Sí, la personalidad cambia a lo largo de la vida, aunque de forma lenta y sin que dejemos de reconocernos. Los rasgos se mantienen bastante estables en el orden que ocupamos respecto a los demás, pero casi todos se desplazan con los años y con lo que vivimos, y una parte de ese cambio también puede buscarse de forma voluntaria.
Es una de las cuestiones más antiguas y debatidas, tanto en la sociedad en general como en la filosofía y la psicología. Tradicionalmente se ha considerado la personalidad como un constructo rígido y difícilmente alterable, pero los estudios que siguen a las mismas personas durante décadas muestran que esto no es del todo cierto. A continuación analizamos qué dicen esas investigaciones, qué causas influyen en los cambios de personalidad y hasta qué punto podemos cambiar la nuestra.
- Te recomendamos leer: "Las principales teorías de la personalidad"
Qué entendemos por personalidad
A grandes rasgos, la personalidad puede resumirse como la combinación de pensamientos, emociones y comportamientos que definen a una persona concreta y que se mantienen relativamente estables en el tiempo y de unas situaciones a otras. Existen muchas definiciones, pero la mayoría coinciden en ese punto de partida.
Estable no quiere decir inmóvil. La personalidad gobierna la manera en la que percibimos la realidad e interactuamos con ella, creando tendencias y patrones complejos y relativamente flexibles. Esta flexibilidad tiene sentido, porque necesitamos adaptarnos al medio que nos rodea: no dejamos de ser nosotros mismos, pero nuestra forma de ser puede fluctuar a lo largo de las diferentes etapas de la vida.
El modelo de los Cinco Grandes
Los rasgos a los que se refiere la mayoría de estudios sobre el cambio son los del modelo de los Big Five (Cinco Grandes), el más aceptado en la actualidad. Según este modelo, existen cinco grandes dimensiones que constituyen la base de nuestra personalidad:
- Extraversión.
- Neuroticismo (o, en su polo opuesto, estabilidad emocional).
- Amabilidad.
- Apertura a la experiencia.
- Responsabilidad.
Las puntuaciones en estas dimensiones varían mucho de un sujeto a otro, y cada personalidad individual es el producto de infinitas combinaciones de estos rasgos. Si quieres profundizar en cada uno, puedes leer sobre los 5 grandes rasgos de personalidad.
¿Puede cambiar la personalidad después de los 30?
Puede, aunque a menor ritmo que en la juventud. Durante mucho tiempo se dio por buena la afirmación del psicólogo y filósofo William James, según la cual la personalidad quedaba prácticamente fijada hacia los 30 años, y las investigaciones longitudinales la han ido matizando.
La cuestión ha sido una constante a lo largo de la historia de la psicología, y resolverla no es sencillo por el desafío que supone hacer un seguimiento riguroso de las mismas personas durante décadas. Cuando ese seguimiento se ha hecho, el resultado ha sido bastante claro.
Un metaanálisis de Roberts, Walton y Viechtbauer (2006), que reunió 92 estudios longitudinales, encontró que los rasgos siguen cambiando en la edad adulta, y que buena parte de ese cambio ocurre entre los 20 y los 40 años, no antes. La personalidad, por tanto, no se congela al terminar la adolescencia.
El estudio de la Universidad de Northwestern
Uno de los análisis más amplios sobre la vejez es el que encabezó la psicóloga Eileen Graham en la Universidad de Northwestern. Su equipo combinó los datos de 16 muestras longitudinales de Estados Unidos y Europa, con decenas de miles de participantes evaluados en al menos tres momentos distintos de su vida (Graham et al., 2020).
Hubo un sesgo hacia las edades avanzadas en los estudios incluidos, algo que, lejos de ser un problema, ayudó a compensar las investigaciones previas sobre el cambio de personalidad, centradas sobre todo en gente joven.
Los resultados
La combinación de los datos reveló que cuatro de las cinco dimensiones mostraron cambios significativos, en promedio, a lo largo de la vida. La única excepción fue la amabilidad, que en conjunto se mantuvo relativamente estable.
El resto de rasgos tendían a cambiar alrededor de un 1 o un 2 % por década. Con la edad, los participantes se volvieron más estables emocionalmente y algo menos extravertidos, menos abiertos a la experiencia y menos responsables en el sentido de ordenados y autodisciplinados. Estos resultados coinciden con las teorías que relacionan el cambio en la vejez con una disminución de las responsabilidades.
En las muestras más jóvenes, en cambio, la responsabilidad, la extraversión y la apertura aumentaban durante la madurez temprana. Este patrón es coherente con el llamado principio de madurez, según el cual la personalidad tiende a ajustarse a medida que asumimos los desafíos del trabajo y de la familia.
Eso sí, el estudio también encontró una gran variabilidad individual. Existe un patrón general, pero no todas las personas cambian a la misma velocidad ni en la misma dirección.
- Te recomendamos leer: "El carácter y la personalidad: lo que somos y lo que hacemos"
¿Por qué cambiamos?
Porque la personalidad responde a lo que nos ocurre. Las presiones sociales, un cambio en el rol vital o los cambios biológicos pueden influir en nuestro estado emocional, en nuestra manera de ser y, con el tiempo, en nuestros rasgos.
Un ejemplo muy frecuente es el de las personas que han vivido pérdidas graves o traumáticas y refieren «no ser las mismas» después. Otros sucesos vitales que pueden modificar la personalidad son:
- La maternidad y la paternidad.
- La jubilación.
- El fallecimiento de un ser cercano.
- La pubertad.
- La menopausia.
- El matrimonio o la convivencia en pareja.
- La adaptación a una cultura completamente diferente.
Lo que tienen en común estas situaciones es que nos piden comportarnos de otra manera durante un tiempo prolongado. Al repetir esos comportamientos, una parte de ellos acaba integrándose en nuestra forma habitual de ser.
Cambiar la personalidad de forma voluntaria
Hasta aquí hemos hablado del cambio que sucede casi sin proponérnoslo. Pero muchas personas se preguntan otra cosa: si pueden cambiar su propia personalidad porque algún rasgo les hace sufrir o les complica la vida. La respuesta es sí y no.
No es posible crear una personalidad nueva desde cero. Hay elementos estables, que empiezan a definirse en la infancia tardía y la adolescencia temprana, y elementos dinámicos que dependen del contexto y del aprendizaje. Lo realista es moldear la personalidad que ya tienes, no sustituirla por otra.
Pensemos en una persona muy introvertida que quiere desenvolverse mejor en reuniones de trabajo. Probablemente no se convertirá en alguien extravertido que disfruta siendo el centro de atención, pero sí puede aprender a intervenir, a sostener una conversación con desconocidos y a sentir menos ansiedad al hacerlo. Si te interesa este eje, puedes descubrir si tiendes a la introversión o a la extraversión.
La clave está en dejar de pensar en etiquetas generales («soy así») y fijarse en patrones de comportamiento concretos: en qué situaciones aparecen, qué los mantiene y qué alternativas son posibles.
Qué dice la investigación sobre el cambio buscado
Hudson y Fraley (2015) pidieron a un grupo de estudiantes que eligieran un rasgo que querían cambiar y les ayudaron a traducirlo en planes concretos. A lo largo de 16 semanas, quienes deseaban cambiar un rasgo tendieron a moverse en esa dirección, sobre todo cuando formulaban planes específicos.
En el ámbito clínico, un metaanálisis de Roberts y colaboradores (2017) revisó 207 estudios de intervenciones y observó que la estabilidad emocional mejora de forma notable con la terapia, con cambios que aparecen en pocas semanas y que se mantenían en los seguimientos. No se trata de que la terapia cambie quién eres, sino de que ayuda a modificar los patrones que más malestar generan.
Por eso, cuando un rasgo interfiere con tu vida, como una tendencia muy marcada a preocuparte o a reaccionar con ira, la psicoterapia es una vía útil para trabajarlo. Algunas características de las personas neuróticas, por ejemplo, son de las que mejor responden a este trabajo.
Lo que no cambia tanto
Que la personalidad cambie no significa que sea ilimitadamente maleable. Las personas tendemos a conservar nuestra posición relativa respecto a los demás: quien era de los más extravertidos de su grupo a los 20 suele seguir siéndolo a los 60, aunque ambos hayan cambiado.
Esa mezcla de continuidad y cambio es, probablemente, lo que permite que nos reconozcamos en quienes fuimos y, a la vez, que podamos crecer.
Este contenido es educativo y no sustituye terapia ni la valoración de un profesional de la salud mental.


-small.jpg)












