Los lagartos pueden llegar a desencadenar una gran ansiedad en personas con esta fobia.

Reptiles y anfibios. Junto con los insectos, suelen estar entre los seres que más malestar generan a las personas. Dado la peligrosidad de algunos de estos animales, es hasta cierto punto lógico la existencia de cierto temor hacia ellos, siendo algo adaptativo. Y es que evidentemente, un encontronazo con una serpiente venenosa o un cocodrilo puede ser altamente peligroso o incluso mortal.

Pero en algunas personas, este miedo es exagerado y supone una auténtica fobia hacia la mayor parte de reptiles y anfibios que puede llegar a limitar su funcionamiento: estamos hablando de aquellos que padecen un trastorno de ansiedad conocido como herpetofobia.

Definiendo herpetofobia

La herpetofobia se define como la fobia o pánico hacia la mayor parte de los reptiles y parte de los anfibios. Estamos ante una de las fobias específicas más frecuentes en todo el mundo, siendo de hecho la segunda fobia más extendida vinculada a animales, después de la aracnofobia.

Quien padece esta fobia suele experimentar una fuerte ansiedad ante la presencia de reptiles y anfibios, que puede ir acompañada de síntomas fisiológicos tales como temblor, hiperactivación, sudoración excesiva, taquicardia e hiperventilación. La exposición a estos seres puede llegar a generar una crisis de ansiedad en la que aparezcan dolores asociados a crisis cardíacas, despersonalización o la creencia de que se va a morir o a volverse loco, entre otros síntomas. En algunos casos puede incluso aparecer una parálisis temporal, debido a la sobreactivación del sistema nervioso. Además de miedo, no es extraño que a las personas con esta fobia los reptiles y anfibios también les generen asco o repulsión.

El miedo no solo se despierta ante la presencia de estos animales en sí, sino también ante situaciones o lugares en que podrían aparecer o ante elementos que anuncian su presencia. Por ejemplo, encontrarse una piel de serpiente puede llegar a provocar a personas con esta fobia un ataque de pánico. También suele causar cierta sensación de malestar la percepción de movimientos ondulantes semejantes a los que llevan a cabo las serpientes y otros reptiles. Aunque es mucho menos habitual, en algunas personas puede aparecer también el miedo a productos derivados de ellos o que recuerden a ello, como por ejemplo ropa o complementos con aspecto escamado o que simule la piel de un cocodrilo o serpiente.

Curiosamente el miedo puede ser más o menos selectivo: serpientes, cocodrilos y sapos suelen ser algunos de los que mayor pavor generan. Sin embargo, otras especies no suelen desencadenar miedo, como las tortugas. En lo que se refiere a anfibios como sapos y ranas, el problema puede encontrarse con que tienen cierta semejanza con los reptiles, además del conocimiento que muchas especies son venenosas.

Herpetofobia y ofidiofobia: ¿son lo mismo?

A menudo se ha relacionado la herpetofobia con el miedo a las serpientes, considerándose como tal la fobia a estos seres. En este sentido, a menudo se emplea como sinónimo de ofidiofobia. Pero asimilar la una con la otra es erróneo, no habiendo una superposición completa entre ambos conceptos.

La herpetofobia es, como hemos dicho anteriormente, el miedo a los reptiles y a algunos anfibios en general. Si bien esto incluye a las serpientes (siendo además algunas de las criaturas que más pánico generan en personas con herpetofobia), también incluye a otros seres como los cocodrilos, lagartos, iguanas, ranas y sapos (estos dos últimos anfibios). Es por ello que ofidiofobia y herpetofobia, aunque estrechamente vinculadas, no pueden considerarse sinónimas. Más bien podríamos decir que la herpetofobia incluiría la ofidiofobia, siendo esta última mucho más específica.

¿Porqué aparece?

La causa de esta fobia no es totalmente conocida, pero tal y como ocurre con arañas y otras criaturas, una posible explicación es que el miedo a los reptiles es producto de la herencia de nuestros antepasados, suponiendo una reacción de miedo a estos seres una ventaja adaptativa al permitir a nuestros antepasados reaccionar rápidamente huyendo de ellos.

Este posible herencia se vería activada por el condicionamiento y el aprendizaje a lo largo de la vida: el conocimiento de personas que han fallecido tras haber sido mordidas por serpientes, envenenados tras tocar a determinados tipos de rana o devoradas por cocodrilos, o el hecho de sufrir algún tipo de ataque por parte de alguna de estas criaturas, facilita el temor hacia ellos. Asimismo, algunas de sus características, como el elevado número de dientes de un cocodrilo o la fácil visión de los colmillos de una serpiente, pueden por sí mismos resultar inquietantes.

También la cultura tiene un papel en la adquisición de este pánico: tradicionalmente, en Occidente se ha visto a los reptiles como criaturas peligrosas y se les ha dotado de aptitudes y relacionadas con el mal, la intriga, el dolor y el sufrimiento. Incluso si nos fijamos en leyendas y cuentos infantiles, a menudo encontramos con que el obstáculo o peligro a vencer es un dragón o algún tipo de reptil. Incluso en la religión: en el Génesis la serpiente es la representación del mal que tienta a Eva a probar la manzana prohibida. Todo esto hace que en occidente la visión de este tipo de animales sea algo que despierta una sensación de peligro en muchos de nosotros.

Por el contrario, en Oriente suelen verse como entes protectores y benevolentes. Por ejemplo, la tradición dice que Buda fue protegido por una naga (semidioses con forma de serpiente gigante), y la imagen de los dragones orientales es la de seres sabios y por lo general benevolentes y poderosos. Ello contribuye a que el nivel de pánico que provocan estos seres, aunque existente ya que el fin y al cabo son seres peligrosos, sea menor.

Tratamiento

Las fobias específicas, como la herpetofobia, tienen tratamiento desde el ámbito de la psicología. Se trata, además, de uno de los tipos de trastorno que más fácilmente se trata y en el que menos recaídas suele haber.

Aunque puede ser más o menos duro para el paciente, la terapia más aplicada en estos casos es la terapia de exposición. Generalmente aplicada de forma gradual, se va a ir exponiendo al paciente a estímulos generadores de ansiedad sin que éste realice conductas de evitación hasta que la ansiedad generada por estos disminuya.

Es importante el tema de la graduación, dado que una exposición demasiado brusca y mal planteada puede llegar de hecho a sensibilizar al paciente y hacer más acentuado su miedo. Así, se realiza una jerarquía entre paciente y terapeuta en que el primero va a ir ordenando diferentes estímulos que le provocan ansiedad (vinculada a su miedo a los reptiles) y tras ello se va a proceder a ir realizando la exposición a partir de un punto a negociar entre profesional y cliente.

También hay que tener en cuenta de dónde procede el miedo: ¿el miedo es en realidad a los animales en sí, a ser envenenado, a morir o a otros aspectos?. Discutir qué significa para el paciente la figura de los reptiles, porqué considera que existe dicho miedo y valorar también el significado y sentido que puede tener para el paciente dicho temor es otro aspecto a trabajar.

En esta fobia concreta es habitual que existen creencias algo distorsionadas sobre la peligrosidad de la mayoría de estos seres o la probabilidad de encontrarlos. La reestructuración cognitiva es en estos casos de gran utilidad para elaborar una visión alternativa. Sin embargo, la mera información no es suficiente: es necesario trabajar el tema también a través de las emociones que desencadena en el sujeto el estímulo en cuestión.