Hace ya muchas décadas que los movimientos pro igualdad y a favor de la liberación de la mujer han hecho mella en los países occidentales. 

Gracias a ellos, las mujeres están cada vez menos obligadas a permanecer en el hogar y a sacrificarse por una vida familiar en la que, años atrás, se suponía que debían invertir todas sus fuerzas. Sin embargo, la igualdad total aún no ha llegado a producirse, y los roles de género siguen haciendo que se exija a la mujer una doble responsabilidad: trabajar para ganar dinero y cuidar de la casa y de la familia. Así nace el llamado síndrome del agotamiento femenino.

¿Qué es el síndrome del agotamiento femenino?

Lo primero que hay que tener en cuenta para entender este concepto es que no se trata de una enfermedad. Tal y como puede leerse en este artículo sobre la diferencia entre un síndrome, un trastorno y una enfermedad, el primero es simplemente un conjunto de síntomas y señales que muchas veces se dan juntos. Eso significa que en el síndrome del agotamiento femenino no tiene por qué haber una causa biológica que haga que todo el cuerpo de la persona funcione mal.

De hecho, lo más probable es que este síndrome no esté producido por algo que ocurre en el organismo de la mujer, sino justamente en lo contrario: lo que hay a su alrededor. Concretamente, un modelo cultural que hace que muchas mujeres lleguen a agotarse por tener que dedicar su tiempo fuera del trabajo a la mayoría de las tareas del hogar.

Dicho en otras palabras, lo que genera el síndrome del agotamiento femenino es el modo en el que se relacionan la mujer y su entorno (incluyendo en este las personas que habitan en él).

Las causa del síndrome del agotamiento femenino

Uno de los factores que hacen del síndrome del agotamiento femenino algo tan persistente es que sus causas han sido normalizadas culturalmente. Esto significa que, a causa del modo de pensar al que tendemos por el simple hecho de pertenecer a una cultura que durante siglos ha defendido fuertemente la segregación de roles dependiendo del género, nos parecen normales y "esperables" muchas de las costumbres que producen el síndrome del agotamiento femenino.

Un ejemplo claro de esto lo encontramos en las cenas familiares, en la que, al acabar, las mujeres se levantan automáticamente a recoger los platos y los cubiertos, lavan la vajilla y limpian la mesa mientras los hombres descansan o permanecen sentados en la mesa.

Otro ejemplo clásico es el de la limpieza del hogar. Este tipo de actividades siguen siendo realizadas mayoritariamente por mujeres, algo que es significativo teniendo en cuenta que un solo piso tiene muchas partes que pueden ser limpiadas. Realizar esta actividad no es solo pasar la fregona: también hay que pasar la aspiradora, poner la lavadora, tender y planchar, quitar el polvo, etc.

Un problema más amplio

Ejemplos como estos son solo pequeñas parcelas de una misma realidad: las tareas domésticas siguen siendo una responsabilidad asociada mayoritariamente a las mujeres, mientras que el ámbito profesional que antes estaba reservado a los hombres ahora también es una esfera de tareas que las mujeres han de abordar. Teniendo en cuenta que el mercado del trabajo es cada vez más competitivo, esto se traduce en una fuerte extenuación.

De este modo, el síndrome del agotamiento femenino nace como una consecuencia de este cruce de responsabilidades por parte de la mujer: se le sigue exigiendo que cuide del hogar, y ahora también necesita dedicar varias horas al día a competir en el mercado de trabajo.

Un problema económico y de altas exigencias

Así pues, el síndrome del agotamiento femenino es, en parte, un problema social y económico. Antes, la vida no era tan cara, y con el trabajo remunerado de una sola persona se podía mantener un hogar. Sin embargo, si ahora la mujer también desarrolla tareas profesionales no es solo porque se haya impulsado un movimiento pro-igualdad: es porque ahora tanto los maridos como las esposas están obligados a trabajar por dinero. Sin embargo, este escenario de igualdad no ha llegado a las tareas del hogar, que siguen siendo algo que se espera que cumplan las mujeres.

La otra faceta del problema es psicológica: la mujer es propensa a hacer que su autoestima y su autoimagen como madre o esposa dependa de cumplir satisfactoriamente todas las tareas que se le exigen, sin caer en la cuenta de que en muchas ocasiones ella debe trabajar más horas que el marido. Es por eso que la psicología debe adaptarse a esta nueva realidad y ofrecer soluciones.