Rueda de las emociones de Robert Plutchik.

Las emociones son uno de los fenómenos que más altibajos ha experimentado a lo largo de la historia de la Psicología. Así, han vivido momentos en los que resultaban un asunto de importancia capital, y otros en los que apenas eran consideradas.

En la actualidad la vida emocional es objeto de interés para la mayoría de profesionales que se dedican al estudio de la mente y la conducta, habiéndose categorizado de muy diversas formas.

En este artículo revisaremos una de las propuestas teóricas más brillantes, la rueda de las emociones de Robert Plutchik, que no se limita a su conceptualización, sino también al abordaje de sus potenciales interacciones.

Un conocimiento profundo de esta cuestión puede contribuir a comprender una parte de nosotros mismos que influye en casi todos los aspectos de la vida (decisiones, relaciones, etc.).

La rueda de las emociones de Robert Plutchik

La rueda de las emociones de Plutchik está compuesta por ocho emociones básicas, que suponen experiencias relativamente comunes en el acervo vivencial, más concretamente: la alegría, la confianza, el miedo, la sorpresa, la tristeza, la aversión, la ira y la anticipación. El autor las reconocía como dimensiones que raramente se presentaban solas, y que podían expresarse en distintos grados de intensidad.

Este último matiz es el que dota de riqueza a esta propuesta teórica. Plutchik indicó que los estados emocionales descritos albergaban cierta similitud entre ellos, lo que los hacía susceptibles de ser combinados de distintas maneras, culminando en la formación de un sentimiento más complejo. Se refirió a estos solapamientos como díadas; y las diferenció como primarias, secundarias o terciarias (cada vez menos frecuentes y bordadas por afectos con menor grado de parentesco).

Procedemos seguidamente a abordar cada una de las emociones básicas, señalando sus distintos grados de intensidad y la manera particular en que pueden entrelazarse unas con otras para adquirir matices nuevos y casi infinitos.

1. Alegría

La alegría es una emoción "positiva", que se expresa como un estado de bienestar y satisfacción respecto a uno mismo y/o las condiciones generales de la vida. Su grado más sutil se manifiesta como serenidad (un estado regular de calma, quietud y equilibrio), mientras que el superior adopta la forma de éxtasis (una de las experiencias humanas de mayor exaltación del estado de ánimo y que ha sido adoptada incluso por textos místicos de distintos credos). Su opuesto es la tristeza.

La alegría puede combinarse de muy distintas maneras con otras emociones básicas. Sus díadas primarias estrechan lazos sutiles con las emociones con las que guarda una mayor afinidad: la confianza y la anticipación. En el primero de los casos da lugar al amor, un sentimiento de aceptación sobre el que se construyen los vínculos significativos entre seres humanos; mientras que en el segundo engendra el optimismo, una mirada positiva sobre lo que el tiempo deparará.

Sus díadas secundarias serían el resultado de la combinación con emociones con las que alberga una mayor distancia: el miedo y la ira. Al fundirse con el miedo daría lugar a la culpa, mediante la que se expresaría una secreta sensación de desmerecimiento que opacaría un beneficio del que se ha sido objeto; y con la segunda resultaría en orgullo, a través del que se evidenciaría una exacerbación vacua de la propia postura sobre cualquier asunto, en el contexto de una confrontación con los demás.

2. Confianza

La confianza es una emoción esencial para Plutchik, la cual implica la creencia firme de que se puede actuar sin peligro de perjuicio o daño. Cuando está atenuada adopta la forma de aceptación, una integración sincera de los hechos vividos en la narrativa de la propia experiencia. Al inflamarse deviene admiración, con la que se expresa una total exaltación del aprecio que se proyecta sobre una persona o cosa. Su extremo es la aversión.

Además de con el amor, la confianza tiende a combinarse con el miedo, siendo otra de sus díadas primarias. Cuando esto sucede puede transformarse en un estado de sumisión, en el que se acepta la voluntad del otro pese a que con ello se sacrifiquen aspectos de la propia libertad. Este afecto puede ser el resultado de vínculos en los que cualquiera de las partes ejerce acciones deliberadas para provocar un desequilibrio, lo que promueve vulnerabilidad o dependencia emocional.

Las díadas secundarias de la confianza, que nacen de su combinación con afectos de una mayor similitud, concurren con la sorpresa y la anticipación. En el primero de los casos tiene lugar la curiosidad, una suerte de "rapto" del foco atencional para aumentar el conocimiento sobre algo que se percibe como importante; y en el segundo emerge la convicción, a partir de la cual se abrazan los principios que rigen el pensamiento y la conducta, así como los valores y objetivos trazados para la vida.

3. Miedo

El miedo es una reacción básica, universal e instintiva; considerada como tal en la práctica totalidad de las tipologías sobre emoción que han prosperado a lo largo de la historia. En su grado más sutil se expresa como aprensión (una incertidumbre preñada de expectativa pesimista) y en el más alto nivel se convierte en un auténtico terror o pavor (un estado que suele desplegar conductas de lucha o huida). El miedo, una reacción adaptativa ante las amenazas presentes en el entorno, tiene a la ira como su opuesto.

La díada primaria más elemental del miedo se da junto a la sorpresa, surgiendo en ese momento lo que conocemos como susto o sobresalto. Esta reacción constituye un matiz ominoso para un estado afectivo inicialmente neutro (la sorpresa), que suele ser sugerente de estados psíquicos negativos subyacentes (como la depresión o la ansiedad), o de la presencia de rasgos de personalidad estables que implican susceptibilidad al malestar (como el alto neuroticismo).

En cuanto a sus díadas secundarias, destaca la que se produce como resultado de su coexistencia con la tristeza: la desesperación. Este estado supone uno de los más críticos para cualquier ser humano, pues implica una sensación subjetiva de pérdida de control e indefensión cuyo mantenimiento es un factor de riesgo importante para la depresión mayor. Existen múltiples evidencias sobre ello en el ámbito de la clínica y la investigación.

Por último, el miedo puede entremezclarse con otras emociones diferentes a las que se señalan, en particular con la aversión y la anticipación. Como resultado se daría la vergüenza (percepción de temor al rechazo por considerarnos inadecuados) y la ansiedad (preocupación por una amenaza que se ubica en un punto indefinido y ambiguo del futuro), respectivamente. Ambos son comunes, y la causa potencial de un profundo sufrimiento.

4. Sorpresa

La sorpresa es una emoción cuya naturaleza tiende a ser considerada neutra, y que supone una reacción ante circunstancias cambiantes e imprevisibles que se ubican en el entorno inmediato. Según su grado, el más leve sería la distracción, un estado de ligera retención atencional; y el más intenso sería el asombro, que implica una absoluta proyección de la conciencia ante un suceso subjetivamente abrumador (para bien o para mal). El opuesto de la sorpresa sería la anticipación.

En lo relativo a las díadas primarias, las que acontecen con mayor frecuencia al unirse a otras emociones, destaca la que se da con la tristeza. Este solapamiento afectivo se traduce en decepción, que surge al asumir conciencia de un resultado negativo e imprevisto que contrasta con las expectativas inicialmente favorables, sobre las que se había depositado esperanza.

La sorpresa también puede coexistir con la alegría (dando forma al deleite) y con la ira (conformando la indignación), deduciéndose de ello productos diametralmente opuestos. El deleite es el resultado de recibir una noticia positiva sobre la que no se tenía conocimiento alguno, lo que promueve regocijo existencial, mientras que la indignación implica un estado de ofensa ante circunstancias adversas que han irrumpido abruptamente. Este último caso es común en las relaciones interpersonales, y un motivo habitual de confrontación.

5. Tristeza

La tristeza es una respuesta emocional que depende de la pérdida, que se expresa como zozobra y nos permite obtener apoyo social a partir de la activación de las neuronas espejo de quienes la observan. El grado más leve es el aislamiento, una tendencia a la retirada de las actividades compartidas; y el más grave es la depresión, resultado de pequeñas pérdidas acumulativas que exacerban el pesar original. La emoción que actúa como su reverso es la alegría.

En cuanto a sus combinaciones frecuentes, o díadas primarias, destaca la que se da con la aversión. La confluencia de ambas implica al remordimiento, un estado de malestar íntimo que surge ante conductas que consideramos inapropiadas por el impacto que pudieron tener sobre otros. Al aliarse con la sorpresa emerge la desaprobación, la cual sugiere un desacuerdo respecto a ideas o actos ajenos, los cuales se oponen a los principios o valores fundamentales que rigen nuestra vida.

En este profundo lienzo emocional, la tristeza puede convivir además con la ira. En este caso el producto resultante es la envidia, a partir de la cual proyectamos de modo hiriente nuestras carencias sobre otra persona, en la que percibimos aquello de lo que creemos adolecer. En algunos casos puede promover acciones encaminadas a perjudicar su estatus o a deteriorar su valía.

6. Aversión

La aversión es una emoción sugerente de rechazo, y de una voluntad cruda y deliberada de evitación. En sus límites tenues se expresa como aburrimiento (o ausencia evidente de interés), mientras que en los más intensos deviene asco o aborrecimiento. Este último se traduce en un empecinamiento por mantener la distancia física o psicológica respecto a un elemento que se juzga como indeseable. Su polo opuesto es la confianza, que estimula la aproximación.

La mixtura más común de la aversión, o díada primaria, se da con la ira. Bajo esta premisa el rechazo se acompaña de una evidente actitud hostil, la cual recibe el nombre de desprecio. Se trata de un estado emocional responsable de algunos de los principales problemas a los que se enfrenta nuestra sociedad, que ocultan en sus profundidades cierto matiz de miedo. Algunos ejemplos serían la xenofobia y otras formas de odio.

En cuanto a las díadas secundarias, que se presentan con mucha menor frecuencia, son reseñables las combinaciones de la aversión con la sorpresa y la anticipación. En el primer caso, resulta una experiencia de repugnancia (reacción de asco extremo como resultado de la irrupción de un suceso que sería evitado en condiciones normales) y en el segundo el cinismo (a través del cual se despliegan en el escenario de las interacciones sociales una sucesión de actos sobre los que existe amplio consenso de rechazo, pero desde la mentira y la hipocresía premeditada).

7. Ira

La ira es un estado que surge como respuesta directa a una afrenta, especialmente cuando se atribuye a la voluntad clara de un tercero, siendo este un elemento perceptivo de gran relevancia para su aparición. En su forma más suave adopta la forma de un simple enfado (desacuerdo respecto a otra persona en sus palabras o sus maneras) y en la más extrema se convierte en furia (bajo la que suelen llevarse a cabo actos impulsivos). El afecto especular, en este caso, es el miedo.

La díada más común de la ira concurre al inmiscuirse con la anticipación, produciéndose alevosía. Esta implica actos de violencia sobre los que se erige una planificación minuciosa, lo que supone un proceso meditado de preparación y un alto grado de sofisticación. En muchos países, los crímenes de sangre que se desarrollan bajo el paraguas de la alevosía tienden a considerarse de extrema crueldad, y para ellos se reservan las penas más duras.

En cuanto a las díadas terciarias de la ira, destaca fundamentalmente la que brota de la intersección con la confianza. En tal supuesto tiene lugar un estado de dominación, opuesto en absoluto al de sumisión, y que sirve como vehículo para doblegar la voluntad de otra persona amparándose en el vínculo que se establece con ella (jerarquía). La dominación suele recurrir a estilos de liderazgo autoritarios y que constriñen la individualidad.

8. Anticipación

La anticipación supone el reverso de la sorpresa, esto es, la articulación de nítidas expectativas sobre el discurrir del futuro. El perfil más bajo de esta emoción es el interés, que implica un grado moderado de atracción hacia un objeto o estímulo particular, y el más alto es la vigilancia (un nivel superlativo de focalización atencional, que además perdura durante largos periodos de tiempo y consume muchos recursos cognitivos).

La díada más común de la anticipación se da cuando interactúa simultáneamente con la tristeza, dando lugar al pesimismo. En este caso, la expectativa se bruñe de un matiz negativo, oscureciéndose el sendero sobre el que habrá de transitar la vida. Es un estado emocional frecuente en la depresión mayor, y también en otros trastornos psicológicos.

La complejidad de la vida interior

Como puede apreciarse, la vida interior es profunda y muy diversa. Los seres humanos podemos experimentar varias cosas al mismo tiempo y, de hecho, ese es nuestro estado natural. Conocer las posibles combinaciones de las emociones primarias y su traducción en términos subjetivos es esencial para aprender a identificar, discriminar y gestionar lo que ocurre dentro de nosotros. Esto es, para tener una adecuada inteligencia emocional.

Referencias bibliográficas:

  • Manshad, M. y Petrovich, A. (2019). Summarizing Emotions from Text Using Plutchik's Wheel of Emotions. Advances in Intelligent System Research, 166, pp. 291 - 294.
  • Plutchik, R. (2001). The Nature of Emotions. American Scientist, 89(4), pp. 344 - 350.