La gestión de las emociones es nuestro gran caballo de batalla, sobre todo durante estos días nuestra libertad ha sido coartada.

La pandemia vapulea nuestras costumbres y nos moviliza a crear nuevas rutinas. Es normal que sintamos emociones intensas y dispares y, sin darnos cuenta, nos dejemos llevar por ellas. Aquí veremos algunas claves para aprender a manejarlas.

La gestión de las emociones ante el confinamiento en casa

Poder identificar, poner nombre a lo que estamos sintiendo, nos ayudará a recuperar las riendas de nuestra mente. No podemos controlar los factores externos, pero sí podemos controlar la relación con nuestras emociones. Permitirnos sentirlas, experimentarlas y dejarlas marchar sin que nos atrapen ni condicionen negativamente nuestras relaciones. Sin hacernos daño nosotros, ni a nada, ni a nadie.

En estos momentos en los que la convivencia es más estrecha, manejarlas adecuadamente cobra más importancia, por lo que hay que procurar evitar conflictos y no añadir una mayor dosis de tensión.

A lo largo de mi trabajo como psicóloga y mi experiencia como meditadora (desde hace años), he sintetizado cinco pasos agrupados en dos fases, que nos ayudan a mejorar el manejo de nuestro mundo emocional. Son pasos encaminados a vivir la experiencia directa de la emoción desde que se inicia hasta que se desvanece. Nos permiten investigar donde tenemos que trabajar con más atención y observar nuestras tendencias. Identificar aquellas que nos condicionan y nos impiden una adecuada gestión.

En mis sesiones acompaño a los pacientes a recorrer este camino como recurso interno para que aprendan manejar sus emociones de una manera más sana. La atención plena a cada paso les permite conocerse mejor, ir liberando progresivamente los nudos de conflicto. Cada movimiento necesita de una mirada profunda para hacer explícito lo que se mueve a nivel inconsciente e ir avanzando hacia una vida más completa y amable. Veamos de manera sintetizada este recorrido.

1. Toma de conciencia

Las emociones son una energía, que se despliega por una causa. Emergen, tienen un desarrollo, resuenan físicamente en nuestro cuerpo y luego se desvanecen. Pueden ser profundas, burdas o sutiles, amables o dañinas. A veces hay una emoción principal y otras secundarias; una más emergente y otra más profunda. Igualmente sea cual fuera, tienen un impacto sobre nosotros y no siempre controlable.

El primer paso es tomar conciencia de lo que sentimos. Conectarnos con nuestro corazón para liberarlo de las emociones que lo atrapan. Ir desplegando esa conciencia en cada movimiento del proceso.

1.1. Darnos cuenta de que algo está pasando

Debemos abrir un espacio interno para conectar con lo que se mueve por dentro: pararnos y sentirnos. Si estamos muy distraídos y ocupados, la emoción puede estar creciendo internamente y actuar desproporcionadamente ante cualquier estímulo que la desencadene.

Un pensamiento involuntario puede surgir en nuestra mente y provocarnos sudoración, aceleración del corazón o inquietud, desembocando en una ansiedad incontrolada. Podemos estar enojados y descubrirlo cuando llaman nuestra atención, porque cambiamos el tono de voz, sin ni siquiera ser conscientes.

Reconocer esa energía emergente es el primer paso para no ser dominados por la situación sin darnos cuenta. Habitar conscientemente nuestro cuerpo y sentirlo, nos ayudará a reconocer que algo está surgiendo.

1.2. Identificar el problema

Una vez que reconocemos que algo se está manifestando es necesario parar, observar y ponerle un nombre. Podemos estar enfadados porque nos asusta estar tristes y lo exteriorizamos con rabia. La rabia puede poner en marcha sus planes y manifestarse con conductas agresivas, descontroladas, palabras hirientes u otros compartimientos más sutiles, no por ello menos dolorosos.

Si identificamos la emoción será más fácil manejarnos con ella: “estoy asustado, enfadado y contrariado por lo que está pasando”. Pueden darse sentimientos de frustración o miedo alimentando esa rabia. La incertidumbre, la falta de libertad, el cambio generan inseguridad y temor. Expresarlo, narrarlo, darle sentido con la palabra, liberará una gran carga innecesaria y nos ayudará a iniciar el siguiente paso.

1.3. Aceptar lo que sentimos

Si hemos identificado lo que sentimos ahora nos toca aceptarlo, abrazarlo sin volver atrás: no negarlo, ni minimizarlo, ni reprimirlo… Tenemos que ser honestos y audaces para explorar ajustándonos a la realidad, sin edulcorantes ni aditivos.

El dolor es inevitable, pero hay un plus de sufrimiento que podemos decidir si añadimos o no. Aceptar la emoción significa abrirnos a ella. Sentirla en nuestro cuerpo. La conexión consciente con el, facilita su liberación. Identificar el calor de la rabia o la presión en el pecho de la angustia, nos permite dar espacio a esas sensaciones desde el centro de nuestro corazón hacia fuera.

A veces nos quedamos atrapados aquí porque no aceptamos. No nos gusta nuestra realidad y entramos en conflicto. Alimentamos pensamientos obsesivos. Desgastamos nuestra energía y dañamos nuestro cuerpo. Comemos compulsivamente para callar la angustia o nos aletargamos con el móvil releyendo memes absurdos para desviarnos de la realidad. Aceptar representa mirar con cariño, respetando y acogiendo lo que se abre en nosotros para poder dejarlo marchar en la siguiente fase.

2. Autorregulación

Las emociones son manifestaciones de nuestra mente. Se despliegan impulsadas por pensamientos o tendencias que hemos ido incorporando a lo largo de nuestra vida. Tienen un recorrido, una intensidad y luego se van diluyendo espontáneamente, si se lo permitimos. El cuerpo tiene la capacidad de auto regularse y volver a su equilibrio homeostático de forma natural. Una de las cualidades de la mente es su espaciosidad.

Teniendo en cuenta estas dos premisas, las emociones no tienen ningún interés en quedarse con nosotros. Somos nosotros quienes las retenemos bloqueando y solidificando (con dolores, molestias o enfermedades) su manifestación. Necesitamos seguir avanzando para autorregularnos.

2.1. Soltar

Una vez que hemos aceptado la emoción necesitamos dejarla marchar. No retenerla, ni retroalimentarla, ni esconderla. Es fácil envolvernos con pensamientos y quedarnos atrapados como las moscas en la miel. Rescatamos recuerdos, reproches, fantaseamos con desgracias o pensamientos teñidos de dolor, miedo o cualquier otro color.

Acomodamos la emoción en nuestra mente, sin darnos otras opciones y solidificamos sus sensaciones en nuestro cuerpo dando lugar a dolores y molestias y a largo plazo, enfermedades. Aprender a soltar es aprender a vivir con ligereza. Navegar por nuestra mente y surfear con las olas.

Una vez que soltamos las emociones, podemos observar que nos dejan un poso. Como el aroma que queda al vaciar un frasco de perfume. Si estamos dispuestos a seguir avanzando, podemos dar un paso más. El más difícil e interesante.

2.2. Transformar

Después de experimentar a fondo con más o menos intensidad nuestras emociones, podemos seguir avanzando con otros recursos para enriquecernos con la experiencia.

Por un lado, identificar las emociones más recurrentes y explorar nuestros propios "antídotos": ilegir el camino que nos conduce a al bienestar y contrarrestar el que nos lleva a bucear en el sufrimiento y anclarnos en él.

Por el otro, observando nuestra mente y cómo se despliega cada emoción podemos destilar ese néctar que subyace en cada proceso. Por ejemplo, podríamos convertir una emoción como el orgullo, que nos aleja de lo demás, en amor propio, mejorando nuestra autoestima. La envidia, que fomenta el rencor y la amargura, en alegría compartida por los éxitos de los demás. La incertidumbre en recrear recursos para aprender a vivir en el presente.

Concluyendo

Lo interesante de este proceso es que no se limita a una ser una descarga o una vivencia más o menos intensa de nuestro mundo emocional. Nos permite explorar cada paso en profundidad y entrar en íntima conexión con nosotros: qué se nos mueve por dentro; identificar nuestras heridas; lo que se repite una y otra vez; conocer las emociones que afloran con más facilidad o desenmascarar el desencadenante para poder desactivarlo.

Solemos ser muy reactivos a los fenómenos externos. Si respondemos cuando el proceso consciente no ha terminado es fácil hacerlo desde un lugar que nos dañe o dañe a los demás. Si vamos tomando conciencia, progresivamente nuestra mente se irá suavizando y las emociones dejarán menos huella. Como la escritura sobre el agua. Seremos más comprensivos, creativos y reflexivos en nuestras respuestas.

La realidad que nos está tocando vivir no es fácil. Necesitamos mantener un centro de serenidad para contrarrestar las dificultades. Permitirnos sentir nuestra vulnerabilidad sin dejarnos arrastrar por la ansiedad, el miedo o la frustración.

Aprender a conocernos, ser amables con nosotros, es un primer paso. Solicitar la ayuda de un psicólogo especializado para acompañarnos en el camino de autoconocimiento y manejo de nuestro caleidoscopio emocional, puede darnos la oportunidad de recorrer un nuevo camino en la manera de relacionarnos con nosotros, con los demás y con nuestro entorno.