La depresión es un problema serio y, pese a los grandes avances que se ha logrado, sigue existiendo un fuerte estigma hacia quienes tienen el trastorno.

Creencias como que están solo tristes, o que están así porque quieren se convierten en comentarios que los pacientes con depresión tienen que escuchar día sí y día también. La gente que nunca ha sufrido esto no sabe cómo es tener depresión clínica, ni le da la debida importancia.

A continuación trataremos de ponernos en la piel de una persona con depresión, pasando por cada uno de los momentos que tiene que aguantar en su vida diaria, los comentarios de su entorno más cercano y situaciones que la hunden más, además de describir, a grandes rasgos, en qué consiste la depresión clínica.

¿Cómo es tener depresión clínica?

Te despiertas, pero no eres capaz de moverte. Quizás estabas despierto antes de que sonara la alarma, quizás ha sido el ‘pi-pi’ lo que te ha despertado. Sea como sea, no eres capaz de levantarte. No es pereza, ni tampoco de haberse despertado demasiado pronto. El problema es que no apetece volver a estrenar un nuevo día, una jornada que veremos como desaprovechada cuando se ponga el sol. No hay energías para ello. Lo único que quieres es que el día, que acaba de estrenarse, se acabe, para volver a ir a dormir.

Llevas mucho tiempo esperando a que esto se pase. Deseas que sea solo algo estacional, un mal momento. Crees que el tiempo lo cura todo, pero a más tiempo parece menos convencido estás de ello.

Consigues ponerte en pie. Arrancas, pero a marchas forzadas. Tienes que ir a clase o a trabajar, pero porque son obligaciones. No te apetece en absoluto. Tu familia, compañeros de piso o tu pareja te fuerzan a salir de la cama. Te dicen que deberías poner mejor cara, que no es para tanto, que quizás haces una montaña de un grano de arena. Parece que no hay nadie que sea capaz de entenderte, y eso no ayuda.

Otras veces, eres tú quien se encarga de que los demás no lo entiendan, porque directamente no lo expresas. Piensas: ¿de qué sirve?, ¿para qué malgastar fuerzas una y otra vez explicando algo que piensas que no van a comprender? A ojos de los demás es que solo estás un poco decaído, como mucho algo triste por algo malo que te ha pasado.

Tienes miedo de que, al explicarlo, piensen que estás loco, roto, que ya no vas a recuperarte. Piensas que estar así es solo para enfermos mentales, gente que crees que ya no son como personas, gente que no puede prosperar. Es por ello que ocultas tus sentimientos, tus preocupaciones y tu tremendo sufrimiento bajo la fachada de una sonrisa.

Más allá de la tristeza

En la cultura popular, depresión es sinónimo de tristeza. De pequeños aprendemos que reír es sinónimo de felicidad, y que el llanto lo es de tristeza. Así que, en base a estas ideas, nos ocultamos en una sonrisa, forzada. La gente no presta suficiente atención a los matices, a las risas que, detrás, ocultan un profundo malestar. Si no lloramos, si no ponemos cara de preocupación, entonces es que no estamos deprimidos. Así de sencillo piensa la gente.

Puede que digamos que estamos deprimidos, manifestamos nuestro malestar. Pero, en los peores casos, la gente no es capaz de ponerse en nuestro lugar. Si no estamos llorando todo el rato no podemos estar deprimidos, y si lloramos, entonces es que somos unos dramas. Los hombres deprimidos, débiles, las mujeres deprimidas, unas exageradas.

Pero es que en la mayoría de los casos faltan energías incluso para llorar. Pensamos que no sirve para nada, ni siquiera para desahogarse. En nuestra niñez, llorando, aunque no se solucionaban las cosas, sí que nos satisfacía después. Liberábamos tristeza, ira, rabia, tensión. Ahora, tenemos que esforzarnos en siquiera sacar alguna lágrima, dejándonos a medias. Nos quedamos a la mitad, empeorando nuestra situación.

La melancolía

Somos una sombra de lo que éramos. Nuestro día a día se caracteriza por nuestra ausencia. Puede que estemos físicamente delante de nuestros amigos, hablando, o al lado de nuestra pareja en la cama, pero nuestra mente está muy lejos. Pensamos en otras cosas, y no son buenas: ¿saldré de esta?, ¿por qué lo hago todo mal? ¿soy un fracasado? ¿cómo debería suicidarme?

Miras viejas fotos felices. Cuando ibas al gimnasio, cuando quedabas para ir de fiesta, cuando ibas a clase y tenías tu grupo de amigos… En las fotos se te ve sonriente, y recuerdas cómo te sentías por aquel entonces. Puede que algún día estuvieras triste, pero otros también estabas contento.

Eras una persona normal que, quizás, se quejaba de algunas cosas. Lo normal. Te molestaba algo, como a todos. Eras feliz sin saberlo, como todos. La persona que hay en las fotos y la que ahora ves en el espejo, pese a que el cuerpo y sus recuerdos son los mismos, parecen ser dos individuos totalmente diferentes.

Las relaciones personales se complican

Quienes no te entienden disfrutan haciéndote comentarios hirientes, sacando provecho de tu total incapacidad para poder estar y sentirse tan normal como los demás. Dicen: “estás así porque quieres”. Te dicen esto, pero no tienes fuerza para responderles, de forma bien argumentada, cómo de equivocados están. Tampoco tienes la fuerza para ignorarlos. Si sintieran lo mismo que sientes… si les costara tanto como a ti ver la luz al final del túnel...

Al llegar a casa recuerdas estos comentarios malintencionados, que se repiten una y otra vez en tu cabeza. Te hacen estar largas horas pensando en cómo decirles cómo son las cosas, que esto no es una decisión.

La mala gestión de las emociones

No puedes decidir un día dejar de estar deprimido, ¡ojalá! Rumias todo el día argumentos que le dirías para convencerle y buscar un poco de su empatía, en vez de simplemente ignorarlos y dejar fluir el día de forma más sana.

En vez de ello, empiezas a hacerte daño a ti mismo, físicamente. Cierras los puños y te pegas detrás de la cabeza, o coges un cúter y empiezas a cortarte. No sabes exactamente por qué haces esto: ¿te estás castigando por no saber afrontar el problema o es que lo que te hace sentir así vive en ti, te posee y quieres que se vaya?

Sea como sea, este subidón de energía, que en vez de usarlo en algo provechoso lo has usado para hacerte daño, baja, y vuelve la falta de ganas de hacer nada, la incapacidad por sentir placer de las cosas de la vida. Vas al espejo y piensas, ¿por qué me he hecho esto? Te autoconvences de que tienen razón, que tú eres el problema y que no quieres dejar de tocar fondo. Estas ideas se tornan en un peligroso círculo vicioso.

La depresión es algo serio

Todo esto aquí descrito sirve para entender cómo es tener depresión clínica. Es el día a día de miles de personas en todo el mundo quienes, por cualquier motivo, no han recibido el conveniente tratamiento. El apoyo familiar puede servir de algo, o puede hundirnos todavía más. Los días empiezan como terminan: con ganas de volver a dormir y no despertar.

Pese a los grandes avances que se han hecho por desestigmatizar a las personas con trastornos mentales, no son pocos quienes se enfrentan a la ignorancia de la gente, quienes, mezclando como ingredientes los mitos y la falta de empatía, los culpabilizan o menosprecian su estado anímico. Creen que es simplemente tener una mala época, que no hay motivos para darle mayor importancia y que si no se mejora, es porque no se quiere.

Dejándolo bien claro, la depresión es un trastorno mental y, como tal, debe ser tratado como la condición inhabilitante y perjudicial que es. La depresión, como trastorno mental que es, es tan grave como las condiciones médicas, como el cáncer, y discapacidades como la tetraplejia o la diversidad intelectual. El paciente no puede disfrutar de una vida plena, ni relacionarse con los demás o acudir a su puesto de trabajo.

La tristeza, la desesperanza y el malestar general llegan a ser tan graves que afectan no únicamente a la integridad psicólogica de la persona, sino también a su salud física. Nota dolores en el cuerpo, mareos, náuseas, pérdida de fuerza… ¿Cómo no se puede tomar como algo serio?

Además, la persona puede padecer cambios en sus patrones de sueño y conducta alimenticia. Puede dormir menos, despertándose demasiado temprano pero siendo incapaz de volverse a dormir, o puede dormir más, llegando perfectamente a las doce horas seguidas de sueño. En cuanto a la alimentación, puede perder por completo su apetito, lo cual hará que adelgace y quede desnutrida o, en caso contrario, realizar atracones, con su consecuente aumento de peso e insatisfacción corporal, empeorando el curso de la depresión.

Se pierde el placer por cosas que antes se disfrutaban. Puede tratarse de cosas banales, como escuchar música, jugar a videojuegos o pasear, o cosas más complejas, como el estudiar, participar en torneos deportivos, restaurar un coche… La persona ya no siente placer por cosas que antes eran fuente de alegría, que lo mantenían vivo.

El estudio y el acudir a trabajar se vuelven tareas titánicas, debido a que la persona pierde la concentración con mucha facilidad. No puede estudiar porque no entiende lo que está leyendo, y en el trabajo puede ser más propenso a equivocarse y tener accidentes. Pierde el hilo de las conversaciones, lo cual puede perjudicar seriamente su esfera social, haciendo que con quien hablaba piensen que simplemente no les quiere escuchar.

Su autoestima está en mínimos. No puede verse en el espejo y pensar que es un fracaso como persona. No cree que vaya a mejorar, no ve la luz al final del túnel. Esto es uno de los principales causantes de que las personas deprimidas acaben cometiendo suicidio, al creer que por mucho que lo intente nunca volverá a sentirse bien. Cree que ha tocado fondo, que no va a bajar más porque no hay más abajo, pero le es imposible subir a la superficie. Solo ve lo malo, siendo víctima del sesgo de negatividad consigo mismo.

Referencias bibliográficas:

  • Smith, M., Robinson, L., y Segal, J.,(2019). Coping with depression. Estados Unidos: HelpGuide.org. Extraído de: https://www.helpguide.org/articles/depression/coping-with-depression.htm
  • American Psychiatric Association (APA). (2013). Diagnostic and statistical manual of mental disorders (5th ed.). Arlington, VA: American Psychiatric Publishing.