Todo puede empezar con una noche especialmente difícil. Llevamos horas dando vueltas en la cama, al día siguiente tenemos que trabajar y una pastilla consigue finalmente que durmamos. O atravesamos una crisis de ansiedad y un medicamento reduce en poco tiempo una activación que parecía imposible de soportar. La experiencia deja una conclusión comprensible: «Esto funciona».
El problema puede aparecer semanas o meses después. Aquella medicación que inicialmente utilizábamos en momentos concretos se ha convertido en algo que necesitamos tener siempre cerca. Nos preocupa quedarnos sin ella, sentimos que ya no podemos dormir sin tomarla o descubrimos que la misma dosis parece hacer menos efecto. A veces no ha existido consumo recreativo, búsqueda de euforia ni una decisión consciente de «engancharse». Precisamente por eso, determinadas formas de dependencia farmacológica pueden desarrollarse de manera mucho menos visible de lo que solemos imaginar.
No todas las pastillas utilizadas contra la ansiedad o el insomnio tienen el mismo perfil de riesgo. Aquí resulta especialmente importante hablar de las benzodiazepinas y de algunos hipnóticos conocidos como fármacos Z. Comprender cómo pueden aparecer la tolerancia y la dependencia, y por qué dejar estos medicamentos bruscamente puede resultar peligroso, permite abordar el problema desde la salud y no desde la culpa.

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Tomar un medicamento no significa ser adicto
Las benzodiazepinas —entre ellas fármacos como alprazolam, lorazepam o diazepam— pueden resultar útiles para determinadas indicaciones clínicas. También existen hipnóticos como zolpidem o zopiclona, empleados para tratar problemas de sueño. Que una persona tome alguno de estos medicamentos no significa automáticamente que tenga una adicción.
De hecho, conviene diferenciar conceptos. La tolerancia aparece cuando el organismo se adapta y el mismo efecto puede requerir cambios en la dosis. La dependencia física implica que el cuerpo se ha acostumbrado a la presencia del medicamento y puede reaccionar con síntomas de abstinencia cuando se reduce o retira. La adicción o trastorno por consumo, en cambio, implica un patrón más amplio de pérdida de control y continuidad del consumo a pesar de sus consecuencias perjudiciales.
Esta distinción es importante porque una persona puede desarrollar dependencia física tomando una benzodiazepina exactamente como se la han prescrito. La FDA advierte de que esta adaptación puede aparecer incluso con dosis terapéuticas y que la retirada brusca puede desencadenar reacciones de abstinencia potencialmente graves.
Por tanto, reconocer dependencia no significa acusar a alguien de haber utilizado mal su tratamiento. Significa comprender que el organismo se ha adaptado a una sustancia y que cualquier cambio debe hacerse de manera segura.
¿Cómo una ayuda puntual puede convertirse en algo difícil de abandonar?
Una de las razones está en la rapidez con la que determinados medicamentos pueden aliviar el malestar. Si cada vez que aparece ansiedad intensa tomamos una pastilla y poco después nos sentimos mejor, nuestro comportamiento también aprende una asociación: ansiedad, medicación, alivio.
Con el insomnio puede ocurrir algo parecido. Después de varias noches utilizando un hipnótico, la idea de dormir sin él puede empezar a generar inseguridad. «¿Y si esta noche no lo tomo y vuelvo a pasarme cinco horas despierto?». Esa anticipación puede aumentar precisamente la activación que dificulta conciliar el sueño, reforzando todavía más la sensación de necesitar el medicamento.
A esto puede añadirse la tolerancia y, en algunos casos, la aparición de síntomas cuando disminuye su efecto o se intenta reducirlo. Ansiedad, insomnio, irritabilidad o inquietud pueden confundirse entonces con una reaparición completa del problema inicial. Distinguir entre abstinencia y regreso de los síntomas por los que se inició el tratamiento no siempre resulta sencillo y requiere valoración clínica.
Por eso, las recomendaciones médicas suelen ser prudentes respecto al uso prolongado de determinados ansiolíticos e hipnóticos. Para el insomnio crónico, por ejemplo, la guía europea de 2023 sitúa la terapia cognitivo-conductual para el insomnio como tratamiento de primera línea y contempla benzodiazepinas y fármacos relacionados principalmente para tratamientos de corta duración.
Las señales de alarma pueden ser bastante discretas
La dependencia no siempre empieza con una persona tomando muchas más pastillas de las prescritas. En ocasiones, las primeras señales aparecen en pequeños cambios en la relación con el medicamento. Puede surgir preocupación por disponer siempre de suficientes comprimidos, miedo intenso ante la posibilidad de reducirlos o una sensación creciente de que ciertas situaciones ya no pueden afrontarse sin ellos.
También merece atención empezar a modificar la dosis por cuenta propia, utilizar la medicación con mayor frecuencia de la indicada, anticipar las tomas «por si acaso», acudir a ella para manejar cualquier emoción desagradable o comprobar que se ha intentado reducir el consumo varias veces sin conseguirlo. En otros casos, la persona puede comenzar a organizar su vida alrededor de evitar las sensaciones que aparecen cuando tarda más de lo habitual en tomarla.
Ahora bien, algunos de estos fenómenos pueden reflejar dependencia física sin que exista necesariamente una adicción. Por eso no resulta útil establecer diagnósticos caseros basándonos en una sola conducta. Lo relevante es revisar cómo se está utilizando el medicamento, cuánto tiempo lleva tomándose, qué ocurre cuando se intenta reducirlo y hasta qué punto continúa siendo beneficioso frente a los posibles riesgos.
Dejar las pastillas de golpe puede ser una mala idea
Cuando alguien descubre que puede haberse vuelto dependiente de un medicamento, la reacción intuitiva puede ser dejarlo inmediatamente. Con las benzodiazepinas, hacerlo de forma brusca puede ser peligroso.
La FDA advierte de que una retirada repentina o una reducción demasiado rápida puede desencadenar síntomas importantes y, en algunos casos, convulsiones potencialmente graves. La guía clínica conjunta publicada en 2025 y liderada por la American Society of Addiction Medicine insiste precisamente en que la reducción debe individualizarse y realizarse gradualmente cuando los riesgos de continuar el tratamiento superan sus beneficios.
Esto significa que no existe un calendario universal para retirar estos medicamentos. La duración del consumo, la dosis, el tipo de fármaco, otras sustancias utilizadas y las características de cada persona influyen en el proceso. Tampoco resulta recomendable modificar la pauta siguiendo instrucciones encontradas en internet o copiando el plan que funcionó a otra persona.
Hay otra precaución especialmente importante: combinar benzodiazepinas con alcohol, opioides u otros depresores del sistema nervioso central puede aumentar el riesgo de efectos graves, incluida la depresión respiratoria. Si existe un consumo combinado, comunicarlo al profesional sanitario resulta fundamental aunque pueda generar vergüenza. Ocultarlo dificulta precisamente que la retirada y el tratamiento puedan planificarse con seguridad.
Tratar también aquello para lo que empezó a utilizarse la medicación
Reducir una medicación sin atender el problema que llevó a tomarla puede dejar a la persona exactamente delante del mismo insomnio o ansiedad que intentaba controlar. Por eso, cuando es posible, el abordaje no debería limitarse a retirar comprimidos.
En el insomnio crónico, la terapia cognitivo-conductual específica para el insomnio trabaja sobre hábitos, horarios, asociaciones aprendidas con la cama y pensamientos que mantienen las dificultades para dormir. En los problemas de ansiedad existen también tratamientos psicológicos y farmacológicos cuya elección dependerá del diagnóstico, la intensidad del malestar y las características particulares de cada persona. Para el trastorno de ansiedad generalizada, por ejemplo, NICE desaconseja utilizar benzodiazepinas de manera habitual y reserva su uso para medidas de corta duración durante determinadas crisis.
También merece atención la función psicológica que la pastilla ha adquirido. Algunas personas no temen únicamente el insomnio: temen descubrir que no pueden dormir sin medicación. Otras han aprendido a interpretar cualquier aumento de ansiedad como una señal de que necesitan tomar algo inmediatamente. Trabajar esas expectativas puede formar parte del proceso de recuperar autonomía.
Recuperar seguridad sin convertir la medicación en el enemigo
Los medicamentos no son el problema por definición. Una benzodiazepina prescrita correctamente puede ser una herramienta clínica útil, y demonizarla puede generar tanto miedo como minimizar sus riesgos. La cuestión es revisar periódicamente para qué se utiliza, durante cuánto tiempo, qué beneficios continúa aportando y qué dificultades están apareciendo.
Cuando una persona siente que necesita cada vez más medicación, no consigue reducirla, la utiliza de una manera diferente a la prescrita o tiene miedo de quedarse sin ella, merece la pena hablarlo con el profesional que lleva el tratamiento. Y si ya existe dependencia física, pedir ayuda no implica haber fracasado: significa que el tratamiento necesita una nueva etapa.
Quizá ahí radique lo silencioso de este tipo de dependencia. No siempre comienza buscando una sustancia, sino intentando dormir una noche o soportar una crisis. Detectarla a tiempo permite cambiar la pregunta. Ya no se trata de «¿por qué no puedo dejarla?», sino de «¿qué necesito para poder hacerlo de forma segura mientras aprendemos a tratar aquello que todavía me hace necesitarla?».

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