Los vapeadores pueden parecer menos peligrosos o más fáciles de controlar que el tabaco tradicional, pero muchos contienen nicotina y pueden generar dependencia. En adolescentes, comprender por qué comienza y se mantiene el consumo resulta fundamental para prevenirlo y ayudar a abandonarlo sin reducir el problema a una cuestión de voluntad.
Un adolescente prueba un vapeador porque lo lleva un amigo. El dispositivo huele a frutas, apenas deja el olor característico del tabaco y puede utilizarse durante unos segundos sin que necesariamente parezca que está «fumando». Lo que empieza como curiosidad durante una tarde puede acabar convirtiéndose en algo que aparece al levantarse, durante los descansos, después de comer o cada vez que surge aburrimiento, estrés o nerviosismo.
Esta aparente normalidad ayuda a entender parte del atractivo de los cigarrillos electrónicos. En el estudio HBSC difundido por la Organización Mundial de la Salud en 2024, realizado en Europa, Asia Central y Canadá, un 20 % de los adolescentes de 15 años encuestados declaró haber utilizado cigarrillos electrónicos durante los 30 días anteriores. A esa edad, su uso reciente era incluso más frecuente que el del cigarrillo convencional.
Ahora bien, experimentar alguna vez con un vapeador no significa automáticamente desarrollar una adicción. El problema aparece cuando la nicotina, los hábitos asociados al dispositivo y determinadas situaciones sociales o emocionales convierten el consumo en una conducta cada vez más difícil de controlar. Para comprender qué ocurre, debemos mirar tanto a la sustancia como al contexto psicológico en el que se utiliza.

Fromm Centro De Desintoxicación Y Tratamiento De Adicciones
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Centro terapéutico especializado en adolescentes y familias
Vapear no es simplemente «echar humo»
Los cigarrillos electrónicos calientan un líquido para generar un aerosol que se inhala. Muchos contienen nicotina, la principal sustancia responsable de la dependencia asociada al tabaco. Con el uso repetido, el organismo se adapta a su presencia y pueden aparecer craving (un deseo intenso de consumir) y síntomas de abstinencia cuando la nicotina falta. En jóvenes, los signos de dependencia pueden aparecer incluso antes de que el consumo sea diario.
Esta cuestión adquiere especial relevancia durante la adolescencia porque el cerebro continúa desarrollándose y presenta una especial sensibilidad a la nicotina. Organismos como los CDC advierten de que la exposición durante esta etapa puede afectar a procesos relacionados con atención, aprendizaje, estado de ánimo y control de impulsos.
Pero explicar el problema exclusivamente desde la biología sería incompleto. La dependencia también se construye alrededor de situaciones concretas. Vapear después de comer, al quedar con determinados amigos, cuando llega una notificación o mientras se juega puede hacer que esos momentos terminen funcionando como señales que despiertan automáticamente las ganas de consumir.
Por qué los vapeadores resultan especialmente atractivos durante la adolescencia
La curiosidad es una de las puertas de entrada, pero rara vez actúa sola. Una revisión sistemática publicada en 2025 analizó 50 estudios sobre adolescentes de entre 10 y 19 años. Entre los factores más repetidos aparecían la aceptación social del vapeo, su presencia entre familiares o amigos y una percepción reducida del riesgo. Los sabores atractivos figuraban también entre los motivos de consumo con mayor apoyo en los estudios revisados.
Esto ayuda a entender por qué limitar la prevención a decir «vapear es malo» puede resultar insuficiente. Un adolescente también toma decisiones en función de aquello que ve hacer a sus compañeros, de lo sencillo que resulta acceder al dispositivo y de la identidad social asociada a su uso. Si vapear forma parte de los descansos con amigos, abandonar el dispositivo puede sentirse también como alejarse de una rutina compartida.
A todo esto se suma que algunos jóvenes comienzan a utilizarlo cuando están estresados, ansiosos o decaídos. Los CDC señalan que estas emociones aparecen entre los motivos que los estudiantes refieren para seguir vapeando. Sin embargo, utilizar nicotina para aliviar el malestar puede convertirse en una trampa: la abstinencia también puede producir irritabilidad, inquietud o dificultades para concentrarse, reforzando la sensación de que hace falta vapear para volver a sentirse bien.
Cuándo el consumo empieza a parecerse a una dependencia
No existe una cantidad concreta de caladas que permita determinar por sí sola si un adolescente ha desarrollado una adicción. Resulta más útil observar qué lugar ocupa el vapeador en su vida y cuánto control conserva sobre la conducta.
Puede preocupar, por ejemplo, que necesite vapear poco después de despertarse, que piense frecuentemente en cuándo podrá volver a hacerlo, que aumente progresivamente el consumo o que haya intentado dejarlo sin conseguirlo. También pueden aparecer irritabilidad, inquietud, dificultades para concentrarse o un deseo intenso de vapear cuando pasa cierto tiempo sin nicotina. Los estudios sobre abandono muestran precisamente que una dependencia más elevada y una mayor frecuencia de consumo se relacionan con mayores dificultades para conseguir dejarlo.
El contexto también aporta información. Es diferente experimentar de manera ocasional que organizar los descansos alrededor del vapeo, ocultar el consumo, gastar cada vez más dinero en dispositivos o sentir que resulta imposible estudiar, quedar con amigos o gestionar un momento difícil sin recurrir a él.
Castigar el vapeo no siempre ayuda a comprender por qué se mantiene
Cuando una familia descubre que su hijo vapea, la reacción inmediata puede ser quitarle el dispositivo y explicar todos sus riesgos. Establecer límites tiene sentido, especialmente tratándose de menores, pero abordar únicamente el objeto puede dejar intacta la función que estaba cumpliendo.
Una conversación más útil intenta descubrir cuándo consume, con quién, qué situaciones despiertan más ganas y qué cree que obtiene al vapear. Puede tratarse de pertenencia social, relajación, estimulación, alivio del aburrimiento o simplemente una rutina que se ha automatizado. Comprender esa función no significa justificarla, sino obtener información para poder cambiarla.
También conviene evitar convertir la situación en una batalla moral. La dependencia de la nicotina no desaparece porque alguien comprenda racionalmente que vapear tiene riesgos. Si aparecen abstinencia y deseo intenso, frases como «déjalo y punto» pueden aumentar la sensación de fracaso cuando el adolescente descubre que quiere dejarlo, pero no le resulta sencillo.
Dejar de vapear implica cambiar tanto el consumo como sus desencadenantes
Un plan para abandonar el vapeo puede comenzar identificando los momentos en los que resulta más automático y preparando alternativas para ellos. Si el consumo ocurre especialmente con determinados amigos, durante el estudio o cuando aparece estrés, esas situaciones necesitarán estrategias específicas. Reducir el acceso a dispositivos, modificar rutinas y contar con apoyo social también puede facilitar el proceso.
La evidencia sobre tratamientos específicamente diseñados para adolescentes todavía está creciendo. Un ensayo clínico publicado en JAMA en 2024 siguió a 1.503 adolescentes que utilizaban cigarrillos electrónicos. Los participantes que recibieron mediante mensajes de texto un programa adaptado con estrategias cognitivas, conductuales y apoyo social presentaron una mayor tasa de abstinencia a los siete meses que quienes recibieron únicamente las evaluaciones del estudio: 37,8 % frente a 28 %.
Esto no significa que los mensajes de texto sean una solución universal. El estudio se realizó con adolescentes que ya querían dejar de vapear y sus resultados no pueden trasladarse automáticamente a todos los jóvenes. Sí muestra, sin embargo, que ofrecer estrategias concretas y acompañamiento puede ser más útil que confiar únicamente en la fuerza de voluntad.
Ayudar a dejar el vapeo sin olvidar qué había detrás
La mejor intervención dependerá de la frecuencia del consumo, el grado de dependencia, la edad y las circunstancias de cada adolescente. Cuando existe un consumo habitual, intentos repetidos de abandono, abstinencia intensa u otras dificultades emocionales o de consumo de sustancias, resulta recomendable buscar orientación profesional. La valoración médica también es importante antes de considerar cualquier tratamiento farmacológico para abandonar la nicotina.
La investigación sobre el abandono del vapeo en jóvenes sigue siendo relativamente reciente. Una revisión publicada en Nicotine & Tobacco Research encontró que la dependencia, la frecuencia de consumo, la percepción de riesgo y el uso de otros productos de tabaco parecen influir en las probabilidades de intentar dejarlo o conseguir la abstinencia, aunque todavía existen lagunas importantes en la evidencia.
Comprender la adicción a los vapeadores exige, por tanto, ir más allá del dispositivo. Hay nicotina, pero también aprendizaje, rutinas, emociones y relaciones sociales. El objetivo no es simplemente conseguir que un adolescente entregue su vapeador, sino ayudarle a recuperar la capacidad de pasar por una tarde difícil, un encuentro con amigos o un momento de estrés sin sentir que necesita recurrir a él.

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