Sistema inmunitario: qué es, partes, funciones y características

Un resumen de los componentes y funciones del sistema inmunitario, y de su utilidad evolutiva.

Samuel Antonio Sánchez Amador

Samuel Antonio Sánchez Amador

Sistema inmunitario

Todos los seres vivos de la Tierra somos sistemas abiertos. La célula, unidad mínima para la vida, debe ser capaz de interactuar con el entorno para recibir energía de una u otra forma, transformar la materia en productos metabólicos y dividirse si las condiciones son propicias. Sin la relación con el ambiente, todas estas tareas serían imposibles.

Con base en esta premisa se explican procesos como la respiración, nutrición, excreción y muchas otras cosas más. La materia orgánica entra en nuestro cuerpo, la utilizamos y sale de él en forma de desecho. Lo mismo ocurre en la respiración. Por desgracia, este modelo de intercambio abierto no solo permite a los seres vivos ingerir comida y oxígeno, sino que también es una vía libre para la entrada de patógenos en el organismo.

Virus, bacterias, viroides, priones, exoparásitos, nemátodos, platelmintos y una larga lista de agentes biológicos pueden aprovecharse de las vías de entrada de los vertebrados superiores (e invertebrados) y proliferar en el interior de su hospedador, aunque esto resulte deletéreo para él a corto o largo plazo. Si te interesa esta premisa, sigue leyendo: hoy te lo contamos todo sobre el sistema inmunitario, un mecanismo de defensa biológicamente admirable con connotaciones importantes a nivel tanto evolutivo como fisiológico. No te lo pierdas.

¿Qué es el sistema inmunitario?

El Instituto Nacional del Cáncer (NIH) define al sistema inmunitario como “una red compleja de células, tejidos y órganos (y las sustancias que estos producen) que ayudan al cuerpo a combatir infecciones y otras enfermedades”. Este conglomerado biológico está compuesto por los glóbulos blancos (leucocitos), cuerpos celulares especiales, estructuras tisulares y todas las formaciones del sistema linfático, como el timo, el bazo, los ganglios linfáticos y la médula ósea, entre otros.

En este punto, cabe destacar que el sistema inmunitario no solo lucha contra lo exógeno (virus, bacterias, etc.), sino que también puede activarse ante un fallo interno, como puede ser la proliferación celular a un ritmo desmedido. Por ejemplo, las células Natural Killer (NK) ayudan a detectar y limitar el desarrollo de cánceres, siempre que las células tumorales no pasen inadvertidas.

Desde un punto de vista funcional, el sistema inmunitario se puede clasificar como “innato” o “adquirido”. Esta clasificación es meramente divulgativa, pues en realidad, los límites entre ambos no son fáciles de establecer. Antes de describir cada una de estas vertientes, se deben tener en cuenta dos conceptos clave:

  • El sistema inmunitario innato activa al adquirido en respuesta a la entrada de las infecciones en el organismo.
  • Por su parte, el sistema inmunitario adquirido utiliza los mecanismos del innato para acabar con las amenazas biológicas.

Sistema inmunitario innato

El sistema inmunitario innato (SII) es la primera línea de defensa del huésped. Sus integrantes son, en su mayoría, receptores de reconocimiento de patrones que actúan de forma general ante una amenaza concreta. No dirigen su rango de acción hacia una sola especie o género bacteriano, sino que reconocen partículas clasificadas en grupos grandes y modulan su respuesta de forma genérica.

Además, es necesario señalar que no solo las células son componentes inmunitarios. En esta categoría, por ejemplo, encontramos a la piel (el órgano más extenso del ser humano), el sudor, la saliva, actos comportamentales (como toser o estornudar), las lágrimas y otras muchas cosas más. Sin ir más lejos, la saliva, las lágrimas y los mocos tienen compuestos bactericidas que atacan de forma muy general a los organismos patógenos. Estas primeras puertas de entrada del sistema inmunitario innato se conocen como “barreras biológicas primarias”.

En el lado celular, podemos destacar a los macrófagos. Estos son cuerpos celulares que fagocitan todos los cuerpos extraños que entran al organismo y presentan sus antígenos en su superficie de membrana, acto con el que activan al sistema inmunitario adquirido y su consiguiente especificidad. Los macrófagos son el ejemplo perfecto de la primera premisa ya citada (el sistema inmunitario innato activa al adquirido en respuesta a la entrada de las infecciones en el organismo).

La fiebre, la inflamación, el sistema de complemento y otras células (células dendríticas, neutrófilos, eosinófilos, basófilos, mastocitos y células NK) también forman parte del sistema inmunitario innato. En resumen, estos entes actúan de forma rápida y general contra estresores endógenos y exógenos.

Leucocitos

Sistema inmunitario adquirido

El sistema inmunitario adquirido es aquél que aprende tras una exposición a un patógeno, con el fin de poder actuar contra él de forma más efectiva en futuros contactos. Las propiedades fundamentales del sistema inmunitario adquirido o adaptativo son las siguientes:

  • Especificidad y diversidad: el SII actúa de forma general, reconociendo patrones. Por otro lado, el sistema adquirido responde de forma individualizada a cada patógeno (y su antígeno).
  • Memoria: una respuesta linfocítica primaria puede ser poco efectiva, pero el organismo recuerda al patógeno para responder con más efectividad ante él. Las respuestas secundarias son mucho más rápidas y letales, con lo que evitan muchos cuadros infecciosos.
  • Falta de actividad frente a lo propio: el sistema inmunitario debe atacar a las sustancias externas al reconocer a sus moléculas dañinas (antígenos). De todas formas, las células del propio organismo deben presentar una serie de moléculas (autoantígenos) que avisan a los linfocitos de que no deben ser atacadas.

No vamos a centrarnos en las especificidades de los linfocitos B y T, pues su mecanismo de acción es muy complejo y aún nos quedan ciertas aproximaciones por hacer. Nos basta con saber que, por ejemplo, los linfocitos T actúan de diferentes formas cuando se les presenta un antígeno de un microorganismo, ya sea destruyéndolo (T citotóxico), ayudando a otros entes inmunitarios (T cooperadores) o terminando la respuesta inmune cuando la batalla ha finalizado (T supresores).

Por otro lado, cabe destacar que la clave de la memoria del sistema inmunitario adquirido radica en la proliferación de linfocitos B. Cuando se expone por primera vez a un patógeno, la estirpe linfocítica B crea cuerpos celulares de memoria, que recuerdan las características del patógeno de forma muy exacta. Así, ante futuras exposiciones, se producen anticuerpos mucho más rápido y los microorganismos nocivos pueden destruirse antes de que supongan un problema.

El significado evolutivo del sistema inmunitario

Debido a la visión antropocentrista del ser humano, se tiene la idea preconcebida de que todas estas respuestas y mecanismos son únicas de nuestra especie. Nada más lejos de la realidad.

Todas las formas vivas de la Tierra responden de una forma u otra a los patógenos externos, sin excepción. A pesar de que algunos seres vivos no tengan un sistema inmunitario como tal, sí que son capaces de, por ejemplo, sintetizar sustancias bactericidas en el medio y así matar a sus posibles competidores.

Aunque sea un concepto más etéreo que el corazón o el cerebro, es necesario poner el sistema inmunitario en perspectiva: está compuesto por millones de cuerpos celulares diferentes y se trata de una maquinaria en constante síntesis que requiere energía en todo momento para funcionar de forma correcta. Responder a lo exógeno no es gratis, y por ello, los que no pueden permitírselo terminan muriendo en la naturaleza.

Con esta premisa, se puede teorizar que el sistema inmunitario ha surgido únicamente en respuesta a los estresores externos. Si un patógeno aparece en un ecosistema, el sistema inmunitario trata de reconocerlo, eliminarlo y recordarlo ante futuras exposiciones. En la otra cara de la moneda, el microorganismo mutará de forma rápida en cada generación, con la “intención” de no ser reconocido por los linfocitos B en el siguiente cuadro infeccioso.

Así pues, toda acción inmunitaria genera una reacción de igual intensidad en las poblaciones patógenas. La relación hospedador-parásito se basa en una relación de tipo “carrera armamentística”: cuando el primero genera una barrera, el segundo es seleccionado a lo largo del tiempo para saltársela. Este mecanismo explica, por ejemplo, la aparición de bacterias resistentes a los antibióticos.

Resumen

El sistema inmunitario debe ser exacto, rápido, preciso, tener la capacidad de recordar y poder discernir entre lo interno y lo externo. Por desgracia, a veces este engranaje biológico perfecto falla, y se lleva consigo todos los beneficios y respuestas que te hemos citado. En muchas patologías autoinmunes los linfocitos no detectan los autoantígenos del organismo como beneficiosos, y terminan atacando los tejidos sanos sin ningún sentido biológico. Esto, sin medicamentos, se traduciría en muerte en todos los casos.

En resumen, el sistema inmunitario es una herramienta necesaria, pero que también puede fallar en el tiempo. A medida que las barreras biológicas de los organismos evolucionan, las respuestas patogénicas lo hacen con ellos, con la intención de poder crear un cuadro infeccioso un día más.

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Graduado en Biología por la Universidad de Alcalá de Henares (2018). Máster en Zoología en la Universidad Complutense de Madrid (2019). Durante su carrera estudiantil, se especializó en comportamiento animal, evolución, parasitología y adaptaciones morfológicas animales al medio. En su estancia en el Máster profundizó en mecanismos evolutivos y comportamientos. También formó parte de un equipo del Museo Nacional de Ciencias Naturales durante dos años, donde realizó investigaciones de índole evolutiva. Aquí adquirió extensos conocimientos sobre genética, heredabilidad y otras cuestiones relacionadas con el ADN. A día de hoy, se dedica a tiempo completo a la divulgación científica, realizando artículos de evolución animal y psicología y medicina humana.

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