La educación: responsabilidad de familias, escuelas y sociedad

Muchas veces nos oímos, como profesionales o como ciudadanos, las reclamaciones de padres, profesores, tertulianos, acerca de la importancia de la educación de los niños. Podemos partir de diferentes paradigmas acerca de la inteligencia, el desarrollo personal y las variables individuales para crear nuestra propia concepción del constructo educación, pero muchas veces olvidamos algo tan básico como es la declaración de los derechos de la infancia, los cuales están recogidos en la convención de los derechos del niño. 

Esta declaración no hace referencia sólo a la obligación de cubrir las necesidades básicas para su subsistencia, sino también a su derecho a la libertad y a la felicidad de la que deberían gozar para poder crecer como adultos sanos mental y emocionalmente hablando, sin olvidar del disfrute de su etapa vital actual no solo como mera transición al mundo de los adultos.

Ayudar y acompañar a los niños como personas y no como seres sin capacidad de decisión y de crear sus propios esquemas cognitivos acerca de la realidad debería ser la principal misión de cualquier sociedad “desarrollada”, y este proceso pasa primero por no proyectar nuestra mente adulta en los niños.

Actividades como la gestión de los patios o juntar niños más aventajados en ciertas materias con otros niños con más dificultades para asimilar los conceptos, situación familiar o momento vital, son puntos clave en los proyectos de innovación educativa. Pero, llevados sin el rigor necesario, pueden convertirse más en un problema que en una solución.

Un ejemplo acerca de esto puede ser el no gestionar el proceso que se da en la relación entre dos niños a la hora de que haya un aprendizaje significativo a través de la interacción y enseñanza de un alumno a otro. Como profesionales tenemos el deber de dotar de recursos y acompañar en el proceso en lugar de dejar a la suerte el proceso educativo entre dos personas. Es lo más cercano al dilema entre el niño como científico versus el niño como antropólogo. 

Está suficientemente demostrado que los niños aprenden en un contexto bañado en la cultura, y aprenden de sus semejantes pautas de acción aceptadas dentro de la sociedad en la que viven. No buscan las leyes científicas de los procesos o de los elementos que se encuentran en su etapa vital. Por ello, como auténticos antropólogos en miniatura que son, se les ha de acercar a la cultura siendo nosotros meros intermediarios entre el aprendizaje social y el niño, sin proyectar en ellos nuestra visión y hacer adulto.


Instituciones y educación

¿Es posible respetar a un profesor como figura de autoridad si no es capaz de gestionar los conflictos entre los niños? El profesor, como intermediario, debe tener las competencias para ayudar a gestionar los procesos que se dan en el conflicto, ya que lo niños lo viven como tal. La afirmación “cuando eres pequeño tienes pequeños problemas, cuando eres grande tienes grandes problemas” sirve para perpetuar un bucle de conflictos acumulados desde la infancia y que pueden desarrollarse en la etapa adulta en forma de patologías o trastornos de la personalidad que afecten a su vida diaria y a las relaciones interpersonales. Cada etapa tiene sus metas vitales aunque no sean una regla inamovible, y los niños viven los conflictos como tales y respecto a su visión como niños, no pensando en cómo dejar de preocuparse por sus problemas solo porque los adultos tienen más responsabilidades.

Tal y como recoge el artículo 8 de la Convención sobre los derechos de los niños, “Es obligación del Estado proteger y, si es necesario, restablecer la identidad del niño, si éste hubiera sido privado en parte o en todo de la misma (nombre, nacionalidad y vínculos familiares)”. El Estado se englobaría según la teoría ecológica de Bronferbrenner en el macrocontexto junto con las normas sociales, legislación, etc. Así pues, la educación y la preservación de los derechos de los niños y de su educación más allá de lo únicamente académico: es responsabilidad de todos los factores que forman el conglomerado de la sociedad. Además, también podemos observar la relación directa del entorno hacia el niño y del potencial transformador del niño hacia su entorno.
Conclusiones

Como conclusiones o a modo de reflexión, se puede decir que la gestión de los conflictos y de las relaciones entre los niños, son una parte fundamental para las próximas generaciones que se convertirán en miembros activos de la sociedad, aún más de lo que ya son, para mejorar las deficiencias y errores cometidos de forma cíclica en la sociedad. La responsabilidad educativa no sólo radica en la escuela o en los padres, ya que como entorno educativo entendemos todos los contextos en los que se mueve el niño, no sólo académicos (ya que constantemente están siendo educados para ser parte de la cultura en la que están inmersos en cualquier contexto social cotidiano). 

Velar por los derechos de los niños no ha de banalizarse solo por tener las necesidades básicas para subsistir cubiertas, sino que el déficit como el exceso de información sin una gestión adaptada a las necesidades individuales y generales, son poco enriquecedores por igual.

“Que la pedagogía se tiene que basar en el conocimiento del niño de la misma manera que la horticultura se basa en el conocimiento de las plantas, es una verdad aparentemente elemental”.

—Édouard Claparède