Cuando nos damos un susto tremendo, o somos víctimas de una amenaza muy intensa, todos entendemos que el cuerpo experimente, “corporalice” una serie de sensaciones, no por conocidas menos desagradables: hiperventilación, palpitaciones, sudor, temblor, etc.

En estos casos el miedo es instantáneo, pero no “irracional”. La mente conecta todas esas sensaciones desagradables con algo “real” que ha sucedido y sabemos que, con un poquito de tiempo, el cuerpo acabará regulándose, es decir, las sensaciones se pasan.

Luego los psicólogos explicarán más técnicamente que ante la amenaza de peligro, el sistema límbico, responsable de la gestión de las emociones (y el miedo es una de las emociones básicas en el ser humano) cortará la comunicación con el cortex de manera temporal y activará la ruta del cortisol, hormona que regula la reacción al estrés, lo cual generará producción de adrenalina y noradrenalina, el corazón aumentará el ritmo de sus latidos de manera súbita para tener más sangre y el sistema respiratorio aumentará igual su ritmo hiperventilando para incrementar la producción de oxígeno, ambos necesarios para la respuesta “fly or fight”, lucha o huida, propias de un momento de amenaza o peligro.

Además, otras tantas respuestas se dispararán igualmente en este proceso de lucha o huida: la sangre se concentrará en zonas concretas, dejando otras menos regadas, con la consiguiente sensación de entumecimiento, escalofríos, sudor, etc…Las pupilas se dilatarán para tener una visión periférica… en fin, una variedad amplia de respuestas fisiológicas imprescindibles para el acto de “lucha o huida” presente siempre en un escenario de miedo.

Las dinámicas de la ansiedad

Hasta aquí, todos entendemos y nadie llama “ansiedad” a la activación de sensaciones desagradables que en otro contexto sí llamamos “ansiedad”, llegando a desbordarnos y aterrarnos. ¿Por qué la activación de nuestro sistema nervioso, necesario como hemos visto en un momento de peligro/miedo, resulta aparentemente “patológico” en otros contextos?

¿Qué ocurre cuando dichas sensaciones: palpitaciones, ahogo, escalofríos, sudor, temblor, mareo... aparecen cuando uno menos lo espera? En casa sentado en el sofá, en clase, en el trabajo, al cruzar un puente…

A veces, el disparador de la activación es la conexión del lugar, la persona o el hecho, con vivencias traumáticas previas de nuestra vida. Es decir, si he sufrido mobing o bullying y ello me ha generado ansiedad, el mero hecho de volver un día al lugar en que lo experimenté o a un lugar que me lo recuerde, puede propiciar que el sistema límbico dispare el cortisol iniciando así la respuesta ante situaciones de peligro, como si el evento traumático estuviera sucediendo de nuevo realmente. Esto, aunque con más dificultad, también es en cierto modo susceptible de ser entendido con cierta normalidad por nuestra mente racional.

Pero hay muchísimas ocasiones en que las sensaciones antes citadas aparecen sin un disparador aparente, ni actual ni remoto en el tiempo. Simplemente aparecen de manera inopinada, y en estas ocasiones sin saber por qué sentimos que el corazón se nos dispara, que nos falta el aire, que sudamos copiosamente o temblamos descontroladamente.

En estos casos, muy, muy comunes, la mente entra en pánico. Pánico ante unas sensaciones que no podemos controlar y a las que no conseguimos atribuir ni un origen ni una duración determinada, y cuando la mente pierde la capacidad de control y comprensión de lo que vive en el cuerpo, entra en pánico.

Y claro, el pánico en este caso no es la respuesta ante a algo que acontece fuera de nosotros, sino que paradójicamente, lo que nos está generando pánico y miedo son las propias reacciones de pánico y miedo del cuerpo, tal y como hemos descrito al principio.

Son las mismas sensaciones, solo que ahora no sabemos la causa ni el por qué y no podemos controlarlas, y en ver de dejarlas que sucedan y pasen, (como sí hacemos en los casos en los que algo externo a nosotros nos genera miedo de forma puntual), nos desbordan, aterrándonos, e iniciamos una cadena sin fin en la que el propio miedo a las reacciones del miedo, no hace sino aumentar la intensidad de esas sensaciones, atrapándonos en un círculo vicioso de miedo, más sensaciones, más miedo, más sensaciones... hasta llegar a la crisis, el ataque de pánico, que en su paroxismo, en el extremo de su intensidad, acabará agotando la energía del sistema y caeremos rendidos.

Este paroxismo normalmente no dura más allá de unos minutos, pero resulta aterrador y acaba en ocasiones en urgencia hospitalaria.

¿Por qué se produce esto?

Imaginemos que estamos en un momento de vida de estrés personal, laboral o emocional intenso, e imaginemos también que nuestra calidad del sueño se quiebra. Esto hará que nuestro sistema permanezca en alerta/alarma durante mucho más tiempo del habitual y que además no se produzca un descanso adecuado. Es como si lleváramos el motor de nuestro cerebro sobre-revolucionado y no tuviéramos nunca tiempo de llevarlo al taller (descanso).

Finalmente, el sistema se agotará, la batería se gastará y es entonces cuando el cuerpo (nuestro propio sistema nervioso) activa la respuesta de supervivencia que desencadenará sensaciones muy similares a las que sentimos en un momento de alerta/miedo.

Es decir, es como si nuestro sistema tuviera un relé de seguridad, un umbral, a partir del cual nos “avisa” por medio de sensaciones fisiológicas desagradables de que hemos entrado en zona de riesgo, de que las energías de nuestro sistema se están agotando y que, por tanto, necesitamos un largo y merecido descanso. En este caso las sensaciones de ansiedad o miedo no son producto de un hecho concreto y fácilmente identificable, sino del quiebre del sistema por agotamiento.

Si entendemos esto, la respuesta debería ser igual que cuando nos dan un susto tremendo, deberíamos dejar que el sistema se pose y se sosiegue de nuevo. Por eso en Vitaliza damos mucha importancia a esta psico-educación, a esta comprensión de que lo que está pasando, que, aunque sorprendente, desbordante y aterrador no deja de ser “normal”, es decir, que tiene un origen y una explicación.

Una vez entendida la causa, intentamos regular el estado fisiológico de ansiedad de la forma más rápida y pragmática posible, generalmente a través de trabajo con biofeedback, sobre todo coherencia cardíaca y neurofeedback, a la vez que desarrollamos herramientas de gestión de la ansiedad como el Mindfulness terapéutico grupal. Ello, por supuesto, sin olvidar el necesario acompañamiento psicoterapéutico que ahonde e intente resolver las causas profundas psicológicas que propiciaron el quiebre del sistema y la aparición de la sintomatología ansiógena.

Autor: Javier Elcarte, psicólogo experto en trauma, director de Vitaliza.