Piensa mal y acertarás. Decir que muchos han hecho de este refrán su forma de pensar sobre los demás no es una exageración, de hecho, hay hasta evidencia científica relativamente reciente acerca cómo las personas pensamos que los demás actúan más por malas razones que por buenas.

Esta idea que era hasta hacía poco parte únicamente de la cultura popular acaba de transformarse en una teoría con hasta un experimento detrás: la falacia del peor motivo.

A continuación aprenderemos más acerca este nuevo sesgo cognitivo, el experimento con el que se puso a prueba y algunas de las conclusiones a las que se ha llegado.

¿Qué es la falacia del peor motivo?

Las personas no tendemos a pensar de forma neutra hacia los demás. Cuando alguien hace algo tendemos a juzgar la moral detrás de esa acción, preguntándonos acerca cuáles son los motivos que han hecho que una persona se comporte de una determinada forma. De hecho, en filosofía de la moral se tiene consenso sobre que los motivos detrás de una acción son crucialmente para determinar la moralidad de la acción en sí, aunque la acción sea aparentemente neutra.

Joel Walmsley y Cathal O’Madagain, de la University College de York y la Universidad Politécnica Mohammed VI respectivamente quisieron saber hasta qué punto las personas tendemos a atribuir el peor de los motivos posibles detrás de las acciones de las personas. Esta idea, la cual ellos han denominado falacia del peor motivo, sostiene que somos más propensos a atribuir razones negativas a los demás antes que positivas y, consecuentemente, pensar que las personas van a comportarse de una forma en las que se satisfaga esos motivos malos.

La idea detrás de la falacia del peor motivo tiene mucho que ver con una creencia muy extendida en la cultura popular que se resume en el refrán “piensa mal y acertarás”. Cuando atribuimos algún tipo de motivación moral a alguien, especialmente si es una persona desconocida, a modo de protección para lo malo que podría hacer es mejor presuponer que sus intenciones no son buenas, que si una persona tiene que escoger entre ayudar a los demás y ayudarse a sí misma optará por lo segundo.

De forma antagónica a esta idea existe un aforismo popular llamado la navaja de Hanlon, que básicamente sostiene que uno nunca debe atribuir a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez. Esta idea es una advertencia en contra de presuponer maldad en todas las personas puesto que, de acuerdo con este aforismo, lo que realmente puede pasar es que quien hace una acción aparentemente dañina no sea consciente del daño que hace o que puede que su motivación detrás no haya sido innoble.

Sin embargo, la existencia del refrán y de su antagónico aforismo vienen a decir que es común en la cultura popular el atribuir una mala intencionalidad a las acciones de los demás y que, con la intención de evitar que se abuse del refrán, la navaja de Halton se alza de tal forma que invita a las personas a reflexionar sobre su forma de pensar de los demás. Ambos dichos hicieron que Walmsley y O’Madagain se preguntaran si realmente el sesgo de atribuir mala intencionalidad a los demás existía, queriéndolo demostrar científicamente.

Todo tipo de sesgos negativos

La idea de la falacia del peor motivo en realidad no sorprende, puesto que es ya una tendencia clásica en psicología cognitiva y social el proponer sesgos en los que las personas nos decantamos más por lo malo antes que lo bueno. Muchos de nuestros aspectos cognitivos como la atención, la motivación, la percepción, la memoria y nuestras propias emociones se ven más fuertemente influidas por estímulos negativos antes que por neutrales o positivos.

Un ejemplo clásico de sesgo en el que la negatividad influye en la forma en cómo vemos las cosas lo tenemos en el error de atribución fundamental. Las personas, cuando tenemos algún fallo o inconveniente les atribuimos causalidad externa, es decir culpamos o bien a nuestra situación, factores ambientales o a otras personas (p. ej., “suspendí el examen porque el profe me tenía manía”). En cambio, si el fallo lo ha cometido otra persona enfatizamos sus factores internos, como la personalidad, su carácter, inteligencia y propia motivación (p. ej., “ella ha suspendido porque es mala estudiante, vaga y estúpida”)

El sesgo de negatividad está también muy presente en situaciones en las que nos da la sensación de que todo nos va mal. Nuestra forma de percibir la realidad hace que pasemos lo que sucede a nuestro alrededor a través de un filtro en el que dejamos pasar las cosas malas y las buenas simplemente las ignoramos. Este patrón de pensamiento suele ser el propio de personas muy pesimistas, con poca autoestima o, también, con algún trastorno del estado de ánimo como es el caso de la depresión.

Viendo estos ejemplos de sesgos en los que la negatividad influye no sorprende la idea detrás de la falacia del peor motivo. Cuando una persona hace algo puede tener un montón de motivos distintos para hacer lo que está haciendo. Estos motivos los podríamos clasificar en términos morales yendo de más nobles a más egoístas y malignos. Racionalmente podríamos seleccionar el motivo más probable, pero si se da que todos ellos tienen la misma probabilidad de explicar la conducta de la persona, lo más probable es que pensemos que lo hace pensando en sí misma con el peor motivo.

Abordaje experimental de la falacia

En su artículo del año 2020 Walmsley y O’Madagain exponen dos experimentos, siendo el primero el que vamos a explicar por ser el que mejor explica este fenómeno. En este experimento pidieron a sus participantes que leyeran una breve historia en la cual su protagonista podía tener dos motivos detrás para realizar una misma acción. En cada caso, uno de los motivos era “bueno” y el otro era “malo”. El protagonista descubre que después de todo no puede hacer lo que tenía planeado, y tiene que escoger entre dos alternativas, siendo una la que satisface su motivo “bueno” y la otra su motivo “malo”.

De acuerdo con sus hipótesis iniciales, ambos investigadores esperaron que si su teoría de la falacia del peor motivo era real los participantes escogerian como motivo detrás de la conducta del personaje el motivo negativo. Además, ambos investigadores supusieron que los participantes esperarían que el personaje se comportara para satisfacer su deseo negativo original, con lo cual escogerían la peor acción de las dos que se les proponía.

A cada participante se le dio una entre cuatro viñetas diferentes, cada una de ellas explicando una historia diferente. A continuación vamos a ver un ejemplo extenso de una de estas historias.

Una política acaba de hacer campaña electoral y le ha sobrado parte del presupuesto que decide que va a gastar contratando a un ingeniero informático que ella conoce. La política hace esto por dos motivos: uno es que sabe que el ingeniero acaba de perder su empleo y necesita uno nuevo y dinero, con lo que la política lo contrataría para ayudarle; mientras que el otro motivo sería que la política necesita a este informático para enviar mensajes engañosos a los partidarios de su rival político y hacer que vayan a votar el día equivocado.

La política se pone en contacto con el ingeniero informático y le describe el trabajo. Él le dice que no está dispuesto a hacer lo que le pide por las implicaciones éticas que ello supone. Llegados a este punto la política puede hacer dos cosas: Una es contratar al ingeniero informático de todas formas, que se encargará de mantener los ordenadores de la sede del partido y así ayudarle económicamente, aunque no vaya a hacer lo que la política quería. La otra opción es no contratarle a él sino a un hacker, quien no tendrá problemas éticos en enviar mensajes engañosos a los votantes de su rival.

Una vez habían leído esta historia se preguntaba a los participantes la siguiente pregunta: “¿Qué opción crees que la política va a escoger?” y se les daba a elegir entre las siguientes dos opciones:

  • Contratar al ingeniero para darle trabajo
  • Contratar al hácker para engañar a los votantes rivales.

Tras decidir qué opción creían que escogería la protagonista de la viñeta los participantes tenían que valorar en una escala de más bueno a más malo los dos motivos descritos al principio de la historieta usando una escala de -10 (muy malo) a +10 (muy bueno).

Tomando la hipótesis de ambos experimentadores aplicada a la historieta que acabamos de leer se esperaba que los participantes escogieran el peor motivo, es decir, querer enviar mensajes engañosos a los votantes de su rival político, y que en consecuencia la política decidiría no contratar al ingeniero informático sino al hacker para satisfacer esta voluntad.

Los investigadores interpretaron que las respuestas de los participantes a la pregunta acerca qué opción creían que escogería el protagonista de la historia sería indicativo de cuál consideraban que era el principal motivo de su acción original. Como al final el protagonista solo podía satisfacer una de las razones originales, la acción que fuera escogida presumiblemente debía ser aquella que satisfacía el motivo más importante para él.

Tomando la idea de la falacia del peor motivo, los investigadores presupusieron que los participantes acabarían siendo sesgados hacia los motivos negativos. Es decir, que aunque se dieran dos motivos, uno bueno y otro malo igualmente probables, los participantes valorarían como más importante el de signo negativo, el cual haría que se optara a la alternativa más egoísta cuando no se pudiera cumplir con el plan original..

Además de la viñeta anteriormente explicada, Walmsley y O’Madagain presentaron otras tres viñetas a los participantes de estudio. Una era un hombre que tenía que decidir si coger el bus hacia el pueblo para comprar un regalo a su amigo o coger el tren para robar a un pensionista, una niña que va a una fiesta y debe decidir si llevar un vestido que va a abochornar al anfitrión o un par de tejanos que van a hacer a su madre feliz y un estudiante universitario que tiene que decidir si ir a Francia de vacaciones esperando ponerle los cuernos a su novia o ir a Argentina a ver a sus primos y aprender español.

Los resultados de su experimento fueron bastante interesantes puesto que revelaron evidencia científica de que las personas tendemos a atribuir malos motivos a las personas, especialmente si son desconocidos. En aquellas situaciones en las que en vez de poder hacer el bien y el mal simultáneamente (p. ej., darle trabajo al informático y engañar a los partidarios del rival político) la persona solo puede optar por una u otra opción, tendemos a pensar que su motivación original era la mala y que, por lo tanto, optará por aquella opción que la satisfaga.

Posibles causas

La falacia del peor motivo encaja perfectamente con la inmensa familia de los sesgos negativos, ya clásicos en psicología. Las personas evaluamos más crítica y negativamente las motivaciones y la moralidad de las demás personas. Consideramos que son las peores razones las que mueven las acciones de los demás, y son los motivos negativos los principales motivos que generan la conducta de personas que no conocemos o desconfiamos o, incluso, personas cercanas que aunque nos caigan bien no podemos evitar pensar que son menos morales y fuertes que nosotros mismos.

Una de las posibles explicaciones de que ocurra esta falacia según los propios investigadores es nuestra historia evolutiva y podría tener ventajas adaptativas. Las personas, aún deseando lo mejor, nos preparamos para lo peor, prestando especial atención a lo negativo. Aplicado a la historia de la evolución, era mejor huir de aquello que se sospechaba que era peligroso aunque no lo fuera y supusiera la pérdida de una muy buena oportunidad antes que confiar en algo que sí era peligroso, equivocarse y poner en riesgo nuestra integridad física o, incluso, perder la vida.

Sea como sea, está claro que nuestro patrón de pensamiento está sesgado hacia la negatividad, teniendo muy fuertemente interiorizada la filosofía del “piensa mal y acertarás”. No es algo malo en sí mismo, y más teniendo en cuenta sus posibles implicaciones evolutivas, pero desde luego si que condiciona nuestra forma de percibir a los demás, percepción que si se vuelve extremadamente negativa sí que podría suponernos problemas como atribuir culpabilidad o maldad a personas que para nada querían hacer daño.

Referencias bibliográficas:

  • Walmsley, J., & O’Madagain, C. (2020). The Worst-Motive Fallacy: A Negativity Bias in Motive Attribution. Psychological Science. https://doi.org/10.1177/0956797620954492