A todos nos ha pasado en más de una ocasión que, aun teniendo que hacer algo importante, nos distraemos con todo tipo de dispositivos electrónicos. Aunque estemos trabajando, estudiando o, simplemente, comiendo con nuestra familia necesitamos consultar el móvil, aunque solo sea una vez.

Lo consultamos, miramos las últimas notificaciones, quien nos ha enviado un “whats” y si nuestro “crush” ha colgado algo nuevo en su perfil de Instagram. Levantamos la cabeza y nos fijamos que así, a lo tonto, han pasado 10 minutos y, para colmo, no nos acordamos muy bien de lo que estábamos haciendo ¿qué ha pasado?

Las distracciones digitales se están convirtiendo en un dañino hábito en nuestro día a día, que están reduciendo nuestra productividad, nos arrebatan mucho tiempo y nos privan de socializar presencialmente con personas que tenemos justo a nuestro lado. Veamos más a fondo este preocupante asunto.

Las distracciones digitales y sus implicaciones en la vida diaria

A medida que ha ido avanzando el siglo XXI las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) se han ido apoderando de todos los aspectos de nuestras vidas, fenómeno que ha ido todavía a más desde que empezara la pandemia del 2020 y actividades que el grueso común de los mortales hacían de forma presencial, como trabajar, estudiar o quedar con los amigos, tuvieron que convertirse en actividades totalmente virtuales.

Está claro que las nuevas tecnologías y, en especial, Internet y las redes sociales, nos facilitan la vida en muchos aspectos, siendo la situación actual un claro ejemplo de ello. Si no fuera por el mundo online muchas personas no hubieran podido ponerse en contacto con muchos de sus conocidos ni haber podido continuar con su empleo ni sus estudios durante el confinamiento. Internet es una gran biblioteca de información virtual, la cual bien usada tiene muchos beneficios. Sin embargo, en ciertos sentidos también es fuente de daño en nuestra sociedad.

A algunos nos ha pasado que, con el móvil en la mano, vamos paseando por la calle y nos chocamos con otro transeúnte, quien también iba cotilleando el móvil distraído. También puede que nos haya pasado que habiendo quedado con nuestros amigos, estando cenando con la familia o en cualquier otro evento social no hemos podido evitar cotillear los últimos posts de Instagram, ignorando por completo nuestro alrededor y si nos han dicho algo ya ni nos acordamos. Pensamos que podemos hacer varias cosas a la vez, que nos podemos permitir usar las redes sociales y vivir la vida real, pero no es tan sencillo.

Las distracciones digitales son un asunto preocupante, puesto que no implican simplemente desconectar un rato de aquello que estábamos haciendo. Su poder de desconcentración de aquello que estábamos haciendo es tan potente que más que hacernos estar en las nubes nos hace alcanzar niveles estratosféricos. Dejamos de hacer aquello importante que teníamos que hacer y nos pasamos minutos, a veces horas, cotilleando las más recientes publicaciones, posts, notificaciones y mensajes que aparecen nos llaman la atención en la pantalla del móvil.

Algoritmos y adicciones

Antiguamente, las distracciones de cualquier tipo eran debidas a una serie de factores más o menos controlables. A veces la distracción venía solo desde nuestra mente, en forma de pensamiento que nos preocupaba y de difícil control, algo que es totalmente normal en cualquier persona. Otras veces pasaba que alguien nos distraía, diciéndonos o haciéndonos algo que hacía que despegáramos nuestra atención de aquello que hacíamos.

Cuando aparecieron los primeros móviles, o mejor dicho los “troncomóviles”, estos causaban distracciones, pero para nada comparables a los de la tecnología actual y difícilmente podríamos denominarlas “digitales”. Podía ser que nos hicieran una llamada o nos mandaran un “sms” y que eso, naturalmente, nos desconcentrara un poco mientras estábamos trabajando o estudiando, pero ahí se quedaba. Los sms no daba más de sí y las llamadas solo nos distraían el tiempo que duraran.

Pero los móviles se han vuelto inteligentes y, además, han aparecido otros dispositivos similares que nos permiten tener acceso a Internet en cualquier lugar. Antes nuestra entrada a Internet solo la podíamos hacer en un ordenador fijo y, dado lo primitivo que era el mundo virtual, más allá de buscar información y jugar a algún minijuego poco se podía hacer. Ahora, ya sea con el móvil, la tablet, el ordenador fijo o el portátil podemos acceder a todo tipo de contenidos en todo tipo de redes sociales, redes que nos conocen muy bien.

Las redes sociales funcionan con unos algoritmos que registran aquello que hemos puesto en su buscador y lo que hemos visitado. Por ejemplo, si en Youtube hemos buscado “gatitos” y hemos clicado en un vídeo donde aparecen estos animalitos esta plataforma se acordará. Así, la próxima vez que abramos Youtube es bastante probable que nos aparezcan vídeos de gatos en la sección de recomendados y si somos muy fans de estos animales seguramente no nos resistamos a la tentación de ver unos cuantos vídeos.

Instagram, Twitter, Facebook, Tumblr… todas estas redes funcionan con algoritmos similares y no es ningún secreto. El motivo de esto es hacer que pasemos el mayor tiempo posible dentro de estas redes y nos captan presentándonos todo tipo de contenido personalizado, un contenido que las redes saben que nos va a gustar. Clicamos y clicamos en ellos, viendo un vídeo tras otro o viendo una larga serie de posts de los que no podemos despegar la atención. Cuando se nos bombardea con información que nos gusta no podemos dejar de atenderla, es como si fuera droga y nosotros adictos a Internet.

Atención y distracciones

Por sorprendente que pueda parecer las distracciones digitales implican consecuencias neurológicas. Invertimos mucha energía al día mirando todo tipo de textos, alertas, imágenes, vídeos y notificaciones y, para colmo, solemos mirarlas en momentos que no tocan. Los costes físicos, mentales y emocionales de tales distracciones están directamente relacionados con nuestra eficiencia y productividad en las obligaciones del día a día, las cuales serán realizadas de peor forma cuantas más distracciones digitales hayan.

Pese a que el cerebro humano adulto solo supone el 2% de la masa corporal, sus más de 80 billones de neuronas queman alrededor del 20% de las calorías que ingerimos cada día. El porcentaje crece al 50% en el caso de los adolescentes, y es del 60% en niños y preadolescentes. Es decir, el consumo energético de nuestro cerebro es altísimo, un gasto que se incrementa en función de las actividades que hagamos, especialmente si estas son cognitivamente demandantes.

Las actividades cognitivamente más demandantes son aquellas que tienen que ver con la atención. Cambiar nuestra atención de un asunto a otro, enfocarla y mantenernos así durante un período de tiempo indeterminado supone un alto consumo de energía, algo que hacemos cada día, de forma normal y cotidiana. De hecho, de estas tres actividades la que más energía gasta es la de cambiar la atención, puesto que desconectar del asunto anterior y concentrarnos en el nuevo requiere un elevado esfuerzo cognitivo.

Los dispositivos digitales hacen que repitamos este ciclo un sin fin de veces. Por ejemplo, imaginémonos que estamos trabajando con el ordenador y tenemos el móvil en la mesa. Consultamos el móvil solo para ver qué es lo que se está diciendo en el chat del grupo de amigos, leemos las últimas diez notificaciones y contestamos con un breve comentario. Esta simple acción nos ha hecho desconectar, teniendo que volver a poner un poco de esfuerzo en la tarea que estábamos haciendo y centrar la atención de nuevo.

Este caso concreto de distracción digital no sería un gran problema si solo la cometiéramos una vez mientras estamos trabajando; sin embargo, lo habitual es que esto mismo lo hagamos varias veces, seguramente más de 5. Estar constantemente cambiando el foco de atención entre el móvil y el trabajo hace que se esté constantemente invirtiendo recursos energéticos, provocando fatiga mental puesto que nuestra energía no es ilimitada. Como nos cansamos mentalmente tenemos un peor rendimiento, cometemos más errores y nos frustramos porque no estamos haciendo bien la tarea.

Algunos dirán que pueden hacer dos cosas a la vez puesto que se les da bien la multitarea. Piensan que pueden hacer eficientemente dos cosas al mismo tiempo, pudiendo trabajar y consultar las redes sociales simultáneamente. Lamentablemente para ellos, la multitarea no deja de ser un mito. El cerebro humano solo puede concentrarse en una cosa compleja y estar cambiando de un asunto a otro constantemente no nos permite prestar la debida atención a ambos asuntos. No es que pasemos de estar al 100% con una tarea a estarlo al 50% con cada una de las dos, sino más bien estaríamos al 10%. Trabajamos mucho peor.

¿Qué hacer ante todo esto?

Resulta curioso cómo las propias redes sociales que fomentan que nos distraigamos con ellas han habilitado opciones para reducir el tiempo que las usamos. No nos confundamos, no lo hacen por arrepentimiento, sino más bien por quejas de psicólogos, asociaciones de consumidores y varios gobiernos. Además, en la mayoría de las ocasiones sus funciones para regular el tiempo son más bien pasivas, simplemente avisándonos que hemos estado usando la aplicación por X tiempo, sin impedirnos seguir usándola.

Otra opción que existe es descargarse aplicación que sí bloquean la entrada a redes sociales y otras aplicaciones que nos quitan tiempo. El problema es que las que aparentemente funcionan cuestan dinero, dado que si las redes sociales fomentan la adicción a Internet las aplicaciones que les paran los pies sacan provecho económico de tales adicciones.

Lo mejor que se puede hacer para evitar las distracciones digitales es relativamente sencillo, de hecho todos sabemos la respuesta: desconectar. Sea cual sea el dispositivo que nos distraiga si realmente queremos evitar las distracciones digitales lo mejor que podemos hacer es apagar el móvil cuando estemos trabajando o estudiando, o por lo menos desconectar el botón del wi-fi e informar a nuestros contactos que si quieren hablarnos que nos llamen, y preferiblemente solo si es una urgencia.

En caso de que la distracción venga del ordenador y tengamos que usarlo sí o sí para trabajar el asunto es un poco más complicado, pero no por ello imposible. Si nuestro trabajo implica escribir una buena opción es usar el procesador de textos (p. ej., Word) en vez de usar uno en conexión en la nube (p. ej., Drive). En caso de que no se pueda prescindir del procesador de textos online lo mejor será que, mientras lo usemos, no tengamos más ventanas abiertas.

Puede que seamos de los que nos gusta escuchar música de fondo mientras trabajamos, algo que está bien puesto que nos motiva para seguir en ello. Es habitual que para ello usemos Youtube y pongamos una lista de reproducción automática mientras usamos el ordenador para otras cosas. El problema de esto es que hay que ir con sumo cuidado puesto que se corre el riesgo de que, cuando busquemos la canción que queremos escuchar, nos distraigamos viendo vídeos recomendados.

Teniendo en cuenta lo anterior, lo mejor para escuchar música de fondo es recurrir a dispositivos tradicionales de música, como un radiocasette o minicadena. También se puede usar el propio ordenador para esto, pero lo mejor es descargarse la lista de canciones y poderlas escuchar sin necesidad de entrar en Youtube. Así evitaremos caer en la tentación de cotillear cualquier nuevo vídeo u otros contenidos digitales que no toca consultar ahora que estamos ocupados trabajando.

Por último, insistir en que la multitarea no es más que un mito. Si tenemos que trabajar o estudiar hay que centrarse únicamente en ello. Debemos habilitar el espacio adecuado para evitar que se nos distraiga con todo tipo de nuevas tecnologías. Una buenísima idea es dejar el móvil en un sitio escondido, puesto que el simple hecho de tenerlo cerca, aunque no se vaya a consultar, hace que empecemos a prestarle atención sin quererlo, lo cual nos desconcentra de aquello que estábamos haciendo. Lo ideal es tener a mano solamente aquello relacionado con la tarea a hacer y, cuanto más analógico, mejor.

Referencias bibliográficas:

  • Eagleman, D. (2020) Livewired: the inside story of the ever-changing brain. Pantheon Books, Nueva York, Estados Unidos.
  • Robb, M. B. (2019). The new normal: Parents, teens, screens, and sleep in the United States. San Francisco, CA: Common Sense Media.