Desde mediados del siglo pasado, el interés de la psicología por anticiparse a los problemas sociales ha puesto en el punto de mira el desarrollo de las personas mayores y su participación en la vida diaria.

Según los estudios sociológicos, nuestro entorno envejece a pasos agigantados. El número de personas de edad avanzada es mayor que nunca y se estima que en 2025 habrá alrededor de 1.100 millones de personas mayores de 80 años. Si las prospecciones realizadas por Naciones Unidas son ciertas, el 13,7% de la población tendría entre 60 y 80 años.

El estudio del envejecimiento desde la psicología social engloba los procesos y mecanismos psicológicos asociados a esta etapa y cómo se ven influenciados cultural y socialmente. Considera el envejecimiento como un período en el cuál las personas consiguen ciertos logros y crecen a nivel psicosocial y defiende que ningún período vital se debe definir por “la pérdida”, aunque en todos ellos se produzca alguna.

La vejez, ¿estabilidad o cambio?

A medida que envejecemos, nos enfrentamos a múltiples situaciones novedosas a las cuales acabamos adaptándonos. Dichas situaciones nos hacen conscientes del paso del tiempo y nos dan la oportunidad de incorporar cambios a nuestra vida sin perder la sensación de estabilidad. Muestra de ello es que, según numerosos estudios, las personas mantenemos una gran estabilidad en nuestra autoconciencia a lo largo de la vida.

Aunque la mayoría de los cambios son incorporados a nuestra autoconciencia sin perder el sentido de continuidad, algunas situaciones provocan una experiencia de ruptura y marcan el paso a una nueva etapa.

Los recordatorios más relevantes son los corporales (dolores y enfermedades durante la vejez), los simbólicos (cumpleaños, aniversarios, etc.), los generacionales (relacionados con la familia y amigos), los ambientales (relacionados con la vida pública y el trabajo) y los vitales (las experiencias personales). Uno de los recordatorios más relevantes es la jubilación que, por un lado, representa la oportunidad de ser autónomo e independiente, pero por otro impone una ruptura con roles y hábitos que se han mantenido durante años, señalando el fin de la etapa de mediana edad y el comienzo de la vejez.

Edadeísmo o discriminación hacia las personas mayores

Las personas tendemos a desarrollar creencias estereotípicas sobre la edad de las personas, lo que incluye la personalidad, los roles sociales o los comportamientos “propios” de cada etapa vital. Estas creencias se aprenden a edades muy tempranas y se transmiten pasiva y activamente, por ejemplo, asociando las canas a la vejez o tachando de “inapropiadas” ciertas vestimentas o conductas en personas mayores.

Según un estudio realizado por Cuddy, Norton y Fiske, las personas mayores de 70 años son percibidas como más incompetentes, dependientes, amables, calmadas y pacientes, así como con menor bienestar mental y físico. Estos estereotipos, al margen de su connotación, fomentan una visión simplificada y errónea de la vejez, pero la psicología social ha encontrado dos intervenciones que pueden reducirlos. En primer lugar, promover el contacto entre diferentes generaciones con el fin de fomentar el conocimiento mutuo y la interdependencia. En segundo lugar, educar en valores y promover el trato respetuoso hacia personas de diferentes edades.

Cómo combatir los efectos perjudiciales del envejecimiento social

A menudo, las personas que ven su autoestima social dañada ponen en marcha estrategias que, de forma inconsciente, pueden ayudar a desarrollar una identidad social positiva y a mejorar el bienestar subjetivo. Dichas estrategias son aplicables a las personas de edad avanzada víctimas de los estereotipos relacionados con la vejez.

1. Posponer la autocategorización social

Esta estrategia, habitual en personas de mediana edad y en las fases iniciales de la edad avanzada, consiste en posponer la autocategorización como miembro del grupo de edad avanzada, es decir, desplazando el punto de corte a partir del cual comienza la vejez a medida que vas cumpliendo años.

2. Optimismo ilusorio relativo

Esta estrategia, también conocida como autoensalzamiento del yo, representa una forma de reaccionar ante la amenaza a la autoestima provocada por pertenecer al grupo de personas mayores. Consiste en percibirse a uno mismo de forma más favorable que el resto de personas de la misma edad, ya sea a nivel físico, social o psicológico.

Fue estudiada por Heckhausen y Krueger. En su investigación, las personas del grupo de mayores de 60 años fueron las únicas que respondieron de forma distinta para ellas mismas y para el resto de miembros de su grupo de edad. Algunas de las diferencias que señalaron fueron que perderían sus atributos positivos más despacio que el resto y que tardarían más en sufrir los efectos negativos de la vejez.

3. Optimismo ilusorio absoluto

Cuando nos encontramos en una situación de incertidumbre, las personas solemos exagerar nuestras expectativas de control y desarrollamos una visión optimista del futuro. Esta estrategia es frecuente cuando además de la incertidumbre hay sensación de vulnerabilidad, como por ejemplo en personas con problemas de salud.

La diferencia entre el optimismo ilusorio relativo y absoluto es que en este último, la imagen positiva de uno mismo se construye sin necesidad de comparación con los demás. Ambos tipos de optimismo disminuyen los niveles de estrés y angustia, y su ausencia se relaciona con síntomas depresivos y ansiógenos.

4. Comparaciones sociales asimétricas

Pueden ser “hacia abajo” cuando se compara con otras personas de la misma edad pero en peores condiciones, o “hacia arriba” si se compara con personas en mejores condiciones. En el primer caso, permiten regular los sentimientos negativos que provocan los deterioros de la vejez y mejoran la autoestima. Son habituales cuando se trata de dificultades o pérdidas irreversibles, como el envejecimiento físico o la pérdida de un ser querido.

En cambio, las comparaciones hacia arriba aportan esperanza y motivación para enfrentarse a una situación que causa malestar pero tiene remedio, ya que aportan información de cómo otras personas solucionaron un problema.

Otras estrategias específicas para las personas de edad avanzada son la selección socioemocional (elegir experiencias vitales emocionalmente satisfactorias), los mecanismos de compensación (utilizar recursos alternativos que compensen las pérdidas de salud, como un acompañante o apoyos instrumentales) y la infraestimación de la salud (minimizar la importancia de los síntomas, considerándolos normales para la edad que se tiene).