El encuentro entre un terapeuta y quien busca su ayuda implica la confluencia de dos vidas en el enclave común de la consulta, donde se despliega una experiencia que atesora dentro de sí misma un potencial transformador.

Tradicionalmente se ha percibido al terapeuta como un experto que dispone de la llave para abrir las puertas del bienestar ajeno, de forma tal que el cliente solo tendrá que adherirse a lo que este decida "recomendarle" para ventilar los espacios viciados por el dolor emocional.

Lo realmente cierto, no obstante, es que el cliente debe erigirse como la pieza clave en el puzle que se presenta frente a él a lo largo del tratamiento, de manera tal que su experiencia y punto de vista serán la base sobre la que se sustentará todo el proceso.

Esta es la idea de la psicoterapia colaborativa, un enfoque que se aleja de la visión obsoleta del terapeuta omnipotente y omnisciente, para hacer su énfasis sobre el protagonista directo de la experiencia: el cliente y las palabras que se comparten con él.

Bases de la psicoterapia colaborativa

La psicoterapia colaborativa es una forma de intervención propuesta por Harlene Anderson y Harold Goolishan, que emerge directamente de los paradigmas sistémicos y asume como modelo de base el constructivismo. upone un abordaje que contempla a la persona en el marco de las influencias sociales de las que le provee su entorno directo, sin las que resulta imposible aproximarse con precisión al modo en que actúa y siente.

De esta manera, el constructivismo, que parte de la idea de que el conocimiento se forma a partir de las experiencias individuales de cada cual, se extendería a las dimensiones sociales de la persona. La entendería por ello como el receptor activo y generativo de todo el sistema complejo de creencias, expectativas, anhelos, tradiciones y tabúes que se forman en torno a la unidad familiar y social; que de algún modo influirán en su desarrollo como individuo, pese a ser susceptibles de la reflexión y del análisis particular. Todo ello ha sido acomodado bajo el epígrafe general de "constructivismo social".

Los trastornos mentales y otros problemas de orden psicológico no se explicarían a partir de las dinámicas internas de la persona, sino del modo en que esta se relaciona con el resto de eslabones que conforman el engranaje de su entorno, siendo este el que definirá la totalidad de los mecanismos que inician o mantienen el conflicto interno a lo largo del tiempo. La pauta de interacción deviene por tanto la unidad de análisis básica de la psicoterapia colaborativa, como un elemento construido a través de las vivencias compartidas del conjunto.

Si bien esta forma de intervención plantea un escenario que se basa en el pensamiento posmoderno y replantea el nivel de autoridad del terapeuta, al que concibe como un colaborador (de ahí la propia nomenclatura del procedimiento) en la comprensión del hecho familiar, no por ello se niegan u obvian la estrategias tradicionales de evaluación psicológica (como la entrevista o la observación), sino que se reformulan con el fin de adaptarlas al sustrato epistemológico (constructivista) que la caracteriza.

El lenguaje que se utiliza en todos los casos (entre el terapeuta y el cliente) se articula en un registro coloquial, que huye de tecnicismos y que asimila la información compartida en el marco de una conversación ordinaria. Con ello se reduce la verticalidad del intercambio y el profesional se ubica en una situación de total igualdad, evitando juicios de valor y haciendo públicas (para el cliente) las conclusiones a las que puede llegar a lo largo del proceso.

Funcionamiento de la intervención y de las sesiones

Desde la psicoterapia colaborativa el saber de un individuo se entiende a través del modo en que intercambia información en el escenario de lo social, mientras que el lenguaje deviene una entidad simbólica mediante la que puede explorar la realidad e incluso transformar todo aquello que conoce. De esta base, que surge de su cimiento sistémico y construccionista, emerge una forma de terapia que hace uso de la conversación abierta y sincera a través del código verbal más sencillo posible.

En esta conversación las partes implicadas no adoptan posiciones de privilegio, sino que se unen con el fin común de compartir puntos de vista sobre un mismo asunto y promover todo el proceso de reflexión a que este pueda dar lugar, sin que necesariamente deba llegarse a un consenso. A medida que se construyen las nuevas formas de ver el problema, siempre en estrecha colaboración entre el terapeuta y su cliente, el producto compartido motiva nuevas descripciones del mismo y de los agentes que pudieran estar involucrados.

En la psicoterapia colaborativa el terapeuta no actúa de manera directiva, ni tampoco exhibe un secretismo en sus disertaciones, sino que las comparte con su cliente desde la extrema honestidad y mantiene una actitud de apertura a la modificación de su discurso interno sobre la cuestión. Todo surge desde los principios de la bidireccionalidad, haciendo del cliente y su forma de ver el mundo el protagonista de todo el proceso de toma de decisiones.

Este modelo, asimismo, se distancia de trazar un diagnóstico psicopatológico, prefiriendo en todo caso comprender la experiencia única de la otra persona sin etiquetas que motiven una generalización innecesaria. Esta perspectiva permite afrontar la situación terapéutica con la desnudez de quien se adentra en un territorio ignoto, descubriendo a cada paso los parajes que se despliegan frente a su vista.

En lo sucesivo, y a modo de síntesis general, se mostrarán los elementos a tener en cuenta desde el prisma de esta forma de psicoterapia y de la posición que quien hace uso de ella ha de adoptar.

Elementos básicos

Estos son los pilares de la psicoterapia colaborativa.

1. Investigación conjunta

Tanto el terapeuta como el cliente asumen que la relación que les une es de naturaleza social y está sujeta a las leyes de la reciprocidad. Es por ello que se elige la investigación como un formato metafórico que describe los avances en común que las dos partes van facilitando, a medida que el proceso interactivo se muestra ante ambas. Es por tanto fundamental que se asuman responsabilidades y se evidencie una actitud de franco interés en el otro y en su vida cotidiana.

2. Equilibrio relacional

La psicoterapia colaborativa huye del modelo clásico, de origen biomédico, que formulaba la autoridad implícita del terapeuta en la elección de los contenidos a abordar y en el ritmo en el que estos se incorporaban a la interacción. En este caso se asume una relación de equilibrio tácito, donde el conocimiento es una suerte de proyecto compartido en el que la contribución del terapeuta y el cliente tienen el mismo valor y relevancia.

3. Posición de apertura

El terapeuta revela constantemente aquello en lo que piensa durante la sesión, sin escatimar palabras ni velar conclusiones, mostrando una actitud de necesaria apertura ante la reacción que todo ello pudiera generar en el cliente. Es clave, asimismo, que se vivencie el encuentro desde la plena aceptación de la narrativa que el otro despliega, pues se trata del testimonio privilegiado de quien vivió en primera persona los sucesos de los que se está tratando.

4. Incertidumbre

El terapeuta no muestra ideas preconcebidas al adentrarse en la terapia, pero tampoco llega a formularlas a medida que esta progresa, ya que el lenguaje mismo es el que define en qué medida se adquieren los nuevos significados. Este hecho implica que el resultado último de una sesión no debería anticiparse, ya que el conocimiento que se derive de ella no puede preverse desde la óptica de solamente una de las partes que forman la relación.

5. Coloquialidad

Además de ostentar una suerte de tabula rasa sobre el asunto a tratar (posición de aquel que "no sabe"), el terapeuta debe hacer uso de las palabras más sencillas posible en el momento de transmitir la parte que le corresponde de la conversación. En todo caso lo más importante es huir de palabras técnicas o cuyo grado de abstracción pudiera interferir o entorpecer lo que realmente importa: la investigación que se asume con el cliente. Hay que adoptar, pues, un registro accesible para ambas partes.

6. Énfasis en el cliente

El acento de la intervención debe depositarse, siempre, en el cliente. Y es que este es el que más conoce sobre los asuntos de los que se trata a lo largo de la terapia, considerándose el auténtico experto en el tema. Por tal motivo el terapeuta orientará la atención y el interés hacia su experiencia individual, que devendrá la fuente de información básica en momentos de incertidumbre en los que se precise abrir un nuevo horizonte.

7. Énfasis en el potencial

Al igual que la práctica biomédica tradicional se ha orientado a evaluar, diagnosticar y tratar una afección (también en el ámbito clínico de la Psicología); los modelos constructivistas se han preocupado preferiblemente por identificar y potenciar los aspectos positivos que alberga todo ser humano, incluso en circunstancias de dificultad emocional severa. Desde este punto de vista se fortalecerían todos los recursos de los que la persona dispone, y se fomentaría la construcción de otros nuevos.

8. Orientación a la práctica

Debido a que los asuntos tratados en consulta orbitan en torno a hechos cotidianos y reales de la vida del cliente, es elemental aportar una visión pragmática y aplicada a los problemas que se plantean. En muchas ocasiones todo el esfuerzo se orientará a la resolución de algún conflicto interpersonal, siendo esencial aportar herramientas comunicativas dirigidas a tal fin; mientras que en otros casos el asunto a tratar será de una naturaleza emocional e íntima.

Referencias bibliográficas:

  • Agudelo, M.E. y Estrada, P. (2013). Terapias Narrativa y Colaborativa: una Mirada con el Lente del Constructivismo Social. Revista de Facultad de Trabajo Social, 29(9), 15-48.
  • Ibarra, A. (2004). ¿Qué es la psicoterapia colaborativa? Athenea Digital: Revista de Pensamiento e Investigación Social, 1(5), 1-8.