El ser humano es un esclavo intelectual de las grandes preguntas que se ha formulado desde que tiene uso de razón: ¿de dónde venimos? ¿hacia dónde vamos? Su búsqueda es, en el fondo, la que motiva toda la ciencia que hace girar el planeta en el que vivimos.

Quizá una de las respuestas básicas a tales cuestiones se halle escondida en la tierra que pisamos, compactada bajo los sedimentos del tiempo, esquiva a la mirada desnuda de quien deambula sobre ella sin cuestionarse quién es o por qué está vivo y respira.

Los fósiles, huesos pétreos que dan silencioso testimonio de lo que un día fuimos, nos gritan sobre la naturaleza misma que albergamos en nuestro código genético. Para este artículo, se hará un viaje muchos miles de años atrás, con el fin de conocer a alguien más cercano de lo que creemos: al Homo erectus.

Descubriendo al Homo erectus

El Homo erectus ("hombre de pie") pertenece al género Homo, que describe un subgrupo de primates bípedos con una osamenta y sistema nervioso concebidos para la deambulación en postura erguida, y entre los cuales se ubica el ser humano actual (Homo sapiens). En cuanto al homo erectus, se sabe que vivió hasta hace unos 70.000 años aproximadamente, aunque su orígen data de mucho tiempo atrás (unos dos millones de años).

Sus primeros restos fósiles se hallaron en la isla de Java (Indonesia), y por ese motivo fue bautizado como el "hombre de Java". En ese momento se determinó que debía tratarse de una especie de primate sin ninguna conexión con el ser humano actual, puesto que el perímetro de su bóveda craneal no permitía inferir que el desarrollo de sus habilidades cognitivas fuera ni remotamente cercano al nuestro. Fue, por ello, etiquetado bajo la nomenclatura científica de anthropopitecus erectus, aunque a medida que se descubrieron más detalles sobre él se fue modificando su nombre hasta recibir aquel por el que se le conoce en la actualidad.

Con el paso del tiempo se ha descubierto que los restos fósiles del Homo erectus se pueden hallar en numerosas regiones geográficas de Asia y África, por lo que de ello se deduce que fue el primer ser capaz de desplazarse mucho más allá del lugar en el que enraizaron todos sus ancestros (África oriental). Esta evidencia, junto a otras que se detallarán a lo largo del artículo, fueron las primeras en sugerir que quizá no era un simio más: sino que podía ser uno de los homínido más cercanos a lo que somos hoy, un aventurero de la prehistoria.

¿Cuál era su apariencia?

Es importante destacar, en primer lugar, que el Homo erectus fue una especie que mostró una gran variabilidad antropométrica, llegándose al punto de confundir a la comunidad científica durante décadas (al considerar que los restos hallados podrían pertenecer realmente a dos o más animales distintos). Todo ello se extiende también a las discrepancias entre machos y hembras (dimorfismo sexual), pues resultaban más acusadas que en el humano actual. Por este motivo, en el presente artículo se hablará de los rasgos promedio en los individuos de la especie.

Hoy en día sabemos que la disposición de su columna vertebral y su cráneo permitió que se desplazara de manera bípeda, estando dotado de pies cuya organización ósea es sugerente de la capacidad para deambular erguidos (por ello precisamente el nombre con el que se le bautizó) e incluso de correr largas distancias y cazar manteniendo la misma postura. Vivía en el suelo, y no sobre los árboles, al menos por lo que se deduce a partir de sus huesos.

Los restos hallados en África son mucho más pequeños, sin duda, que los encontrados en el Asia oriental; de hecho, incluso recibieron en su día un nombre distinto (Homo ergaster) que actualmente sigue usándose. Esto implica, por supuesto, que también sus cráneos eran muy distintos. Esta enorme variabilidad es sin duda uno de los rasgos distintivos del Homo erectus y que mayor incertidumbre ha generado a los que dedicaron sus vidas a comprenderlo como una especie unificada.

Determinar el tamaño del cerebro es esencial para el conocimiento de la inteligencia de todo ser vivo, pues la proporción que se determine para su peso relativo (respecto al del cuerpo), es el índice más usado y fiable para hacer una estimación al respecto. En el caso concreto de esta especie de humano, se han identificado cráneos con un volumen entre 700 y 1100 ml, lo que los ubica por encima del gorila (600 ml) y cerca del humano (1200-1500 ml). El promedio que hoy en día se estima es de 940 ml, inserto en una bóveda craneal muy baja que le confirió una notable capacidad de desarrollo.

El Homo erectus también era un ser grande y corpulento, habiéndose consensuado que su estatura podía alcanzar los 1,80 metros, pese a que dependería de las condiciones en las que vivían (recursos, climatología, etc.) y de la presencia o ausencia de algún depredador natural. Disponían de una mandíbula fuerte y sin mentón alguno, con piezas dentales más pequeñas que las de otros homínidos con los que llegaron a convivir en el territorio africano (como el Homo habilis o el Homo rudolfensis).

Tanto el tamaño cerebral como el físico se han usado durante mucho tiempo para explicar el modo en que llegaron a dispersarse por este planeta, pues necesariamente tuvieron que adentrarse en terrenos inhóspitos para llegar a Asia oriental desde el continente africano, lo que requería de fuerza e inteligencia. Se ha estimado que su capacidad de adaptación al entorno fue muy similar a la del ser humano actual, pese a que en este sentido son todavía muchas las incógnitas que permanecen sin su respuesta.

¿Cuáles eran sus hábitos?

El Homo erectus fue, sin duda, un animal con tendencia al gregarismo. Vivía inserto dentro de pequeños grupos, que rondaban en torno a los 30 individuos, y contaba con una serie de roles diferenciados que daban a la comunidad un sentido claro de jerarquía. Su organización social era mucho más rudimentaria que la del ser humano actual, que requirió la experiencia de una revolución cognitiva para ser capaz de soportar la convivencia en grandes ciudades, pero es una muestra valiosa de cómo se vivía la comunalidad en tiempos primitivos.

Un dato muy interesante sobre este homínido es que probablemente conocía bien el fuego, e incluso lo utilizaba como herramienta para elaborar una dieta basada en carnes (según se infiere de la hipervitaminosis ósea que se suele obtener en el análisis mineral de sus fémures), algo que contribuyó a su enorme desarrollo cerebral y tecnológico. Y es que también podían emplear armas (líticas) e instrumentos diversos, para los que se aprecia una creciente sofisticación, y que permitieron una supervivencia que se extendió mucho más allá de la de los homo contemporáneos.

Como no podía ser de otra manera, lograban el acceso a la carne a través de la caza, para la que organizaban incursiones en las que se evidenciaba gran capacidad para colaborar en la consecución de un propósito compartido. También se cree que podían rapiñar a quienes competían con ellos por recursos vitales, o en caso de necesidad, aunar fuerzas con tribus cercanas para depredar a un animal de mayor tamaño (tras lo que tendían a dispersarse de nuevo). También actuaban como carroñeros, alimentándose de los restos de cadáveres que otros animales abandonaban tras de sí.

Pese a que se duda mucho de que este homo fuera capaz de producir un lenguaje articulado con el que compartir "símbolos" de naturaleza verbal, sí se sabe que empleaban el comercio (sin moneda) con tribus afines, intercambiando los recursos necesarios para su supervivencia. También es muy probable que en este proceso se vieran implicadas las hembras de cada uno de los grupos, que devenían productos de comercio con el fin de aumentar la capacidad reproductiva y reducir los perjuicios de la endogamia.

¿Por qué se extinguió?

Los motivos por los que una especie se llega a extinguir son siempre diversos, complejos e incluso polémicos. En el caso que nos ocupa se hace evidente que tuvieron que atravesar un periodo climático particularmente difícil, en el cual empezaron a escasear los recursos de los que disponían para satisfacer la necesidad más básica de sus cuerpos: la alimentación. Y quizá todo ello podría haber ocurrido tras la gran erupción volcánica de Toba.

Este hecho sucedió en el mismo periodo para el que se calcula el fin del Homo erectus (hace unos 70.000 años), al norte de Sumatra (una isla de Indonesia), y supuso un grave invierno volcánico que mermó la población de primates y homínidos. Este momento se contempla, en numerosas publicaciones científicas, como el hito más relevante para explicar la extinción de muchas de las especies que en aquel tiempo habitaban la tierra, pues supuso cambios dramáticos en la flora y la fauna que necesitaban para su subsistencia.

Este incidente provocó que la población de los homo erectus (y otras especies) quedara muy diezmada, perdiéndose alrededor del 90% del total de los individuos y parejas reproductoras. Hoy en día se sabe que las zonas próximas a las costas marinas sufrieron en menor medida los estragos del invierno volcánico (una densa capa de polvo que impidió el crecimiento de la vegetación a nivel global durante unos cinco o seis años), pues existen emplazamientos muy cercanos a los de tal incidente que quedaron afectados, pero en los que el homo erectus pudo seguir su vida con absoluta normalidad (gracias a la abundancia de pescado).

También existen varios estudios recientes que apuntan a la hipótesis de que, por causas aún desconocidas, el Homo erectus pudo empezar a descuidar los procesos a través de los que elaboraba sus armas y herramientas. Esto se deduce del hecho de que utilizaban materiales precarios para ellas, al decidir no desplazarse hasta lugares relativamente cercanos en los que hubieran podido proveerse de una mejor materia prima, conformándose con una pobre manufactura que pudo reducir su eficiencia en la caza y otras actividades.

Estos modelos, fundamentalmente teóricos y aún sin corroborar, sugerirían que la "pereza" fue una factor contribuyente para la extinción de una especie que albergaba potencial para sobrevivir a la calamidad que le correspondió vivir. En cualquier caso, el día que estalló el volcán del lago Toba, el ser humano se enfrentó a la que fue sin duda la página más trágica dentro de su larga historia natural.

Referencias bibliográficas:

  • Baab, K. (2015). Defining Homo erectus. 2189-2219. doi: 10.1007/978-3-642-39979-4_65.
  • Carotenuto, F., Tsikaridze, N., Rook, L., Lordkipanidze, D., Longo, L., Condemi, S. y Raia, P. (2016). Venturing out safely: The biogeography of Homo erectus dispersal out of Africa. Journal of Human Evolution. 95. 1-12. doi: 10.1016/j.jhevol.2016.02.005.