, le cerraron el taller de almohadas al anciano. Con lo que no contaba el joven era con que el ayudante del anciano era una amante de la astrología.

Esa noche, había colocado una cámara para grabar un eclipse de luna que iba a haber. Se equivocó y, en vez de apuntar el objetivo para la calle, lo hizo para el interior del taller. Fue así como quedó todo grabado. Se pudo ver al joven Pancracio abrir los botes en los que llevaba las pulgas y repartirlas por toda la habitación. Con esas pruebas, la policía no tuvo duda y reabrieron el taller del anciano Woody. Como no era rencoroso, no tuvo problema en dar trabajo al joven en su taller".

Moraleja

La moraleja de este cuento tiene que ver con el perdón, con la importancia de huir del rencor y de perdonar a las personas que nos han fallado, para poder sanar nuestro corazón y vivir en paz.

11. La manzana asesina

"Esta historia ocurrió en un pueblo llamado San Pedro de los Vinos. El pueblo estaba ciertamente triste porque el comisario jefe, Ernesto Perales, había fallecido recientemente de forma inesperada.

Algunos de sus compañeros, pero, tenían dudas acerca de esta muerte. Una de ellas, Alicia, iba preguntando a los demás: ¿Lo véis normal? Yo no me creo que haya muerto durmiendo. Aquí hay gato encerrado. Otra compañera, Daniela, le cortaba “¡Dejadle descansar en paz! Murió durmiendo. Carmen, otra compañera, tampoco entendía esa versión.

Por suerte, justo antes de enterrarlo, le hicieron la autopsia. Perales era un gran consumidor de manzanas. Por sorpresa de muchos, ¡encontraron manzanas en su interior! Pero esas manzanas no eran normales: contenían veneno, ni más ni menos que cianuro.

Hacía poco tiempo que Daniela había dado luz a un niño que se parecía mucho a Perales. Nadie había sospechado que este fuera su hijo, pero ¡así fue! Finalmente Daniela confesó su crimen pasional y fue detenida.

Moraleja

La verdad siempre sale a la luz, por mucho que intentemos alejarla de nuestras vidas. Por eso siempre es mejor actuar con la verdad por la mano, porque la verdad quizás duele una vez, pero la mentira duele cada día sin saberlo".

12. El peor detective del mundo

“Don Teodoro acaba de llegar a la comisaría de policía de Villatranquila, la ciudad con menos delitos del país. A Don Teodoro le habían destinado allí con la esperanza de que dejara de meter la pata con sus investigaciones. Y es que Don Teodoro no solo no resolvía ningún misterio, sino que que liaba las cosas todavía más.

Al principio Don Teodoro estaba feliz en su nuevo trabajo. Aunque no había mucho que hacer, Don Teodoro siempre estaba ocupado, investigando cualquier cosa que pudiera ser sospechosa, controlando los semáforos para comprobar que nadie se los saltaba y cosas así.

Todo fue bien durante un tiempo, hasta que Don Teodoro empezó a aburrirse. Y entonces, empezaron los problemas. Un día llegó a la comisaría a denunciar al dueño de un perro que no recogía los excrementos de su mascota. Don Teodoro acabó multando a la señora por no respetar los derechos de los animales.

Otro día un señor fue a la comisaría para avisar de que había una avería en la boca de incendios que estaba justo en frente de la comisaría. Don Teodoro detuvo al señor acusándolo de haber roto él mismo la boca de incendios.

En otra ocasión, uno chicos le llamaron porque una señora se había caído en la calle y no sabía ni quién era. Don Teodoro encerró a los chicos porque estaba seguro de que ellos habían tirado al suelo a la señora mientras intentaban robarle el bolso.

Villatranquila era un caos. Ya nadie quería aparecer por la comisaría ni llamar para dar avisos, temerosos de acabar en el calabozo o con una multa.

El alcalde, muy preocupado, llamó a la sede central de la policía para contar lo que ocurría. Parece que allí nadie se extrañó, pero tampoco le dieron una solución. Entonces, el alcalde tuvo una idea. Llamó a Don Teodoro y le hizo la siguiente propuesta:

-¿Qué le parece convertirse en el nuevo escritor de relatos de misterio del periodo de la ciudad? Necesitamos gente con imaginación y conocimientos, y no conozco a nadie mejor que usted en eso.

A Don Teodoro le encantó la idea. Dejó su trabajo de detective y aceptó el trabajo de escritor. Eso sí que era una maravilla, porque por fin pudo darle rienda suelta a todas las ideas que se le pasaban por la cabeza".

Moraleja

Quizás una frase que resuma la moraleja de este cuento es la siguiente: “Todos servimos para algo, pero no todos servimos para lo mismo”. No es fácil encontrar nuestro propio lugar (a nivel profesional), por eso la clave es probar diferentes cosas hasta encontrarlo.