A ese malestar que aparece en fechas señaladas, sobre todo en las cenas de Navidad, cuando la ausencia de alguien importante se hace evidente en la mesa, se le llama síndrome de la silla vacía. La expresión es divulgativa, no un diagnóstico clínico, y describe una forma de duelo que suele vivirse con más fuerza la primera vez que esa persona falta.
Las fechas navideñas, especialmente Nochebuena y Nochevieja, son en principio momentos de alegría, afecto y reconciliación. Durante décadas esta ha sido la idea de Navidad que hemos ido creando entre todos en gran parte de los países de tradición cristiana, y lo cierto es que, creyentes o no, son muchas las personas que aprecian estas fechas justamente por los valores que representan: reunirse, compartir la comida, recordar de dónde se viene.
Sin embargo, hay personas a las que les cuesta atravesar estos días con un buen estado de ánimo, y muchas de ellas lo explican con una imagen muy concreta: el sitio en la mesa que este año nadie va a ocupar.
La imagen tiene historia. Charles Dickens murió el 9 de junio de 1870 en su casa de Gad's Hill, y el ilustrador Luke Fildes dibujó su estudio tal como había quedado, con el sillón vacío ante el escritorio. The Graphic publicó el grabado, titulado The Empty Chair, en su número de Navidad de aquel año. Se reprodujo en medio mundo (Vincent van Gogh, que coleccionaba la revista, lo admiraba), y desde entonces la silla vacía es una de las formas más sencillas de nombrar una ausencia.
¿Qué es el síndrome de la silla vacía?
El síndrome de la silla vacía es el sentimiento de pérdida generado por lo que se percibe como una ausencia significativa, algo que cobra una especial intensidad en un ambiente que se supone que debería ser alegre y festivo, como una cena. Por eso este concepto va ligado a la idea de duelo psicológico.
Una ausencia notoria en la mesa puede desencadenar un proceso de duelo aun cuando la persona que falta no ha muerto: un hijo que emigró, un padre del que nos separa un conflicto, una pareja que ya no está. En el síndrome de la silla vacía, la palabra clave es «soledad» más que «muerte». La guía del NHS sobre el duelo tras una pérdida, el servicio público de salud británico, recuerda que además de la muerte de un ser querido hay otras pérdidas, como el final de una relación o perder el trabajo o la casa, y que las emociones intensas pueden aparecer de forma inesperada. La terapeuta familiar Pauline Boss llamó «pérdida ambigua» (1999) a esas ausencias sin cierre, en las que alguien sigue vivo pero ya no está.
La silla vacía es un testimonio silencioso de que en la mesa hay un hueco que nos deja un poco más aislados que antes. A la tristeza, el malestar y, a veces, la culpa que eso provoca se pueden sumar los sentimientos propios de la muerte de quien no se sienta a comer con nosotros. Pero ese factor no siempre está presente y, por tanto, no condiciona la aparición del síndrome. Cuando hablamos de este tipo de duelo, los sentimientos más frecuentes son los asociados al aislamiento y la soledad.
Una expresión divulgativa (y otra silla distinta)
El nombre se presta a confusión. «Síndrome de la silla vacía» no aparece en los manuales diagnósticos: ni la CIE-11 de la Organización Mundial de la Salud ni el DSM-5-TR lo recogen como trastorno. Es una forma coloquial de llamar a una reacción de duelo que casi siempre es normal.
Tampoco debe confundirse con la técnica de la silla vacía, un ejercicio que procede de la terapia Gestalt de Fritz Perls: en consulta, la persona habla con alguien imaginado en una silla frente a ella para expresar lo que quedó pendiente. En un estudio de 1995 en el Journal of Consulting and Clinical Psychology, Sandra Paivio y Leslie Greenberg asociaron este diálogo, dentro de una terapia experiencial, con mejoras en personas con «asuntos inconclusos». Es una herramienta clínica guiada por un profesional, ajena a la silla de la cena.
¿Qué papel tiene la Navidad en esto?
La Navidad puede ser un factor importante en la aparición del síndrome de la silla vacía, porque en estas fechas cobran mucho peso los lazos de apego, incluso entre personas que apenas se ven el resto del año. En Nochevieja, específicamente, se enfatiza la apreciación de los momentos compartidos con quienes nos quieren.
Esto, que en principio es algo positivo, tiene la contrapartida de acentuar las ausencias. El contraste entre la falta de alguien significativo y la escenificación típica de estas fiestas, en la que todas las familias aparecen reunidas al completo, puede generar una sensación de «anormalidad» y desgracia difícil de explicar, o llevar a situar el origen de la ausencia en hechos de los que nos sentimos culpables.
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La primera Navidad sin esa persona
El primer año después de una pérdida está lleno de primeras veces: el primer cumpleaños, el primer verano, la primera cena de Nochebuena. La psicóloga Therese Rando describió en 1993 lo que llamó subsequent temporary upsurges of grief (repuntes temporales del duelo): oleadas de dolor que reaparecen ante aniversarios, fiestas o lugares asociados a la persona, a veces cuando parecía que lo peor había pasado. No significan que el duelo vaya hacia atrás: las fases del duelo y la forma en que se viven no siguen un orden fijo, y la rabia o la incredulidad pueden volver en plena cena.
En diciembre se juntan muchos de esos detonantes: la receta que solo hacía ella, el villancico que cantaba él. La información de MedlinePlus sobre la pérdida de un ser querido, de la Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU., describe el duelo como una reacción normal que puede incluir enojo, culpa, ansiedad o tristeza, pero también problemas para dormir o cambios en el apetito. No es raro que los días previos pesen tanto como la propia noche.
Qué hacer con la silla vacía en la cena de Navidad
Lo cierto es que no hay una receta definitiva y universal para afrontar el síndrome de la silla vacía, porque cada proceso de duelo es único. Sí hay algunas recomendaciones generales que acostumbran a funcionar en muchos casos:
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Decidir qué pasa con la silla antes de sentarse a la mesa. Hay familias que la dejan libre con una vela o una foto, otras que la retiran y otras que invitan a alguien a ocuparla. Ninguna opción es la correcta; lo que suele doler más es improvisar en el momento.
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No aislarse ni permanecer todo el rato en silencio. Participar en la conversación, aunque sea poco, sin obligarse a fingir alegría; retirarse un rato también es válido.
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Reinterpretar el espacio que ocupaba la persona ausente, de manera que la silla vacía no sea solo sinónimo de pérdida. Es una de las formas prácticas de construir resiliencia: darle otro significado a lo que no se puede cambiar.
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Buscar formas simbólicas alternativas para recordarla: un brindis, preparar su plato, contar una anécdota suya. En 2014, Michael Norton y Francesca Gino observaron en el Journal of Experimental Psychology: General que las personas que realizaban pequeños rituales después de una pérdida declaraban menos pena, un efecto que asociaron a una mayor sensación de control.
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Evitar el uso de alcohol u otras sustancias para alejarse de los recuerdos que generan tristeza, y tomar fármacos solo si los ha recetado un médico. El NHS desaconseja expresamente recurrir al alcohol, el tabaco, el juego o las drogas para aliviar el duelo.
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Cómo acompañar a un familiar en duelo durante las fiestas
Quien acompaña también duda: si nombrar a la persona fallecida, si hacer como si nada, si insistir en que venga a la cena. Preguntar qué necesita, en lugar de suponerlo, ahorra muchos malentendidos. Nombrar a quien falta con naturalidad, por ejemplo con un «a tu madre le habría encantado este postre», suele reconfortar más que un silencio incómodo, aunque haya quien prefiera no hablar del tema ese día.
Frases como «tienes que animarte, que es Navidad» o «ya ha pasado casi un año» tienden a dejar a la persona más sola. Funciona mejor aceptar que esté a medio gas, que se vaya antes o que cambie una tradición, y ofrecer ayuda concreta, como cocinar ese plato o encargarse de los regalos. Para quien atraviesa el duelo, hay más pautas en cómo afrontar el duelo en Navidad, y la guía de Navidad y salud mental reúne otros problemas habituales de estas fechas, como la soledad o los conflictos familiares.
¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?
Conviene consultar cuando el dolor no se suaviza con el paso de los meses, impide dormir, trabajar o cuidarse, o cuando aparecen ideas de que la vida no merece la pena. El NHS aconseja acudir al médico si el ánimo bajo dura más de dos semanas o si lo que se intenta por cuenta propia no está funcionando.
La CIE-11 incluye el trastorno por duelo prolongado, en el que el anhelo intenso por la persona fallecida persiste al menos seis meses y altera seriamente la vida diaria; solo un profesional puede valorarlo. Pedir apoyo psicológico no exige tener un trastorno, y una cena especialmente temida ya es motivo suficiente para buscar orientación. Puedes encontrar profesionales cerca de ti en el directorio de Psicología y Mente de México, España y Colombia.
Una reflexión final
Si bien las navidades son unas fechas ligadas al cariño, el amor y la camaradería, estos no tienen por qué limitarse a la familia. Muchas de las ausencias en Nochevieja son irremediables, pero también es prácticamente imposible que a lo largo de la vida no nos crucemos con personas con las que sentir un fuerte apego y una amistad fraternal. El síndrome de la silla vacía puede ser muy difícil de superar si entendemos que las únicas presencias válidas son las de un grupo que solo puede perder integrantes con el tiempo, nunca ganarlos.
Por eso merece la pena replantearse el esquema tradicional de la cena de Nochevieja como algo en lo que solo importan los lazos de sangre, un modelo en el que las ausencias pesan mucho más si no hay relevo generacional y en el que el número de personas en la mesa depende de las parejas y los nacimientos.
Gestionar el duelo y la pérdida en Navidad es también reflexionar sobre el tipo de apego que queremos apreciar en estas fechas. Y el que se crea de manera espontánea, incluso bien entrada la edad adulta, es muy válido: una silla puede volver a ocuparse sin que nadie sustituya a nadie.
Si en algún momento sientes que no puedes más o piensas en hacerte daño, no esperes a que pasen las fiestas. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida (gratuita, confidencial y disponible las 24 horas), o al 112 si es una emergencia; en México, a la Línea de la Vida (800 911 2000) o al 911, y en Colombia, al 123.
Este contenido es educativo y no sustituye la terapia psicológica ni la atención psiquiátrica o de emergencia.




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