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¡No pierdas los nervios!

Popularmente, existe la convicción de que los “nervios” son como pequeños diablillos que cuando se alimentan demasiado hacen de nuestra vida un infierno. De hecho, en el lenguaje popular se transmite el mensaje de “no perder los nervios”, que viene a significar “calma, no te alteres”. Y es que este consejo sería muy acertado de no ser por la fatídica interpretación que se le da.

Realmente, si nos tomáramos el “no perder los nervios” justo como lo que realmente significa, y no como una interpretación espantosa de lo que pasará si los perdemos (si no estamos calmados), existirían muchísimos menos problemas de ansiedad y desde luego, ese objetivo más popular aún de “ser feliz” estaría más cercano.

¿Qué son los nervios?

Más allá de análisis filosóficos o lo lingüísticos, es importante que tengamos una idea clara de lo que son esos “nervios” de los que se habla tan a menudo, y sobre todo de cómo influyen los nervios en nuestro funcionamiento cotidiano. Por ello, nosotros vamos a tratarlos bajo el término activación.

En primer lugar, hay que atacar esa connotación negativa. Esos nervios hacen referencia al nivel de activación mental, fisiológica y emocional, que se traduce en comportamientos específicos que actúan intentando moderar ese nivel, siempre en función de la tarea en concreto.

Este concepto tiene en psicología clínica mucha relación con la ansiedad, el estrés o el miedo. Una característica básica de la ansiedad es la alta activación, tanto fisiológica como emocional que experimenta la persona. Así, vemos como los tres términos (ansiedad, estrés o miedo) no son más que representaciones diferentes de una alta activación.

Los tipos de nervios

Este es un punto importante. No es lo mismo para nosotros discutir con nuestra pareja que los nervios que sentimos al hacer un examen, ni responder a un susto que huir de un perro rabioso. Por ello decimos que es la tarea la que determina qué tipo de activación y qué nivel de la misma hemos de tener. En referencia a los tipos de activación, debemos saber que nuestros “nervios” actúan en base a dos mecanismos.

  • Uno apetitivo o de aproximación, que se activa en relación a emociones positivas y a conductas que nos gustan (como por ejemplo esa excitación que sentimos cuando vamos a marcar un gol, o cuando intentamos conseguir un objetivo profesional).
  • Uno de defensa o de evitación, relacionado con las amenazas o aquellas situaciones que nos disgustan (ejemplos serían los comportamientos de huida o de supervivencia a una amenaza; el huir de un peligro, la lucha contra una amenaza...).

¿Es bueno estar muy activado?

Desde luego, puede serlo. Esa activación, como comentábamos, es útil o necesaria en función siempre de la tarea. Retomando los ejemplos de antes, es útil una activación mucho mayor si necesitamos escapar de una amenaza que si intentamos aprobar un examen. Es más, la existencia misma de esa activación es necesaria de cara a afrontar retos diarios. No es necesariamente mala. A menos que nosotros mismos lo decidamos.

De la misma forma, en cuanto a aquella activación positiva, también habrá una necesidad diferencial de la misma a la hora de mejorar el tiempo que tardamos en correr un kilómetro, que a la de recibir un beso (recordar que la activación positiva no solo implica emociones positivas, sino comportamientos que nos ayuden o aproximen a aquella fuente de activación, como en el caso de gol).

Reinterpretar la ansiedad para vivir mejor

¿Cuál es el problema real? Es decir, ¿por qué se sigue dando el mensaje de no perder los nervios, de no tener una alta activación? Es obvio que existen ciertas situaciones en las que una alta activación no es útil, pero, ¿y si lo es? No es necesario temer el subidón de adrenalina del cuerpo, y mucho menos las consecuencias; aún nadie se ha convertido en un monstruo musculoso verde.

A nivel clínico, aquí se encuentra un problema importante: la evaluación subjetiva que hacemos de nuestra activación y de las consecuencias que tendrá la misma. Se ha desmostrado que el componente de la ansiedad más incapacitante, no es el fisiológico o físico, sino el mental.

Relax. Existen técnicas para regular esa activación, llamadas, valga la redundancia, técnicas de desactivación, entre las que están la relajación muscular, la meditación o la relajación en imaginación. Y pueden ser empleadas en el momento en el que esa activación se vuelva innecesaria.

Pero antes de llegar a ello, relativicemos. No pasa nada por perder los nervios, y menos si son nervios positivos. Demos una oportunidad a esa excitación positiva. Demos a nuestro cuerpo una oportunidad de expresarse también. Quizás nos quiera decir algo.