¿Qué papel tuvieron las mujeres en la Revolución Francesa?

Veamos el papel que tuvieron las mujeres en el origen y la evolución de la Revolución Francesa.

Qué papel tuvieron las mujeres en la Revolución Francesa

El papel de las mujeres en la Revolución Francesa no es tan conocido como el de sus compañeros. Y, sin embargo, las mujeres representaron una fuerza importantísima a la hora de desencadenar la Revolución y, después, para conservarla a flote. También existieron muchas mujeres que, en un principio, simpatizaban con la causa revolucionaria, pero que, más tarde, denunciaron la sangre que se había vertido en su nombre.

En este artículo vamos a analizar qué papel tuvieron las mujeres en la Revolución Francesa, y nos detendremos brevemente en la vida de algunas de estas revolucionarias.

Las mujeres en la Revolución Francesa

El ideal femenino de la Revolución Francesa no cambió mucho respecto al de los siglos anteriores. Las mujeres seguían excluidas de toda actividad intelectual y política, y se ponía especial énfasis en el modelo “republicano” de mujer: una esposa y madre entregada al cuidado de su familia; especialmente, de sus hijos varones, futuros y comprometidos ciudadanos.

Sin embargo, durante los años revolucionarios, las mujeres se manifestaron constantemente, ya fuera mediante su pluma o a través de la sangre y la fuerza bruta. Así, las mujeres del pueblo fueron las principales abanderadas de las protestas en demanda de víveres, mientras que las mujeres más cultas empezaron a reclamar una serie de derechos políticos a través de panfletos, libros y discursos. Tanto unas como otras tuvieron un papel destacadísimo en la evolución de los acontecimientos, como veremos a continuación.

Las mujeres cultas son revolucionarias…

El papel de las mujeres en la Revolución Francesa se puede rastrear desde mucho antes. Durante las primeras décadas del siglo XVIII empiezan a proliferar en Francia los llamados salones, reuniones de intelectuales que se solían celebrar en casa de una dama distinguida. Esta dama alentaba el encuentro entre filósofos, políticos y artistas y, a pesar de que era bastante usual que la anfitriona no participara en las tertulias (simplemente, escuchaba discretamente, como si no fuera con ella), estas reuniones espoleaban su curiosidad por el saber y el conocimiento. Muchas de ellas, como la célebre madame Pompadour, la amante oficial de Luis XV, fueron verdaderas intelectuales y grandes mecenas de las artes. A estas damas se las llamaba salonnières.

Así, al abrigo de la Ilustración, las mujeres empezaron a inmiscuirse en asuntos sociales. Esto no quiere decir, por supuesto, que estuviera bien visto que las damas participaran en los debates, pero los tiempos estaban, ciertamente, cambiando. Las mujeres ya no se contentaban con quedarse en casa al cargo de las tareas del hogar; aspiraban a una igualdad real con sus compañeros, y eso pasaba, por supuesto, por la actividad intelectual y política. No fueron pocas las mujeres que trabajaron mano a mano con sus maridos, redactaron sus discursos e incluso los retocaron, para insuflar a sus textos nuevas ideas mucho más atractivas.

Estas primeras mujeres realizan su trabajo en la sombra, en la clandestinidad, podríamos decir, como es el caso de madame Roland, de la que hablaremos en otro apartado. Pero, aunque sea desde la sombra, las salonnières habían entrado en la rueda del cambio social. Eran fieles lectoras de los ilustrados, especialmente de Rousseau y Voltaire, así como de clásicos como Plutarco, y estaban completamente imbuidas de sus ideas sociales y republicanas. Por ello, cuando empiezan a soplar los vientos del cambio, muchas de estas mujeres se lanzan con entusiasmo a la construcción de la Revolución.

… y las del pueblo, también

Pero si hubo un grupo de mujeres cuyo papel tuvo una influencia directa y crucial en los hechos que desencadenaron la Revolución, fue el de las mujeres del pueblo llano. Su protagonismo en este acontecimiento es tal que a punto estuvieron de matar a la reina Maria Antonieta varios años antes de que lo hiciera la guillotina, como veremos en el siguiente apartado.

En su ensayo Mujeres de la Revolución, Jules Michelet dice que “los hombres han hecho la obra del 14 de julio; los hombres tomaron la Bastilla real, las mujeres conquistaron el propio poder real y lo depositaron en las manos de París, es decir, de la Revolución”. Michelet se deja llevar por la exageración, está claro, pero sus palabras esconden una realidad indiscutible: que fueron las mujeres, y solo las mujeres, las que se atrevieron a ponerse en marcha hasta el mismísimo palacio de Versalles para exigir ese pan que no llegaba nunca. Fue lo que se denominó “las marchas de octubre”.

“No tenemos pan”

El otoño de 1789 estaba siendo especialmente crudo; el frío y el hambre se cernían sobre Francia. El 1 de octubre se celebró en Versalles un banquete en honor a los guardias recién llegados, y los rumores empezaron a correr como la pólvora. Se extendió la noticia (por otro lado, nunca demostrada) que, durante el banquete, los asistentes habían pisoteado la recién nacida escarapela tricolor, símbolo de la Revolución, y habían jurado lealtad al color blanco de los Borbones. Esta noticia, junto a las durísimas condiciones que estaba viviendo el pueblo de París, que no tenía un bocado de pan que llevarse a la boca, encendieron la llama de la protesta. La denuncia incendiaria que del banquete lanzó el siniestro Jean-Paul Marat desde su periódico L’ami du peuple (“El amigo del pueblo”) no ayudó a enfriar los ánimos.

L'Ami du Peuple

El 5 de octubre, por la tarde, algunas mujeres del mercado central se congregaron ante una joven que había tomado un tambor de un cuerpo de guardia y estaba tocando generala. Era el aviso. En pocas horas, se había reunido una multitud de mujeres procedentes de los mercados aledaños; según algunos autores, podrían haberse reunido unas 10.000 mujeres.

Este torrente de vendedoras hambrientas y exaltadas quería pan, pero, sobre todo, quería que el “el panadero”, como así llamaban al rey, se trasladara a París, cerca de su pueblo. Con estas ideas, las mujeres recorrieron en apenas seis horas los 25 km que separan la capital de Versalles, bajo una lluvia torrencial y acompañadas por los soldados de La Fayette que, entusiasmados, se les habían unido en su viaje. Las mujeres portaban armas caseras (cuchillos, tenedores, morteros), pero también armas reales que habían requisado en su asalto al Ayuntamiento de París.

Tras una larga espera, pues el rey se encontraba cazando, un pequeño grupo de mujeres se reunió con él en sus aposentos privados, y consiguió del monarca la promesa de víveres y la firma de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Pero, a pesar de que el rey creía haber satisfecho a la multitud, cuando cayó la noche gran parte de las mujeres y de los soldados todavía seguía allí.

Sobre las 6 de la mañana, algunos de ellos consiguieron acceder al interior del palacio por un lugar que no estaba vigilado; su objetivo era ir en busca de la reina y matarla. María Antonieta se salvó de milagro pues, al escuchar los ruidos de la refriega, pudo salir corriendo de sus habitaciones y alcanzar a tiempo la alcoba del rey.

Ese mediodía, la familia real partía hacia París, tal y como el pueblo había reclamado. Ya nunca más volverían a pisar Versalles.

Los clubes femeninos

Después del triunfo de la Revolución en 1789, la voluntad de las mujeres de participar activamente en los cambios políticos y sociales quedó patente en la fundación de un sinnúmero de clubes femeninos. Así, en paralelo a los famosos clubes revolucionarios masculinos (como el Club des Jacobins o el Club des Cordeliers), se inauguran el Club des Replublicaines Révolutionnaires (el Club de las Republicanas Revolucionarias), el Club des Amazones Nationales (el Club de las Amazonas Nacionales), o el famoso Club des Amies de la Loi, fundado por la pendenciera Théroigne de Méricourt, de quien se dice que había participado activamente en las marchas de octubre y que, más tarde, se enfrentó al mismísimo Robespierre.

Estos clubes femeninos eran asociaciones de mujeres de las clases populares, que se reunían para leer los periódicos del día, intercambiar opiniones y debatir. Los revolucionarios masculinos no veían con muy buenos ojos la existencia de estas agrupaciones; de hecho, el 30 de octubre de 1793 la Convención declaró la clausura de los clubes femeninos, arguyendo que su violencia comprometía la seguridad de la República.

¿Eran violentos los clubes de mujeres? Ciertamente muchos sí, pero no lo eran menos que los que estaban monopolizados por los hombres. Detrás de la decisión de clausurarlos había una razón mucho más ideológica que práctica: la Revolución otorgaba libertades, pero no a la mujer.

Las tricoteuses: la cara más violenta de la Revolución femenina

De todas estas revolucionarias, las más violentas eran sin duda las llamadas tricoteuses, apodadas así porque tenían la costumbre de hacer punto mientras asistían a las sesiones de la Asamblea. Durante las sesiones, interrumpían constantemente a los diputados con sus gritos, ya fuera pidiendo más severidad, ya fuera reclamando la muerte inmediata de un sospechoso. Estas mujeres eran llamadas también Furias, pues su posición en la Revolución era de lo más radical; se dice que incluso empapaban su pañuelo en la sangre de los decapitados.

El papel de estas tricoteuses fue decisivo durante las llamadas insurrecciones de pradial (20 de mayo de 1795). Ese día, un grupo de estas mujeres y unos cuantos sans-culottes irrumpieron en la Convención y exigieron más mano dura para con los sospechosos. Cuando el diputado Féraud se negó a escucharlas, no dudaron en asesinarle y pasear su cabeza clavada en una pica por todo París.

Al lado de las tricoteuses se encontraban los sans-culottes, hombres del pueblo llano que formaban el ala más radical de la revolución popular. Eran llamados así porque en lugar de vestir el típico culotte (esa especie de pantalón ajustado que los nobles llevaban hasta la rodilla, justo donde empezaba a verse la media) este grupo social llevaba pantalones largos hasta los pies.

Algunas de las mujeres de la Revolución Francesa

He aquí una breve lista de 5 mujeres que marcaron profundamente la Revolución Francesa.

1. Madame Roland

Nacida Marie-Jeanne Philipon en el seno de una familia más o menos acomodada, madame Roland fue una cultísima mujer que destacó por su ingenio y sensibilidad. Ella y su marido, Jean-Marie Roland de la Platière, formaron una pareja de intelectuales muy estimada en la sociedad revolucionaria. Si bien madame Roland siempre intentó quedarse en segundo plano, todo el mundo sabía que los discursos de su marido habían pasado previamente por su mano. Su salón del Hotel Britannique, en París, gozó de mucha fama, y por él desfilaron insignes figuras políticas, como el mismísimo Robespierre.

En un principio estuvo entusiasmada con el estallido de la Revolución, ya que era republicana y una fiel seguidora de Rousseau. Sin embargo, más tarde, y profundamente decepcionada con el curso que tomaban los acontecimientos, denunció junto a su marido los numerosos crímenes que se estaban cometiendo en nombre de la libertad. Madame Roland cayó en desgracia y fue guillotinada en noviembre de 1793. Su marido, que había huido de París, se suicidó al enterarse de la noticia.

2. Olympe de Gouges

Así se conoce a Marie Gouze, intrépida escritora que ha pasado a la historia por su Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana. Hija de una familia burguesa, Olympe frecuentó los mejores salones del París ilustrado; tras quedarse viuda, empezó su carrera literaria. El marcado antiesclavismo de su obra no le permitió estrenar en la Comédie Française hasta la Revolución.

Tras el estallido revolucionario, Olympe inicia una actividad política que culmina con la redacción de la ya citada Declaración (1791), que pretende ser una respuesta a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que se había olvidado deliberadamente de las mujeres. La Declaración de Olympe empezaba con la famosa frase: “Hombre, ¿eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta …”.

Alineada con los girondinos, la rama moderada de la Revolución, Olympe se enfrentó a Robespierre y al Comité de Salvación Pública, lo que le valió su condena a muerte. La gran escritora feminista y abolicionista fue guillotinada el 3 de noviembre de 1793.

3. Anne-Josèphe Theróigne de Mericourt

Proveniente de una humilde familia belga, en 1789 la joven Anne-Josèphe se encuentra en París, en medio de la marea revolucionaria. No es seguro que participara en las marchas de octubre, pero sí que sabemos que fue la fundadora del Club des Amies de la Loi, una de las asociaciones femeninas tan en boga en la época, de las que siempre fue ferviente defensora como vehículo de expresión para la mujer.

En mayo de 1793, las tricoteuses la desnudaron para humillarla y la azotaron, en venganza de la adhesión de Théroigne al bando girondino. No se sabe si fue a causa de esta brutal agresión o si la grave sífilis que sufría influyó también, pero el caso es que Anne-Josèphe acabó perdiendo el juicio. Fue internada en varios sanatorios, hecho que, paradójicamente, parece ser que la salvó de la guillotina.

4. Charlotte Corday

“El ángel asesino”, la llamó el poeta francés Lamartine. Y es que Marie-Anne-Charlotte Corday ha pasado a la historia como la asesina de Jean-Paul Marat, el director del periódico más radical de la Revolución, El amigo del pueblo.

Charlotte era una muchacha de provincias, perteneciente a una familia de la baja nobleza normanda. Ferviente republicana y fiel seguidora de los girondinos, estaba convencida de que Marat era el culpable de toda la sangre que estaba derramándose en Francia. Razón no le faltaba, ya que, desde su diario, el periodista exigía más y más cabezas.

Decidida a acabar con el problema, la joven viaja a París y asesta una puñalada fatal en el pecho de Marat, en su propia casa, en la bañera. Las consecuencias del asesinato no fueron las que Charlotte esperaba; ella fue llevada a la guillotina y, mientras, se radicalizaba en Terror en Francia.

Nobles, burguesas, vendedoras, intelectuales, tejedoras… La Revolución Francesa es la gran revolución de las mujeres. Porque sin ellas, probablemente los hechos no hubieran sido los que ahora conocemos. Si bien es cierto que sus decisiones y actos no siempre fueron los más morales y acertados, es indiscutible el enorme papel que tuvieron las mujeres en la Revolución Francesa.

  • Cantera Ortiz de Urbina, J. (1994). La mujer en la Revolución Francesa de 1789, Revista de Filología Francesa, núm. 5, ed. Complutense, Madrid.
  • Michelet, J. (2010). Mujeres de la Revolución, ed. Trifaldi.
  • VV. AA, (2007). 4 mujeres en la Revolución Francesa, estudio preliminar de José Sazbón, ed. Biblos.

Periodista

Licenciada en Humanidades y Periodismo por la Universitat Internacional de Catalunya y estudiante de especialización en Cultura e Historia Medieval. Autora de numerosos relatos cortos, artículos sobre historia y arte y de una novela histórica.

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