En la adopción, como en todas las decisiones trascendentales de la vida, es importante prepararse tanto legalmente como emocionalmente.

La adopción, desde el punto de vista legal, se constituye por resolución judicial, busca el interés del menor, comporta la consecución del derecho a la patria potestad y determina la desaparición de los vínculos jurídicos entre adoptado y familia biológica. Desde el punto de vista emocional, significa acoger como hijo, con todos los derechos y obligaciones a un niño procedente de un entorno diferente, con una cultura y costumbres distintas a las nuestras.

La adopción genera, por un lado, nuevos vínculos afectivos y, por otro lado, el desarrollo de nuevos roles y funciones por parte de los padres y por parte del hijo. Este artículo pretende ofrecer algunas recomendaciones que faciliten la reflexión del significado de adoptar y la preparación de la llegada del niño a la familia.

Ideas clave para gestionar psicológicamente un proceso de adopción

En el instante que se arraiga un deseo de adopción, lo que se plasma es la historia de un acercamiento entre diferentes personas que cuentan con unos sentimientos y unos estados de ánimo derivados de su historia y vivencias personales.

La adopción es un camino largo de aprendizaje y gestión de emociones, tanto del niño que se incorpora a una familia, como de unos adultos que se inician en el papel de padres de una “personita” que lleva una carga que en muchas ocasiones ellos desconocen.

Este camino requiere que los futuros padres tengan conocimiento de sus propios sentimientos, de los sentimientos de la pareja, de la respuesta familiar y social y de lo que es imprescindible para subsanar las carencias del niño adoptado. No olvidemos que: “un niño adoptado, es un niño abandonado”.

El abandono supone una rotura del vínculo que dejará una herida en el niño y le generará un apego inseguro. Tras un periodo de tiempo con su familia adoptiva, los porcentajes de apego seguro aumentan debido a que una relación próxima y positiva genera seguridad y, por tanto, capacidad para restablecer lazos afectivos.

Es importante tomar consciencia de que para que la adopción sea un éxito los padres, como figura principal de apego y reparadores de las heridas del niño, deben sentirse fuertes y estar convencidos de su capacidad como figuras protectoras y dadoras de afecto. Esta fuerza y capacidad pasan por trabajar las emociones que les invaden a ellos y al niño, en cada una de las fases, utilizando sus recursos internos o contactando con profesionales que les faciliten herramientas y pautas.

La importancia de la gestión de las emociones al adoptar

Que nadie se sienta culpable si en un momento determinado le fallan las fuerzas o se siente desanimado y perdido; es fruto de la montaña rusa que originan las emociones. Es importante saber que en la próxima curva la felicidad y la alegría explotarán. Desde el momento que decidan adoptar un niño, esta vorágine de emociones les acompañará toda la vida.

Los padres adoptivos inician el camino de la paternidad por una vía diferente a la biológica, y ello supone unas vivencias y emociones distintas, para unos y otros, en cada una de las etapas que conducen a construir una familia.

Las etapas de la adopción

Aunque las etapas sean similares (espera, asignación-alumbramiento, encuentro, juicio en caso de adopciones internacionales, adaptación e integración y consolidación como familia) las vivencias de cada una de ellas y las emociones asociadas difieren en gran manera de una forma de paternidad a otra.

1. Etapa de espera

Una vez tomada la decisión de construir una familia por la vía adoptiva y entregada la solicitud de adopción, el camino se inicia con la etapa de la espera: es una fase larga, en la que una vez realizados los trámites legales y elaborada la documentación el tiempo pasa muy lentamente. A diferencia de los padres biológicos que saben que a los nueve meses conocerán a su hijo, los padres adoptivos desconocen el tiempo que pueden y ello les provoca incertidumbre, impaciencia y desencanto bañado de mucha esperanza.

2. Asignación

En un momento indeterminado, entramos en la segunda etapa: la asignación. Los padres reciben una llamada en la que les comunican que su hijo les está esperando, les explican las características y antecedentes del niño y les preguntan si lo quieren conocer. Este es un momento muy intenso y de gran confusión. Por un lado, el deseo tan anhelado del encuentro y por otro, el miedo de que no se cumplan las expectativas creadas.

Es inevitable crearse una imagen sobre el "angelito" que van a conocer y preguntarse cómo reaccionará al verlos (me rechazará, me aceptará, que pensará, como se sentirá, porque lo dejaron, que habrá vivido…). Vienen a la cabeza un montón de preguntas sin respuesta que generan mucha ilusión, nerviosismo, miedo, angustia e inseguridad ante lo desconocido, que se superan por el deseo absoluto de conocer al niño e iniciar la andadura como padres.

3. Encuentro

El primer encuentro es la etapa más esperada, donde el mayor anhelo de los futuros padres se hace realidad: conocer a su hijo. Al llegar al centro donde se encuentra el niño, los padres reaccionan de diversas maneras: algunos lloran, otros ríen, otros se colapsan, o tienen reacciones que definen al pánico (los padres se sienten aterrorizados de no estar a la altura de la “personita” que conocerán en breve).

El niño, por su lado, se siente ansioso e indefenso: “voy a tener unos papás, no sé qué es, ni lo que me va a pasar, no les conozco y esto me pone muy nervioso”. En un primer momento los padres sois perfectos desconocidos; aflorarán sentimientos de extrañeza mútua y de desconfianza del niño hacia los padres. Es necesario relajarse, transmitir serenidad y respetar la conducta del niño para conseguir que él también se relaje y podais interactuar. El modo más fácil para acceder al niño es mediante el juego.

Generalmente pasado un tiempo prudencial, el niño aceptará jugar con vosotros y en ese instante comienza a construirse la relación que durará toda la vida y forjará el vínculo. Cuando este ocurre, la felicidad embarga a padres e hijo y es el augurio de un éxito seguro.

4. Adaptación

Luego entraremos en la etapa de la adaptación, cuya finalidad es el conocimiento mútuo e ir construyendo la relación que generará confianza y desembocará en la adopción.

Aunque este periodo puede ser muy distinto entre las adopciones nacionales y las internacionales debido a la diferencia en el proceso legal, la emoción principal es la alegría, que surge desde lo más profundo de nuestro corazón y nos aporta la tranquilidad, el bienestar y el amor que nos empuja a explorar el entorno y a profundizar en el conocimiento del otro.

Una vez las entidades competentes decidan que la adopción es favorable, tanto los padres como el niño están preparados para empezar una aventura en común que se formalizará, dando comienzo a la aventura real de construir una familia.

Esta etapa comienza el día en que se recoge al niño del centro donde ha pasado los últimos meses o años de su vida. Ello supone para el niño un golpe emocional muy fuerte que le genera indefensión y mucha ansiedad y que, generalmente, se plasma con lloros desconsolados ante el miedo, la rabia, el enfado o la desconexión con el entorno, en el fondo otra pérdida.

Los padres afrontan esta situación de forma distinta, sienten una emoción profunda cargada de ternura, amor, alegría, acompañadas de cierta angustia. Renunciar a todo y ponerse en la situación del niño, que se siente como si lo acabaran de secuestrar, facilita poder entenderlo y ayudarlo a superar su dolor. Entender el estilo relacional que ha vivido, los vínculos afectivos que ha tenido, las relaciones grupales no individualizadas, no sentirse exclusivo, no saber qué es un padre o una madre..., facilitará sus primeras andaduras en el entorno familiar.

5. Consolidación como familia

Una vez fuera del centro es el momento de la verdad, es el inicio del camino como familia. Al llegar a casa, el niño puede mostrarse curioso y explorar el entorno tocándolo todo o, por el contrario, puede mostrarse inhibido y no moverse.

A partir de este momento el niño deberá afrontar muchos cambios: el modo de relacionarse (del ámbito institucional al ámbito familiar), la situación de abundancia (afecto, relación, juego), el cambio cultural (clima, idioma, alimentación, entorno) y en ocasiones la diferencia étnica.

El niño siente desorientación, inquietud y expectación. No se fía de que las nuevas condiciones sean permanentes. Debe entender que esta vez es diferente y no lo abandonarán. Necesita entender qué le está pasando, acostumbrarse a su nueva situación y aprender qué significa vivir en familia. Por ello, es importante que antes de iniciar su vida escolar pasen un periodo prolongado en casa para fortalecer los vínculos afectivos con el entorno familiar.

Como padres, observando al niño, escuchándole, viendo qué expresa y cuáles son sus carencias, persiguiéndole para cubrir sus necesidades y demostrándole que estáis ahí para protegerle, cuidarle y quererle, conseguiréis consolidar su integración en la familia. Esto implica “acompañar a su hijo en su crecimiento y atender a su formación como ser humano protegiéndole y dándole afecto, valores y normas que lo ubicaran en la vida social” (Meltzer,1989).

Es necesario no olvidar que ”como padres, los adoptivos, han de cumplir las mismas funciones que los padres biológicos, pero con un plus que proviene del niño adoptado. El plus de los padres adoptivos es reparar los daños y secuelas derivadas de toda la historia previa del menor.” (Miravent y Ricart (2005)).

En este proceso reparador participan los padres y la familia extensa, para que el niño pueda sentirse uno más de la familia es necesario que desde la familia se fomente la actitud integradora y el sentimiento de pertenencia. A medida que el niño se sienta seguro en el entorno familiar, se atreverá a explorar otros entornos y comenzará a caminar solo, investigará en sus orígenes, elaborará su identidad y se convertirá en un adulto feliz.