A lo largo de la historia de la ciencia, y en concreto en la de la psicología, se han llevado a cabo experimentos que, si bien contribuyeron a expandir el conocimiento científico, también generaron mucha controversia por lo éticamente cuestionables que fueron.

En la ciencia del comportamiento son ya clásicos experimentos como la cárcel de Stanford, el experimento de la obediencia de Milgram y los experimentos con primates de Harlow que, tras su realización, impulsaron cambios en el código deontológico en psicología experimental.

Sin embargo, el experimento del pequeño Albert ha sido, según muchos, el experimento más controverso, dado que, en él, se experimentó con un pobre niño prácticamente abandonado, usándolo de cobaya experimental para producirle fobias. Veamos un poco más a fondo la historia de este experimento.

¿Qué fue el experimento del pequeño Albert?

La figura de John Broadus Watson es ampliamente conocida en la ciencia del comportamiento, dado que es considerado como el padre de la rama conductista de la psicología. Este investigador, junto con Rosalie Rayner, fue el responsable de realizar un experimento que no pasaría desapercibido para la historia de la psicología: el experimento del pequeño Albert.

Sin embargo, antes de explicar el experimento en sí, hace falta explicar los antecedentes que llevaron a Watson a realizar su archiconocida investigación. Watson conocía los trabajos de Ivan Pavlov, un fisiólogo ruso quien había ganado el premio Nobel de fisiología en 1903 con sus estudios sobre el sistema digestivo.

Pavlov había experimentado con perros y, mientras realizaba sus experimentos, descubrió algo muy interesante que serviría mucho para la psicología. Cuando presentaba comida a sus perros, hacía que empezaran a salivar. Pavlov se preguntó si podía inducir esta misma conducta sin necesidad de presentar el alimento, pero usando un estímulo neutro que estuviera asociado a él: una campana.

Por medio de varios intentos, Pavlov consiguió que los perros empezaran a salivar cuando oía la campanilla, incluso sin presentárseles la comida. Habían asociado el sonido del instrumento con la comida. Así pues, Pavlov describió por primera vez el aprendizaje asociativo que, hoy en día, conocemos como condicionamiento clásico. Basa el comportamiento de los animales (y el de las personas) como una secuencia de estímulos y respuestas.

Una vez supo esto, John B. Watson decidió extrapolar, de manera radical, este condicionamiento clásico con personas, haciéndolo coincidir con sus ideas sobre cómo funcionaba el comportamiento emocional humano. Watson era positivista radical, es decir, consideraba que la conducta humana sólo podía ser estudiada en base a los comportamientos aprendidos. Así pues, no era partidario de las doctrinas que hablaban sobre rasgos heredados e instintos animales.

Entendido esto, no es de extrañar que Watson pensara que todo el comportamiento humano dependía de las experiencias que hubiera tenido la persona. La mente humana era un lienzo en blanco, una tábula rasa como hubieran dicho los filósofos empiristas, lienzo el cual era pintado con las vivencias del individuo a lo largo de la vida. Por medio del aprendizaje y el condicionamiento, la persona sería de una u otra forma. Lo único que necesitaba Watson era un sujeto experimental, un lienzo con el que poder pintar el cuadro que demostrara sus teorías.

Buscando al sujeto ideal mediante la ciencia

Watson, junto con Rosalie Rayner, era investigador en la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore. Llevaba varios años trabajando en esa institución cuando, en 1920, pudo llevar a cabo por fin su experimento. Su objetivo era probar con un bebé de muy poca edad, el sujeto perfecto a ojos de Watson, dado que sería el lienzo en blanco perfecto con el que poder condicionar todo tipo de respuestas sin temer que otros estímulos previos a la experimentación contaminaran los resultados.

Watson tenía la intención de introducir al bebé una respuesta fóbica por medio de un estímulo, que condicionarían para que el niño le tuviera miedo. Después, trasladarían esa respuesta fóbica a otros estímulos con características similares al estímulo condicionado. Finalmente, la última fase del experimento consistiría en extinguir la respuesta fóbica al estímulo condicionado, es decir, corregir el miedo que se le había introducido durante la experimentación. Lamentablemente, por desgracia para el bebñe, esta fase nunca llegó.

Si bien la idea de provocarle miedo a un bebé no era técnicamente cruel, sí que, en términos científicos, era moralmente cuestionable, incluso para la época. Cabe decir que Watson tenía una visión de la emocionalidad de los bebés muy limitada, considerando que los recién nacidos sólo podían presentar tres sentimientos reconocibles.

  • Miedo: condicionado por ruidos fuertes y falta de sustentación.
  • Amor: condicionado por las caricias.
  • Cólera: condicionado por la privación de libertad de movimiento.

Teniendo en cuenta la definición watsoniana de estas tres emociones básicas, no es de extrañar que Watson probara de despertarle miedo al bebé, dado que era la emoción más fácil de estudiar en un contexto experimental. Curiosamente, era la más éticamente cuestionable de inocular en un recién nacido.

Sujeto encontrado

Tras haber delimitado con claridad el objetivo y marco teórico de su investigación, John B. Watson y su compañera en las investigaciones (y en la cama) se fueron en la búsqueda del sujeto perfecto, encontrándolo en el orfanato para niños inválidos Harriet Lane Home.

Ahí, una de las nodrizas llevaba a su hijo recién nacido, quien se pasaba las horas ahí, casi descuidado, mientras su madre trabajaba. El niño no había recibido estimulación emocional y, de acuerdo con su madre, apenas había llorado o manifestado ira desde que nació. Watson estaba ante su sujeto experimental perfecto: su lienzo en blanco.

Así pues, a la edad de tan solo 8 meses y 26 días, Albert fue seleccionado para ser la cobaya experimental de uno de los experimentos más conocidos, y éticamente cuestionables, de la historia de la psicología.

Empieza el experimento

En la primera sesión, el niño fue expuesto a varios estímulos para conocer si les tenía miedo antes de que empezara el experimento. Se le expuso a una fogata y a varios animales, y no mostró miedo. Sin embargo, cuando Watson dio un golpe con una barra metálica, el niño sí lloró, confirmando la idea de que se podía inducir una respuesta de miedo en los bebés ante un ruido brusco.

Dos meses después, empezó el experimento propiamente dicho. El primer estímulo que Watson y Rayner quería condicionarle miedo era una rata blanca de laboratorio. Al presentársela a Albert, el bebé sintió curiosidad, incluso la quiso alcanzar. Sin embargo, su comportamiento empezó a cambiar cuando los experimentadores hicieron sonar una barra metálica a la vez que le presentaban el animal. Esta forma de proceder era prácticamente idéntica a cómo lo había hecho Watson con sus perros, la comida y la campanilla.

Al sonar la barra metálica y ver la rata blanca, el niño empezó a llorar. Se tiró hacia atrás, alterado. Volvieron a intentarlo, enseñándole primero la rata blanca y volviendo a hacer sonar la barra metálica. El niño, quien tampoco había tenido miedo de la rata esta vez, volvió a llorar al oír el ruido de la campana. Los investigadores acababan de lograr cumplir el primer condicionante, haciendo que el niño empezara a asociar miedo con el animalillo.

Llegados a este punto, y en la única muestra de empatía hacia el bebé, Watson y Rayner decidieron postergar el resto de las pruebas experimentales una semana, “para no perturbar al niño seriamente”. Cabe decir que esta empatía no contrarrestaría la forma en cómo el experimento fue evolucionando, ni tampoco el daño que se le generaría al pobre Albert.

En la segunda tanda experimental, Watson realizó hasta ocho intentos más para asegurarse de que el niño había relacionado la rata con miedo. En el séptimo intento presentó otra vez la rata blanca haciendo sonar el ruido brusco de la barra metálica. Finalmente, en el octavo intento, solo presentó la rata blanca, sin ruido brusco de fondo. El niño, a diferencia de cómo se había comportado en las primeras sesiones experimentales, esta vez tenía miedo, lloraba, no quería tocar la rata, huía de ella.

Transfiriendo el miedo

El experimento siguió con dos tandas experimentales más, cuando el pequeño Albert ya tenía unos 11 meses y cuando tenía 1 año y 21 días. Watson quería comprobar si podía transferir el miedo a la rata blanca a otros estímulos con características similares, es decir, que tuvieran pelo o que fuera blancos.

Para llevar a cabo esto, los investigadores se valieron de varios animales y objetos peludos, muy parecidos al tacto de la rata blanca: un conejo, un perro y, también, un abrigo de piel. Cuando se le presentaron a Albert, el niño empezó a llorar, sin necesidad de hacer sonar la barra de metal. El niño no solo temía a la rata blanca, también a cosas que se le pareciera. El miedo estaba transferido a otros elementos similares al animalillo.

La última prueba, en la que Albert ya contaba con un año de edad, se le presentó un estímulo aún más desconcertante, aunque, de primeras, pudiera parecer inocente: una máscara de Santa Claus. Al ver la careta del alegre personaje navideño Albert también se puso a llorar, gorgoteaba, intentó abofetear a la máscara sin llegar a tocarla. Cuando se le obligó a tocarla, gimió y lloró todavía más. Finalmente, lloró con el mero estímulo visual de la máscara.

¿Qué fue del pequeño Albert?

La última fase del experimento iba a ser la de tratar de quitarle los miedos inoculados. Esta parte era la más importante, dado que, en teoría, iba a suponer deshacer el daño que se le había hecho. El problema fue que tal fase nunca llegó.

Según relatan los propios Watson y Rayner, cuando intentaron comenzar con esta fase, el pequeño Albert había sido adoptado por una nueva familia, la cual se había trasladado a otra ciudad. El experimento fue rápidamente cancelado dado que la Universidad se había mostrado irritada por la controversia ética del mismo. Además, Watson y Rayner fueron despedidos en el momento en el que la institución descubrió que tenían una relación sentimental, algo prohibido entre compañeros.

Es por todo esto que, tras ser cobaya experimental, se le perdió el rastro a Albert y no se pudo quitarle esos miedos. El paradero de pequeño fue una incógnita hasta entrados los años 2000, en el que varias líneas de investigación trataron de averiguar qué era lo que le había pasado exactamente al niño después del fin del experimento, sí había seguido padeciendo fobias en su vida adulta o si los resultados de Watson y Rayner no duraron mucho. Dos han sido las investigaciones consideradas más válidas.

Se llamaba William Barger

Una de las líneas de investigación más fiables y plausibles es bastante reciente, datando del año 2014. Dos investigadores, Russ Powell y Nancy Digdon repasaron el censo y documentación de principios del siglo XX y concluyeron que Albert era William Barger. La madre biológica de este individuo había trabajado en el mismo orfanato en donde Watson y Rayner habían conseguido al pequeño Albert, el Harriet Lane Home.

William Barger había fallecido en el 2007, así que no se le podía entrevistar para asegurarse de que era el pequeño Albert, sin embargo, los familiares de Barger aseguraron que siempre había tenido una fobia especial a perros, además de a otros animales peludos.

Albert tenía hidrocefalia

Aunque la hipótesis de que era William Barger parece ser la más plausible, otra teoría, un poco más antigua, es considerada por muchos psicólogos como el verdadero desenlace del pequeño Albert.

Hall P. Beck y Sharman Levinson publicaron el año 2009 en la APA su línea de investigación sobre cómo vivió Albert después de haber sido sujeto experimental de John B. Watson y Rosalie Rayner. Según esta investigación, Albert no logró vivir por mucho tiempo, falleciendo de hidrocefalia congénita a la edad de seis años.

Este hallazgo no únicamente pone en duda lo escasamente ético que fue el experimento del pequeño Albert, sino que, también, invalida los resultados obtenidos por Watson y Rayner. En teoría, Watson explicó sus resultados creyendo que había experimentado con un niño sano, pero, dado que la hidrocefalia podría haberle implicado problemas neurológicos, los cuales explicarían su falta de emocionalidad, la investigación del psicólogo quedaría fuertemente puesta en duda.

Referencias bibliográficas:

  • Watson, J. B. & Rayner, R. (1920). "Conditioned emotional reactions". Journal of Experimental Psychology, 3(1), pp. 1-14.
  • Beck, H. P., Levinson, S., & Irons, G. (2009). Finding Little Albert: A journey to John B. Watson's infant laboratory. American Psychologist, 64, 7. pp. 605-614.