En la psicología conceptos como “Yo”, “Ego” o “Self” son utilizados a menudo para designar la dimensión autorreferencial de la experiencia humana. La percepción de continuidad y coherencia, y por tanto el desarrollo del sentido de la identidad, depende de que concibamos una parte de nosotros mismos como el sujeto que protagoniza nuestra vida.

Desde que a finales del siglo XIX William James (1842-1910) distinguiera entre el “Yo” como observador y el “Mí” como objeto de la experiencia, ha surgido un gran número de teorías que intentan definir qué es el Yo. A continuación describiremos las más relevantes a través de un breve recorrido histórico.

El yo en el psicoanálisis

En la teoría de Sigmund Freud (1856-1939) el Yo es entendido como la parte consciente de la mente, que debe satisfacer los impulsos instintivos e inconscientes del Ello teniendo en cuenta las exigencias del mundo externo y de la propia conciencia -el Superyó, constituido por normas sociales interiorizadas.

El Yo o la identidad sería, por tanto, una instancia intermedia entre la biología de un individuo y el mundo que lo rodea. Según Freud sus funciones incluyen la percepción, el manejo de información, el razonamiento y el control de los mecanismos de defensa.

Su discípulo Carl Gustav Jung (1875-1961) definió el Yo como el núcleo de la consciencia; todo fenómeno psíquico o experiencia vital que sea detectado por el Yo pasa a ser consciente. Así, el sentido del Yo se entiende como una estructura compleja con un doble componente: somático y psíquico.

Además para Jung el Yo, centro de la identidad, está inmerso en el Sí mismo (“Self”), que constituye núcleo de la personalidad en general; el Self incluye lo inconsciente, además de la parte consciente de la experiencia. Sin embargo, somos incapaces de experimentar el Self de forma completa puesto que estamos anclados al Yo y a la consciencia.

Los roles sociales del yo

En las ciencias sociales de la primera mitad del siglo XX gozó de una popularidad notable el interaccionismo simbólico, una corriente teórica que planteaba que las personas interpretamos el mundo y sus elementos a partir de los significados que se les otorgan socialmente. El Yo se construye a partir de la interacción cara a cara y de la estructura social.

Si hablamos del Yo y de la identidad, dentro del interaccionismo simbólico cabe destacar el modelo dramatúrgico de Erving Goffman (1922-1982). Este autor opinaba que las personas, como si fuéramos actores, intentamos aparentar consistencia ante las demás mediante la adopción de roles. Para Goffman el Yo no es más que el conjunto de roles que representamos.

Posteriormente el psicólogo social Mark Snyder (1947-) desarrolló su teoría de la autoobservación o automonitorización. Este modelo afirma que las personas altas en autoobservación adaptan sus roles, y por tanto su identidad, a la situación en la que se encuentran; por contra, quienes se automonitorizan poco muestran más el “Yo” con el que se identifican.

Multiplicidad y complejidad de la identidad

Entre los progresos recientes en la concepción del Yo desde la psicología social destacan dos teorías en particular: el modelo de la autocomplejidad de Patricia Linville y la teoría de la autodiscrepanciade E. Tory Higgins. El aspecto central de ambos modelos es que el Yo es entendido comolas representaciones mentales que hacemos de nosotros mismos.

El modelo de la autocomplejidad propone que la identidad depende de nuestros roles sociales, relaciones interpersonales, rasgos de personalidad nucleares y de las actividades que realizamos, como la carrera profesional. El concepto “autocomplejidad” se refiere al número de representaciones que componen el Yo, así como a su grado de diferenciación.

Según Linville, las personas con una elevada autocomplejidad son más resistentes a los sucesos vitales negativos, puesto que aunque una parte de su identidad quede cuestionada o debilitada por las experiencias siempre existirán otras partes del Yo que podrán utilizar como anclaje psicológico.

La teoría de la autodiscrepancia de Higgins

En su teoría de la autodiscrepancia Higgins plantea también que el Yo no es un concepto unitario, si bien define los distintos componentes de la identidad a partir de dos parámetros: los dominios del Yo y los puntos de vista del Yo. En este último criterio encontramos la perspectiva de la persona sobre ella misma, así como la que cree que tienen las personas significativas.

En los dominios del yo, que pueden asociarse a la perspectiva propia o a la de otros, encontramos el Yo real (cómo soy), el Yo ideal (cómo querría ser), el Yo que debería ser, el Yo potencial (cómo podría llegar a ser) y el Yo futuro, que es la identidad que esperamos ser.

Higgins considera que el Yo real, tanto desde el punto de vista de uno mismo como desde el que suponemos que tienen las personas significativas, es la base de nuestro autoconcepto. Por contra, el resto de aspectos son las guías del yo, que nos sirven de modelo y de referencia para actuar y para evaluar nuestra conducta.

Teorías cognitivas postracionalistas

Vittorio Guidano (1944-1999) es considerado el principal pionero de la psicología postracionalista. Esta orientación teórica surge como una reacción a la predominancia de las filosofías positivista y racionalista, que afirman que existe una realidad objetiva que puede ser percibida y comprendida de forma certera a través de los sentidos y de la lógica.

Desde las teorías psicológicas cognitivo-constructivistas se defiende la relevancia fundamental del lenguaje en el modo en que interpretamos el mundo que nos rodea y compartimos estas perspectivas. Mediante el lenguaje organizamos nuestras experiencias en forma de narraciones, de las cuales emergen la memoria y la identidad.

Así, el Yo no se concibe como una entidad definida, sino como el constante proceso de construcción de una narrativa autobiográfica coherente que permita otorgar sentido a nuestras experiencias. Desde la perspectiva postracionalista el problema de la identidad se convierte en una cuestión lingüístico-narrativa.

Guidano distinguió también entre el Yo y el Mí. Mientras que definió el Yo como la dimensión corporal-emocional de la experiencia, predominantemente inconsciente, para este autor el Mí es la parte del Self que observa y genera significados a través del lenguaje. La unión del Yo y el Mí resulta de la creación de narrativas coherentes que pretenden ser explicativas.