Una alteración mental que aparece en la infancia y adolescencia. Pexels.

Somos seres gregarios, y el hecho de vivir en sociedad hace que se haga necesario el establecimiento de una serie de normas básicas para garantizar una convivencia sana respetuosa con los derechos básicos de cada conciudadano, tanto a nivel legal como a nivel ético. La mayoría de nosotros obedece la mayor parte de estas normas, o al menos de las segundas, a menudo de forma casi inconsciente al tenerlas interiorizados.

Sin embargo, existen personas que manifiestan un patrón conductual caracterizado por el rechazo consistente a ellas y la indiferencia hacia los derechos básicos de los demás.

Probablemente, tras esta descripción podamos pensar que vamos a hablar de personas adultas con trastorno de la personalidad antisocial. Pero lo cierto es que estos patrones también se observan en la infancia, en aquellos niños con trastorno disocial. Es de este trastorno del que vamos a hablar a lo largo de este artículo.

Definiendo el trastorno disocial

El trastorno disocial, ahora denominado trastorno de la conducta en la última versión del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5), es una alteración propia de sujetos menores de edad (pudiendo iniciarse en diferentes momentos del desarrollo infanto-juvenil) que a lo largo de su infancia presentan un patrón de comportamiento continuado caracterizado por la presencia de una violación sistemática de las normas sociales y los derechos de los demás durante al menos doce meses.

Concretamente, este patrón de conducta se identifica con la presencia de comportamientos agresivos contra personas (que pueden incluir el uso de armas) o animales (siendo frecuente la tortura y/o ejecución de pequeños animales y mascotas), el uso del fraude y el robo de pequeños objetos o el allanamiento de morada, incumplimiento grave de las normas sociales generales de convivencia y/o vandalismo.

Los niños con este trastorno padecen deterioros significativos en diversos ámbitos tales como la vida social y en la escuela. Suelen presentar niveles bajos de empatía, ignorando los derechos y sentimientos de los demás. También es habitual que den sensación de dureza de carácter, así como que tengan ideas preconcebidas respecto a la sociedad y el rechazo. También se caracterizan, por lo general, por actuar sin pensar en las consecuencias y de manera impulsiva, con comportamientos arriesgados y con baja capacidad de demora de gratificación y tolerancia a la frustración.

Generalmente sus actos no suelen pasar desapercibidos por el entorno, algo que también puede conducir a que presenten problemas de socialización y tengan frecuentes problemas a nivel escolar y con la justicia. Pese a ello, algunos comportamientos suelen pasar inicialmente desapercibidos, siendo ocultados o poco visibles (como la tortura de animales). Pueden presentar despreocupación por su rendimiento, afecto superficial, falta de empatía y un bajo o inexiste nivel de remordimiento ante las consecuencias de sus actos, si bien estas características no ocurren en todos los casos.

Relación con el trastorno antisocial de la personalidad

El trastorno disocial se ha considerado a lo largo de la historia, y de hecho en ocasiones se ha confundido, con el trastorno antisocial de la personalidad. Hay que destacar que ambos no son sinónimos, si bien en algunos casos existe continuidad sindrómica y los criterios diagnósticos de ambos trastornos tienen pocas divergencias más allá de la edad de inicio (el trastorno antisocial exige que el sujeto tenga ya la personalidad formada, considerándose el punto de inflexión a partir de los 18 años de edad si bien los patrones de comportamiento antisociales deben aparecer antes de los quince).

De hecho, aunque en su mayoría el trastorno desaparece al llegar a la adultez y desarrollar conductas y capacidades más elaboradas (especialmente en aquellos casos en que la manifestación del trastorno tiene un inicio más bien adolescente), un porcentaje considerable de estos niños terminarán por desarrollar un trastorno antisocial de la personalidad. En este caso nos encontramos en gran medida con sujetos que han tenido un trastorno disocial de inicio más temprano, fijando y limitando más su repertorio conductual y su manera de ver la vida.

Posibles causas asociadas a este fenómeno psicológico

Desde la concepción de este trastorno, la comunidad científica ha intentado buscar una explicación a este tipo de trastorno conductual. Se considera que no existe una causa única de este trastorno, sino que son múltiples los factores que influyen en su génesis.

Desde una perspectiva biológica, se ha planteado la posible existencia de problemas de inhibición conductual derivados de una falta de desarrollo o infraactivación del frontal junto con un exceso de activación del sistema límbico y el sistema de recompensa cerebral. También se valora la existencia de una falta de desarrollo moral, de la capacidad de empatía e inmadurez, que puede venir dada en parte por elementos intrínsecos a su biología y en parte por una socialización deficiente.

A un nivel más psicológico y social, se ha observado que muchos de estos niños parten de hogares en los que existen problemas de conducta y marginalidad. La presencia de conflictos intrafamiliares continuados puede ser asociado por los menores como una forma natural de proceder, actuando como modelo, a la vez que puede condicionar que el niño aprenda a no confiar en los demás. El rechazo social también se ha visto vinculado al surgimiento de este trastorno, observándose que suelen tener problemas para relacionarse y resolver problemas.

El tipo de patrón de crianza también se encuentra vinculado: padres autoritarios y críticos con una manera de actuar punitiva o bien padres excesivamente permisivos cuyas indicaciones son poco claras y no permiten aprender disciplina o la necesidad de cumplir tienen mayor probabilidad de enseñar a sus hijos a actuar de manera encubierta o a que siempre debe hacerse su voluntad. Ello no implica necesariamente un trastorno disocial, pero puede facilitarlo.

Se ha intentado explicar también este problema como un aspecto basado en el condicionamiento: a lo largo de su vida el menor ha observado que la realización de actos agresivos les sirve para cumplir con sus objetivos, siendo las consecuencias de dichos actos apetitivas inicialmente y reforzando la repetición del mismo modo de proceder.

Tratamiento

El trastorno disocial es un problema cuyo tratamiento aún hoy en día no está totalmente bien establecido. Es frecuente que se empleen diversos programas multimodales, que incluyen tanto al niño como a los padres y servicios en contacto con el menor, y que requieren de la colaboración de profesionales de diferentes disciplinas y con un enfoque ecléctico.

A nivel psicológico se suele recomendar un programa en el que se incluya entrenamiento en habilidades sociales y de la comunicación, así como resolución de problemas. También son de utilidad el reforzamiento de conductas prosociales, contratos conductuales, modelado y expresión emocional. Generalmente se emplean programas de tipo cognitivo-conductual, procurando enseñar maneras positivas de relacionarse y generar conductas alternativas a las propias del trastorno.

El entrenamiento para padres y la psicoeducación son también elementos a tener muy en cuenta y que pueden contribuir a tranquilizar y enseñar pautas de actuación y de aprendizaje para con el niño.

En casos muy extremos y especialmente en aquellos sujetos cuyas alteraciones conductuales se deban a la experimentación de malestar emocional, además de un tratamiento dedicado a modificar los elementos que generan malestar o la percepción de éstos puede recomendarse la utilización de algunos fármacos como los ISRS.

Referencias bibliográficas:

  • American Psychiatric Association. (2013). Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Quinta edición. DSM-V. Masson, Barcelona.
  • Ladrón, A. (2012). Psicología Clínica Infantil. Manual CEDE de Preparación PIR, 0.. CEDE: Madrid.
  • Pérez, M.; Fernández, J.R,; Fernández, I. (2006). Guía de Tratamientos psicológicos eficaces III. Infancia y adolescencia. Pirámide: Madrid.