Entrevista a María Lucila Lois: cómo romper patrones emocionales que nos hacen daño

Una mirada a los vínculos, la culpa y las heridas que sostienen conductas repetidas.

Entrevista Maria Lucila Lois

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Hay comportamientos que se repiten incluso cuando sabemos que nos perjudican. Cambian las personas y las circunstancias, pero volvemos a callarnos, exigirnos demasiado, cuidar a todos antes que a nosotros mismos o permanecer en relaciones que ya no nos hacen bien. Comprender estos patrones no consiste en buscar culpables en el pasado, sino en descubrir qué necesidades y miedos continúan sosteniéndolos para recuperar la posibilidad de responder de otra manera.

Comprender lo que repetimos para poder transformarlo

De todo ello hablamos con María Lucila Lois, quien profundiza en la influencia de los primeros vínculos, la culpa al poner límites, la autoexigencia, la dificultad para soltar determinadas relaciones y el papel de la terapia en la construcción de respuestas más libres y conscientes.

Maria Lucila Lois

Maria Lucila Lois

Consultora Psicologica

Profesional verificado
Acassuso
Terapia online

¿Por qué una persona puede reconocer que un patrón le hace daño y, aun así, sentirse incapaz de actuar de otra manera?

Reconocer un patrón no significa que ya estemos preparados para actuar de otra manera. Muchas veces, la persona puede ver con absoluta claridad que una relación, una conducta o una elección le hace daño y, aun así, sentir que algo dentro suyo la empuja a volver al mismo lugar.

Esto sucede porque no repetimos solamente desde lo racional. Repetimos también desde lo aprendido, desde lo conocido y desde aquellas formas de protegernos que fuimos construyendo a lo largo de nuestra historia. A veces, una conducta que hoy nos limita fue, en otro momento de nuestra vida, la mejor manera que encontramos para sentirnos queridos, evitar un rechazo, no generar conflictos o no sentirnos solos.

Por eso, aunque la mente diga: «Esto no me hace bien», internamente puede aparecer otra voz que dice: «No sé hacerlo de otra manera», «¿Y si me quedo sola/o?», «¿Y si lastimo al otro?» o «Tal vez esta vez sea diferente». Lo conocido puede doler, pero también puede sentirse más seguro que aquello que todavía no sabemos cómo transitar.

Yo suelo decir que entender es muy importante, pero entender no siempre alcanza para transformar. El verdadero cambio comienza cuando podemos descubrir qué necesidad, qué miedo o qué historia está sosteniendo ese patrón. Porque, cuando dejamos de mirarnos desde el reproche y empezamos a preguntarnos qué hay detrás de eso que repetimos, aparece la posibilidad de construir una respuesta diferente.

No se trata simplemente de obligarnos a actuar de otra manera, sino de desarrollar recursos internos para poder elegir algo nuevo sin sentir que, al hacerlo, estamos perdiendo nuestra seguridad, nuestro lugar o el amor de los demás.

Cuando repetimos conflictos similares en distintas relaciones, ¿qué señales indican que no se trata solo de mala suerte, sino de una dinámica emocional aprendida?

Una de las primeras señales aparece cuando cambian las personas, cambian los escenarios, pero el desenlace emocional se parece demasiado. Tal vez una relación fue de pareja, otra de amistad y otra laboral, pero en todas la persona termina sintiéndose desplazada, poco valorada, invadida, abandonada o agotada por sostener a los demás.

En esos casos, más que preguntarnos por qué siempre nos toca la misma clase de persona, puede ser necesario mirar qué lugar ocupamos nosotros dentro de esas relaciones. ¿Volvemos a callarnos para evitar un conflicto? ¿Damos más de lo que podemos esperando ser valorados? ¿Nos cuesta pedir lo que necesitamos? ¿Permanecemos donde no estamos bien por miedo a perder al otro? Muchas veces, ahí empieza a verse la dinámica aprendida.

Otra señal es escuchar que se repiten las mismas frases internas: «Siempre termino igual», «Nadie me tiene en cuenta», «Otra vez di todo y no recibí nada», «Siempre me dejan» o «Tengo que resolverlo yo». Es como cambiar los personajes de una historia, pero seguir representando el mismo papel.

Esto no significa que todo lo que sucede sea nuestra responsabilidad ni que las conductas de los demás deban justificarse. Significa reconocer que puede haber una forma conocida de vincularnos que nos lleva a tolerar, elegir o sostener situaciones similares. Lo aprendido se vuelve tan familiar que muchas veces entramos en esa dinámica sin advertirlo.

Cuando un conflicto se repite, en lugar de mirarlo solamente como mala suerte, podemos preguntarnos: «¿Qué parte de esta escena ya conozco?», «¿Qué hago yo cada vez que esto sucede?» y «¿Qué temo que pase si actúo de otra manera?». Esas preguntas permiten dejar de mirar únicamente al otro y empezar a descubrir qué hay detrás de lo que se repite. Y ahí comienza la posibilidad de escribir un desenlace diferente.

¿Cómo influyen las experiencias de la infancia y los primeros vínculos en la forma en que hoy interpretamos el amor, el rechazo, el conflicto o el abandono?

Las primeras experiencias de la vida son como el primer mapa con el que aprendemos a recorrer el mundo. A través de esos primeros vínculos vamos sacando conclusiones, muchas veces sin darnos cuenta, sobre quiénes somos, qué podemos esperar de los demás y qué necesitamos hacer para sentirnos queridos, aceptados o seguros.

Si crecimos sintiendo que, para recibir amor, había que cumplir expectativas, es posible que de adultos confundamos amor con esfuerzo. Si aprendimos que expresar lo que sentíamos generaba conflictos, tal vez hoy elijamos callarnos para evitar una discusión. Y, si vivimos experiencias de rechazo o de ausencia, podemos interpretar determinadas situaciones desde ese lugar, incluso cuando la realidad es diferente.

Pero esto no significa que nuestra infancia determine para siempre la forma en que vamos a vivir. Me gusta pensar que influye, pero no define nuestro destino. Comprender nuestra historia no es buscar culpables; es entender de dónde aprendimos ciertas maneras de sentir, de vincularnos y de protegernos.

Muchas veces no reaccionamos únicamente frente a lo que está pasando hoy. También reaccionamos frente a lo que esa situación despierta dentro nuestro. Una misma escena puede ser vivida de formas completamente distintas por dos personas, porque cada una la interpreta desde su propia historia.

Por eso, más que preguntarnos: «¿Qué me está pasando?», a veces es útil sumar otra pregunta: «¿Qué parte de mi historia se está activando con esta situación?». Esa pregunta no nos deja atrapados en el pasado; al contrario, nos ayuda a comprender el presente con más claridad.

Cuando entendemos que muchas de nuestras reacciones tuvieron un sentido en otro momento de la vida, dejamos de mirarnos con culpa y empezamos a mirarnos con compasión. Y ese suele ser uno de los primeros pasos para construir nuevas maneras de vincularnos, más libres, más conscientes y más acordes a quienes somos hoy.

¿De dónde suele surgir la culpa que algunas personas sienten al poner límites, priorizarse o decir que no?

Muchas veces creemos que la culpa aparece porque estamos haciendo algo malo. Sin embargo, en consulta descubro una y otra vez que, en realidad, la culpa suele aparecer cuando empezamos a hacer algo diferente de lo que aprendimos durante gran parte de nuestra vida.

Si durante años aprendimos que ser buenos era estar siempre disponibles, no generar conflictos, poner las necesidades de los demás por delante o decir que sí aunque no quisiéramos, es lógico que, cuando intentamos poner un límite, aparezca una sensación incómoda. No porque poner límites esté mal, sino porque estamos saliendo de un lugar que nos resultaba conocido.

Es como caminar con un zapato que nos lastima desde hace años. Aunque duela, terminamos acostumbrándonos. El día que nos lo sacamos, lo nuevo también puede resultar extraño. Con los límites pasa algo parecido: al principio pueden generar culpa, incomodidad o miedo, no porque estemos haciendo daño, sino porque estamos aprendiendo una manera diferente de cuidarnos.

Muchas veces esa culpa no habla de que estamos equivocándonos; habla de que estamos creciendo. Nos está mostrando que estamos cuestionando reglas internas que alguna vez tuvieron sentido, pero que hoy quizás ya no nos representan.

Por eso, me gusta invitar a hacer una pregunta diferente. En lugar de preguntarnos: «¿Por qué me siento culpable?», podemos preguntarnos: «¿Qué creo que podría pasar si pongo este límite?». Muy seguido aparecen respuestas como: «Van a dejar de quererme», «Voy a decepcionar a alguien», «Van a pensar que soy egoísta» o «Voy a generar un conflicto».

Y, cuando logramos mirar esos miedos con más profundidad, muchas veces descubrimos que el verdadero trabajo no consiste en aprender a decir que no, sino en empezar a creer que también merecemos ser respetados cuando decimos que sí y cuando decimos que no.

La autoexigencia suele confundirse con ambición o responsabilidad. ¿Cuándo deja de ser un motor saludable y se convierte en una forma de maltrato hacia uno mismo?

La ambición, el compromiso o el deseo de crecer pueden impulsarnos a desarrollar nuestro potencial. La autoexigencia, en cambio, aparece cuando sentimos que nunca es suficiente. No importa cuánto hagamos, cuánto logremos o cuánto nos esforcemos: siempre parece faltar algo más.

Creo que el punto de inflexión está en la pregunta que nos hacemos después de cada logro. Si terminamos un proyecto y somos capaces de disfrutarlo, reconocer el camino recorrido y descansar, probablemente estemos frente a una exigencia saludable. Pero, si apenas terminamos, ya estamos pensando en lo que falta, en lo que salió mal o en todo lo que podríamos haber hecho mejor, la exigencia dejó de ser un motor para convertirse en una carga.

Es como correr en una cinta que nunca se detiene. Caminamos, corremos, hacemos un esfuerzo enorme…, pero sentimos que nunca llegamos. El cuerpo se cansa, la mente no descansa y, aun así, aparece una voz que insiste: «Podrías haber hecho más», «Todavía no alcanza», «No aflojes». Vivimos persiguiendo una meta que, cuando finalmente llegamos, vuelve a correrse unos metros más adelante.

Muchas veces, la autoexigencia no nace del deseo de superarnos, sino del miedo a no ser suficientes. Detrás de esa necesidad de hacerlo todo bien suele esconderse la búsqueda de aprobación, el temor a equivocarnos o la sensación de que nuestro valor depende de lo que hacemos y no de quienes somos.

Por eso, me gusta invitar a hacer una pregunta diferente: ¿estoy haciendo esto porque realmente lo deseo o porque siento que necesito demostrar algo? Esa respuesta suele marcar una gran diferencia.

Para mí, la autoexigencia deja de ser saludable cuando empezamos a tratarnos de una manera en la que jamás trataríamos a alguien que queremos. Cuando dejamos de reconocer nuestros avances, minimizamos nuestros logros, nos castigamos por cada error y sentimos culpa por descansar, ya no estamos creciendo: estamos desgastándonos.

El verdadero crecimiento no nace de vivir en guerra con nosotros mismos. Nace cuando aprendemos a avanzar con compromiso, pero también con respeto, reconociendo que podemos aspirar a más sin dejar de valorar quiénes somos hoy.

¿Qué puede haber detrás de la dificultad para soltar una relación, incluso cuando sabemos racionalmente que ya no nos hace bien?

Muchas veces creemos que nos cuesta soltar a una persona. Sin embargo, cuando empezamos a profundizar, descubrimos que no siempre es a la persona a quien estamos intentando sostener.

A veces, lo que cuesta soltar es la ilusión de que algún día las cosas cambien. Otras veces, es el proyecto que imaginábamos compartir, la necesidad de sentirnos elegidos o la esperanza de recibir aquello que durante mucho tiempo estuvimos esperando.

Por eso, saber racionalmente que una relación ya no nos hace bien no siempre alcanza para poder dejarla atrás. La razón puede decirnos una cosa, mientras que nuestras emociones todavía siguen aferradas a otra. Es como tener una mano que intenta abrir la puerta para salir y otra que sigue agarrando el picaporte porque todavía no está preparada para soltar.

En esos momentos, me gusta hacer una pregunta que suele cambiar la perspectiva: ¿qué sentís que perderías si esta relación terminara hoy? Las respuestas son muy diferentes en cada persona. Algunos hablan del miedo a quedarse solos. Otros descubren que sienten que fracasaron. También aparecen el temor a empezar de nuevo, la culpa, la costumbre o la sensación de que nunca van a encontrar otra oportunidad para ser felices.

Y muchas veces ocurre algo más profundo. Descubrimos que esa relación estaba intentando reparar una historia anterior. Sin darnos cuenta, esperamos que alguien nos dé aquello que alguna vez sentimos que nos faltó: más reconocimiento, más presencia, más seguridad o más amor. Cuando entendemos eso, dejamos de mirar solamente el vínculo y empezamos a comprender la necesidad que había detrás de él.

No se trata de convencer a alguien de que tiene que soltar. Se trata de ayudarlo a descubrir qué lo mantiene atado. Porque, cuando comprendemos qué estamos sosteniendo en realidad, muchas veces empezamos a aflojar la mano con menos culpa y con más comprensión hacia nosotros mismos.

Soltar no siempre significa dejar de querer. Muchas veces significa dejar de esperar que esa relación nos dé aquello que solo podemos empezar a construir dentro nuestro.

¿Por qué algunas personas se ocupan constantemente de las necesidades de los demás, pero postergan las propias hasta quedar agotadas?

Muchas personas llegan a consulta diciendo: «No sé por qué siempre termino ocupándome de todo el mundo y me dejo para lo último». Y casi siempre descubren que no lo hacen porque quieran olvidarse de sí mismas, sino porque, en algún momento de su vida, aprendieron que estar para los demás era una manera de sentirse queridos, necesarios o importantes.

Cuando durante mucho tiempo ponemos la atención en lo que los demás necesitan, es fácil dejar de preguntarnos qué necesitamos nosotros. Poco a poco, escuchar al otro se vuelve un hábito, mientras que escucharnos a nosotros mismos empieza a resultar cada vez más difícil.

Es como llevar un recipiente con agua para calmar la sed de todos los que encontramos en el camino. Vamos sirviendo un poco a cada persona hasta que, un día, miramos hacia adentro y descubrimos que el nuestro quedó vacío. Lo llamativo es que muchas veces recién nos damos cuenta cuando aparece el agotamiento, el enojo, la tristeza o la sensación de no poder más.

Detrás de esa forma de vincularnos suele haber una pregunta silenciosa: «¿Qué pasa si dejo de estar para todos?». Y ahí aparecen miedos muy profundos: que nos necesiten menos, que nos rechacen, que piensen que somos egoístas o que dejen de valorarnos.

Por eso, el verdadero desafío no consiste en dejar de ayudar. Ayudar puede ser un acto profundamente genuino y amoroso. El desafío es aprender a hacerlo sin desaparecer de nuestra propia vida.

Me gusta pensar que cuidarnos no nos vuelve menos generosos. Nos vuelve más disponibles emocionalmente. Porque, cuando empezamos a incluirnos dentro de la lista de personas que merecen atención, descubrimos que priorizarnos no significa querer menos a los demás. Significa empezar a tratarnos con el mismo cuidado con el que siempre tratamos a quienes queremos.

A veces creemos que el amor consiste en estar para todos. Pero el amor también empieza el día que dejamos de abandonarnos para sostener a los demás.

¿Hasta qué punto comprender el origen de una conducta ayuda a transformarla y cuándo existe el riesgo de quedarse atrapado analizando el pasado sin avanzar?

Comprender el origen de una conducta puede ser profundamente transformador, pero solo cuando ese conocimiento nos ayuda a vivir de una manera diferente en el presente. Entender, por sí solo, no alcanza. Todos conocemos personas que pueden explicar perfectamente por qué les pasa lo que les pasa y, sin embargo, siguen sintiéndose atrapadas en los mismos patrones.

También hay quienes conocen muy bien su historia. Pueden contar una y otra vez cómo fueron sus primeros vínculos, qué vivieron o de dónde creen que vienen muchas de sus dificultades. Sin embargo, conocer los hechos no siempre significa haberlos comprendido. Hay una gran diferencia entre recordar una historia y mirarla con una comprensión nueva. Porque la verdadera transformación no ocurre cuando repetimos una explicación, sino cuando esa historia empieza a revelarnos algo que hasta ese momento no habíamos podido ver.

Por eso, creo que el objetivo no es quedarse analizando el pasado. El objetivo es comprender qué relación tiene esa historia con la forma en que hoy pensamos, sentimos y nos vinculamos.

En mi manera de trabajar, no empezamos buscando respuestas en la infancia. Empezamos escuchando qué es eso que hoy no le está permitiendo avanzar a la persona. A partir de esa situación actual, muchas veces aparece un hilo que nos lleva, de forma natural, a comprender dónde aprendimos determinadas maneras de reaccionar, de protegernos o de relacionarnos. Y, cuando llegamos ahí, no es para quedarnos viviendo en esa historia. Es para entenderla, resignificarla y volver al presente con una mirada diferente.

Me gusta pensar que es como encender una luz en una habitación que estuvo mucho tiempo a oscuras. La luz no cambia lo que hay dentro de la habitación, pero nos permite dejar de tropezar siempre con los mismos muebles. Comprender nuestra historia tiene ese efecto: no modifica lo que vivimos, pero sí cambia la manera en que caminamos a partir de ese momento.

Cada persona tiene sus tiempos. Hay momentos en los que todavía necesitamos sostener una explicación porque es la única forma que encontramos de entender lo que vivimos. Y eso también merece respeto. La transformación no ocurre cuando alguien nos convence de mirar distinto. Ocurre cuando estamos preparados para hacernos una pregunta diferente, una pregunta que abra una posibilidad nueva donde antes solo había una respuesta repetida.

Para mí, una buena terapia no se mide por la cantidad de recuerdos que aparecen. Se mide por las cosas que empiezan a cambiar en la vida cotidiana. Cuando una persona empieza a poner un límite que antes no podía poner, deja de elegir vínculos que la lastiman, se trata con más respeto o toma una decisión que durante años sintió imposible, ahí entendemos que la comprensión dejó de ser solo una explicación y se convirtió en una transformación.

¿Cómo se puede trabajar terapéuticamente un patrón profundamente arraigado sin caer en la idea de que toda dificultad actual está determinada por la infancia?

Creo que uno de los mayores desafíos en terapia es encontrar el equilibrio. Por un lado, necesitamos comprender cómo nuestra historia influyó en la manera en que hoy pensamos, sentimos y nos vinculamos. Pero, por otro, también necesitamos recordar que esa historia no explica todo lo que somos.

La infancia deja huellas, pero no escribe el final de nuestra historia. A lo largo de la vida vivimos nuevas experiencias, construimos vínculos, desarrollamos recursos y tomamos decisiones que también van moldeando quiénes somos. Por eso, me cuesta pensar que toda dificultad actual tenga una única explicación en el pasado.

Cuando aparece un patrón muy arraigado, más que preguntarme «¿Qué pasó en la infancia?», prefiero empezar por otra pregunta: «¿Qué está sosteniendo este patrón en tu vida hoy?». Porque muchas veces una conducta continúa no solo por cómo empezó, sino también por la función que sigue cumpliendo en el presente.

Hay comportamientos que alguna vez nos ayudaron a protegernos, a adaptarnos o a sobrevivir emocionalmente. El problema aparece cuando seguimos utilizándolos en situaciones donde ya no los necesitamos, aunque todavía nos resulten familiares. Ahí es donde la terapia puede abrir una nueva posibilidad: no para juzgar esas estrategias, sino para agradecer que alguna vez tuvieron un sentido y, al mismo tiempo, preguntarnos si hoy siguen siendo necesarias.

Para mí, trabajar terapéuticamente un patrón no consiste en buscar culpables ni en explicar toda la vida a partir de la infancia. Consiste en comprender el recorrido completo: de dónde aprendimos esa manera de reaccionar, por qué todavía la sostenemos y qué recursos necesitamos desarrollar para empezar a elegir algo diferente.

Me gusta pensar que un patrón es como un camino de tierra que recorrimos durante años. Cuanto más lo transitamos, más marcado queda. La terapia no intenta borrar ese camino, porque forma parte de nuestra historia. Lo que hace es ayudarnos a construir uno nuevo. Al principio requiere más atención y más esfuerzo, porque todavía no estamos acostumbrados a recorrerlo. Pero, cada vez que elegimos ese camino diferente, deja de ser una excepción y empieza a convertirse en una nueva manera de vivir.

Al final, el trabajo terapéutico no busca que entendamos mejor el pasado. Busca que cada vez tengamos más libertad para elegir cómo queremos responder en el presente. Y, cuando eso sucede, la historia deja de ser un lugar donde quedarnos y se transforma en un punto de partida para construir algo diferente.

¿Qué primeros pasos puede dar una persona para empezar a identificar qué necesidad, miedo o herida se esconde detrás de aquello que hoy no consigue cambiar?

Muchas veces creemos que, para cambiar, tenemos que empezar haciendo algo diferente. Sin embargo, antes de cambiar una conducta suele ser necesario hacer algo mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil: empezar a mirarnos con curiosidad en lugar de hacerlo con juicio.

Cuando algo se repite una y otra vez en nuestra vida, solemos preguntarnos: «¿Qué me pasa?», «¿Por qué siempre termino igual?» o «¿Qué estoy haciendo mal?». Son preguntas comprensibles, pero muchas veces nos dejan atrapados en la culpa. A mí me gusta proponer otras.

¿Qué está intentando resolver esta conducta? ¿Qué necesidad busca cubrir? ¿Qué miedo intenta evitar? ¿Qué parte de mí cree que todavía necesita protegerse?

Esas preguntas no buscan encontrar una respuesta inmediata. Buscan abrir una puerta. Porque, cuando dejamos de pelearnos con aquello que nos pasa y empezamos a comprender la función que cumple, algo cambia. Ya no miramos la conducta como un enemigo al que hay que eliminar, sino como un mensaje que merece ser escuchado.

También creo que es importante recordar que no necesitamos tener todas las respuestas para empezar un proceso de cambio. Muchas veces, el primer paso no es comprender toda nuestra historia. El primer paso es animarnos a reconocer que hay algo que hoy ya no queremos seguir sosteniendo.

A partir de ahí empieza un camino. Un camino que no consiste en convertirnos en alguien distinto, sino en ir dejando de lado aquellas formas de vivir que, aunque alguna vez nos protegieron, hoy ya no nos permiten avanzar.

Si tuviera que dejar una invitación a quien está leyendo esta entrevista, sería esta: no tengas miedo de hacerte preguntas nuevas. A veces, una sola pregunta, hecha en el momento indicado, puede abrir una puerta que llevaba años cerrada.

Porque, al final, no se trata de descubrir qué hay de malo en nosotros. Se trata de descubrir qué hay detrás de aquello que hoy nos duele, nos limita o no nos deja avanzar. Y, cuando empezamos a mirar nuestra historia con comprensión, dejamos de ser espectadores de lo que nos pasó para convertirnos en protagonistas de lo que elegimos construir de ahora en adelante.

Maria Lucila Lois

Maria Lucila Lois

Consultora Psicologica

Profesional verificado
Acassuso
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Psicología y Mente. (2026, julio 29). Entrevista a María Lucila Lois: cómo romper patrones emocionales que nos hacen daño. Portal Psicología y Mente. https://psicologiaymente.com/entrevistas/entrevista-a-maria-lucila-lois-como-romper-patrones-emocionales-que-nos-hacen-dano

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