Todos hemos oído hablar de la Peste Negra. Este triste episodio de la humanidad ha aparecido en numerosas obras literarias y en películas, como Un mundo sin fin de Ken Follet o La Catedral del Mar de Ildefonso Falcones, esta última recientemente trasladada a la pequeña pantalla.

Sin embargo, la literatura sobre la epidemia se remonta hasta el mismo siglo XIV, cuando Giovanni Bocaccio, superviviente de la gran mortandad de la ciudad de Florencia, concibió su novela, el Decamerón, como una serie de cuentos cortos que se relatan unos amigos, recluidos en el campo para huir de la pestilencia. La novela empieza con una vívida descripción de la epidemia, que constituye uno de los más elocuentes testimonios de la calamidad que supuso para la población europea.

Bocaccio nos habla de millares de muertos (en una sola ciudad); de esposos que abandonaban a sus mujeres, y viceversa, por miedo al contagio, e incluso padres que dejaban a sus hijos agonizando en el lecho, solos, sin atención ni cuidado. Nos habla de fosas comunes cargadas de muertos, de sepelios rápidos y furtivos, con apenas sacerdotes y con ningún pariente presente para llorar al finado. Da testimonio de la rapidez con que la muerte llegaba, silenciosa, casi sin aviso, del horrible tormento de los enfermos, de la soledad de los moribundos, del caos, del terror, de la confusión.

Esto fue la Peste Negra, la epidemia más escabrosa y mortífera de la historia de la humanidad. En este artículo intentaremos rescatar todos sus aspectos, y también discernir, como siempre, entre la realidad y la fantasía.

La Peste Negra, o el mal que llegó de Oriente

La Europa del siglo XIV era una tierra eminentemente mercantil. Lejos habían quedado los primeros siglos del Medievo, donde la economía era predominantemente local y prácticamente de subsistencia. En efecto, hacia el siglo XI todo empezó a cambiar: los burgos adquirieron nueva fuerza con la reactivación de la economía; apareció la clase burguesa y, con ella, adquirieron nueva vitalidad e importancia las rutas mercantiles, que ahondaban sus raíces en la lejana Asia.

Una de las rutas más importantes (la Ruta de la Seda) partía de China, recorría todo el continente asiático y desembocaba en Europa. Concretamente, terminaba en las ciudades italianas, que se habían erigido como auténticos líderes en el comercio internacional. Uno de estos centros receptores era Venecia, que, por su situación geográfica, constituía la puerta de entrada de los productos de Oriente.

Entre 1346 y 1347, un ejército mongol puso asedio a la ciudad asiática de Caffa (a orillas del Mar Negro, que en aquel tiempo era una colonia mercantil genovesa). Según el cronista Gabriele de Mussis, los asiáticos se dedicaron a lanzar dentro de la ciudad a sus víctimas de la peste mediante potentes catapultas. Supuestamente, esta fue la manera a través de la cual los genoveses de Caffa se contagiaron de la enfermedad, y que más tarde trasladaron a sus hogares, en Italia.

Sin embargo, se desconoce con seguridad el foco original de la pestilencia. Algunos historiadores, como Ole J. Benedictow, insisten en que su origen fue el mismo Mar Negro, concretamente la Península de Crimea, ya que no se encuentran registros de ningún foco en las regiones más cercanas a China. Por lo tanto, es poco probable que la enfermedad viajara a través de la Ruta de la Seda, como han sugerido otros investigadores.

Sea como fuere, el hecho es que en 1348 la pestilencia estaba ya en Europa. La pandemia se movía con una rapidez extraordinaria en comparación con las otras epidemias de la Antigüedad, y a mediados de aquél fatídico año ya había arrasado la mayor parte de los territorios europeos. Las cifras son aterradoras: solo 2 habitantes de cada diez escapaban a la muerte. El terror no había hecho más que empezar.

El fin de la abundancia y el castigo de Dios

Europa había dejado muy atrás los llamados terrores del año Mil. Los decenios anteriores a la gran Peste habían sido fructíferos: prosperó la actividad agrícola y ganadera debido a la bondad climática y a la mejora de las técnicas de cultivo, y todo ello se tradujo en una mejora considerable en la alimentación que conllevó a su vez un extraordinario aumento en la población.

Pero al iniciar el siglo XIV, las cosas empezaron a torcerse. Según muchos autores, entre ellos el eminente medievalista francés Jacques Le Goff, esta situación provocó un agotamiento en la capacidad productiva, y llegó un punto en que fue imposible alimentar a toda la población europea. Además, las buenas condiciones climáticas desaparecieron, dando paso a la llamada Pequeña Edad de Hielo, en la que granizos y heladas provocaron unas cosechas exiguas y a todas luces insuficientes para tantas bocas.

Todo ello, como era de esperar, provocó una hambruna desmedida que debilitó a la población y la dejó prácticamente indefensa ante la llegada de la Peste Negra. El resultado: la muerte se cebaba incluso entre los más jóvenes y aparentemente más sanos, y no diferenciaba en absoluto entre sexos, edades ni estamentos sociales. Por todo ello, los europeos del momento creyeron que la pestilencia era un castigo de Dios por sus muchos y graves pecados.

Penitencia versus carpe diem

En este punto, se desató la histeria religiosa. Procesiones interminables, rogativas para pedir misericordia a Dios, flagelantes que desgarraban su piel para lavar con su sangre los pecados del mundo… se difundieron las llamadas Danzas de la Muerte, macabras representaciones musicales en que la Parca llamaba a los vivientes a partir hacia su reino. El pesimismo se extendió por Europa; nadie creía realmente que la humanidad pudiera sobrevivir a este segundo Diluvio. Era el fin.

Curiosamente, esta certeza de que los tiempos terminaban y, con ellos, la vida, hizo proliferar en algunos sectores y grupos sociales una reacción absolutamente contraria a la que antes hemos comentado. En lugar de retirarse a rezar, o a hacer penitencia para pedir a Dios el perdón de los pecados, ciertas personas eligieron el carpe diem como respuesta al naufragio colectivo. Así, muchos se dedicaron a divertirse, beber y comer, frecuentar más que nunca los burdeles de las ciudades, e incluso descuidaron sus quehaceres y sus obligaciones. ¿Qué más daba? El mundo se acababa. Y si se acaba, debían pensar esas gentes, mejor que aprovechemos estos últimos momentos y que nos llevemos un buen recuerdo al otro mundo.

Esta segunda reacción es la que recoge Bocaccio en el Decamerón antes citado, cuando nos narra la historia de estos diez jóvenes que se enclaustran en una hermosa villa en el campo para esperar a que pase la peste, y que para mitigar su tedio se dedican al amor, a la comida, a la música, a la risa y al escarnio. En pocas palabras: se ríen de la muerte.

“La estigmatización de los judíos

Desconocedores de la naturaleza de la enfermedad, los medievales solo podían establecer conjeturas al respecto. Y como es sabido que en todas las desgracias siempre tiene que haber un chivo expiatorio, en esta ocasión le tocó el turno a la comunidad judía.

Se acusó a los judíos de actos tan viles e inauditos como envenenar los pozos de agua para propagar la pestilencia. Así, se registraron numerosos ataques populares a los barrios judíos, y en algunos lugares llegaron a ser realmente atroces. En Tárrega, por ejemplo, se cuentan unas 300 víctimas, que murieron todas ellas de forma realmente escabrosa.

Sin embargo, no queda claro si los atacantes creían realmente la historia del envenenamiento, o si este no era más que una excusa para dar rienda suelta a su odio. No está de más recordar que el empobrecimiento de la población había hecho imposible la devolución de los préstamos otorgados por los banqueros judíos… y muchos de los cristianos no lo perdonaron.

Las ratas y la peste

Obviamente, en la Edad Media se desconocían los elementos patógenos causantes de las enfermedades. De hecho, no fue hasta una fecha muy reciente, 1870, que la ciencia consiguió por fin descubrir a estos minúsculos seres que eran responsables de tanta muerte y sufrimiento. Y fue a finales del siglo XIX, a raíz de un brote de peste acaecido en China, cuando el Dr. Yersin describió de forma minuciosa al microorganismo responsable de causar la enfermedad. En su honor, se bautizó al pequeño enemigo como Yersinia Pestis.

Pero, ¿cómo actuaba la Yersinia? Se demostró que el principal portador de la bacteria era la rata negra, muy común en Europa. A partir del roedor, las pulgas que se alimentaban de su sangre podían desplazarse al ser humano y transmitir la enfermedad. Con unos niveles mínimos de higiene este contagio era prácticamente imposible, pero tenemos que recordar que en la Edad Media, las ratas eran huéspedes habituales tanto en las ciudades como en el campo.

Las diversas pestes

Además del contagio a través de las pulgas de las ratas, existía otra manera de contraer la enfermedad. Y era a través de las expectoraciones de los enfermos. En este punto tendremos que aclarar que la Peste Negra se manifestó de tres maneras diferentes.

Una, la peste bubónica (la más común y famosa), por la que la bacteria viajaba por el sistema linfático e inflamaba los ganglios, que se convertían en bubones.

Una segunda forma, también bastante usual, en que la bacteria conseguía llegar al torrente sanguíneo y, a través de éste, instalarse en los pulmones del enfermo. En este caso aparecía la peste neumónica, cuyos síntomas eran tos persistente y expectoración de esputos sanguinolentos, altamente contagiosos.

Finalmente, una tercera modalidad de Peste Negra fue la septicémica, la más peligrosa de todas y que nunca dejó ningún superviviente. En este caso, la bacteria proliferaba en la sangre y la infectaba. Aparecían entonces manchas negras en la piel del enfermo, y este fallecía unas horas después del contagio. Es la modalidad que más terror levantó (la “muerte súbita”), puesto que una persona podía estar sana por la mañana y fallecer horas después, entre convulsiones y fiebres altísimas.

Europa después de la Peste Negra

A finales del siglo XIV, Europa estaba literalmente arrasada. Hacia 1353 habían muerto tres partes de su población (esto es, unos 25 millones de personas). Pueblos enteros estaban deshabitados, los campos no se cultivaban por falta de mano de obra, las ciudades habían perdido el impulso mercantil debido a la elevada mortandad (en Florencia, por ejemplo, solo sobrevivió una quinta parte de la población).

La Peste provocó, asimismo, un cambio social importante: los pocos campesinos que quedaban, conscientes de que los señores les necesitaban para trabajar las tierras, empezaron a demandar cada vez más derechos. No es de extrañar, pues, que las grandes revoluciones campesinas, como la Remença, que bañó Cataluña en sangre, se dieran en esos años de inestabilidad y cambios.

El mundo nunca volvería a ser igual después de la Peste Negra. De hecho, no pocos historiadores sitúan este hecho capital como la puerta de salida de la Edad Media en Europa.

Referencias bibliográficas:

  • Benedictow, Ole J., La Peste Negra (1348-1353). La historia completa, ed. Akal, 2011
  • Le Goff, Jacques, La Baja Edad Media, ed. Siglo XXI, 2016
  • Bocaccio, Giovanni, El Decamerón, ed. Espasa Libros, 2010
  • Varios autores, Manual de Historia Medieval, Alianza Editorial, 2016