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Relaciones tóxicas con la madre: sus 3 consecuencias psicológicas

Estos son los efectos psicológicos de las malas relaciones con la madre como figura protectora.

Relaciones tóxicas con la madre

Hace tiempo que se sabe, a través de diversas investigaciones en Psicología y en Ciencias Sociales en general, que ningún ser humano está “programado” de manera innata para necesitar pasar por un proceso de crianza con una mujer ejerciendo como madre.

A pesar de que siglos de creencias basadas en el sexismo nos han estado inculcando la idea de que “lo natural” es tener una madre, esta no se corresponde con la realidad; es por ello, entre otras cosas, que no hay ningún problema con la adopción de niños y niñas por parte de hombres.

Ahora bien, que biológicamente no estemos predispuestos a necesitar a una madre no implica que los roles de género no influyan en nuestro desarrollo durante la infancia y la adolescencia, y es por ello que, en muchos sentidos, todavía es relativamente normal que los más pequeños esperen ciertas cosas de sus madres, y no tanto del resto de personas. Pero… ¿Qué pasa cuando esta relación materno-filial se vuelve tóxica? ¿Cuáles son sus consecuencias psicológicas?

La influencia psicológica de las “madres tóxicas”

Tal y como comentaba en el apartado anterior, en la mente humana no hay ninguna regla “natural” que establezca que la figura de la madre es mucho más importante que el resto; sin embargo, culturalmente esto ha sido así durante siglos, al menos en la sociedad occidental. En parte, las ficciones que construimos a través de las creencias que interiorizamos dan lugar a una realidad basada en las expectativas y los roles asignados. Y esto hace que, muchas veces, nos olvidemos de que estas ideas son invenciones humanas que han ido siendo pasadas de generación en generación.

El hecho de que durante mucho tiempo el concepto de “mujer” haya estado estrechamente ligado al de “crianza” ha supuesto una evidente presión sobre las madres de prácticamente todo el planeta, y una limitación de sus libertades. Pero este no ha sido el único efecto dañino de estas dinámicas sexistas.

Además, la conexión entre la idea de la feminidad y el de la maternidad forzosa he hecho que, cuando por cualquier motivo, la madre se comporta de una manera dañina con sus hijos o hijas, estos sufran especialmente la influencia de esta clase de experiencias. Incluso aunque el resto de miembros de la familia sean una muy buena influencia, si la madre no lo es, esto puede hacer que el bienestar de los pequeños de la casa sufra un golpe muy duro, dado que casi toda la responsabilidad de la crianza está concentrada en una sola persona.

Veamos, pues, cuáles son las principales maneras en las que el hecho de tener una relación tóxica con nuestra madre puede afectarnos emocionalmente o incluso dejaros secuelas psicológicas que perduren hasta la adultez.

1. Puede dar lugar al desarrollo de un estilo de apego disfuncional

En la infancia, los niños y niñas desarrollan lo que se conoce como apego: una manera de interiorizar actitudes y emociones asociadas a la presencia de otras personas. El apego surge a partir de la interacción con las figuras de referencia, que suelen ser los padres (muchas veces dándole especial importancia a la madre, por lo que ya hemos visto antes); teniendo en cuenta cómo transcurre esa relación con papá y/o mamá, se acostumbran a reaccionar de uno u otro modo a su presencia o ausencia. Y más adelante, aplican ese marco de interpretación de lo que ocurre al resto de relaciones.

Si los padres y madres aportan a sus hijos un correcto equilibro entre protección y libertad para interactuar con el entorno y aprender por su cuenta, el estilo de apego que desarrolle el pequeño será adecuado y adaptable a muchas circunstancias.

Madres tóxicas

Pero si el pequeño aprende que no puede confiar en la capacidad protectora del padre o de la madre, o si ve que esta es a veces satisfactoria y otras veces muy insatisfactoria, desarrollará estilos de apego problemáticos: puede que se acostumbre a depender siempre de las figuras de referencia, o que, por el contrario, sea indiferente a su presencia. Y a medida que pasen los años, esto queda plasmado en la personalidad de ese niño/a, adolescente o adulto y en su forma de relacionarse con los demás, sean o no miembros de su familia: se tenderá más a evitar a toda costa los compromisos, o a generar vínculos basados en la dependencia emocional, etc.

En este sentido, quienes hayan pasado por una infancia fuertemente marcada por los roles de género y hayan sentido la influencia de una relación tóxica con su madre, probablemente interiorizarán la idea de que no pueden estar a salvo con nadie, de que ningún contexto es seguro, dado que no gozaron de esa sensación de seguridad bajo el cuidado de quienes se suponía que debía atender todas sus necesidades físicas y emocionales en los primeros años de vida.

2. Puede generar una obsesión por encajar con los roles de género

Es relativamente habitual que quienes en su infancia fueron criados por una madre con comportamientos tóxicos, desarrollen una obsesión por encajar con lo que se espera de ellos o ellas de acuerdo a los roles de género. Esto se debe, entre otras cosas, a que explican el malestar que sufrieron en su niñez y/o adolescencia como una muestra del caos que ocurre si una figura de referencia (en este caso, la madre) no encaja con el rol, lo que se espera de ella.

La diferencia entre lo esperado y lo experimentado en relación con su madre hace que su atención quede centrada en esa comparación, y como consecuencia, tienen ese “molde” del género muy presente a la hora de decidir qué hacer en cada momento, también como una manera de distanciarse de esas experiencias dolorosas de su pasado.

3. En algunos casos, surgen traumas

En los casos más extremos, la influencia de una relación tóxica con la madre puede generar traumas de sintomatología intensa; cuando esto ocurre, la persona sufre durante años ataques de ansiedad que se dan al evocar ciertos recuerdos, así como episodios de “flashback” en los que se reviven experiencias dolorosas de una manera muy vívida (como si tuviesen lugar en el presente). Es un tipo de alteración psicológica frecuente cuando se ha sufrido maltrato, sin necesidad de que haya existido violencia física.

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Mi nombre es Carolina Marín y soy Psicóloga General Sanitaria federada por la Federación Española de Asociaciones de Psicoterapeutas y miembro de la Asociación Española para la investigación y Desarrollo de la Terapia Familiar. Trabajo atendiendo a la población adulta y adolescente, interviniendo también en las áreas de la terapia familiar y de pareja. Ofrezco sesiones presenciales y online por videollamada.

  • Bowlby, J. (1977). The making and breaking of affectional bonds. The British Journal of Psychiatry, 130(3): 201-210.
  • Chávez Carapia, J.C. (2004). Perspectiva de Género. Madrid: Plaza y Valdés Editores.
  • Jayme, M., Sau, V. (1996). Psicología Diferencial Del Sexo y el Género: Fundamentos. Icaria Editorial.
  • Shaffer, D. (2000). Psicología del desarrollo. Infancia y adolescencia. Editorial Thomson: Madrid.

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