¿Quiénes eran los trovadores? Nos hemos encontrado a esta simpática figura en multitud de películas y novelas, y su imagen, mitad romántica, mitad pícara, es una de las más recordadas cuando se habla de la Edad Media.

Así es; al evocar el mundo medieval, nos vienen a la cabeza estos ardorosos cantores que erraban de corte en corte y de villa en villa, dulcificando con su canto la dura vida de los campesinos o el aburrimiento de la nobleza.

Pero ¿qué hay de verdad (y de mito) en todo ello? En este artículo intentaremos acercarnos un poco más a este mundo que hoy nos parece tan lejano y que, sin embargo, sentó las bases de la poesía moderna occidental.

Diferencias entre los trovadores y los juglares

Primero de todo, debemos empezar por aclarar la diferencia entre trovadores y juglares.

Los primeros solían ser de alta cuna. En la Edad Media Plena la aristocracia empezó a cultivar una delicada educación, que era precisamente lo que les diferenciaba del vulgo.

Los nobles escribían poesía y componían canciones, y a menudo tocaban instrumentos. Lo podían hacer por mera distracción, por prestigio, e incluso por un sincero amor a las artes; pero nunca lo usaban como medio de subsistencia. Esta es la principal diferencia entre estos trovadores, cultos y refinados, y los muy variopintos juglares.

Los juglares solían provenir del pueblo llano (a menudo, de sus estratos más bajos). Ellos sí que usaban sus talentos para ganarse el pan, ya fuera en forma de moneda o a cambio de una cierta manutención. No eran pocos los juglares que eran contratados por señores feudales o autoridades municipales para agasajar al público en festejos concretos, como las fiestas de un santo en particular o en el banquete de una boda.

En cualquier caso, es importante recordar que, usualmente, el juglar no componía, sino que interpretaba las obras de los trovadores. Si embargo, ello no quiere decir que reseñara su fuente: en la Edad Media el concepto de derechos de autor no existía, y las piezas se transmitían oralmente, a menudo sin conocer su procedencia exacta y también cambiando algunos elementos a gusto del consumidor.

Es importantísimo recordar esto: no podemos imaginarnos al artista medieval como un artista de hoy en día. El arte era algo universal y la individualidad no existía. Sí que nos han llegado, por supuesto, nombres y obras de trovadores famosos, que reseñaremos en el último punto.

El nacimiento de la poesía moderna

Antes de los trovadores y juglares, toda la poesía era en latín, la lengua de la cultura. Por supuesto que a nivel popular existió siempre una manifestación poética en lengua vulgar, pero a ningún clérigo o caballero se le hubiera ocurrido componer en otra lengua que no fuera el idioma de la Iglesia. Es en el siglo XII cuando todo empieza a cambiar.

Pero, primero de todo, puntualicemos: ¿qué es la lengua vulgar o lengua romance? Son aquellas lenguas habladas por el pueblo, algunas derivadas del latín, otras provenientes de otras ramas lingüísticas. Son el castellano, el catalán, el gallego, el francés, el portugués, el alemán, el inglés...

Paulatinamente, esta lengua del pueblo (que ya no usaba el latín para comunicarse), se fue haciendo fuerte y fue reivindicando su lugar en la literatura. Los trovadores recogieron este testigo y elevaron la lengua romance a verdadera poesía.

Las primeras composiciones trovadorescas se escribieron en la lengua de Oc, originaria del sur de Francia (de la región que se conoce como Occitania). La moda se impuso, por lo que era muy frecuente que los trovadores de otras latitudes usaran esta lengua, y no la suya, para componer.

La poesía de los trovadores supuso el inicio de la literatura moderna occidental, ya que se revalorizó la lengua romance y se hizo apta para expresar sentimientos elevados. En el siglo XIII y XIV, autores importantísimos como Dante o Petrarca recogen esta herencia; así, La Divina Comedia del florentino se convirtió en la primera gran obra escrita en lengua vulgar.

A partir de entonces, las grandes epopeyas y los cantos de amor y de muerte ya no se cantarán en latín. Este quedaría relevado a las universidades y a los escritos científicos, que seguirían usándolo hasta bien entrado el siglo XVIII.

El amor cortés

La Plena Edad Media es la época del amor cortés, y con él están estrechamente relacionados los trovadores. Pero ¿qué es el amor cortés?

El término es relativamente reciente. Apareció en el siglo XIX para referirse a toda esta poesía y galantería practicada por los trovadores y sus damas. En la Edad Media, se usaba el término "Fin’amor", es decir, Amor Fino, Amor Puro, para distinguirlo del "Fals Amor" o Amor Malo.

El Fin’amor se practicaba en las altas esferas. Se trataba de una relación de amor platónica entre una dama casada y su fiel enamorado, que componía para ella. Este enamorado, convertido en trovador, le dedicaba poemas y canciones, ya alabando su blanco cutis o su abundante cabellera, ya manifestando su sufrimiento por no poder estar con ella. Estos cantos de amor son el ejemplo más refinado y exquisito del maravilloso lirismo medieval, por desgracia todavía muy poco conocido.

Pero, como siempre, no todo es oro lo que reluce. Es cierto que la mayoría de estas relaciones estaban estrictamente circunscritas a la moral y el honor caballeresco: una dama no podía acostarse con su amante si no quería ser tachada inmediatamente de adúltera. Sin embargo, existieron no pocas excepciones, y es sabido que los placeres carnales era uno de los galardones ofrecidos por algunas damas a cambio de que su enamorado permaneciera fiel y célibe por amor a ella.

La Iglesia y los trovadores

En este punto, nos hacemos una pregunta: ¿toleraba la Iglesia estas manifestaciones amorosas, por muy platónicas que fueran? Sí y no. Obviamente, la moral cristiana condenaba el adulterio. Por otro lado, el ideal de amor cortés se basaba en la castidad, puesto que el enamorado rechazaba el acto sexual por amor a su dama.

En este sentido, asistimos al nacimiento de un nuevo modelo femenino: la mujer como objeto de adoración, casi un elemento sagrado, una religión. La relación que se establece entre ella y el trovador nos recuerda inevitablemente a la relación de vasallaje del régimen feudal: ella es el amo, el señor, el dueño; el enamorado, el vasallo que le sirve y que pone toda su valía a su servicio.

La Iglesia aceptaba la poesía trovadoresca siempre que esta hablara de conceptos "elevados": es decir, vidas de santos y gestas heroicas (como el famoso Cantar de Mio Cid), por su alto contenido didáctico y moral. Sin duda estaba bien visto que un noble cultivara la poesía para "elevar su alma".

Sin embargo, su actitud hacia los juglares fue bastante diferente. Estos saltimbanquis que erraban de ciudad en ciudad, a menudo divirtiendo a la gente con canciones obscenas, eran considerados la esencia del mismo demonio, y los eclesiásticos aconsejaban no dejarse embaucar por ellos y mucho menos recibirlos en casa.

Algunos ejemplos de trovadores famosos

No podemos terminar este artículo sin reseñar brevemente algunos de los más importantes trovadores de la Edad Media. He aquí algunos nombres.

Marcabrú (s. XII)

Originario de la región de Gascuña (aunque, por su origen humilde, poco se sabe de su vida), este trovador también ejecutaba sus propias composiciones. Su obra contiene una fuerte moralidad, al situar el Fals Amor como un engaño, una perversión. Solo el Fin’amor tiene cabida, solo el Fin’amor es excelso y digno de ser sentido.

Guillermo de Poitiers (1071 – 1127)

Considerado el primero de los trovadores, Guillermo nace en el seno de una familia noble. Inquieto y con una personalidad compleja, adquirió fama de libertino y de blasfemo; su obra contiene elementos tanto místicos como obscenos. También cultivó la poesía cortés tan de moda en la época, y todo ello hace de él uno de los trovadores más importantes del Medioevo.

Jaufré Raudel (s. XII)

Nace también noble y pronto parte a la Cruzada de Oriente, de la que parece ser que nunca regresaría. Allí cayó rendido de amor ante la condesa de Trípoli, de la que se cuenta que se enamoró sin ni siquiera verla... este amor imposible, lejano y casi místico, hace de Raudel uno de los mayores representantes del Fin’amor.

Bernart de Ventadorn (s.XII)

Genealógicamente, corresponde a la época de los últimos trovadores. Bernart de Ventadorn es de origen humilde, aunque es incierta su procedencia y su biografía. Su estilo es directo y sencillo, traspasado por una encantadora sinceridad. Toda su obra gira en torno al Fin’amor y la importancia de este en la vida humana. Algunos críticos lo consideran el mejor de los trovadores medievales.

Referencias bibliográficas

  • El Capellán, A. (2020) El amor (cortés). Madrid: Akal.
  • Herrero Masari, J.M (1999). Juglares y trovadores. Madrid: Akal.
  • Varios Autores (1986). Lírica románica medieval, Murcia: Universidad de Murcia.
    • Varios autores, (2003) Diccionario razonado del Occidente Medieval. Madrid: Akal.