Los estereotipos sobre Asia hacen que sus habitantes sean vistos como seres predecibles y poco complejos. La danza de Almeh, de Jean-León Gérôme.

El orientalismo es la manera que tienen los medios y los eruditos occidentales de interpretar y describir el mundo oriental, desde un punto de vista, supuestamente, objetivo. Se trata de un concepto que va asociado a la crítica de cómo Occidente llegó a crear un relato sobre Asia que legitimase su invasión y colonización.

En este artículo veremos en qué ha consistido el orientalismo y de qué manera ha sido el brazo cultural con el que Occidente ha dominado Asia, especialmente Oriente Próximo y Oriente Medio, según teóricos como Edward Said, famoso por dar a conocer este concepto.

Los orígenes del orientalismo como idea

Autores vinculados al continente asiático y a la cultura árabe han denunciado activamente tanto la perspectiva sobre Asia que se difunde en en los centros educativos del primer mundo como los estereotipos asociados a Oriente transmitidos por los medios de comunicación. Edward Said, teórico y activista, plasmó estas críticas en sus famosas obras-ensayos Orientalismo y Cultura e imperialismo.

Según Said, la sociedad occidental ha aprendido a referirse a los habitantes de Asia apelando a un concepto de "lo otro", lo desconocido, algo que establece una frontera moral y empática entre esas gentes y los herederos directos de la cultura europea. Lamentablemente, esta es la postura que ha tomado gran parte de los académicos orientalistas europeos.

Misioneros, exploradores y naturalistas que se adentraron en Oriente pa examinarlo hicieron muchas obras nuevas, pero también impusieron una visión externa sobre la heterogeneidad cultural de Asia Incluso aquellos llamados por la curiosidad por lo extraño, hicieron más fácil que el límite entre el nosotros y el ellos convirtiera a las sociedades orientales en un enemigo a vencer y conquistar, ya fuese para proteger a Occidente o para salvar de sí mismos a los asiáticos y árabes.

El relato civilizador

De una manera que escapa de cualquier razón, desde tiempos del dominio romano, se ha visto cierta necesidad por parte de los grandes imperios de “civilizar” a los pueblos orientales, de ayudar a los bárbaros a desarrollarse para sobrevivir en una condiciones óptimas. El relato que se ha construido desde el siglo XVIII en los libros de historia respecto del orientalismo ha sido, tristemente, el de dominación.

No importa el autor ni la condición intelectual de los escritores o narradores que hablan de Asia a través del orientalismo, todos ellos cumplen el mismo patrón descriptivo: asociar todo lo que se hace allí a los malos hábitos del extranjero, del salvaje, del infiel, del subdesarrollado… En definitiva, se hace una descripción simplista de las gentes de Asia y sus costumbres, utilizando siempre los conceptos característicos de los occidentales, así como su escala de valores, para hablar sobre culturas que se desconocen.

Incluso si se ensalza el exotismo de oriente, se habla sobre estas peculiaridades como algo que solo se aprecia desde fuera, un fenómeno que no es tanto un mérito de los orientales como un rasgo que ha aparecido de manera no buscada y que solo se aprecia desde fuera. En definitiva, el orientalismo separa a los orientales de aquello de lo que podrían estar orgullosos.

Se podría afirmar que el relato binario de la visión occidental respecto del mundo oriental, el "nosotros" y el "los otros", ha sido cuanto menos negativo para la gente de Asia, especialmente si se le asocia otra raza. El punto de vista occidental, que se autoproclama como poseedor de la verdad y la razón, anula cualquier posibilidad de réplica por parte del observado. Es esa franja imaginaria entre Occidente y Asia impuesta por el orientalismo la que ha permitido una visión distorsionada de lo extraño, de lo desconocido, de manera que esta simplificación hace fácil concluir que se trata de una cultura inferior.

El legado del relato orientalista

Para eruditos especialistas en orientalismo como Edward Said o Stephen Howe, todo el análisis, exploración e interpretación que surgió de las enciclopedias occidentales, especialmente inglesas y francesas, supuso un allanamiento del terreno para la legitimación y justificación del colonialismo de la época. Las expediciones a Egipto, Siria, Palestina o Turquía servían para elaborar informes favorables a una potencial intervención político militar en la zona: “tenemos el deber de gobernarlos por el bien de la civilización propia de los orientales y la de Occidente por encima de todo”, dijo Arthur James Balfour en 1910.

Este fue uno de los discursos que representó el papel de Inglaterra en la época colonial del siglo XIX, al ver peligrar su influencia en el Magreb y el Próximo Oriente fruto del creciente nacionalismo local (árabe, africano, otomano) y las tensiones por los recursos económicos de la zona como el Canal de Suez. Lo que se suponía que debía ser un diálogo entre Occidente y Oriente, resultó ser una herramienta política de ocupación por parte de las potencias Europeas.

Eveling Baring, el denominado “dueño de Egipto”, aplastó la rebelión popular nacionalista del coronel Ahmed al-Urabi (1879-1882) en nombre del Imperio Británico, y poco tiempo después, propinó otro discurso de dudosa imparcialidad: “según el conocimiento y experiencias occidentales, atemperados por consideraciones locales, consideraremos lo que es mejor para la raza sometida”. Una vez más, se incurre sin ningún tipo de pudor ni remordimiento.

La crítica de Edward Said

No se entendería un debate plenamente orientalista sin mencionar al erudito y escritor palestino Edward W. Said (1929-2003) por su obra Orientalismo. Este ensayo describe meticulosamente los tópicos y estereotipos que se han construido a lo largo de los últimos siglos sobre todo aquello oriental, árabe o incluso musulmán. El autor no hace un estudio de la historia de Oriente, más sí destapa toda la maquinaria propagandística de “clichés ideológicos” para establecer una relación de confrontación entre Oriente y Occidente.

Tanto en el siglo XVIII como en el XIX, se acuñó la dicotomía de “nosotros y los otros”, siendo los segundos la civilización inferior que necesitaba ser controlada por un poder central desde Europa. La época de descolonización supuso un revés para los intereses de las potencias históricas, quedando huérfanos de argumentos para perpetuar la injerencia sobre los intereses de Oriente.

Consecuentemente, la propaganda conservadora occidental volvió a confrontar a dos culturas con un término inequívocamente belicista: “el choque de civilizaciones”. Este choque responde a la herencia del orientalismo para avalar los planes geoestratégicos por parte de la superpotencia de Estados Unidos, especialmente para legitimar las invasiones militares de Afganistán e Irak.

Según Said, de nuevo se ponía en marcha un elemento distorsionador y simplificador de todo un conjunto de culturas. El valor que se le daba a la perspectiva del orientalismo fue bien reconocido por sus conciudadanos europeos, que apoyaron cualquier actuación “civilizadora” para con esas tierras que tan lejanas quedan. El escritor italiano Antonio Gramsci hace otra valoración de toda esta “verdad occidental” y procede a deconstruir sus teorías. Para el transalpino, la antropología estadounidense pretende crear un relato homogeneizador de la cultura, y esto se ha visto una y otra vez a lo largo de la historia.