“El humano sólo juega cuando es libre en el pleno sentido de la palabra y sólo es plenamente humano cuando juega” –Friedrich Von Schiller

¿Recuerdas la última vez que jugaste por el mero hecho del placer que supone jugar?

A menudo, relacionamos el juego como algo exclusivo de la infancia y sólo pertinente a esa etapa vital. Pero, además, últimamente nos encontramos en que ni los niños tienen tiempo para jugar.

El juego, va mucho más allá de una actividad con valor educativo y pedagógico que entretiene a los más pequeños o que ameniza momentos de los adultos. El juego forma parte de la lista de hitos evolutivos que debemos alcanzar a lo largo de nuestro desarrollo, como por ejemplo, el hito de aprender a caminar.

Fijémonos, en los chimpancés, delfines, perros, leones, entre otros muchos animales, juegan hasta envejecer y morir. Con lo cual, jugar trasciende a la cultura, jugar es necesario para el desarrollo y no deberíamos dejar de hacerlo nunca, del mismo modo que no dejamos de comer, caminar o hablar.

El juego y la expresión

Jugando nos expresamos y regalamos libertad a nuestro cuerpo y a nuestra mente. El juego es una maquinaria de realización que con el paso de los años vamos atrofiando.

Llamaremos “maquinaria de realización” al juego, porqué nos permite vernos a nosotros mismos, conocernos, explorarnos, nos permite realizarnos, ser más libres y desarrollar y descubrir todo nuestro potencial. Si atrofiamos todo esto, nos reducimos a ser personas más manipulables, desconectadas de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, de nuestras emociones y sobre todo de nuestras sensaciones. Aquellas que nos permiten auto regularnos, entendernos, saber qué necesitamos y por qué lo necesitamos.

Jugar nos acerca al momento presente, ya que es de las pocas experiencias que se hacen por el simple placer de hacerlas y no por el resultado o por lo que se consigue. Y eso, cada instante en que estamos conectados al momento presente, es la felicidad.

Familia

Jugando permitimos la libre emergencia de nuestro ser, de lo que necesitamos sacar y expresar, se abre nuestra espontaneidad alineando mente, emoción y cuerpo. Todas aquellas emociones que acumulamos, tensiones, sintomatología ansiosa, cefaleas, entre otras, se pueden liberar en momentos de juego.

¿Cómo recuperar el juego?

Recuperar el juego puede resultar una tarea un poco complicada para algunos. La buena noticia, es que ¡estamos diseñados y preparados, como especie, para ello! ¿Por qué puede costar?

Al haber estado tanto tiempo inhibido, pueden aparecer miedos inconscientes a ser real y espontáneo. Suelen aparecer en forma de bloqueos, como por ejemplo, experimentar vergüenza al jugar o al reír. ¿Por qué tantas veces nos tapamos la cara cuando reímos, si es maravilloso?

Además, a menudo nos encontramos con que que hemos substituido el “placer” por el “deber” y eso va acompañado de una serie de creencias que nos pueden resultar muy limitantes a la hora de sentir dudas en “qué está bien” y en “qué está mal” a la hora de decidir en qué invierto mi tiempo.

Para todas aquellas personas que lleven mucho tiempo sin jugar, son ideales las terapias expresivas. Como por ejemplo, la arteterapia como vehículo de conexión con uno mismo, la risoterapia como práctica del “dejarse llevar” y el “soltar”, la danzaterapia como medio para tomar consciencia del cuerpo y liberar bloqueos.

Beneficios de compartir el juego con nuestros hijos

Dando momentos y espacios de juego libre a los niños dejamos que su desarrollo sea mucho más rico. Pueden explorar, pueden experimentar roles que no les son propios pero que necesitan sentir, pueden descubrirse y sobre todo pueden liberar y expresar todo aquello que no saben hacer con palabras o que ni siquiera aún pueden entender.

Por otro lado, como padre o madre, el poder compartir momentos de juego libre con tu hijo aporta muchos beneficios en el vínculo y el apego. Cuando hablo de juego libre, me refiero a un juego que esté libre de correcciones y libre de juicios. Un juego en que sólo se ponga atención intencionada en el placer, en la diversión, en las risas, en el contacto físico, en las miradas y sobre todo en el amor incondicional.

Compartir este tipo de juego supone aportar seguridad a nuestro hijo, aportarle confianza, para explorar y expresar. Le estaremos transmitiendo que él o ella nos importan, que nos gusta conocer más cosas de él, que su compañía es placentera para nosotros, que es importante que exprese y que está bien que lo haga. Le estaremos validando sus emociones y librándole de sentimientos desagradables por no saber si está bien sentir lo que siente. Y con todo esto, además estaremos construyendo un apego saludable entre madre/padre e hijo/a.

Siendo el desarrollo del apego saludable uno de los aspectos más esenciales del tipo de relaciones que tienen y tendrán nuestros hijos con el mundo, con la realidad y con las personas de su entorno.

¿Qué juegos puedo hacer con mis hijos?

A veces, tendemos a creer que las mejores actividades para nuestros hijos son aquellas muy novedosas y elaboradas. Rompamos con ese mito, no es necesario que los juegos sean de este tipo.

Pueden ser juegos tan sencillos como cantar una canción, bailar, jugar a aguantar la mirada, adivinar con los ojos cerrados cuándo llega el dedo del otro a una de las articulaciones de mi brazo, que cada uno haga un dibujo del otro, adivinar sabores, olores, texturas, objetos con los ojos tapados, hablar imitando a algún animal, hacer ver que sois un animal, una planta, un objeto, un bombero/a, un profesor/a, o cualquier profesión, adivinar películas o personajes de ficción y dibujos animados, hacer una cadena de masajes, entre muchos otros.

Todos estos juegos mencionados anteriormente, no sólo son juegos que apenas requieren de material, sino que también son juegos muy estimulantes para nuestros hijos y para nosotros mismos. Con ellos, además de beneficiarnos de todo lo mencionado en los párrafos anteriores, estaremos estimulando sensorialmente, proporcionando más conciencia corporal de uno mismo que posteriormente les servirá para una mayor auto regulación emocional.

Por lo tanto, hemos visto el por qué el juego es necesario para un buen desarrollo, qué beneficios obtenemos compartiendo el juego y la importancia de mantenerlo a lo largo de toda nuestra vida.

¡Ahora, ya sólo toca jugar, disfrutar y sentir!

“El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió al niño que vivía en él y que le hará mucha falta” –Pablo Neruda

  • Autora: Coral Rodríguez. Psicóloga Infanto Juvenil en ARA Psicología. Especialista en Trastornos de conducta, gestión emocional y Mindfulness.