¿Qué es la inclusión? Esa es la primera cuestión que deberíamos resolver para poder desgranar todo su significado y hasta dónde puede llegar.

A veces, podemos encontrarnos con la confusión del significado real de esta palabra y confundimos, usando de forma indistinta, la palabra integración e inclusión sin terminar de ver la diferencia. Por eso, quiero comenzar en este punto.... ¿qué es integración? ¿Qué es inclusión?

Inclusión e integración

Entre estos dos términos existen diferencias sustanciales que afectan directamente a la práctica y a los derechos humanos de los menores. No se buscan los mismos objetivos ni fines y, por lo tanto, no se usan los mismos medios para poder llegar al fin.

Cuando hablamos de integración, implica la no exclusión de ningún miembro de la sociedad. Si nos referimos a este término, relacionado con la educación, estaremos refiriéndonos a tener en cuenta que los niños y niñas deben estar escolarizados, sin distinción, pero... ¿en qué condiciones? Aquí es donde aparece un nuevo término. La segregación, que implica agrupar a los alumnos y alumnas por sus necesidades, por su diagnóstico.

Sin embargo, el término inclusión implica mucho más. Sabiendo lo que es integración podremos decir que la inclusión implica todo lo que es la integración, pero además nos hacemos conscientes de su implicación y ponemos todos los recursos y estrategias necesarias para poder llevarla a cabo.

Inclusión implica, además de formar parte, pertenecer. Y además de pertenecer, implica hacer presente que los derechos son de todos y es nuestra obligación como sociedad facilitar el alcance a cada uno de ellos por cada uno de los miembros de la sociedad.

Como referente legal, tenemos el real decreto firmado por España (UNESCO, 2015) que aprobó la Declaración de Incheon y que pone como horizonte Educación 2030. En ella nos dice que debemos promover oportunidades de aprendizaje para todo nuestro alumnado independientemente de cualquiera de sus condiciones, además que éstos sean de calidad y a lo largo de la vida para todos y en todos los contextos y niveles educativos.

La verdadera dificultad para que nuestra escuela sea inclusiva no está en las políticas, ni en los recursos o la falta de ellos, o en las ratios, las características y peculiaridades de los alumnos... La verdadera dificultad radica en el cuestionamiento de nuestra práctica docente. En mirarnos a nosotros mismos, en observar a nuestro alumnado, en mirar más allá.

Es decir, si nuestra mirada se limpia de prejuicios y está dispuesta a mirar al niño y la niña desde la ética de nuestro trabajo, la ética del cuidado a nosotros mismos y al menor, podremos cambiar nuestra clase, su metodología, su accesibilidad, su diseño y podremos poner en marcha prácticas inclusivas que consigan desarrollar todo el potencial de cada uno de nuestros alumnos y alumnas, garantizando los principios básicos de la inclusión.

¿Qué es la escuela inclusiva?

La escuela inclusiva tiene como objetivo lograr una escuela para todos, basada en la participación y la no discriminación. Con este término, se da una perspectiva más meticulosa a la educación, destacando:

  • El derecho fundamental de todas y todos a recibir una educación de calidad.
  • Se considera la diversidad como una realidad de toda persona, dejando patente que toda persona es diferente, única y diferente al otro, pero con los mismos derechos.
  • El entorno ordinario, es decir, la escuela ordinaria, es el entorno más realista, natural y eficaz para desarrollar una educación inclusiva, donde la participación y la convivencia son indispensables en el día a día.
  • Promueve la implicación de todos los agentes de la comunidad educativa. Sin esta participación la escuela se construye sin sus pilares y si es así, las probabilidades de que tambalee son altas.

A lo largo de las décadas hemos observado, que:

  • Los términos estaban claros casi desde el principio y que poco a poco hemos, al menos intentado, ponerlos en práctica, pero sin grandes éxitos en España.
  • No se trata de una metodología, ni una pedagogía, sino de una actitud, una filosofía, un sistema de valores y creencias de cada una de las personas que formamos parte del entramado de la educación, de la salud, de la familia, la escuela, la sociedad.

En realidad, lo que tan solo podemos y deberíamos hacer es, abrir los ojos al mundo que nos rodea, ser capaces de mirar a las personas, levantar la vista, retirar la venda para mirar de frente aquello que nos incomoda, nos duele o no sabemos cómo afrontar por desconocimiento, por falta de información o por miedo. Preguntarles a ellos, los/as alumnos/as, hacerles partícipes de nuestras dudas, contar con las familias para que nos ayuden a despejarlas y cuestionarnos cómo lo hemos hecho hasta ahora y cómo creemos que podríamos mejorar. Nuestra mirada es la clave.

Se trata de un trabajo personal y es necesario para que podamos ponernos en marcha.

No se trata de encajar personas en sistemas, sino en adecuar entornos para que las personas crezcan, florezcan, promocionen, se realicen y formen parte de la sociedad. ¿La integración garantiza esto? Pues como hemos podido ver, no. El sistema de integración garantiza educación, pero no equitativa. ¿Podremos llegar a una educación inclusiva? Estoy convencida de que sí.

Autora: Irene De La Granja Muñoz, Maestra en Educación Especial y miembro del área de Psicopedagogía de Centro TAP.