La Psicología del Desarrollo es la rama de la Psicología que se encarga de comprender los procesos de desarrollo madurativo de las personas desde la primera etapa de la vida hasta la tercera edad, incluyéndolas a ambas.

Utilizando estos conocimientos, los expertos en salud mental podemos establecer cuáles son los comportamientos y las situaciones que fomentan un buen desarrollo psicológico, y cuáles son aquellos elementos que son capaces de “desencarrilar” estos procesos.

La infancia es, de entre todas las fases de la vida, la que merece especial atención, dado que en estos primeros años somos especialmente sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor y a las consecuencias de nuestras acciones. De hecho, exponernos a experiencias que nos marcan negativamente puede generarnos problemas que nos duren años o incluso décadas si no se cuenta con ayuda psicológica profesional.

En este artículo vamos a centrarnos en una de las principales vías por las que, para bien y para mal, lo que pasa en el contexto en el que nos creamos influye en nuestro desarrollo e incluso en lo que tendemos a hacer, pensar y sentir una vez somos adultos. Se trata de los tipos de apego que establecemos con nuestros padres y madres.

¿Qué es el apego?

Técnicamente, el apego es el conjunto de fenómenos psicológicos que nos llevan a adoptar patrones de comportamiento concretos y estables cuando nos relacionan con otros individuos o grupos. Pero a la práctica, en el caso de la Psicología del Desarrollo el concepto de apego que resulta más interesante es el que hace referencia a los patrones de comportamiento, de pensamiento y de gestión de las emociones que desarrollamos a raíz del modo en el que en nuestra infancia interactuamos con nuestras personas de referencia: los padres y madres, o en su ausencia, las personas que adoptan estos roles.

Y es que los seres humanos no maduramos psicológicamente de modo autosuficiente, interactuando por nosotros mismos con el mundo. Somos una especie caracterizada por nuestra marcada dependencia de los adultos durante nuestros primeros años de vida, y esto no es por casualidad. Si somos capaces de pensar de manera sofisticada y poseemos una gran inteligencia es precisamente porque en la mayoría de los casos disponemos de una red de ayuda conformada por la sociedad, y en el centro de esta red se encuentran las figuras más importantes: nuestros padres y madres.

Por lo general, esto nos permite tener muchas necesidades garantizadas, de modo que nuestro cuerpo se puede permitir poner el foco en el mantenimiento y desarrollo de un gran cerebro que rápidamente se va llenando de información. Y como esto nos predispone a aprender mucho desde muy pequeños, estamos constantemente interiorizando conocimientos, incluso aunque no nos demos cuenta. Y en este sentido, la interacción con los padres y madres es una de las principales vías de entrada de información.

Sin embargo, lo que aprendemos a través de la relación con nuestros cuidadores no se queda simplemente en el terreno de lo intelectual: involucra nuestras emociones, pues lo emocional es una de las vías de aprendizaje más rápidas y capaces de dejarnos cosas grabadas en la memoria. Por ello, prácticamente desde el principio de nuestra existencia desarrollamos un determinado tipo de apego con estas personas. Este tipo de apego generará un “efecto dominó” en nuestra predisposición a comportarnos, ya que en esa etapa de la vida está casi todo por explorar y a la vez nuestros referentes principales, los cuidadores, tan solo son uno o dos.

Así, la madre o el padre son la zona que nos resulta familiar y desde la que exploramos lo desconocido. Pero, lamentablemente, no en todos los casos “familiar” significa “seguro” o “agradable”, y esto puede dar lugar a problemas a largo plazo derivados de un tipo de apego disfuncional.

Los elementos en los que los psicólogos especializados en Psicología del Desarrollo se fijan para conocer qué tipo de apego ha desarrollado o está desarrollando un menor son, principalmente, la aparición de estos patrones de conducta por parte del niño o niña, dirigidos hacia la madre o el padre:

  • La búsqueda de contacto directo y físico
  • El grado en el que ese contacto directo es mantenido sin interrupciones
  • La resistencia al contacto o a los intentos de ayudar y/o proteger
  • La tendencia a evitar el contacto

A partir de estos criterios es posible establecer la presencia de distintos estilos de apego, los cuales explicaremos a continuación.

Los tipos de apego en la infancia, y su influencia en la adultez

Ahora que hemos visto en qué consisten los patrones de apego desarrollado durante la infancia, es momento de entrar en detalles y comprender los detalles y características distintivas de cada uno de ellos, así como del modo en el que afectan al desarrollo de la personalidad adulta.

Del mismo modo en el que el modo en el que se dispongan los cimientos de un edificio limitarán las formas que pueden adoptar las construcciones que vayan sobre ellos, los tipos de apego que hayamos desarrollado en nuestra infancia, principalmente ante los papás y mamás, también tienen una gran influencia en los caminos que vaya a ir transitando nuestro desarrollo de la personalidad y de los patrones de comportamiento que expresamos en la edad adulta.

Por eso, comprender bien el modo en el que se está produciendo la crianza de un niño o niña resulta útil para prevenir la aparición de futuras complicaciones psicológicas y de patones de interacción social disfuncionales.

Eso sí, sería un error creer que los tipos de apego desarrollados en los primeros años de vida afectan solo al modo en el que tendemos a relacionarnos con los demás una vez somos adultos.

Desde luego, este ámbito de la vida es uno de los que muestran más claramente cómo llegamos a vincularnos con nuestros cuidadores primarios durante la infancia, pero no hay que olvidar que el modo en el que aprendimos a interactuar con los demás siendo niños configura nuestra manera de pensar y de sentir en general; a fin de cuentas, si pensamos a través de conceptos abstractos es gracias a la socialización y al uso del lenguaje que “heredamos” de los demás.

Por eso, los tipos de apego también participan en todos los procesos psicológicos de tipo internalizante: el mantenimiento de una u otra forma de autoestima, nuestra manera de ver la realidad y, en general, la filosofía de vida que adoptamos sin darnos cuenta y que nos lleva a ser como somos.

Dicho lo anterior, estas son las distintas maneras en las que los tipos de apego influyen en las dinámicas de comportamiento una vez se ha llegado a la etapa adulta.

1. Apego seguro

El apego seguro se da cuando los padres consiguen ajustarse al equilibrio de necesidad de protección y de libertad de los pequeños: les dejan explorar a su aire pero con seguridad, y a la vez están ahí para todo lo que necesiten, tanto material como afectivamente. Por ello, es el tipo de apego más deseable.

En cuanto a sus implicaciones para la adultez, las personas que desarrollaron esta forma de apego tienden a sentirse apoyadas por las personas con las que tienen confianza y en general se ven con ánimo para emprender sus proyectos si se dan las condiciones materiales e intelectuales para conseguir esa meta. Además, lo tienen más fácil para desarrollar una buena autoestima.

2. Apego evitativo

En el apego evitativo, los pequeños aprenden que no pueden esperar gran cosa de sus cuidadores, y por eso muestran una tendencia a la evitación de las experiencias sociales y parecen ensimismados en estímulos en los que pueden centrarse como individuos.

Una vez han llegado a la edad adulta, quienes desarrollaron este tipo de apego pueden necesitar ayuda psicológica para aprender a gestionar adecuadamente sus relaciones sociales y adoptar compromisos a largo plazo, dado que les cuesta confiar en los demás y por defecto tienden a centrarse en ellos mismos.

3. Apego ambivalente

En el apego ambivalente, los niños y niñas temen lo imprevisible de las interacciones con sus cuidadores, dado que algunas veces fluyen bien y otras traen consigo experiencias desagradables. El hecho de no saber qué esperar les lleva a desarrollar alteraciones ligadas a la ansiedad.

En la adultez, el apego ambivalente puede dar paso a problemas de ansiedad cuyas consecuencias se van acumulando en el tiempo, y también es habitual desarrollar dependencia en las relaciones de pareja, al sentir preocupación por el abandono.

4. Apego desorganizado

El apego desorganizado es el tipo de apego más dañino, y resulta, directamente, patológico. Se da en familias claramente disfuncionales en las que hay violencia, uso de drogas, malas condiciones de vida, etc. Debido a la hostilidad de este contexto, el apego desorganizado se asocia a trastornos psiquiátricos.

En la etapa adulta, el apego desorganizado se asocia a una mayor predisposición a desarrollar prácticamente cualquier tipo de trastorno psicológico o psiquiátrico, y en una gran porción de los casos hay daño por trauma que debe ser tratado.

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Referencias bibliográficas:

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