Cuántas veces no estás bien, pero no sabrías explicar exactamente por qué. Te notas más irritable. Más sensible. Más cansada. Algo por dentro se ha movido, pero no consigues ponerle nombre. Y cuanto menos entiendes lo que te pasa, más fácil es acabar reaccionando mal, tragándotelo todo o sintiéndote todavía peor.
Entonces haces lo que hacemos tantas veces: seguir, aguantar, distraerte, tirar. Pero no siempre funciona. Porque lo que no escuchamos no desaparece. Muchas veces solo se queda dentro, haciendo ruido.
La inteligencia emocional no es controlarte
Cuando se habla de inteligencia emocional, mucha gente piensa en mantener la calma, no alterarse o saber gestionar bien los problemas. Pero, en realidad, empieza antes. Empieza en algo tan sencillo y difícil como darte cuenta de lo que sientes. A veces dices que estás enfadada y, en realidad, estás dolida. A veces piensas que tienes ansiedad y lo que hay debajo es miedo. A veces crees que solo estás cansada, cuando en el fondo lo que hay es saturación, tristeza o necesidad de parar. Y claro, si no entiendes bien lo que te pasa, es difícil regularte bien.
Hay personas que aguantan mucho. Se adaptan. Siguen adelante. Se dicen que no es para tanto. Y de pronto saltan por algo pequeño: un comentario, una mala cara, un mensaje que no llega, un cambio de planes. Y entonces aparece la culpa. “Estoy exagerando.” “No debería afectarme tanto.” “No sé por qué me pongo así.”.
Pero quizá no te pasa que sientes demasiado. Quizá te pasa que llevas demasiado tiempo sin escucharte. Porque las emociones rara vez aparecen de golpe. Antes suelen avisar: en forma de tensión, cansancio, nudo en el pecho, prisa, bloqueo o malestar difuso. Cuando no les hacemos caso, terminan saliendo como pueden.
¿Qué es lo que nos desborda?
A veces no te desborda una gran cosa, sino muchas pequeñas acumuladas. No siempre hace falta una crisis para perder la calma. A veces basta con ir demasiado deprisa durante demasiado tiempo. Callarte cosas. Intentar llegar a todo. Dormir sin descansar. Posponer conversaciones pendientes. Exigirte cuando, en realidad, necesitas cuidado.
Hasta que cualquier detalle te supera. Y no porque seas débil. Ni porque no tengas recursos. Sino porque llevas demasiado tiempo sosteniendo más de la cuenta. Visto así, la emoción deja de ser un enemigo. Empieza a verse como una señal. No viene a fastidiarte. Viene a decirte algo.
Tres preguntas que pueden ayudarte
No siempre necesitas una gran técnica. A veces necesitas parar a escucharte y preguntarte. ¿Qué me pasa de verdad? No la respuesta rápida. No lo que “deberías” sentir. Lo que te pasa de verdad. ¿Qué hay debajo de esta reacción? Debajo del enfado puede haber dolor. Debajo de la dureza, agotamiento. Debajo de la ansiedad, una necesidad profunda de seguridad.
¿Qué necesito ahora mismo? Quizá parar. Quizá llorar. Quizá poner un límite. Quizá pedir ayuda. Quizá dejar de exigirte tanto por un rato. Poner nombre a la necesidad no resuelve todo. Pero te ayuda a entenderte.
Entenderte mejor ya es una forma de cuidarte
La inteligencia emocional no consiste en estar siempre bien, ni en responder siempre de forma “correcta”. Consiste, más bien, en darte cuenta antes, comprenderte un poco mejor y elegir con más conciencia qué haces con lo que sientes. A veces lo harás bien. A veces tarde. A veces regular. Como cualquier ser humano.
Pero incluso así, entenderte más ya cambia mucho. Porque cuando puedes poner palabras a lo que te pasa, dejas de pelearte tanto contigo. Y ahí empieza una relación más amable, más consciente y más libre con tu mundo emocional.


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