En este vasto mundo en el que vivimos hay un montón de formas de ver la realidad. Cada quien, en base a sus experiencias y su forma de relacionarse con el mundo ha ido elaborando una opinión política.

Sin embargo no es poco frecuente encontrar personas excesivamente dogmáticas y poco tolerantes con la diversidad ideológica, viendo en los demás personas que están tremendamente equivocadas o que suponen una amenaza a su forma de ver el mundo.

El integrismo hace referencia a cualquier ideología que, en sí misma, no tolera ningún tipo de alejamiento de sus principios. Si bien tiene sus orígenes en el catolicismo más acérrimo, el concepto ha ido evolucionando hasta hacer referencia a cualquier pensamiento que roce el fanatismo. Veámoslo a continuación.

¿Qué es el integrismo?

En su origen y vinculado al contexto europeo, el integrismo, concretamente el católico, se entiende como la corriente política que aboga por que la fe católica sea la base de la legislación jurídica y orden de la sociedad. Los integristas católicos consideraban que era inaceptable que un estado europeo se pudiera desvincular de los principios de Dios y que cualquier idea nueva, liberal y modernista ponía en peligro el orden social y la integridad del país como nación católica que era.

Hoy en día el término ha evolucionado para designar a cualquier movimientos sociopolítico que roce el fanatismo, tanto religioso como étnico, nacionalista o cultural. En esencia, un integralista, sea del ideal que sea, desea que la sociedad esté social y políticamente ordenada en base a unos principios inflexibles e inamovibles, como puede ser que las leyes se hagan de acorde a lo que estipula un libro sagrado, que todo el estado hable solamente la lengua que da nombre al país o que solo haya un grupo étnico.

Historia del integrismo católico

Si bien las ideas integristas originales extienden sus raíces hasta la Edad Media, con los papas Gregorio VII y Bonifacio VIII, el integrismo no se acabaría de articular como movimiento sofisticado hasta tiempos posteriores a la Ilustración y Revolución Francesa. El siglo XIX estaba haciendo temblar todos los principios católicos y el poder de la Iglesia dadas las chocantes ideas que se desprendían de las revoluciones burguesas, como la soberanía popular, la ciencia y los métodos basados en la razón y el empirismo.

El integrismo católico emergió en Europa entre los siglos XIX y principios del XX, en torno a las polémicas de la Iglesia Católica con varios principios post-revolución francesa y el liberalismo. Este término fue acuñado en un principio para designar a aquellos que se oponían a los llamados “modernistas”, quienes abogaban por crear un movimiento sintético entre la teología cristiana y la filosofía liberal, defensora de la libertad del hombre y partidaria de una mayor tolerancia religiosa.

Los partidarios del integrismo católico consideraban que era impensable abandonar al Estado sin la guía de Dios. Mucho menos aceptable para los integristas era el desvincular a la Iglesia del orden social, dejándola en un segundo plano o como institución subordinada a lo que las leyes estatales indicaran.

Con el paso del tiempo el integrismo católico iría tomando forma, convirtiéndose en un fuerte movimiento antipluralista del catolicismo, teniendo muchos partidarios en Francia, dado lo importantes que fueron las ideas liberales en el país, pero también ganando fuerza en Portugal, España, Italia y Rumanía a finales del siglo XIX. En estos países tomó fuerza la idea de que la fe católica debía ser lo primero, y que cualquier forma de reducir o eliminar a competidores ideológicos eran legítimas, especialmente contra el liberalismo y el humanismo.

El papa Pío IX condenó las ideas liberales exponiéndolas en su Syllabus errorum complectens praecipuos nostrae aetatis errores. Sería este Syllabus lo que acabaría asentando las bases del integrismo católico, especialmente en el caso del español. Este integrismo católico alcanzaría su visión más clásica en la reacción papal ante el modernismo, llevada a cabo por Pío X en 1907. Quienes eran más partdarios de la visión papal eran llamados “católicos integrales”.

El integrismo católico acabaría decayendo tras el Segundo Concilio Vaticano, dada la falta de apoyo dentro de la jerarquía católica. En esta época la idea de que Estado e Iglesia debían estar fuertemente unidas iba viéndose como muy desfasada, incluso entre los más fervientes católicos. En ese mismo Concilio se defendió la idea de la libertad personal y de pensamiento, tolerando visiones menos ortodoxas y aceptando, aunque con las limitaciones que tiene cualquier religión, la libertad de credo.

Integrismo católico en España

En España, el integrismo católico sería una de las tres ramas más importantes del catolicismo político hispano, junto con el carlismo y el catolicismo liberal, siendo la opción más defensora a ultranza de la integridad católica. De hecho, dentro de la corriente se tomaba el ser católico como principal rasgo de identidad del individuo, por encima de cualquier militancia política o social.

Este integrismo se materializó en forma del Partido Católico Nacional, fundado en 1888 por Ramón Nocedal, cuyos militantes procedían mayormente de filas carlistas y tenía como medio de difusión el periódico “El Siglo Futuro” (1875-1936). El partido, como el resto del integrismo católico europeo, fue un acérrimo enemigo de las ideas iluminadas del liberalismo, vistas como una amenaza directa al modo de vida español, además de rechazar el racionalismo, visto como el camino que llevaba a la herejía en tanto que dudaba de la palabra de Dios.

Pasadas las décadas y llegada la Segunda República Española este integrismo católico español iría perdiendo fuerzas como corriente separada y acabaría fusionándose con el carlismo. Tras la muerte de Nocedal la figura más destacada como líder del pensamiento integrista, reciclado y transformado en tradicionalismo sería la de Fal Conde, quien se mostraría como principal dirigente del movimiento desde 1934.

Postulados de la actitud integrista

Sea católica, protestante, musulmana, supremacista serbia o identitaria catalana, toda ideología integrista reúne, en esencia, los siguientes postulados.

1. Exclusión

El integrismo recusa de toda persona que no comparta sus principios, a menudo de forma hostil. Visiones ajenas a su forma de pensar son percibidas como amenazas directas a su identidad y responden agresivamente.

2. Antipluralista y dogmática

Se rechaza la pluralidad. Solo hay un camino o forma de ver las cosas que sea correcta y se debe luchar para que se imponga. Se es íntegro en la medida en que se comulga con su manera de ser: la suya.

Todo intento interdisciplina es considerado como peligroso, como vía de contagio o rendición por parte de quien tiene la “verdad”. No se puede discutir la “verdad”, o se cree o se es un traidor. Se aspira a que solo haya una forma de ver el mundo, una fe, una ley o una norma. Cualquier alternativa es inaceptable.

3. El mal está en los demás

Los movimientos integristas consideran que cualquier visión ajena a su forma de pensar es un peligro para el orden social.

En el caso del católico, la única forma de proteger a la sociedad de sí misma era la regeneración de la Iglesia como órgano regulador del comportamiento colectivo. La secularización, esto es, el paso de la esfera religiosa a la esfera de lo civil era la decadencia de la sociedad.

4. Actitud estática

Se asume un talante contrario a cualquier cambio o apertura del pensamiento. Esto es, la aceptación de ideas exteriores ponen en peligro la propia y, por este motivo, el sistema debe ser cerrado y estático en el tiempo.

Muchos movimientos integristas miran hacia el pasado como visión ideal de lo que es un mundo perfecto acorde a sus ideales mientras que el futuro es percibido como peligroso. En el catolicismo lo es Europa antes de la Revolución Francesa, en el Islam lo sería antes de la intrusión de libertades occidentales, o, en el caso del independentismo catalán más identitario, la Edad Media.

5. Rechazo a la razón

No cabe ningún tipo de conciliación entre lo que se entiende como su verdad y el error. O se discurre entre el racionalismo o se discurre con la identidad, sea católica, musulmana, protestante o de cualquier tipo.

La razón es, de acuerdo a la óptica integrista, una dimensión secundaria del ser humano. Se considera que la razón por sí misma no es capaz de dar pleno sentido a la existencia del hombre. Se posee la “verdad” más allá de toda racionalidad.

6. Uso de lenguaje apocalíptico

Es muy común que en los movimientos integristas se recurra a expresiones con aire apocalíptico, independientemente de cómo de religioso sea el integrismo en concreto. En el caso del católico es muy común tratar el liberalismo como herejía, como sinónimo de putrefacción de la cultura occidental y causante de la ira de Dios.

En los integrismos más etnicistas, como el nacionalismo serbio durante las guerras yugoslavas o el manifestado por algunas corrientes españolistas y pancatalanistas xenófobas, la idea de cualquier mestizaje cultural o tolerancia de que se hablen otras lenguas es vista como el fin de la cultura propia, el fin del “nosotros” por culpa de “ellos”.

Referencias bibliográficas:

  • Arboleda-Martínez, M. (1929) El integrismo. Una masonería, Madrid.
  • Aretin, K. (1970). El Papado y el mundo moderno, Madrid.
  • Colldeforns, F. (1912) Datos para la historia del partido integrista, Barcelona.
  • Urigüen, B (1985) Origen y evolución de la derecha española: el neocatolicismo, CSIC, Madrid.
  • Velasco, F. (1995). Aproximación al fundamentalismo político católico actual, IgVi 178-179.