Durante años, José Manuel creyó que lo controlaba. Trabajaba, pagaba su casa, criaba a su hijo. Probó terapias, pasó por Proyecto Hombre, estuvo internado en una clínica privada y llegó a sumar seis años y medio sin consumir. Pero algo seguía igual por dentro. La respuesta llegó en una consulta, con una palabra que nunca había oído aplicada a sí mismo: distimia, una depresión leve y continuada que llevaba años arrastrando.
Hoy, a los 57 años, este chef almeriense afincado en Jerez suma siete años y medio limpio. Nos cuenta las limitaciones e inquietudes de una persona adicta para pedir ayuda, sobre sus recaídas y la experiencia en terapia.
José Manuel, usted probó la terapia psicológica muy pronto. ¿Por qué no funcionó al principio?
Cuando pedí ayuda a mi familia, lo primero que decidimos fue ir a consulta con psicólogos especialistas en adicciones. No me fue bien, pero la culpa no fue de ellos. Yo quería ayuda a la carta: no la que necesitaba, sino la que me convenía. Quería mantener ciertas amistades, seguir haciendo las mismas cosas. Hasta que el adicto no decide que ha llegado el momento, no hay terapia que funcione.
Había dejado de consumir, pero seguía con las mismas actitudes. No había cambiado por dentro.
¿Qué era lo que más le costaba aceptar?
Que me dijeran lo que tenía que hacer. Que tenía que cumplir un horario, estar sin móvil, ir acompañado a ciertos sitios. Que me obligaran a poner límites. Hoy sé que todo eso son cosas que van bien, pero en aquel momento es lo que me echaba para atrás. Salir del mundo que me había creado y quedarme con ese vacío daba mucho miedo.
Después vino el internamiento.
Primero en Proyecto Hombre, que era a donde te derivaban desde los centros públicos mientras esperabas en lista. Lo dejé quince días antes del alta terapéutica, convencido de que ya podía solo. Luego estuve en un centro privado, unos seis meses internado y unos dos años de terapia en total. Ahí la terapia sí me fue bien.
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Y aun así hubo recaída.
Sí, tras seis años y medio limpio. Había dejado de consumir, pero seguía con las mismas actitudes. No había cambiado por dentro. Cuando te dan el alta tienes que enfrentarte a la vida, y yo salí sin todas las herramientas que necesitaba. Esa es una lección importante: la abstinencia no es lo mismo que la recuperación.
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¿Qué fue diferente la última vez?
Que combiné el trabajo con un psicólogo y la asistencia a Narcóticos Anónimos, las dos cosas a la vez. Y que esta vez sí estaba dispuesto a cambiar.
¿Qué le aportó exactamente esa terapia?
Me sirvió todo. Lo primero, que le pusieran nombre a muchas cosas que me pasaban y que yo no sabía nombrar. Uno puede sentir un malestar enorme durante años sin entender qué es. Tener un nombre te permite trabajarlo. Y lo segundo, las pautas. Las pautas de un profesional, su punto de vista, que después yo era capaz de trasladar a lo que hacía en el programa. Muchas de esas herramientas me siguen sirviendo hoy.
¿Qué diagnóstico recibió?
Distimia crónica, ese tipo de depresión pequeña pero continua. Yo llevaba mucho tiempo anestesiando un malestar conmigo mismo con el único remedio que conocía, que era consumir. Cuando me separé, ese malestar se disparó y toqué fondo. Entender que había algo de fondo, que no era solo la sustancia, fue fundamental.
¿Cómo eran las sesiones? ¿Qué dinámica le resultó útil?
Mi psicólogo me mandaba muchos trabajos de autoayuda para hacer en casa, y luego los comentábamos en consulta. Ese ir y venir me ayudó mucho, porque no se quedaba en la hora de sesión: el trabajo continuaba durante la semana. Y sobre todo, la cercanía. Sentir que tenías a alguien cerca, que no te juzgaba. Ese proceso duró 18 meses.
Muchas veces hay algo de fondo, como en mi caso la distimia, que solo un especialista puede ver y tratar.
¿Qué frena a una persona con adicción a buscar un psicólogo?
El dinero es una parte. Pero también está el miedo a que te juzguen y la vergüenza. Yo me sentía observado hasta en un centro comercial. Y en el caso de las mujeres es aún peor: tienen miedo a que las llamen malas madres o a perder a sus hijos.
¿Qué necesita encontrar un adicto cuando entra en una consulta?
Que no le traten como a un bicho raro. Somos personas normales con una enfermedad muy grave, mental, física y espiritual, que nos puede llevar a la muerte. A mí lo que me ayudó fue esa cercanía. Si el paciente siente que le entienden, es más fácil que acepte los límites que le ponen. El último terapeuta que tuve me dio mucha cercanía, me decía las cosas claras, sin maquillar la verdad. No sentía que había malgastado el dinero, salía con una sensación amigable, de que me servía.
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¿Cómo es su vida ahora?
Es otra vida, como darle la vuelta a la servilleta. Tengo estabilidad emocional, he recuperado mi identidad, mis valores, amistades y familia. Antes no disfrutaba ni de un concierto porque solo pensaba en dónde iba a consumir. Ahora voy con una botella de agua y me lo paso genial.
Por último: ¿qué le diría a alguien que duda si pedir ayuda profesional?
Que no lo dude. Lo primero es pedir ayuda, y esa ayuda tiene que incluir a un profesional. Busque un psicólogo especialista en adicciones o una clínica de confianza, y déjese acompañar de verdad, no a la carta. Muchas veces hay algo de fondo, como en mi caso la distimia, que solo un especialista puede ver y tratar. Los grupos de autoayuda suman, y mucho, pero el apoyo psicológico fue indispensable en mi recuperación. Me dio las herramientas que todavía hoy uso cada día.
José Manuel prefiere omitir su identidad, porque es el portavoz en España de Narcóticos Anónimos, cuyo principio básico es preservar el anonimato. No lo hace por vergüenza o estigma, toda esa etapa ya la superó y cree que su testimonio puede ayudar ahora a muchas personas con conducta adictiva y a sus familias a dar el primer paso para buscar ayuda.













