Cuando se presenta una nueva tecnología, con cualquier finalidad y uso, lo normal es que al principio ésta sea percibida como algo muy prometedor, generándose unas altas expectativas a corto plazo.

Sin embargo, pasado un tiempo, estas expectativas se reducen, haciendo que la gente llegue a olvidarse por completo de lo que, hasta hacía relativamente poco, era visto como algo que no iba a faltar en sus vidas.

Este fenómeno es conocido como ley de Amara y tiene gran importancia a la hora de comprender cómo los seres humanos nos relacionamos con los nuevos descubrimientos tecnológicos, además de los nuevos usos que le podemos dar a largo plazo.

La ley de Amara

Roy Amara fue uno de los cofundadores del Institute for the Future en Palo Alto, Estados Unidos, en pleno corazón intelectual del Silicon Valley. Este futurólogo es conocido por haber descrito la ley que lleva su apellido, considerada como una buena descripción de cómo se desarrollan y prosperan las nuevas tecnologías.

La ley de Amara sostiene que, en la mayoría de los casos, los seres humanos tendemos a sobrestimar los efectos de una nueva tecnología a corto plazo, mientras que subestimamos su efecto a largo plazo.

Es decir, cuando aparece un nuevo dispositivo, una nueva red social o aplicación tecnológica, al principio la gente lo ve como algo de gran interés y que no van a poder evitar incorporar en sus vidas, y quienes los han inventado, creerán que van a contribuir de forma significativa en la humanidad o les va a reportar un amplio margen de beneficio.

El problema es que, de la misma manera que todo lo que sube tiene que bajar, pasado un tiempo la gente parece encontrar fallos en estas novedades, además de que, quienes las han inventado, ven las limitaciones del producto, o que no parece que se esté satisfaciendo lo que en un principio querían que su nueva tecnología ayudase a solucionar.

La relación de la ley con la sobreexpectación

Generalizando, la ley de Amara es bastante extrapolable a cómo percibimos la aparición de nuevas tecnologías en el mercado, además de describir cómo nos comportamos en relación con ella pasado cierto tiempo.

De hecho, la ley de Amara ha sido útil para proponer las etapas del llamado ciclo de la sobreexpectación, propuesto por la consultora tecnológica Gartner Inc. Este ciclo es por el cual pasan la mayoría de las innovaciones tecnológicas.

El patrón habitual en el interés de las personas cuando aparece una nueva tecnología es que, al principio, se producen unas expectativas muy altas para, después, caer en picado y, con el paso del tiempo, se consolide e, incluso, incremente el interés original. Las etapas concretas del proceso son las cinco siguientes.

1. Disparador

Una innovación tecnológica recibe publicidad, ya sea por la propia empresa que la produce, los medios de comunicación que quieren explicarla como noticia. En esta fase se demuestra la utilidad del producto, sin que su uso comercial sea visible aún.

2. Pico de expectativas

La publicidad ya ha ejercido su impacto: hay una ola de entusiasmo e interés entre la población. Se elevan las expectativas y la gente se pregunta cuántas aplicaciones podría llegar a tener esta novedad.

3. Desilusión

Una vez ha sido comercializada la aplicación y la gente está familiarizada, en mayor o menor medida, se ven los fallos de esta nueva tecnología, el posible desperdicio económico que supone y sus limitaciones.

Las expectativas caen, dado que es posible que muchas de las funciones que se confiaba que el dispositivo o aparato sería capaz de llevar a cabo correctamente, no las hace como debería.

Sin embargo, es en esta fase en la que, quienes han fabricado la nueva tecnología aprenden de sus errores, ven nuevas aplicaciones reales del producto y economizan el proceso de producción.

4. Cuesta de iluminación

Una vez visto todo lo del punto anterior, queda claro para qué sirve la tecnología, cómo debe ser utilizada para ser aprovechada al máximo y cuándo es más recomendable su uso.

5. Planicie productiva

Se da la adopción tecnológica. El producto vuelve a crecer, ahora mejorado, crecimiento el cual aumenta o disminuye en función del consumo.

Un caso real de la ley de Amara: El GPS

Un gran ejemplo de cómo se ha dado la ley de Amara en la elaboración de nuevas tecnologías es el caso del GPS, la aplicación que todos tenemos en nuestros móviles, coches inteligentes y ordenadores.

El Global Positioning System es un proyecto cuyos inicios se dan en 1978 y, al igual que con muchas nuevas tecnologías, su finalidad original era militar. El programa empezó poniéndose en órbita 24 satélites que trabajan de forma conjunta alrededor del planeta. El principal objetivo de esto era poder localizar con facilidad a las tropas de Estados Unidos en el extranjero y poder darles provisiones, sin correr el riesgo de equivocarse en su ubicación y ser atacados por el enemigo.

Sin embargo, y pese a que hoy en día sabemos de su gran utilidad, este programa fue cancelado una y otra vez en los años ochenta. El primer uso operacional de esta tecnología vino en 1991 durante la operación ·Tormenta de Arena" en la guerra del Golfo, aunque el ejército norteamericano se mostraba todavía reacio a utilizar los dispositivos GPS y requirieron de más demostraciones exitosas para acabar adoptándolo.

Hoy en día no solo es utilizado por el ejército de los Estados Unidos. Su utilidad es muy evidente cuando se puede ver que prácticamente la mayoría de las personas quienes tienen un móvil han sustituido el mapa de papel por la cómoda aplicación de GPS. Pero no únicamente nos permite saber dónde está un lugar y donde estamos nosotros, también nos calcula cuánto tiempo vamos a tardar en llegar hasta ahí, además de cómo está el tráfico, horarios de transportes públicos y establecimientos interesantes cercanos.

Además, grandes transportes como la navegación y los aviones hacen uso de este dispositivo, evitando entrar en el mismo trayecto que otros vehículos de gran tamaño, además de evitar desviarse de donde tienen que ir a parar. Sería impensable hoy en día que un aeropuerto internacional decidiera desconectar la señal de GPS de los aviones, dado que, de hacerlo, implicaría el desastre aéreo.

Todas estas utilidades no eran algo siquiera imaginable para quienes elaboraron esta tecnología en los años setenta. Seguramente solo pudieron pensar en su utilidad militar, nunca que algún particular lo utilizaría en su día a día, o que serviría para organizar quedadas en las grandes ciudades.

Así pues, como podemos ver, la ley de Amara se cumple muy bien: se tenían unas altas expectativas del GPS para su uso militar, el ejército fue reacio en utilizarlo y las expectativas cayeron. Se corrigieron errores y se descubrió todo el sinfín de utilidades que tiene el GPS hoy en día.

Pero el del GPS no ha sido un caso único. Otras grandes tecnologías también han vivido el mismo camino desde que fueran diseñadas hasta que llegaran al público en general. La computación, la secuenciación del genoma humano, las energías renovables e, incluso, la domótica tuvieron sus altibajos en cuanto a lo prometedoras que resultaron ser.

Nuevas tecnologías en el aula: entre la esperanza y la desilusión

Si bien Roy Amara no pretendía explicar la fascinación sociológica que presentamos los seres humanos con la tecnología, su planteamiento nos hace posible comprender más a fondo cómo el abuso de las nuevas tecnologías, por lo novedosas y llamativas que nos resultan, ha supuesto un problema en un área bastante importante de la sociedad: la educación.

Entre los años 2010 y 2020 pocos eran los centros educativos de España que no optaran por incorporar todo tipo de nuevos dispositivos en sus aulas: proyectores con pantalla electrónica, tablets, portátiles, aplicaciones móviles del campus virtual y un largo etcétera. Estaba muy extendida la filosofía de que toda nueva tecnología de la información y la comunicación (TIC) era inherentemente buena.

Sin embargo, de la misma manera que las expectativas eran altas al principio, muchos profesores y alumnos de los centros innovadores empezaron a desmotivarse a causa de que, la tecnología, por muy buena que fuera, como no se sabía manejar y, en muchos casos, no se sabía cómo sacarle el máximo potencial, no daba sus frutos.

Relacionándolo con la ley de Amara, queda claro que la educación española (y la de muchos otros países europeos) se vio afectada negativamente por el ansia de innovar con cualquier cosa en clase, pensando que, mágicamente, el rendimiento académico se vería incrementado. Sin embargo, en el momento en que se comprendió que esto no era así, el desánimo llegó y pareciera que los centros se habían gastado grandes cantidades de dinero en dispositivos que, a la práctica, parecía que lo único que harían sería acumular polvo.

Pero, como bien sostiene la ley de Amara, tendemos a sobreestimar los efectos de las nuevas tecnologías al principio para, más tarde, acabar subestimándolos, costándonos mucho entender los usos reales y beneficiosos de las mismas.

Es por ello que una vez vistos los errores al decidir qué tecnologías poner en el aula y entender su funcionamiento se le puede sacar su máximo potencial, además de fomentar la familiarización del profesorado y alumnado en el manejo de las mismas. Además, en el caso de que se decida incorporar nuevas aplicaciones y dispositivos de última tendencia tecnológica, será necesario prever cuál va a ser su utilidad real en el aula, además de preguntarse si realmente vale la pena incorporarla en la institución.

De la misma manera que en los últimos 10 años la tecnología ha presentado cambios dramáticos, siendo el de los centros educativos españoles un caso particular, se sabe que, en un futuro no muy lejano, en los próximos 5 y 10 años también se darán cambios igualmente importantes. Para que las nuevas TIC resulten ser de utilidad en los centros, éstos deberán plantearse si están preparados o realmente las necesitan para incorporarlas.

Si, como ya es el precedente en la educación española, se incorporan de forma muy disruptiva, el grado de incertidumbre será muy alto, lo cual podría repercutir negativamente en el currículo escolar, dado que el profesorado o bien no sabrá manejarlas de la forma apropiada o bien optará por no incorporarlas en sus clases.

Referencias bibliográficas:

  • Amara, R.; Boucher, W. I. (1977). National Science Foundation, ed. The study of the future: an agenda for research. Washington, D.C.: General Post Office. OCLC 3200105
  • Amara, R.; Institute for the future (1972). A framework for national science policy analysis. Menlo Park, California: Institute for the Future. OCLC 4484161. P-18. «Reprinted from IEEE transactions on systems, man, and cybernetics, v. SMC-2, no. 1 January 1972».
  • Amara, R.; Institute for the future (1973). Draft summaries of four workshops on the social impact of the computer. Menlo Park, California: Institute for the Future. OCLC 709544477