La idea de democracia es un concepto bastante antiguo, aparentemente surgido en la polis de Atenas en el siglo V a.C. Por aquel entonces las decisiones políticas eran tomadas de forma directa, haciendo que todos los hombres con derecho a voto decidieran cual era la mejor medida a tomar.

La idea de democracia volvió a aparecer en tiempos modernos, pero su versión clásica era inaplicable. Era fácil hacerlo en una ciudad como Atenas, pero no en un país compuesto por millones de personas como, por ejemplo, Estados Unidos.

En la actualidad la inmensa mayoría de países desarrollados tienen sistemas gubernamentales de democracia representativa en los cuales, aunque el poder político está ostentado por el pueblo, los ciudadanos escogen a sus candidatos para que lo hagan efectivo. Veámoslo más a fondo a continuación.

¿Qué es la democracia representativa?

La democracia representativa o indirecta es una forma de gobierno en la cual los ciudadanos con derecho a voto ejercen su poder escogiendo a unos representantes, ya sean personas en concreto o partidos políticos. Estos representantes son elegidos cada cierto tiempo por medio de elecciones libres en las cuales, por medio del sufragio internacional, hombres y mujeres escogen a aquellas personas que consideran que mejor los representan ideológicamente o cuyas propuestas les son beneficiosas.

En todo país que se haga llamar democrático se acepta la idea de que el poder político reside en el pueblo. Los ciudadanos y ciudadanas de un estado tienen el derecho a decidir el destino de su país, tomando decisiones acerca las leyes y medidas que se aplicarán. No obstante, no se puede pedir la opinión de la ciudadanía para absolutamente todo, ni esperar que ella misma participe. Lo ideal para que un país sea lo más democrático posible sería preguntarle a la ciudadanía en formato de referéndums y plebiscitos qué quieren que se haga con cada ley nueva que se propone, pero esto en la práctica es imposible.

En este sentido las democracias representativas surgen debido a las dificultades que conlleva pedirle a su ciudadanía acerca todas las decisiones políticas cada vez que estas son propuestas. Como no es posible movilizar casi cada semana a todos los millones de ciudadanos que viven en un país para que se pronuncien acerca el gobierno del país, estos ciudadanos ejercen su poder político por medio de la figura de la representatividad. Es decir, el pueblo, que es el soberano del poder político, lo ejerce pero de forma indirecta y representativa.

Esta elección de los representantes del pueblo se hace cada 4 o 5 años, que es el tiempo que suelen durar las legislaturas en la mayoría de países. Una vez pasado este tiempo se vuelven a hacer elecciones, en donde los ciudadanos decidirán otra vez quienes quieren que los representen y con qué políticos se ven más identificados ideológicamente. Así, si el último gobierno no ha sido de su gusto podrán cambiarlo por medio del sufragio, esperando que el nuevo aplique medidas que les sean más beneficiosas. Es por esto que las democracias representativas son la piedra angular de los países liberales.

Características de esta forma de gobierno

Como hemos mencionado, la principal característica de este sistema de gobierno es la representatividad. En la Antigua Grecia la democracia directa era un sistema posible puesto que los ciudadanos que tenían derecho al voto, todos ellos hombres libres y nativos de su polis simplemente se tenían que reunir y votar, como era el caso de Atenas. Como eran más bien pocas personas era fácil reunirse con cierta frecuencia y decidir las decisiones gubernamentales a partir de un “sí” o un “no”.

Este sistema no es aplicable a nuestras sociedades modernas, puesto que la estructura política es mucho mayor, no siendo ciudades-estado sino países que perfectamente pueden tener el tamaño de continentes (Estados Unidos, Rusia, Brasil, Australia...) y, además, con derecho a voto de millones de personas. El poder político sigue residiendo en la ciudadanía pero ejercerlo de forma directa es impracticable.

El representante es escogido entre una serie de candidatos y es decisión de las mayorías. Esta representatividad se refleja especialmente a nivel ejecutivo por medio de la presidencia, las gobernaciones y las alcaldías, y también a nivel legislativo con los congresos, las cámaras y las asambleas nacionales.

Otra de las características de la democracia representativa es la existencia de los partidos políticos, los cuales están conformados por ciudadanos que representan los intereses e ideologías de diferentes sectores de la población. Estos partidos son organizaciones legales que presentan a uno o varios candidatos, sus propuestas políticas y leyes, para que el pueblo lo escoja si está de acuerdo con lo que dice.

Democracias representativas y sus diferentes versiones

Las democracias representativas tienden a presentarse en formato de repúblicas, aunque no necesariamente. Algunos países que son monarquías constitucionales como es el caso de España y el Reino Unido tienen sistemas de gobierno democráticos representativos.

En estas monarquías el jefe de Estado es el rey, y este no es escogido democráticamente, pero sí lo es el gobierno o el poder ejecutivo, quien recae en la figura del presidente o el primer ministro. Es el poder ejecutivo el que ejerce el poder político que emana del pueblo, por muy monarquía o república que sea el estado.

Todo país que se haga llamar democrático debe tener sus poderes gubernamentales divididos, equilibrados entre ellos y que se controlen mutuamente. Estos poderes son tres: el poder ejecutivo, el legislativo y el judicial. Los tres poderes gubernamentales deben ser moldeados a imagen y semejanza de lo que el pueblo desee, el cual es manifestado, como hemos dicho, por medio de las elecciones y la elección de sus representantes políticos.

En los grandes estados puede haber un sistema de administración territorial más federal o más centralista, y las democracias representativas se ajustan bien a ambos. Un país federal es aquel estado soberano cuya organización territorial está compuesto por entidades políticas más pequeñas y que ostentan, aunque de forma reducida, los tres poderes clásicos. En cambio, en los países centralistas no se otorga ningún grado de independencia a sus regiones, estando las decisiones políticas en manos de los órganos de gobierno que se encuentren en la capital.

Algunas democracias representativas con un alto grado de federalismo las podemos encontrar en países como Argentina, México, Alemania y Estados Unidos, en los cuales sus estados federalizados aunque no son estados independientes tienen un elevado autogobierno. A medio camino entre federalismo y centralismo encontraríamos países como Reino Unido y España, cuyas divisiones son los reinos constituyentes y las comunidades autónomas, entidades que puede decidir en aspectos como la educación, la lengua, la sanidad... Por último de países fuertemente centralizados tenemos Chile, Brasil y Francia.

¿En qué se diferencia de la democracia participativa?

La democracia representativa o indirecta se diferencia de la democracia participativa o directa por sus mecanismos de participación. Mientras que en la representativa el pueblo, quien ostenta el poder político, elige a sus representantes por medio de elecciones, en la participativa es el propio pueblo el que toma directamente esas decisiones políticas, tal y como lo hacían los ciudadanos de la Atenas clásica.

En la actualidad se recurre a referéndums y plebiscitos en los cuales se pregunta directamente qué es lo que quiere el pueblo. Gracias a esto la democracia participativa tiene una ventaja sobre la representativa y es que la toma de decisiones se hace según lo que opine el pueblo en cada momento, lo cual hace que sea realmente más democrática. Como se pregunta constantemente qué es lo que quieren los ciudadanos el país funciona de la forma más parecida a cómo lo quieren los ciudadanos.

El problema es que este tipo de sistema democráctico es su inaplicabilidad. A lo largo de la historia se han hecho referéndums en los que se ha preguntado qué quería el pueblo de forma directa, como han sido el caso del referéndum de independencia de Escocia en 2014, el de Salida de la Unión Europea del Reino Unido en 2015 o el de independencia de Cataluña en 2017. Se hicieron estos referéndums porque la decisión a tomar era demasiado trascendental como para tomarla solamente a partir de los representantes del pueblo.

Sin embargo, si se hicieran referéndums para absolutamente todo el gobierno del estado sería muy lento o, incluso, imposible ejercerlo. A la mínima que el resultado de un plebiscito fuera cercano 50%-50% y no quedara claro qué decisión se debería tomar el gobierno quedaría paralizado. Se tendría que volver a hacer el referéndum, esperando que cambiaran los porcentajes pero eso sería también poco posible puesto que los partidarios de cada opción, viendo lo cerca que estarían de ganar, se volverían más seguros de su decisión. Esto haría que la toma de decisiones durará para largo.

Es aquí donde la democracia representativa muestra su ventaja. El hecho de elegir a representantes que van a gobernar durante unos 4 o más años permite evitar las incertezas propias de los regímenes democráticos directos. El gobierno tomará decisiones acordes a su criterio y en función de cómo la oposición se lo permita. Naturalmente, su forma de gobernar no será compartida por muchos ciudadanos pero tendrán que acatar y aceptar sus decisiones políticas. Así funciona el juego democrático, unos ganan y otros pierden y los que han perdido tienen la opción de volverlo a intentar al finalizar la legislatura.

Referencias bibliográficas

  • Casado, Y. (1994): Las democracias en Pastor, M. (ed): Fundamentos de Ciencia Política. Madrid. McGraw Hill.